La señora Dickens ANNE
86%

ANNE

ANNE

A medida que llegan las lluvias de primavera, en casa, mi Ned va empeorando.

Cuando llego por la noche, empapada y agotada, me encuentro con que no se ha levantado de la cama en todo el día.

La sopa que le dejé sigue intacta, y Catherine está dormida, hecha un ovillo calentito a sus pies.

Le agarro la mano a mi marido y se la noto húmeda.

Me parece muy injusto haber alcanzado al fin la felicidad y poder disfrutar de ella durante tan poco tiempo antes de que desaparezca de nuevo.

Pero quizá sea eso lo que sucede cuando te pasas tanto tiempo buscándola en los lugares equivocados.

Me quito la capa y, en la cama, me pego a Catherine, y nos quedamos los tres allí tumbados, entrelazados, y parece que todo el sufrimiento y todas las dificultades del día han valido la pena.

En Tavistock House, los hombres van y vienen con sus abrigos negros y sus semblantes serios y sacuden los paraguas mojados en la entrada.

Allí también parece que la situación se está descontrolando, como si se avecinase un cambio tácito, algo que va a brotar de las entrañas del hogar y a arrastrarnos a todos con él.

Empiezo a escuchar a escondidas, tras las puertas cerradas, conversaciones sobre gestiones y posibilidades y opciones y soluciones.

Nunca veo a la señora Dickens entrar ni salir de esas reuniones.

Pero en una ocasión sí que veo a Georgina salir con los labios muy apretados y me pregunto de qué habrán hablado ahí dentro.

No sé cómo voy a reunir el valor para decirles, cuando llegue el momento, que he decidido quedarme con la señora Dickens. Que me necesitará. Que, en cierto modo, le debo mi felicidad, por escasa que sea.

He aprendido mucho sobre el bien y el mar, lecciones amargas y lecciones dulces, y empiezo a pensar, con cierta esperanza, que al menos con esta separación podré encontrar una manera de arreglar las cosas.

Si el matrimonio se separa, podré quedarme con la señora Dickens, siempre que ella quiera, y cuidar de ella lejos de las garras de su marido, y recompensarla así por su bondad.

Sabe Dios que nunca he tenido gran cosa con la que recompensar a nadie, pero al menos esto sí lo puedo hacer.

Y me produce una sensación agradable, como de paz, que llevo conmigo todo el día como un secreto mientras recorro la penumbra de la casa.

Me doy cuenta de que empiezo a ir más a menudo al piso de arriba, a sentarme con la señora Dickens.

Ella no tiene ni idea de lo que se avecina, eso está claro.

Habla sobre tener paciencia y sobre esperar a que su marido entre en razón, y yo no le digo nada.

Pienso esperar a que todo siga su curso.

Pero empiezo a pensar en que tal vez juntas, cuando la tormenta haya amainado, la señora Dickens y yo podamos encontrar cierta paz.

Siempre nos hemos sentido cómodas la una con la otra cuando estamos a solas.

Solo tengo que enfrentarme al señor Dickens.

Ya lo he hecho antes, me digo para intentar ignorar los nervios que me reconcomen.

Y entonces, una tarde, estoy en el comedor, limpiando.

Las cortinas están echadas, como lo están siempre entre las comidas, para evitar los estragos de la luz del sol, y en la majestuosa sala reina un silencio extraño.

Estoy intentando sacarle brillo a la superficie de la mesa, humedeciendo el paño en el bote que contiene la mezcla de cera de abejas, aceite de linaza y lavanda que he preparado en el piso de abajo, cuando el señor Dickens aparece en la puerta.

—Anne, ¿puedo hablar contigo un momento?

—Por supuesto, señor.

Me enderezo y espero alguna orden práctica, que me diga que organice una cena o que he de recibir a alguien, pero no dice nada, sino que tan solo se adentra en la oscuridad del comedor.

Sobre la chimenea hay un gran retrato de Georgina de pequeña, haciéndose pasar por una aguadora, con una tinaja al hombro, y con ese aire que tiene siempre, como si guardara un secreto que desconoces.

En el cuadro no es más que una niña, como cuando llegó a nuestro hogar, cuando el señor Dickens decidió que no podía vivir sin ella.

Ahora alza la vista al retrato y después se aleja para dirigirse hacia la ventana, donde toquetea uno de los cordones de las cortinas, como si quisiera enderezarlo.

—Espero que sepas lo mucho que valoro tu amistad, Anne. Después de todos estos años. —Me lanza una de sus miradas penetrantes que te hacen sentir como si estuvieras iluminada por dentro—. Cómo me alegro de que estés aquí con nosotros otra vez, en Tavistock House.

—Por supuesto, señor.

—Hemos viajado por el mundo juntos, ¿no es cierto?

—Por parte de él, señor, sí.

—Claro. Parte de él, sí. —Sonríe—. Siempre sabes cómo ponerme en mi sitio, Anne.

Ah, ¿sí? Eso es lo que quiero decirle, pero tan solo me quedo ahí plantada, en silencio, como siempre, mientras el señor Dickens me contempla ensimismado, con la cabeza en otra parte.

—¿Crees que deberíamos ver más de él? —me pregunta.

—No, señor —contesto—. Creo que yo ya he visto suficiente.

Hay una pausa. El señor Dickens parece estar conteniéndose, como si quisiera decir algo y, por primera vez, no supiera cómo expresarlo bien.

—Estoy bastante convencido, Anne —dice al fin—, de que voy a necesitarte a mi lado durante mucho tiempo. No sé qué habría sido de esta casa sin ti mientras los demás estamos en Gad’s Hill. Has sido valiosísima para mí, incluso en… en los asuntos más delicados.

—Sí, señor —contesto al fin, pensándome bien las palabras.

Permanecemos juntos allí, en ese gran comedor en el que tantas cenas se han celebrado y tantas risas estruendosas se han oído.

Me parece como si estuviéramos en una partida de ajedrez, cada uno defendiendo su posición.

No pienso quedarme contigo, me digo. No voy a quedarme a tu lado, teniendo que soportar tus estupideces y tu crueldad, ni un solo momento más.

Las he presenciado durante toda mi vida, y las he defendido, pero esta vez he tomado una decisión.

Y es la correcta, la que tomarían las heroínas de tus historias.

La idea me da fuerzas, y me parece que mi concepción del bien y del mal ha provenido siempre, de una manera u otra, del señor Dickens.

Y no puedo evitar pensar en que voy a disfrutar de ver cómo le afecta eso ahora, opine lo que opine al respecto.

Pero, justo cuando respiro hondo para hablar, me mira desde donde está, junto a la ventana, y hay algo en su mirada que me para los pies.

—¿Cómo está tu pequeña?

Me quedo callada un momento, desconcertada por la pregunta.

—Muy bien, gracias, señor.

—Me alegra mucho oír eso. Es muy lista, ¿verdad?

—Sí, desde luego.

Hago una pausa, a la espera de que se revele el significado oculto de sus palabras.

—Tendrá que ir a la escuela —dice el señor Dickens—. Más adelante, claro.

—Así es.

—Quiero dejarte claro, Anne —añade, asegurándose de no apartar la mirada de mí—, que, mientras trabajes para mí, haré lo que esté en mi mano en ese aspecto.

Siento el suelo tambalearse bajo mis pies.

Por supuesto, pienso. Qué tonta he sido.

Qué estúpida he sido al final, con lo astuta que me creía.

Qué curioso que por un momento haya llegado a pensar que iba a tener la libertad de elegir.

Resulta que el precio es seguir siéndole fiel, pase lo que pase.

Rechazar a la señora Dickens y no defenderla.

Pero la recompensa es que mi Catherine nunca se vea obligada a trabajar como sirvienta.

Que tenga la oportunidad de dedicarse a otra cosa.

—Hay un colegio para niñas excelente cerca de tu casa, creo —está diciendo el señor Dickens—. El Collegiate.

—Sí, señor.

—Magnífico, pues. Cuando llegue el momento la matricularé allí.

Pienso en la señora Dickens. En el trato que ha recibido.

En que no tiene a nadie que la defienda ni que la acompañe, y nunca lo ha tenido desde que la conozco.

En que se apoya y confía en mí, siempre tan perdida.

Pienso en las niñas del Collegiate con sus elegantes capas marrones, caminando del brazo por la calle, con las cabezas juntas.

Pienso en Catherine, en Jem y en mi Ned, en todas mis traiciones, grandes y pequeñas, y en todas las veces en las que he intentado amar y al final cada amor se ha visto enfrentado a otro.

Asiento.

—Se lo agradezco mucho, señor —le digo.

—Bueno, pues eso es todo. —Se mete la mano en el bolsillo y vuelve a sacarla, como si estuviera aliviado—. Te dejo seguir con lo que estabas haciendo.

Sale al pasillo y me deja ahí, con el paño en la mano, junto a la mesa.

Sumerjo el trozo de tela en la mezcla del bote, con la cabeza gacha, y froto la superficie una y otra vez, sacándole brillo a la madera, como si pudiera eliminar de ese modo la decisión que he tomado y todo lo que se avecina.