KATE #3
Mientras las mujeres se van al salón, charlando sobre nimiedades y esbozando sonrisas educadas, y la joven acuna al perro como si buscara su consuelo, Kate se escabulle por las puertas de atrás y sale al jardín.
Pasa por delante de la obra, paralizada en ese momento, la nueva fosa séptica que están construyendo en el jardín, extraña y cuadrada, y ve las carretillas y las palas que han dejado de pie, como fantasmas, entre los escombros de los obreros.
La luz de la luna ilumina la noche y las nubes borrosas atraviesan el cielo.
Kate sigue caminando por el césped, dejando todo atrás, con rapidez y desesperación, mientras se levanta la brisa y le ondea los bajos del vestido.
Algo se agita en el seto cuando dobla la esquina que da a los campos, donde los árboles la ocultarán de la vista desde la casa. Deja escapar un sollozo desconsolado. La desesperanza la embarga por completo y se desborda en el silencio del campo.
—Sé que no es fácil.
Kate se da la vuelta deprisa y entorna los ojos.
Es Georgy, cruzada de brazos, con el rostro pálido y extraño en la oscuridad.
—Se ha portado mal contigo, y sé que estará avergonzado.
—Es imperdonable que… que hable así de mí delante de la gente.
—Ha estado mal por su parte. Por supuesto. Está pasando por un momento de gran frustración, Kate.
Kate se da cuenta de que no se ha traído ningún pañuelo y se pasa el antebrazo por la nariz, y al momento se arrepiente.
Su hermana da un paso hacia ella.
—Pero ¿acaso no es verdad, en parte?
—¿A qué… a qué te refieres?
Georgy la mira con esos ojos grandes y sinceros, abiertos como platos ante la noche.
—A él también lo avergüenza —dice— tener una mujer que no es capaz de contenerse.
—¿Contenerse?
—Has engordado, Kate.
La vergüenza vuelve a abrasarla, le quema la piel como si fuera un arenque en una sartén, y desea poder encogerse, hacerse lo bastante pequeña como para desaparecer.
—Ya no soy… ya no soy joven, pero…
—Si hubieras querido conservar su amor de ese modo, podrías haberte puesto a dieta para perder peso hace años. Sabe Dios que Charles ha dejado bien claro que no le gustan las mujeres que no son capaces de controlarse a la hora de comer.
—Sí que he intentado perder peso. De verdad.
Kate se oye a sí misma, lastimera, débil.
—Crees que es todo culpa de Charles porque se frustra más aún, pero tu vagancia, tu indolencia, tu falta de fuerza de voluntad, tus celos…, todo contribuye a vuestra desdicha.
Georgy habla de manera atropellada, como si hubiera estado conteniendo las palabras durante mucho tiempo.
A Kate le da vueltas la cabeza. Intenta concentrarse.
—Es por la señorita Ternan. Estoy convencida.
—¿La señorita Ternan?
—Es imposible que no lo veas, Georgy. Imposible. Tiene algo raro con ella.
Su hermana la mira con lástima.
—¿Al igual que tenía algo con Augusta de la Rue? ¿Al igual que ha tenido algo con el sinfín de mujeres de las que has estado celosa?
Kate está perpleja, desconcertada.
—Yo nunca he dicho nada sobre…
—¡No es necesario que lo digas, Catherine!
¡Por el amor de Dios! Lo de la señorita Ternan es…
Todos sus amoríos, todos sin excepción, son solo una farsa, una vía de escape.
No es más que un producto de su imaginación, de su amor por la vida.
—Su hermana sacude la cabeza—. ¿Por qué te empeñas en echarles la culpa a otras mujeres cuando el problema está en el propio matrimonio?
—¡No, es… es inapropiado! ¡Estoy convencida!
Georgina la mira asombrada.
—¿Cómo puedes decir esas cosas? ¡Es evidente que Charles jamás pondría en peligro su reputación, ni la de la señorita Ternan!
¿De verdad crees que se comportaría de un modo tan inmoral?
Con su labor en Urania Cottage, su apoyo a las mujeres caídas, su deseo de querer enseñarles a todas a ser buenas esposas y madres…
A conocer la belleza de la castidad y la obediencia.
La culpa la invade. Intenta darse la vuelta, pero Georgy la agarra del brazo y su chal se agita al viento.
—Kate, he visto a Charles acudir a los tribunales para presenciar casos de mujeres acusadas de delitos menores, mujeres de las que nadie se preocupa, a las que la sociedad margina y deja tiradas en la cuneta. ¡Se pone en pie junto a ellas para abogar por la bondad! ¡Por la clemencia!
—Soy consciente de todo lo que hace, pero…
—Y ya sabes sobre lo que escribe. Tú misma has llorado con sus personajes. Has aprendido a querer mejor gracias a ellos. ¿Cómo podría un hombre así, con esas opiniones y esas ideas, no ser bueno y noble?
Cuánto lo quiere, piensa Kate, desdichada. Lo quiere más que ella, que su propia esposa.
—¡Y, aun así, no dejas de acusarlo, tan quejica y aburrida como siempre, de coquetear con todas las mujeres!
De no prestarte la atención suficiente. —Su hermana tiene los ojos encendidos—.
¡Nunca eres consciente de su brillantez!
¡Para ti no es nada fuera de lo habitual! ¡Para ti él es alguien corriente!
Kate no sabe qué pensar. No, se dice. Yo nunca he creído eso.
Pero su seguridad se tambalea. Quizá, en realidad, nunca haya sido capaz de conciliar ambas cosas: a Boz, extravagante y prolífico, alguien que deslumbra a todo el mundo; y a su marido, con sus achaques y sus exigencias.
Con su crueldad despreocupada y su elegancia natural.
Con lo que siente Kate cuando ve cómo mira a otra persona.
A la chica Ternan. En esos momentos sus libros desaparecen.
—Has sido una esposa celosa —dice Georgy en voz baja, furiosa—. He pasado todos estos años con vosotros y lo he visto con mis propios ojos una y otra vez. Solo puedes culparte a ti misma; siempre has tenido tú la culpa de ser tan estrecha de miras y de que tu marido se frustre contigo.
Es cierto, piensa Kate. Nunca ha sido lista, nunca ha sido aguda.
Solo se ha visto inmersa en un mundo de agudeza por casualidad.
A lo mejor nunca ha encajado en él. A lo mejor Charles tendría que haberse casado con Mary, o con Georgy, cuyo ingenio lo ha hecho reír a carcajadas siempre.
Ellas dos han reconocido siempre su brillantez y han respondido ante ella.
Pero ¿acaso no la escogió Charles a ella por su ternura, su capacidad para ocuparse de la casa?
No obstante, desde que Georgy se fue a vivir con ellos, Kate ni siquiera ha sido capaz de ofrecerle eso.
—Charles no se rige por las normas de la sociedad, como los demás hombres —le está diciendo Georgy, mirándola con cierta urgencia—.
No le hace falta. Está por encima de ellas.
Tienes que darte cuenta. —Le toma la mano a Kate y se la aprieta con fuerza—.
Has de comportarte mejor, Kate. Dejar atrás estos celos ruines.
¿Has visto cómo se han ido todos con él?
¿Los hombres? Lo entienden, ¿sabes? Entienden que está sometido a…
a pasiones más intensas. Que esa clase de comportamiento se debe perdonar.
—Pues yo no… no pienso que sea perdonable.
Kate vuelve a enjugarse la nariz con el antebrazo. Odia la irritabilidad de su propia voz.
—Vamos, Kate. Sé razonable. —Georgy se saca un pañuelo planchado con sus iniciales grabadas en una esquina, y Kate lo acepta como una niña pequeña—. ¿Qué es lo que dice esa horrible amiga tuya, la señora Carlyle? ¿Que nunca hay que casarse con un genio irritable?
Georgy, que odia a Jane Carlyle, está intentando ganarse su favor al mencionarla. Kate piensa en el ingenio mordaz de su amiga, en la mano dura con la que trata a su marido. En que parece que siempre le funciona.
—Tienes mucha suerte, Kate —le dice Georgy, rodeándola con el brazo y acercándosela.
Kate oye el vestigio de anhelo en sus palabras—.
Eres muy afortunada con el marido que tienes, por muy difíciles que sean las cosas a veces.
Es un hombre que necesita que lo cuiden, quizá más que ningún otro.
¿Puedes ser una buena esposa y perdonarlo cuando te trate mal, tal y como prometiste?
El viento se levanta y sacude los árboles que se alzan sobre ellas, y de pronto Kate se percata del fresco que hace. Intenta decirse lo mismo de siempre: que es una necia, que debe calmarse.