KATE #2
Charles se gira hacia ella y le habla con una voz crispada.
—Me temo que no estás en tus cabales.
Peligro. Está percibiendo el peligro. Se abre como un abismo bajo ella, y Kate se queda paralizada con el trozo de papel de seda rosa en la mano.
—Debería llamar al médico —dice Charles—. Que venga a examinarte, para ver si está todo en orden.
—No hace falta llamar a ningún médico —responde Kate demasiado rápido—. No es necesario.
—Desde que nació Charley te has estado comportando de un modo extraño. Imprevisible.
—¡No es cierto! Es solo que… que lo pasé un poco mal, pero…
Pero, a la vez, con una inquietud cada vez mayor, se para a pensar…
¿Acaso no es eso algo que ella misma se ha preguntado alguna vez?
Durante un parto y otro. En los días en los que no logra reunir la energía suficiente como para mantenerse en pie.
Cuando la invade cierta desesperanza por cómo se ha desarrollado todo, o cuando esa ira abrasadora y aterradora se apodera de ella.
Charles se endereza al percibir el cambio en Kate.
—Vas a ir a verla y le vas a dar la pulsera tú misma, para ponerle fin a esta campaña maliciosa de difamación. Para que la gente vea la verdad inocente que hay detrás de todo esto.
Kate se queda sin aliento; la humillación abrasadora que supondría eso le recorre todo el cuerpo.
—No puedo hacer eso.
—Vas a ir a su casa y vas a mantener las apariencias, y vas a demostrar que confías tanto en la señorita Ternan como en mí.
—Por favor, Charles. Por favor, no me pidas que haga eso.
Pero Kate ve al instante que suplicar no va a servirle de nada. Ya está decidido.
—Te lo ordeno, como tu marido. Y, si quieres seguir viviendo en mi casa, me vas a hacer caso. Vas a ir a casa de la señorita Ternan y le vas a dar la pulsera, o estarás acabada.
Kate mira a su marido a la cara, tensa por la ira.
Si no va, no tiene ni idea de lo que hará Charles.
No cree que llame a ningún médico. Pero la frialdad de su amenaza le recuerda, de pronto, la verdad.
Kate puede luchar, puede gritar y chillar, puede llevarlo a los tribunales, escribir a los periódicos y tildarlo de villano.
Y tal vez se la lleven a rastras al manicomio mientras grita que es injusto.
Pero quienes sufrirán, siempre, serán sus hijos.
Sus hijos, que intentarán forjarse una vida a la sombra de su padre; sus hijas, marcadas siempre por su reputación.
Debe pelear de otro modo, entonces. Con silencio.
Con autocontrol. Con armas con las que pueda proteger a sus hijos, preservar la paz, le cueste lo que le cueste a ella.
Tal vez era eso a lo que se refería su madre, años atrás, cuando se sentaron juntas en la cama en Brompton.
A que ella tiene su propio arsenal. Que lo ha tenido siempre a mano, listo para un momento como este.
—Haré lo que quieras —contesta.
—¿Cómo dices? Habla más alto, mujer, por el amor de Dios.
—Que haré lo que quieras, Charles.
—Así me gusta. —Charles baja la vista al escritorio que tiene Kate detrás—. Menudo desastre has montado.
Con un único movimiento, Charles recoge el papel de seda rosa, la tarjeta y la flor de papel de la superficie de cuero del escritorio y lo arroja todo a la chimenea, donde se prenden y se consumen hasta convertirse en humo. A continuación, se da la vuelta y se marcha de la habitación.
Kate abre la mano. Mira el único trozo de papel rosa suave que tiene en la palma.
Piensa que debería quedárselo. Que es algo a lo que aferrarse, algo en lo que confiar, algo que existe fuera de su imaginación.
Una prueba de que no está loca, por si la necesita en algún momento.
Pero luego se para a pensar en lo que acaba de prometerse, y el motivo.
Ha de proteger a los niños de todo esto, cueste lo que cueste.
Es su deber. Se acerca al fuego en silencio y arroja el último trozo de papel con los demás.
Kate se sienta en el borde de la cama, vestida para salir.
Ha visto que llovía desde la ventana del salón y ha subido para cambiarse los guantes, para quitarse los de piel por si se le estropean.
Mejor andarse con ojo con el tiempo en primavera, piensa.
Tiene la pulsera en la cama, a su lado, envuelta ahora en un papel gris sobrio.
Posa la mano sobre ella y trata de tranquilizarse.
Percibe un movimiento en el vano de la puerta. Katey.
—No pensarás ir, ¿no, mamá?
Su hija la mira incrédula.
—He de hacerlo, Katey. Tu padre dice que no hay nada… que entre ellos no hay nada romántico.
—¿Y lo crees?
—¡Claro! Tengo que creerlo.
Siente la mentira débil y extraña en los labios.
—No vas a ir —le dice su hija con el rostro arrugado—. ¡No vas a ir! ¡No te lo voy a permitir!
Kate casi se pregunta si su hija se va a poner a dar pisotones, como solía hacer.
Aún puede oír esa vocecita aguda y furiosa, y ver cómo se le enrojecía la carita de niña, presa de la ira.
«¡Me niego! ¡Me niego!». Su Lucifer Box.
Ahora mira a su hija, tan insoportablemente joven, decidida y segura de sí misma.
—Ya conoces a tu padre —le dice—. ¡Siempre se está enamorando de alguien! No es algo de lo que tengas que preocuparte, Kate. Deberías haberlo visto cuando la reina se casó con Alberto. —Se ríe sin ganas—. ¡Lo angustiado que estuvo durante semanas!
—No es gracioso, mamá. —Su hija aparta la vista—. Aquí pasa algo raro. Lo sé. No es… —Desesperada, señala la pared recién construida, con la pintura aún fresca—. No es normal, mamá.
—No es asunto tuyo, Katey.
—Claro que lo es. —Ahora está hablando en voz baja, triste. Se pone en pie y se gira hacia la ventana—. Tengo que irme de aquí. Tengo que alejarme de la tristeza de esta casa. Es como una tortura.
Kate alza la mirada, alerta.
—¿Y cómo planeas escapar?
Su hija suelta una carcajada repentina y afilada.
—Pues de la manera habitual. ¿Cómo si no?
—¿No será con Charlie Collins?
—Tal vez.
—¿Lo amas, Katey?
—En cierto modo. Lo suficiente.
Las dos se miran a los ojos durante un momento.
—No creo que hagáis buena pareja —dice Kate en voz baja.
—¿Por qué no?
—Es demasiado blando para controlarte.
—¡¿Para controlarme?!
Kate se estremece.
—Solo quiero decir que…
—¿Y cómo te ha ido a ti intentando controlar a papá? Muy bien, ¿no?
—He… he intentado ser un bálsamo para él. Calmarlo…
Su hija se gira, exasperada.
—Te está castigando, mamá. Al parecer no lo puede evitar.
Eso es lo que os provocáis el uno al otro.
Ahora te está castigando al hacerte ir a ver a la señorita Ternan, ¡y tú te quedas ahí como…
como un animal que espera a que le den una patada!
¡Y sales corriendo a contar la historia que él te ordena que cuentes!
—¡No tengo elección! Ojalá pudieras entender que…
—¡Claro que tienes elección!
—No… ¡No tenemos elección, Katey! ¡Eres una ingenua!
Se le escapa la palabra, traicionera, y Katey se sonroja y vuelve a girarse hacia la ventana. Kate levanta el brazo y posa la mano en el de su hija.
—Por favor, no te cases solo para huir —le pide en voz baja—. No lo hagas, por favor. Charlie Collins no… no es el hombre adecuado para ti…
Pero ya ha ido demasiado lejos.
Katey se va furiosa hacia la puerta y luego se detiene y levanta los brazos en el aire con su actitud desenfrenada habitual. La actitud de su padre.
—Katey…
—¡La ingenua eres tú! ¿Por qué te niegas a defenderte?
—¿De qué serviría, Katey? ¿De qué serviría ahora enfrentarse a él? ¿Acaso ha servido alguna vez de algo?
Se pone en pie, con la cajita en las manos, y hace amago de marcharse, pero su hija la agarra del brazo cuando pasa a su lado.
—¡No vayas! ¡Por favor!
Kate quiere preguntarle si no se da cuenta.
Si no ve que ella también está asustada.
¿Es que no ves que es el único modo de protegerte?
¿De mantenerte cerca? Y es el único modo de mantener la paz en esta casa, que es lo único que he deseado todo este tiempo.
¿Es que no ves que haría lo que fuera necesario, soportaría lo que fu era necesario, me inventaría lo que fuera necesario, por vosotros?
Que, cuanto más me niegue a hacer lo que él quiere, peor se pondrán las cosas.
Y que al final, si la situación empeora, si las cosas se ponen feas de verdad, lo único que conseguiré es perderos.
Baja la vista a la mano de su hija, aún en su brazo.
—Deja que me vaya, Katey —le pide en voz baja—. Que te va a oír tu padre.
Su hija vacila durante un segundo y después la suelta y se aleja. La desespero, piensa Kate, y a continuación sale a la calle, hacia el carruaje que la espera, con las cintas del tocado ondeándole en el cuello.
La casa de los Ternan es modesta, con un camino de entrada que no está muy cuidado. Hay narcisos dispersos por aquí y por allá. Barro y hierba que han dejado crecer demasiado antes del invierno. Al otro lado de la verja, un gato merodea bajo el árbol y la mira.
Durante un segundo, Kate piensa que, después de todo, no va a poder hacerlo.
Que va a regresar y a suplicarle a su marido, y a enfrentarse a su ira, a pesar de lo que pueda implicar eso para ella.
Pero al final se lleva la mano enguantada al bolsillo y envuelve la caja de la pulsera, y siente cómo se le clavan los bordes filados en la palma.
Cuando se abre la puerta del carruaje, se baja con dificultad, nota cómo se hunde un poco el escalón, y piensa fugazmente en lo que dijo Charles sobre el carruaje en Gad’s Hill, el día en que Anne volvió.
Que se tambaleó bajo su peso. Pero la autocompasión no le va a servir de nada ahora.
Avanza con cuidado entre los penachos de hierba por el camino que lleva a la puerta principal, y luego levanta la cabeza y da tres golpes rápidos con la aldaba.