KATE
KATE
L a primera noche, Kate se va a la cama sin pronunciar palabra, consciente de que él está al otro lado de esa pared recién pintada. Yace a oscuras, sin dejar de darle vueltas al asunto, tratando de recordar todos los ejemplos que conoce, o que ha oído de pasada, de matrimonios que han acabado mal.
Siempre se cuentan historias sobre aquellos que abandonan a su pareja, los desertores, los canallas y los sinvergüenzas; historias que acaban en los tribunales y en los periódicos.
Sobre mujeres descuidadas, infieles o tentadas.
Sobre hogares rotos, sobre esposas sumidas en la tristeza.
Pero Kate se dice, una y otra vez, que un hombre bueno no rechaza a una esposa que no haya cometido ningún error.
Que él, el más reconocido defensor de los inocentes, el bondadoso rehabilitador de las mujeres caídas de Urania Cottage, no tendría como amante a esa tal Ellen, que es más joven que sus hijas.
No se van a divorciar; no podrían hacerlo legalmente, ni siquiera con la nueva ley recién promulgada.
Kate tendría que demostrar no solo su adulterio, sino también su crueldad, y hacerlo todo público sería impensable.
Destrozaría a su familia, destrozaría su hogar.
Mancillaría la reputación de las niñas. Los chicos se quedarían sin perspectivas de futuro.
Y, si nadie comprase los libros, ¿de qué iban a vivir?
Kate se dice que debe esperar. Aguardar a que pase la tormenta, a que se le pasen esas fantasías; ya que, al fin y al cabo, debe de ser todo producto de su imaginación.
Ha de confiar en la prudencia de Charles, en su sentido del bien y del mal, en la idea de hogar sobre la que él ha construido su vida.
Mientras Charles no haga ninguna tontería, su propio sufrimiento no tiene importancia.
Durante los días siguientes, Kate mantiene una extraña y superficial fachada de normalidad, dejando a su pesar el sofá para ocuparse de sus quehaceres como si nada hubiera cambiado.
Charles apenas pasa por casa, pero, cuando vuelve al fin, se mueve por allí como si Kate no estuviera.
Kate sale a hacer visitas y deja su tarjeta con las palabras Sra.
de Charles Dickens en relieve. Sigue con su vida como si no hubiera cambiado nada.
«Las niñas están bien, gracias, y creemos que a Walter le va muy bien en India, y, ay, cuánto trabaja Charles, qué ocupado está. Sí, tal vez escriba otro cuento de Navidad, si tenemos suerte».
Parece como si hubiera una lámina de cristal entre ella y el mundo.
Pero, cuando se acuesta en la amplia cama vacía, cuando la casa se sume en la oscuridad, el miedo se agita en su interior.
Piensa en Charles en Italia, arrastrándose bocabajo hacia el cráter del volcán, haciendo caso omiso de las advertencias, tratando de mirar hacia abajo para ver qué había más allá, con las llamas rozándole la cara.
Piensa en sí misma, aterrada, alejándose del peligro.
En que nunca sabe, nunca ha sabido, si Charles logrará salir ileso cuando algo lo tiene poseído.
Y entonces, una tarde ventosa, al regresar a casa tras dar un paseo por el parque nuevo, se encuentra un paquete dirigido a ella sobre el escritorio de la correspondencia.
Lo examina con curiosidad y palpa un rectángulo sólido en el interior.
Debe de ser algún regalo. Los niños están armando jaleo, jugando a algo; Mamie se está riendo mientras Frank, tan escandaloso como siempre, da una fuerte palmada en la mesa.
Kate va a por el abrecartas y lo desliza con cuidado por el borde.
Una caja, delgada y elegante, cae sobre la mesa.
Está envuelta en un delicado papel de seda rosa y adornada con una rosita de papel.
La levanta y le da vueltas entre las manos.
Una caja así no le pega nada a ella. Es una caja para una niña.
Se siente ridícula sujetándola, manipulando el lazo con sus dedos regordetes.
Rasga el papel de seda y cae una tarjeta a la superficie de la mesa.
Hay rosas entrelazadas por el exquisito borde rojo pálido.
Y algo escrito con una letra sinuosa, la letra de un enamorado.
Dos palabras.
Para Ellen.
Kate deja caer la caja como si le estuviera haciendo un corte en la piel, y luego la vuelve a recoger, sintiendo los latidos del corazón en la cabeza, a un ritmo extraño.
Las bisagras se resisten ligeramente cuando abre la caja. Dentro hay una cadena diminuta y perfecta, adornada con pequeñas gemas rojas. Kate la sostiene en alto. Su muñeca es demasiado ancha para ellas. Rubíes. Es una pulsera para una amante.
Le da la vuelta a la tarjeta. En el dorso hay algo más escrito.
Un regalo.
Y luego, con esa letra curvada que le resulta tan familiar:
Charles Dickens.
Recoge los restos de papel de seda rosa con las manos temblorosas.
Ahora ya nadie podría acusarla de ser celosa, de imaginarse cosas.
Quiere llevarle la cadena a Georgy, ponérsela delante de la cara y decirle: «Mira, ¿ves?
». Pero los niños… Se queda allí, paralizada, como si se hubiera ralentizado el tiempo, con la caja en las manos y el fuego crepitando y chispeando en la chimenea.
—¿Qué te pasa, mamá? —le dice Katey, asomándose por encima de su hombro, curiosa.
Los niños han dejado de jugar y están observándola, como si estuvieran asustados.
—No es nada —dice, y le sale la voz irritada—. Creo que ha sido un error.
—¿Cómo que un error? —le pregunta su hija.
—Es un regalo que iba dirigido a otra persona.
—¿A quién?
—A la señorita Ternan.
—¿Por qué iba a mandarle papá un regalo así a la señorita Ternan?
—Ya sabes que le… que le gusta hacerles regalos a los actores de sus obras de teatro.
Está hablando con una voz aguda y tensa, y no parece suya.
—No es eso —dice su hija—. No es eso. Es… Es…
Y entonces Charles irrumpe en la habitación dando unos pisotones que resuenan con fuerza en el suelo, y Kate entiende que Georgy debe de haberse escabullido de algún modo para ir a buscarlo.
—¿Qué está pasando aquí?
—Nada, es que…
Charles mira el papel de seda rosa rasgado que Kate tiene en las manos, la caja abierta y el destello dorado que se entrevé.
—Niños, salid.
Todos se ponen en pie y desaparecen por el pasillo envueltos en el estrépito de sus botas, y luego suben las escaleras como un ejército desertor.
Kate ve a Georgy apartada, cerca de la puerta, observándolos, y a Katey, que se está mordiendo el labio, pasando la vista del rostro severo de su padre al de Kate, que aún tiene la pulsera en las manos trémulas.
—Katey, tú también.
—No me voy a ir, papá.
Kate ve que Charles palidece, y que Katey se estremece.
—¿Es que me vas a desobedecer?
Kate intuye la tormenta que se avecina, percibe el tono violento de la voz de su marido.
—Vete, Katey —le dice rápidamente a su hija—. Por favor, vete. No pasa nada. Es un malentendido. Ya sabes que uno se puede confundir con estas cosas.
—No es ninguna confusión, mamá. No es un pedido equivocado de la carnicería ni un paquete extraviado. ¡No es una confusión!
—Ya lo solucionaré yo con tu padre. Vamos, vete, que seguro que podemos arreglárnoslas por nosotros mismos.
Katey la mira y después sacude la cabeza.
—¿Por qué eres tan débil?
Se da la vuelta para irse con el rostro fruncido, y Kate ve a Georgy apoyarle una mano en el hombro a su hija y llevársela a otra parte para consolarla, para arreglarlo todo, para tranquilizarla con su habilidad y su experiencia.
Es fortaleza, no debilidad, se dice Kate.
Es fortaleza, para mantener la paz. Está convencida de ello. Pero las palabras le escuecen.
Charles también está irritado, apartándose el pelo de la cara, y se gira hacia ella con brusquedad, de modo que Kate da un paso atrás de manera involuntaria y apoya una mano en el escritorio para estabilizarse.
—¿Se puede saber qué haces con eso? No es para ti.
—No pretendía…
—¿Acaso quieres poner a mi propia hija en mi contra y mancillar mi reputación, dándole importancia a algo tan insignificante? ¿A un regalo inocente?
—No, solo…
Su vehemencia y su agilidad mental la dejan desconcertada, como siempre. Las palabras revolotean, se alejan de ella. Desearía que Anne estuviera allí, pero no está; ha vuelto a salir para hacer algún recado que le ha mandado Georgy.
—No lo sabía. No…
—No lo sabías. —Charles está imitando su voz, burlándose de ella, y se le descompone el rostro, adoptando una expresión que Kate conoce pero no logra identificar—.
¿Es que pretendes difundir rumores dañinos?
¿Desprestigiar a la señorita Ternan y destruir su reputación?
¿ Por qué la has abierto a propósito delante de mis hijos?
¿Para intentar dejarme en evidencia? ¿Qué clase de madre has de ser, tratando de poner a tus hijos en contra de su propio padre?
Charles la rodea, blandiendo el dedo hacia ella, y en ese momento Kate ve con una claridad repentina y absoluta que su marido está asustado.
A pesar de toda su furia, de todas sus amenazas, lo único que ocurre es que le asusta que alguien descubra su pecado.
Que se revelen las partes de él que más lo avergüenzan, las partes que son Quilp y Mulberry Hawk y Sykes.
Kate siente un destello de algo parecido al poder, y se aferra a ello con torpeza.
—Estás enamorado de ella. ¡No lo puedes negar!
—Ah, ¡¿ya estamos otra vez con eso?! ¡Para ti, no hay ni una sola mujer en Londres, no, en toda Europa, e incluso en las Américas, de la que no esté enamorado!
—¡Tú mismo lo has dicho! ¡Ahora lo estás tergiversando, pero todo el mundo lo ha oído, todo el mundo!
—¡Eres una cuentista!
—¡No es verdad!
Kate sabe que tiene razón, que está asustado. De sí mismo, de que lo vean tal y como es.
Un viejo que le manda regalos de amor desesperados a una chiquilla.
—¡Venga, niégalo, Charles! —exclama, cada vez más envalentonada—. Dime que me equivoco. Sé sincero, ya que parece que la sinceridad es lo único que te preocupa. ¡No hablas de otra cosa!