La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

C uando la familia regresa de Kent, estoy esperando en la majestuosa puerta principal de Tavistock House para recibir a mi empleador, con las llaves de la casa colgadas de la cintura.

Pero el señor Dickens no está con ellos.

Los niños entran en casa y se esfuman, esparcidos por las habitaciones como si quisieran desaparecer por completo en el interior, y Georgina, con el rostro contraído, va dirigiendo a los criados que acarrean los baúles, apremiándolos, como si fuera ella el ama de llaves y yo no sirviera de nada.

Así van a ser las cosas, por lo visto. Si quiero mantener mi puesto, voy a seguir teniendo que obedecer a Georgina, y ahora más que nunca.

Me giro para recoger a la perrita delgaducha de Mamie, que está ladrando, y llevármela abajo, a las cocinas, para darle leche, y en ese momento veo a la señora Dickens, que se ha quedado atrás, en el vestíbulo.

Vacilo, con la esperanza de llegar hasta la puerta y seguir ocupándome de las tareas del hogar, de irme a cualquier sitio que no esté enturbiado por su tristeza.

Pero entonces cruza el vestíbulo con rapidez y me encuentro con el cuerpecito caliente de la perra agitándose en mis brazos y el peso de la señora Dickens alrededor del cuello, aferrándose a mí en silencio, como si yo pudiera salvarla de su aflicción.

—Ay, Anne —dice, y noto su aliento cálido en el cuello del vestido—. Ay, Anne.

—Vamos, vamos —le digo, porque me parece que no quiero saber lo que me va a contar—. Nada de esto es necesario. Venga, suba al salón y le llevaré un té.

La señora Dickens se recompone, se gira hacia las escaleras y sube los amplios y espectaculares escalones con pasos lentos y pesados.

En la sala del servicio, aquellos que han estado con la familia en Gad’s Hill parecen abatidos.

Hay una criada llorando y se niega a contar el motivo.

Me doy cuenta de que no quiero saber nada al respecto.

Solo quiero seguir con mi trabajo e irme a casa con Ned y mi hija, a quien echo de menos a todas horas, tanto que no puedo pensar en ninguna otra cosa.

Pero esa noche estoy revisando la vajilla de los criados en busca de piezas descascarilladas, dándoles vueltas a los cuencos lisos entre las manos, mientras toda la casa parece relajarse durante una hora de ocio.

Un parloteo bajo y agradable inunda la sala, se abren los periódicos, las institutrices se ríen mientras le echan un vistazo a una revista para mujeres que la familia ya no quiere y algunos juegan a la Pulga sobre la encimera.

—Uf, me parece a mí que el señor Dickens va a estar fuera durante un tiempo —oigo que comenta el cochero, con el rostro colorado.

—¿Qué te hace pensar eso, Tom? —le pregunto en un tono cortante mientras sigo concentrada en la vajilla.

—Se ha ido a Doncaster con cierta actriz jovencita, o eso he oído.

Se da unos toques en la nariz y las carcajadas se extienden tan rápido entre los hombres que alzo la vista de golpe para fulminarlos con la mirada.

—Cuidado con lo que dices.

De pronto la curiosidad se apodera de la sala. Las partidas de cartas se detienen y quienes estaban bebiendo cerveza se paran en seco.

—No pienso permitir más calumnias como esa —digo con toda la firmeza que logro reunir.

—Era una broma —murmura Tom, pero le brillan los ojos, como si quisiera hacerme dudar.

—No voy a tolerar esa clase de bromas aquí. Y ahora baja los pies de mi silla y vuelve a la cochera, que es donde tienes que estar.

Me mira durante un buen rato y luego se esfuma tras lanzarles un guiño pícaro a los criados, que bajan la vista a la mesa.

—No quiero oír nada más del tema —digo una vez que se ha ido, mirando a mi alrededor, a los rostros pálidos que me observan—. ¿Me entendéis?

—Sí, señora —murmuran todos, descoordinados, en un coro penitente.

—No le hará ningún bien a la familia, ni a ninguno de vosotros, que tenéis suerte de trabajar para un hombre tan bueno y cristiano como él —digo, y me doy la vuelta, satisfecha, para volver a ocuparme de la vajilla.

Pero más tarde, mientras estoy sentada en la habitación del ama de llaves, con el fuego encendido en la pequeña chimenea, pienso a mi pesar sobre los rumores.

No puede ser, ¿no? Con sus finales felices, con sus mensajes moralistas, relatados como si los demás estuviéramos en su propia iglesia y él en el púlpito.

Una actriz… No puede ser. Pero entonces, poco a poco, empiezo a decirme que no puedo estar segura.

Y, por primera vez, me paro a pensar en cómo podría acabar todo si fuera cierto, y qué podría significar para la señora Dickens, y para mí.

Conforme pasan las semanas, el ambiente en la casa se vuelve más incómodo de lo que me lo ha parecido jamás. Casi me provoca náuseas, como si estuviera de nuevo en un barco de vapor, meciéndose y crujiendo con las olas, antes de que el viento arrecie y amenace con arrastrarlo hacia los escollos.

Cuando el señor Dickens está en casa, los niños, siempre temerosos de su mal genio, parecen dispersarse a su paso. Los criados acuden a toda prisa cuando los llama, o se esfuman como sombras cuando aparece, y vuelven al piso de abajo sin llamar la atención.

En una ocasión, vuelve a casa de manera inesperada al mediodía, la elegancia personificada, con unos zapatos de charol relucientes y la corbata bien ajustada y sujeta con un pasador con una pequeña piedra preciosa, con cara de pocos amigos.

—¡Henry! ¡Henry Fielding Dickens!

Me giro y veo que Henry, que hace menos de cinco minutos estaba detrás de mí, jugando con sus soldaditos de plomo en el pasillo, ha desaparecido.

—¿Dónde está Henry?

El señor Dickens deja el sombrero con firmeza en el perchero, y veo que al lado, en la pequeña hilera de percheros de los niños, el sombrero de Henry se ha caído y yace olvidado en el suelo.

Me agacho para recogerlo, pero el señor Dickens alza la mano a modo de advertencia y vuelvo a levantarme, y veo por el rabillo del ojo a Henry en el rincón, oculto entre los abrigos, con una mirada suplicante.

—Ha salido a hacer un recado que le he mandado —digo al momento.

—Déjame que te diga, Anne Brown, que mis hijos no van a llegar a nada en la vida, y este es el motivo.

—Señala el sombrero abandonado, furioso, y luego eleva el dedo con un gesto amenazador, como si pretendiera atacar el aire por interponerse en su camino—.

Por no fijarse en los detalles. Por no ser disciplinados.

No sabes lo que es, Anne, mirar a tu alrededor en la mesa del comedor y no ver ni un solo rostro que te devuelva la mirada para ofrecerte algo que valga la pena.

Le sostengo la mirada. En ese momento me encantaría decirle lo que pienso de él.

Que me parece que pasa de un extremo emocional al otro, como si las emociones no fueran más que un instrumento musical, un violín o un piano, que puede tocar a su antojo, pasando de la ira a la alegría y tanteando todo lo que le apetezca por el camino, sin ninguna consideración por aquellos que lo rodean.

Cuánta libertad, pienso. Puede dejarse llevar por sus sentimientos siempre que quiera.

Esa es la libertad de la que disfrutan los hombres, digan lo que digan de las mujeres.

Pero, por supuesto, tan solo espero a que termine de hablar y luego me agacho en silencio para recoger el sombrero y lo cuelgo con cuidado en el perchero.

—Anne —me dice el señor Dickens entonces, estudiándome con la mirada—. Mañana te voy a necesitar aquí, para que te ocupes de ciertos asuntos.

—Creo que la señora Dickens espera que vaya con ella a la ciudad.

—Puedes decirle a la señora Dickens que mi hogar está por encima de sus caprichos.

Pienso en cómo se le descompondrá el rostro a la señora, y me pregunto si su marido lo sabrá, y si me necesitará de verdad siquiera.

—Sí, señor.

Y entonces, mientras él se aleja furioso y sube las escaleras para descargar toda su ira en las páginas, Henry sale de su escondite, me roza la mano con la suya en señal de agradecimiento y se escabulle.

Empiezo a pensar que todos estamos mejor cuando el señor Dickens se va de viaje, lo cual ocurre a menudo, semana sí, semana también, con el alocado señor Collins.

Pero entonces, tan solo unos días después, mientras estoy en el dormitorio principal disponiendo las flores de principio de primavera, oigo lo que me parecen gritos de alegría en el piso de abajo.

Es algo tan inesperado en esta casa estos días que me cuesta reconocerlo, y me pregunto si, de algún modo, habremos retrocedido en el tiempo.

La señora Dickens aparece por la puerta con el rostro colorado y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Charles ha dicho que podemos ir a Gad’s Hill a pasar mi cumpleaños! Y que puedo invitar a nuestros viejos amigos.

Me giro hacia ella, sorprendida.

—No me lo puedo creer —dice, sentándose de golpe en la cama—. Pensaba que este año… Pero vamos a cenar todos juntos, después de todo, y dice Charles que quizá podamos jugar al críquet.

—Seguro que los niños se lo pasarán bien.

—Podría hacer una tarta, Anne —dice, intentando recuperar el aliento tras el esfuerzo que le ha supuesto subir las escaleras—. He visto un molde de una sirena en la revista Englishwoman’s Domestic . He pensado que podría usar azafrán como colorante para el pelo.

—¿Una sirena comestible? ¿Qué será lo siguiente? —digo, quitando las hojas sueltas que han caído en la superficie del tocador y cruzando la habitación para tirarlas.

La señora Dickens parece haber recuperado la esperanza de un modo que casi resulta doloroso, por lo que me cuesta mirarla, y tal vez se dé cuenta porque, al pasar por delante de ella, me toma de la mano.

—Siempre hemos pasado mi cumpleaños todos juntos, año tras año. Y, si Charles estaba de viaje, siempre lo recordaba, sin falta. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de que nunca se le olvidaba?

—Sí.