ANNE #2
Y pienso entonces en todas las formas en las que le ha demostrado su amor a lo largo de los años, desde que los conozco.
Los regalitos, las cartas, los elogios. La ternura, a veces.
Llevan veinte años compartiendo una vida, tragándose el mal humor e intentándolo de nuevo, empezando y terminando los días juntos.
¿Sería capaz de echarlo todo por la borda ahora?
En el fondo es un buen hombre. Creo que puedo estar segura de ello, con todo lo que he visto.
—Sé que… que hemos pasado por una mala racha. Pero hoy parece como si hubiera revivido, parece el Charles de antes. —Levanta la vista hacia mí—. Creo que saldremos adelante, ¿no te parece, Anne?
Le apoyo la mano en el brazo y se lo aprieto.
Y así, el señor Dickens se vuelve a marchar con el señor Collins, y Georgina y la señora Dickens se van a Gad’s Hill con los niños para supervisar las obras.
A la señora Dickens se la ve más animada; habla de los planes para su cumpleaños y de recoger flores de Kent con Mamie para decorar la mesa, ahora que se acerca el mes de mayo.
Mientras se despide de mí desde el carruaje, levanto la mano, esperanzada también.
Y entonces, una mañana tranquila cualquiera, llega la carta.
A diferencia de todas las demás que llegan a esta casa a montones, esta va dirigida a mí.
Atraviesa el buzón, ese artilugio moderno, con un estruendo metálico, y, cuando veo mi nombre escrito con la letra del señor Dickens, siento que se me acelera el corazón.
La agarro con prudencia, como si pudiera hacerme daño.
En toda mi vida, habré recibido tal vez unas diez cartas, y ninguna de ellas contenía nada que me apetezca oír de nuevo.
Y esta no es la excepción. En ella hay algo escrito que me hace apoyarme contra la pared y llevarme la mano a la frente.
El señor Dickens ya no quiere seguir durmiendo en la misma cama que su mujer.
Quiere hacer que tapien la puerta que separa el dormitorio del vestidor y que coloquen estantes en su lugar. Y que lleven una cama al vestidor, en la que dormirá él solo. La señora Dickens seguirá usando la suya. Y me pide que lleve a cabo la división.
«Mi vieja amiga», me escribe.
Quiero replicar que una tarea así no se le encomienda a una amiga. Se le encomienda a alguien que no tiene opción, como sabe bien. A alguien que ha de obedecer sus órdenes, que debe satisfacer sus exigencias, sin que importe lo que opine al respecto. Ni el daño que puedan infligir.
Entro en el salón y me siento en una de esas sillas de brocado tan rígidas que no se me ocurriría usar cuando la familia está en casa.
La señora Dickens, Georgina y los niños no regresarán hasta la semana que viene.
Sé, desde el primer momento, qué pasará cuando se entere.
La angustia, la tristeza, el dolor que le provocará esta decisión.
Le costará creerse que él haya podido tomarla.
Una vez más, me veo obligada a involucrarme en su matrimonio, a presenciar el egoísmo del señor Dickens.
A cumplir sus órdenes en contra de mi voluntad.
Aunque no me parezca lo correcto. Me veo atrapada entre ellos, como siempre, dividida en dos como si me hubiera atravesado un cuchillo. Pero no tengo elección.
La obra se lleva a cabo con discreción. Los obreros vienen y se van el mismo día. Y entonces, cuando llega la señora Dickens y sube las escaleras hasta su dormitorio, voy detrás de ella, intentando encontrar las palabras adecuadas para advertirle sobre lo que la espera, pero no me salen.
Oigo su voz desde el rellano, elevada, cortante y chillona.
—¿Qué es esto?
Cuando entro en el dormitorio, que apesta al polvo de la obra, a aguarrás y a barniz, la señora Dickens se gira hacia mí.
—Anne, ¿qué es esto?
—Es… No hay nada de lo que preocuparse. Siéntese. No debe usted inquietarse, pero el señor Dickens ha pedido… ha pedido ciertos cambios para que puedan estar más cómodos y…
Durante un segundo creo que va a ponerse en mi contra.
Que me va a gritar, a poner en duda mi lealtad y a decirme que la he traicionado.
Que me va a preguntar por qué no la he avisado, o por qué no me he negado a seguir las instrucciones de su marido.
Y casi quiero que lo haga. Me estoy preparando para ello; estoy en el vano de la puerta, lista para enfrentarme a la tormenta.
Pero la señora Dickens tan solo se sienta en la cama, como si hubiera sufrido una lesión física.
—Es por la señorita Ternan, estoy convencida. Está enamorado de ella.
Le acaricio el brazo automáticamente.
—Seguro que es solo para que los dos tengáis más espacio. Lo hace mucha gente en casas tan elegantes como esta.
—¿A dónde vamos a llegar? —pregunta—. ¿A dónde vamos a llegar?
No sé qué responderle. Nos quedamos sentadas juntas en el borde de la cama.
Huele a pintura fresca. Una frontera definitiva entre ellos.
Y una frontera, también, entre nosotras dos.
No sé si ella la siente como yo, por lo absorta que está en su propio miedo.
Si sabe, como yo sé ahora en lo más profundo de mi ser, que al final el señor Dickens me ha comprado para ella.
Que, durante toda nuestra vida, él ha sido quien ha permitido nuestra amistad, quien ha pagado por mi bienestar.
Y, si ahora quiere volver a comprarme para que lo ayude a lidiar con sus desgracias, volveré a estar a su servicio tan pronto como su pluma roce el papel.
Aquí, en este yeso que aún está fresco, se halla la prueba de lo que siempre he sabido pero nunca he admitido.
Que, si tengo un dueño, ese es él. Porque ella no es dueña de nada de lo que tiene.