KATE #4
Asiente, pero la duda sigue reconcomiéndola, fría e inquietante. Georgy estira el brazo y le limpia una mancha de algo de la cara, y el gesto casi resulta tierno.
—No tienes por qué despedirte de los invitados. Les puedo decir que te encontrabas mal y te has ido a la cama. Vamos.
Entrelaza el brazo con el de Kate y, despacio, emprenden juntas el camino de vuelta a casa. Oyen a Mamie en el salón, tocando el piano que les acaba de llegar, tratando de disimular el ambiente incómodo de la velada, con unos dedos ágiles sobre las teclas rígidas.
Los invitados se marchan pronto. Kate, sentada en la cama a solas, oye los carruajes alejarse, el crujido de la grava bajo las ruedas, los perros ladrando.
Y luego la casa, suspirando de alivio. Mamie, yéndose a la cama con la señora Bouncer ladrando a su lado.
El chirrido de las escaleras bajo sus pies.
—¿Estás vestida? —dice Charles con discreción.
Sigue con la chaqueta de la cena puesta y la corbata aflojada.
Kate alza la vista, nerviosa, mientras se aprieta bien los cordones del camisón a la altura del cuello.
—Sí, claro, pasa.
Charles atraviesa la habitación y se sienta con rigidez en la cama, a su lado, y el colchón se hunde bajo su peso. Se lo ve cansado a la luz amarillenta, con la mirada fija en el borde de la alfombra, enroscado bajo el tocador.
—No me he portado bien durante la cena.
—Estás… estás cansado —responde Kate, temerosa. Y luego lo intenta de nuevo—: No pasa nada.
—Sí que pasa. —Charles la mira con unos ojos oscuros bajo la tenue luz de gas titilante—. Lo siento. Soy cruel. Ya lo sé. Como Quilp.
—No —dice Kate. A pesar de todo, la suavidad de su tono le llega al corazón, el hecho de que haya utilizado a ese personaje, Quilp, que suele usar de manera jocosa en sus disculpas, y Kate siempre acaba perdonándolo y besándolo—.
He estado un poco cansada últimamente, ya lo sé —dice Kate—.
Me portaré mejor. Intentaré portarme mejor.
Charles no parece oírla y sigue con lo suyo, como si Kate no hubiera hablado.
—No quiero… no quiero ser un hombre cruel. Quiero encontrar la manera de evitarlo.
—No lo eres. Eres un buen hombre —le contesta Kate, y de pronto Charles la está abrazando, está rodeándole el pecho con los brazos y, por primera vez en meses, Kate está inhalando su olor, el de su pelo, el de su piel.
La envuelve una oleada de emociones, la tristeza mezclada con la esperanza, y el alivio de que su anhelo se esté satisfaciendo de un modo tan inesperado, en silencio.
Charles le habla en voz baja al oído:
—No nos hacemos ningún bien, ratoncito.
La contradicción la deja aturdida. Ese antiguo apodo, su ternura.
—Eso no es cierto —dice Kate sin convicción—. No es cierto.
—Sí. Nos hacemos infelices el uno al otro. Siempre ha sido así.
—¡Eso no es verdad! —Kate trata de recordar el pasado, de encontrarle el sentido a lo que está diciendo Charles—. Tú me has hecho feliz. Eres mi marido, en… en lo bueno y en lo malo, en la felicidad y en la tristeza. En todo.
Kate le toca el brazo. Charles sacude la cabeza, y Kate no logra interpretar su semblante. Una vez más, desearía saber expresarse con las palabras adecuadas, unas palabras que diluyeran sus sentimientos.
—No hacemos buena pareja.
Habla del tema como si aún hubiera elección, piensa Kate, desorientada.
Como si no fueran más que unos niños, como si él estuviera cortejándola y los dos estuvieran comprobando si encajan.
Pero esa decisión se tomó hace ya años. Décadas.
No se puede deshacer, no se puede reescribir; tan solo se ha de soportar.
¿Por qué no es capaz de verlo? ¿Por qué no puede nunca obedecer los límites establecidos por el mundo, y siempre ha de desafiarlos, tratar de estirarlos para ver si ceden bajo su mano?
Kate se traga la frustración y le lleva los dedos a la nuca, vacilante. Siente que Charles reacciona ante el gesto.
—Bueno, pues intentemos hacerlo mejor —dice Kate.
Antes de que se dé cuenta de lo que está haciendo, ya se ha incorporado y lo está besando en los labios, un beso firme y apasionado. Charles se aparta, repugnado.
—No puedo soportarlo —dice con la boca tensa.
—Charlie…
—Ya no quiero eso de ti. Solo he venido a disculparme.
—Por favor… Lo siento si he…
Pero Kate no puede terminar la frase; no sabe por qué se está disculpando.
—Las disculpas no nos sirven de nada. Las disculpas no nos van a liberar de esta desdicha. —Sacude la cabeza mientras se pone en pie—. No me puedo quedar aquí. Necesito distraerme.
La desesperación se apodera de ella. Ha vuelto a decir lo que no debía, a hacer lo que no debía, con su eterna torpeza, y ahora Charles se está volviendo a marchar.
—¡Es tarde! ¡No te vayas, por favor! —le grita Kate, pero Charles ya se ha ido y solo queda el sonido de sus pasos por las escaleras, su ritmo veloz y familiar, cada vez más lejos, hasta que se cierra la puerta principal de un portazo.
No vuelve a la cama. Al día siguiente se ha ido de Gad’s Hill antes de que Kate se despierte, y no le ha dicho a nadie cuándo piensa volver.