La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

Es la madre de la joven quien la recibe.

Tiene la edad de Kate, pero sigue siendo bella; aún tiene la piel, delicada y fina como el papel, tersa sobre los pómulos marcados.

Kate la recuerda; está segura de haberla visto actuar en una o dos ocasiones, en algún papel secundario en el teatro de Drury Lane, probablemente con Charles, poco después de casarse.

Kate se percata ahora de sus habilidades interpretativas, cuando la mujer oculta el breve destello de pánico con una sonrisa. Lo sabe de inmediato.

—Señora Dickens, qué sorpresa tan agradable. No la vemos desde Mánchester. Pase, pase.

—He venido a ver a Ellen, si está en casa —dice, entrando al vestíbulo y quitándose los guantes.

La señora Ternan mira hacia un lado y Kate se pregunta si la habrán estado observando mientras recorría el camino de entrada.

Si Ellen estará escondida, pegada a la puerta del salón, casi sin respirar, para que su madre pueda despachar a Kate educadamente y librarse de todo esto.

Se imagina el alivio que supondría volver a salir a la calle.

—Claro —dice la señora Ternan—. ¡Ellen, cariño!

La joven cruza el estrecho vano de la puerta con el rostro sonrojado e inquisitivo.

—Señora Dickens —dice con una sorpresa estudiada, y le lanza una mirada rápida a su madre—. ¿Quiere quedarse a tomar el té con nosotras?

—Me encantaría.

A Kate vuelve a asombrarla la belleza de la chica, el brillo de su pelo, su cuello esbelto. Es tan menuda y tan seria. Kate se pregunta si la habrá ofrecido su madre o si de verdad estará enamorada de Charles, tal y como ella misma lo estuvo en su día, y como todo el mundo lo está desde entonces.

—Maria, trae el té y unas galletas —ordena la madre—. Las de limón.

Incómodas, se dirigen todas al agobiante salón.

Kate se deja caer en un sillón, pero se da cuenta demasiado tarde de que es demasiado bajo.

Se sienta con la espalda lo más erguida posible, intentando conservar algo de dignidad mientras se hunde entre los cojines desgastados.

Maria, la mayor de las hermanas Beadnell, aparece con el té, todo ojos y extremidades, esforzándose por no quedarse mirando a Kate, y deja sobre la mesa un plato de galletas de mantequilla demasiado pálidas.

Las ha debido sacar del horno demasiado pronto, piensa Kate con cierta satisfacción.

La madre le echa un vistazo rápido a la caja que Kate lleva en la mano y luego vuelve a mirarla a ella con esa sonrisa tan ensayada.

—Bueno, pues la dejo con Ellen —dice antes de desaparecer.

Kate es consciente de que la joven está asustada; la observa como un conejo sobresaltado desde el otro lado de la bandeja del té.

No tienes por qué tenerme miedo a mí, quiere decirle Kate a la pobre chica.

Sino a la vida misma. Te machacará si no te defiendes.

Has de mantenerte firme, quiere decirle.

Más firme de lo que me he mantenido yo en sus garras.

Si no, antes de que te des cuenta, te atrapará y no podrás deshacer todo lo que has hecho mal, sino que tendrás que lidiar con las consecuencias día tras día.

—¿Y qué tal…? —La chica titubea y se recoge un mechón de pelo suelto por detrás de la oreja—. ¿Qué tal está su familia? ¿Los niños? ¿Y el señor Dickens?

Kate quiere reírse ante la ridiculez de la situación. Se percata de que la joven, que la estaba mirando fijamente, desvía la vista durante un breve instante.

—Están todos muy bien, gracias… Supongo que se estará preguntando por qué he venido.

La chica parece estar pasándolo mal, con dos manchas rosadas en las mejillas.

—Me alegro mucho de verla, por supuesto. Ha pasado mucho tiempo desde lo de Mánchester.

—Mi marido le ha comprado un regalo que, al parecer, por alguna clase de confusión, me ha llegado a mí. Una joya.

Kate nota que la chica se queda sin aliento de un modo casi imperceptible. Ve un destello de miedo cruzarle el rostro.

—Nunca se me ocurriría sospechar que entre usted y él hay algo inapropiado, por supuesto —agrega mientras el cuello de la chica se va tiñendo de rojo—.

Espero que no crea que es eso lo que pienso —añade con cautela—.

Le aseguro que he venido precisamente porque estoy más que convencida de que no es el caso.

Detecta movimiento en el vestíbulo: la madre, escuchándola. Prosigue, enlazando las palabras con cuidado, como quien cose con una aguja, tejiendo las mentiras inmaculadas de su marido por él:

—Charles les ha dado detallitos como este a todos los miembros del reparto que lo han ayudado a recaudar dinero para la querida señora Jerrold.

Deja la cajita encima de la mesa. La joven, titubeante, se acerca para recogerla, y luego vuelve a soltarla como si le diera miedo.

—Espero de verdad que le guste —dice Kate con rigidez—. Y que le traiga recuerdos agradables de la época en la que trabajó con mi marido. Menuda historia de heroicidad, y qué bien actuó usted.

La chica asiente sin convicción.

—Es usted muy amable, señora Dickens.

—Me daría mucha pena que su reputación se viera perjudicada, señorita Ternan, por un accidente como este. Que alguien se pudiera hacer la idea equivocada. Sería espantoso.

La chica se va sonrojando más y más con cada palabra, y Kate, que supone que eso podría hacerle sentir cierto poder, tan solo siente una humillación compartida.

¿Se habrá acostado con Charles? No puede evitar preguntárselo.

¿Habrá tocado a su marido, la habrá tocado él?

¿Sabe ya cómo es en la intimidad, cómo es cuando se vuelve brusco, cuando se vuelve tierno?

Pensar en todo eso le revuelve el estómago. Se pone en pie.

—Bueno, debo marcharme ya, señorita Ternan. Gracias por el té.

Se dirige con precaución hacia la puerta, tratando de no volcar con sus faldas las tazas de té, que están en un equilibrio precario sobre la mesita.

Piensa que la casa está concebida para mujeres esbeltas que puedan moverse con agilidad por sus estancias.

Como ella misma lo fue una vez, una chica de cintura estrecha y veloz.

Recuerda un pasado lejano, tan lejano que bien podría ser cien años atrás, como una clase de historia impartida en una pizarra: se ve sentada sobre una manta de pícnic, embriagada por el cortejo, por la promesa que parecía encerrar, por la vida que los esperaba.

Ve a Mary y a Fred persiguiéndose por la orilla, más abajo.

Y piensa en la delicada violencia del tiempo.

La joven la acompaña a la puerta en una nube de cumplidos y formalismos pronunciados con nerviosismo, mientras sujeta la pulsera en alto y habla sobre la generosidad y sobre futuras funciones, y su madre va asintiendo por detrás.

Cuando oye el chasquido de la pequeña puerta principal a su espalda, desanda sus pasos por el camino de entrada.

El carruaje la está esperando, y se sube a duras penas, con las manos aún sudorosas bajo los guantes y el corazón todavía acelerado por el esfuerzo que le ha supuesto llegar hasta ahí.

Da unos golpecitos y, mientras los caballos tiran del carruaje, Kate deja caer la cabeza hacia atrás, la apoya contra el terciopelo y cierra los ojos, aliviada.

Cuando llega a casa, Charles está en el vestíbulo, a punto de marcharse, recogiendo de la mesa las cartas que ha de enviar y envolviéndose bien el cuello con la bufanda roja de Mamie.

Ni siquiera la saluda, sino que se queda ahí, revisando los sobres que tiene en la mano, mientras ella se quita la capa y la cuelga en el gancho.

—He ido a ver a la señorita Ternan —le dice.

—Bien —contesta al fin, sin mirarla todavía—. Supongo que con eso podemos dar esta tontería por acabada.

Pasa por delante de ella, se mete el paraguas bajo el brazo y sale a la tarde. Cuando se cierra la puerta principal, Kate lo ve bajar los escalones de dos en dos, recuperando parte de su antiguo vigor, como si se hubiera liberado al fin de algo y lo pudiera dejar atrás.