La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

K ate está parada delante de la amplia puerta del despacho, indecisa.

La luz del sol se cuela por la ventana del vestíbulo y se proyecta en diversos colores sobre la pared.

Kate vacila durante un segundo, se gira hacia las escaleras y luego vuelve a mirar hacia delante, se arma de valor y llama a la puerta notándose los latidos acelerados del corazón en el cuello.

—¿Quién es?

La voz suena cortante.

Casi le vuelven a entrar ganas de desaparecer, de volver arriba, a su sala de estar, como si fuera una niña y estuviera jugando a aquello que solían jugar sus hermanos de llamar a la puerta y salir corriendo.

Pero Charles ya ha terminado de escribir por hoy, y estará enviando cartas u ocupándose de algún otro asunto.

Es el momento ideal para salvar la brecha que los separa.

Y ha de acostumbrarse a ello, teniendo en cuenta cómo están las cosas. Gira el pomo y empuja la puerta.

Charles está sentado delante de su escritorio, inclinado sobre una pila de cartas.

—Venía… venía para ver si podía leer la carta de Walter.

—Está ahí. —Charles señala, sin girarse hacia ella, la mesita auxiliar del rincón sobre la que está el sobre abierto y la carta desplegada al lado—. Está bien. No tienes de qué preocuparte.

Charles no la mira; tan solo saca una pluma nueva, la examina y luego la humedece para probarla sobre el papel secante.

Kate cruza la sala con prudencia y se hace con la carta. Al ver la letra cuidadosa e infantil de Walter, la agarra con más fuerza. Su hijo. Mira a Charles, encorvado en la silla.

—No sé por qué… por qué tenemos que seguir llevándonos tan mal —dice en medio de todo el silencio.

Charles se endereza, pero no habla.

—Me gustaría… me gustaría que encontrásemos la manera de ser más felices juntos. Fui a ver a Ellen sin rechistar, y no he hablado mal de ti. Jamás, Charles. Con nadie. Y ahora solo quiero… solo quiero vivir en paz. Por el bien de los niños. Y por el nuestro también.

Charles se da la vuelta en la silla con la mandíbula apretada.

—¿Por qué te niegas a ser razonable? ¿Por qué no te vas de una vez?

—¿Irme?

—¡Irte, sí, lejos! ¡A donde no esté yo!

No puede estar hablando en serio. No puede querer hacerles pasar semejante vergüenza, después de todo lo que ha hecho ella para evitar que se desatara un escándalo.

Para proteger la reputación de la familia.

La reputación de Charles. No, esto es solo otro de sus arrebatos de ira.

Kate solo tiene que encontrar la manera de calmarlo.

Da un paso hacia él.

—No he hecho nada malo, Charles. No voy a permitir que los niños lo pasen mal. No voy a dejar que sean ellos quienes sufran las consecuencias. Que carguen con este peso.

—¿Y qué hay de nosotros? —Charles la mira con un gesto de resentimiento—. ¿Qué hay del peso con el que hemos tenido que cargar día sí, día también, durante los últimos veinte años?

—¡Lo único que he hecho es quererte, intentar quererte!

Hemos sido bastante felices. Todo lo felices que se puede ser, Charles.

—Kate se sienta, sacudiendo la cabeza, abatida—.

No espero que me sigas queriendo de ese modo ahora; ya sé que eso ha quedado en el pasado, y asumiré mi parte de culpa, si es necesario.

Solo quiero vivir en paz como tu esposa, que al menos nos tratemos bien y…

—¡No te lo puedo dejar más claro! ¡Que no te quiero, Catherine!

—¡No puedes hacer que desaparezca sin más!

—¡Ojalá pudiera!

—¡Estamos atados el uno al otro! ¡Somos un matrimonio!

—¡Ojalá no lo fuéramos! —Charles se pone en pie, atormentado—.

Ojalá nunca hubiera entrado en la casa de tu padre.

Pero, puesto que cometimos ese catastrófico error de jóvenes, al menos podemos intentar hallar algo de felicidad ahora, Catherine, por muy tarde que sea.

—La mira agotado, implorante—. No me digas que tú quieres seguir con esta situación tan lamentable.

Lo digo de todo corazón, Catherine, vete a donde sea, a Europa, a Escocia, a algún rincón de esta Tierra en el que podamos ser libres el uno el otro.

—Pero los niños…

—Pues vete a vivir a Gad’s Hill, y yo me quedaré en Londres con los niños.

—No.

Tal vez sea la primera vez que le niega algo de esa forma tan rotunda, tan definitiva. Lo ve alzar la vista y percibe un destello de sorpresa en su rostro.

—No pienso abandonar a mis hijos. ¡No he hecho nada malo!

Su amor por él se ha esfumado y ya es imposible recuperarlo. Pero perder a sus hijos, dejarlos sin madre, sumidos en un escándalo, después de todo lo que ha hecho para protegerlos… Quedarse sin nada…

—He hecho todo lo que me has pedido —insiste—.

He ido a la casa de los Ternan, he aceptado que separemos nuestra vida privada.

No voy a molestarte ni a darte problemas.

Soy consciente de que a veces te irás, que buscarás consuelo en alguna otra parte, si es eso lo que quieres, pero ¡yo no pienso irme de mi casa!

¡No voy a avergonzar a mi familia de ese modo!

—Los niños se van a quedar conmigo en Londres y tú vas a ir a donde yo te diga, y no quiero oír ni una maldita palabra más al respecto.

—¡No! ¡Si quieres que me vaya, vas a tener que sacarme a la fuerza!

—¡No pienso tolerar esto! ¡No voy a tolerarlo ni un minuto más! —Charles se tira del pelo mientras se acerca y se aleja de la ventana—. ¿O sea que vas a mantenernos aquí atrapados juntos?

—¡No voy a permitir que mis hijos sufran! ¡Jamás!

—Por el amor de Dios, ¿cuándo voy a poder tener un poco de paz?

Charles se deja caer en un sillón. Los dos se quedan sentados, sumidos en un pesar tan profundo que parece envolverlos y unirlos.

Ella, con las manos en el regazo, sentada junto a la chimenea apagada.

Él, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.

Kate le contempla la piel fina como el papel, la papada, los mechones de pelo gris peinados estratégicamente para ocultarse la calvicie.

Intenta echar la vista atrás, analizar el modo en que el tiempo ha agriado su relación de una forma tan inexorable, pero no es capaz de identificar los complejos entresijos, los cómos y los porqués.

Siente el impulso de acercarse a él, de acariciarle el hombro como solía hacer, recorriéndole el músculo, aliviándole la tensión que se le acumula ahí con el pulgar hasta que dejaba caer la cabeza hacia atrás con un suspiro.

Pero no cambiaría nada. La dinámica de su matrimonio se ha consolidado como capas de roca, una sobre otra, irrevocable, y esos gestos de ternura son demasiado ínfimos, están demasiado desligados de su significado, como para ablandarla.

Charles se pone en pie, y Kate oye el crujido de sus articulaciones y lo ve estremecerse.

—Voy a pasar la semana que viene fuera. Ya le diré a Georgina cuándo volveré.

A la tenue luz de la tarde, justo antes de que anochezca, una tos amortiguada despierta a Kate. La tos de un hombre, grave y desconocida.

Nada más abrir los ojos, siente un dolor que se le extiende por las sienes. El truco es quedarse inmóvil. No moverse demasiado rápido.

Gira la cabeza con cuidado hacia la puerta del dormitorio, intentando dejar que su cerebro procese el movimiento.

La están observando.

—¿Charles? —pregunta con una voz ronca.

Pero recuerda que Charles no está en casa. Que se ha ido con Wilkie a uno de sus viajes, siguiendo, como bien sabe todo el mundo, a la señorita Ternan por todo el país, de función en función.

—Señora Dickens —le dice la voz. Es una voz dulce, pero no le resulta familiar—. Intente no alarmarse.

Kate se esfuerza por incorporarse y ve la silueta inconfundible de un maletín de médico en la mano del hombre. Pero nadie ha llamado al médico, piensa, y este hombre no es Elliotson.

—¿Se encuentra lo bastante bien como para charlar conmigo?

Le está hablando con detenimiento, enfatizando cada palabra. Kate lo observa, somnolienta, tratando de entender el motivo de su presencia.

—Sí, claro —dice.

Le palpita la cabeza al ritmo de los latidos del corazón; cada pulsación va acompañada de un martilleo doloroso.

El hombre da un paso hacia el interior de la habitación.

—¿Estaba usted dormida?

Se muestra muy cauteloso, como ningún médico con el que haya tratado hasta ahora.

—Sí, lo siento… No logro recordar por qué… ¿Ha venido usted por mis dolores de cabeza? No he mandado llamar a nadie. Lo hemos intentado todo. He ido a Malvern muchas veces a probar la terapia del agua, y las pastillas azules tan solo parecen empeorarlo, así que no creo que…

—No, no es por sus dolores de cabeza —la interrumpe con delicadeza, pero no dice nada más al respecto—. ¿Cómo se ha sentido últimamente, señora Dickens?

La embarga una oleada de emociones.

—Muy bien.

El médico la observa como si estuviera examinándola, precavido.

La asalta el recuerdo de cuando tenía nueve o diez años y fue a patinar sobre hielo con sus hermanos, demasiado cerca de la primavera.

Recuerda sus gruesas medias rojas de invierno y un vestido que ya le quedaba corto.

Pusiera donde pusiera el peso de su cuerpo, oía el ruido del hielo, rápido y violento, amenazando con venirse abajo, con zambullirla en las profundidades tenebrosas.

Se quedó allí paralizada, aterrada, mientras se extendían las grietas en forma de telaraña a toda velocidad a su alrededor, hasta que sus hermanos trajeron una escalera y la ayudaron a tumbarse sobre ella y a arrastrarse centímetro a centímetro hasta llegar a un lugar seguro, quemándose las piernas con el hielo a través de las medias.

Piensa en sus hermanos, en dónde están ahora. George falleció, y los demás están ganándose la vida a duras penas. En las contadas ocasiones en las que van a visitar a Charles, se comportan como cortesanos intimidados, rendidos ante él, riéndose demasiado fuerte.

Trata de reunir todas sus fuerzas.

«¡Imagínate, mi Kate actuando, y actuando increíblemente bien!».

—Bien, bueno —dice con voz animada—. No puedo dejar que me vea en este estado. Pediré que nos preparen el té y podremos hablar como es debido.