La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

Siempre obsesionado con las hermanas, piensa Kate. Aparta la mirada con una oleada de repugnancia y la baja hacia el abanico, abandonado en su regazo. Georgy y Mamie, sentada cada una a un lado de ella, se suenan la nariz con sus pañuelos.

Su propia adoración, constante y firme a lo largo de toda su vida, nunca ha sido suficiente; se debe duplicar o triplicar, reflejarse en innumerables lugares, entre innumerables mujeres; todas ellas, espejos que refractan su gloria. La joven, Ellen, es un espejo más, se dice a sí misma. Solo eso .

Tiene diecisiete años. La edad de Mary. Jovencísima.

Es Rose Maylie, es Kate Nickleby, es la pequeña Nell.

Es lo mismo que Mary fue para Charles; lo mismo que es Georgy en el palazzo , joven y aduladora; es la propia Kate, bailando embriagada sobre el parqué en Furnival, con su nuevo vestido de seda. Es un fantasma tras otro.

Kate se aprieta las manos sobre el regazo y las relaja de nuevo. Ya hablará del asunto con Anne cuando vuelvan a Londres, y Anne, su querida y práctica Anne, le hará entrar en razón, como lo lograba siempre antes.

Cae el telón con suavidad. El público se levanta al unísono. Setecientas personas. Más. Mil espejos. Charles está ahí de pie, colorado y eufórico, señalando con la mano a la compañía, a Wilkie, a Ellen Ternan, que posa los ojos sobre él, maravillada. Aquí pasa algo, piensa Kate. Algo diferente.

«Bravo —grita el público—. Bravo, Dickens».

Y Kate, a oscuras con todos los demás, aplaude y aplaude hasta que se le duermen las manos, y luego, mientras el telón se levanta y vuelve a caer, ve que la joven, Ellen, sigue observando a Charles con el rostro iluminado, y se da cuenta de que es ella la persona hacia la que Charles se vuelve cuando la tela toca el suelo.

Cuando regresan de Mánchester, la familia entera va directa a Gad’s Hill a pasar una semana, donde los niños, que tienen vacaciones de verano, entran y salen a toda velocidad por las puertas traseras y bajan hasta el campo de críquet improvisado donde los perros se tumban a la sombra, jadeantes.

Charles se encierra en el estudio para escribir, pero sale a media mañana con el ceño fruncido para jugar unos partidos frenéticos de battledore con Henry y Sydney, y sus gritos de frustración llegan hasta las mujeres que están sentadas en casa, cosiendo juntas.

—Me da a mí que no ha tenido una mañana muy productiva.

Kate estira el brazo para agarrar el vaso de té helado, pero le da un golpe y el vaso se tambalea sobre el platillo.

Georgy sigue cosiendo con una concentración absoluta.

—En Mánchester lo dio todo. Normal que esté agotado. —Se deja la media de lana en el regazo y la aguja que tiene en la mano suspendida en el aire—. Parece que nunca entiendes lo mucho que se implica. Lo mucho que esa implicación lo agota.

—Claro que sí —replica Kate—. Claro que lo entiendo. Es una gran carga para él. Es agotador.

A mediodía Charles sale a pasear y se lleva a los perros, y vuelve con una actitud desenfrenada.

Cuando la familia entera se reúne para almorzar, sus hijos parecen nerviosos y comedidos; los niños intentan evitar mirarlo a los ojos y todos tratan de tantear el terreno, de evaluar el riesgo de tormenta.

Charles entra con paso enérgico y come con ganas.

Al principio solo se oye el tintineo de los cubiertos.

Y de pronto Charles deja caer el tenedor y los mira.

—Estoy enamorado.

Kate ve que a Charley se le sonrojan las mejillas y que la mira de un modo casi imperceptible antes de volver a bajar la vista al plato.

—Enamorado hasta la médula —sigue diciendo Charles—. No tiene sentido intentar comer o trabajar. Su precioso gorrito y su par de guantes lilas me tienen encandilado.

—Vaya, otra vez está enamorado papá —dice Kate, lanzándole una mirada cómplice a Alfred y a Sydney para relajar el ambiente, como si fuera una broma recurrente, como si pudieran reírse juntos del asunto.

Pero Charles no se está riendo. Se muestra provocador, desenfrenado.

—¡Tiene la carita más preciosa y delicada que he visto jamás! —dice—. ¡Y una boquita tan tierna!

—¿Acaso ha habido algún momento en que vuestro padre no haya estado enamorado de alguien? —dice Georgy, sonriente—. ¡Se ve que tenemos otra historia de amor entre manos!

Pero la broma no cuaja.

—Voy a volver a Londres esta noche, papá —le dice Charley con una voz que suena forzada y cautelosa—. En el tren nocturno. Dime si hay algún asunto del que quieres que me ocupe.

—El único asunto que importa es ella.

Charley asiente e intenta sonreír.

Siguen comiendo en silencio. Las chicas fijan la vista en sus platos.

Después, Kate va a descansar al sofá, con Plorn pegado a su lado, e intenta ignorar todas las ideas inquietantes que la asaltan. Los albañiles entran y salen sin parar, dejando huellas en el polvo que ellos mismos levantan y haciendo que los perros ladren con sus golpes y gritos repentinos.

Han invitado a un pequeño grupo de personas para cenar, periodistas locales y sus esposas, un coadjutor y un editor londinense con su hija de unos doce o trece años que van a quedarse por la noche en la ciudad.

Kate se pasa la tarde en la cocina, y se anima al ver los ingredientes que la esperan: las patatas manchadas de tierra y los manojos de hierbas aromáticas sobre la mesa.

Ya están en agosto, la mejor época para los conejos jóvenes, y Kate ha recibido un par que le han enviado desde Rochester, recién cazados.

Se mueve por la amplia cocina, que aún está llena de cajas, con su nuevo juego de cacerolas de cobre enormes y sus especias sin estrenar en botes cerrados.

Aún no es un hogar, pero lo será, se dice a sí misma con alegría.

Cuando se sienta a la mesa se le clava el corsé, y cambia de posición en el asiento para intentar aliviar la presión en la cintura.

Esta noche Charles parece descontrolado.

Está mal desde Mánchester, delicado y malhumorado.

Fred sigue en el extranjero, arruinado, trata a su mujer con crueldad y tiene la misma tendencia que su padre a malgastar el dinero, y no deja de escribirle a Charles para pedirle más.

Los niños no han salido como él cree que deberían; en su opinión, no son lo bastante ambiciosos ni inteligentes.

Las niñas aún no se han casado, y todas parecen sumidas en una melancolía que Kate no logra definir.

Ella misma también supone una carga para Charles, por mucho que intente no serlo.

Normal, piensa, desesperada. Normal que quiera la sencillez de una joven.

Normal que crea que está enamorado. Esta casa, al igual que el cuerpo de Kate, gime bajo el peso de los años acumulados.

El clérigo y los periodistas están debatiendo sobre algo de la ciudad, sobre la ampliación de una carretera y todos los problemas que va a conllevar, y de que los carruajes doblan la esquina demasiado rápido.

Charles, con el rostro sonrojado por el vino, los interrumpe con exclamaciones sobre esto o aquello, apoyándose sobre la mesa con toda la potencia de su extraña e infatigable energía.

Cuando sirven el conejo, Kate trata de hacerse con el plato de la mantequilla, pero con los nervios se golpea la mano con la de la esposa del clérigo por encima de la mesa y la retira a toda prisa.

Con la velocidad del movimiento, se le resbala la pulsera del brazo y aterriza de lleno en la sopa.

Kate siente que se pone como un tomate e intenta recuperar la pulsera sin meter los dedos en la comida.

Charles, que estaba llevándose la cuchara a la boca, se detiene y deja escapar una risotada.

—Sé que te cuesta mantener las pulseras en las muñecas, querida —le dice—, por no hablar de algún pensamiento en la cabeza, pero intenta no avergonzarnos tanto delante de nuestros invitados.

Mamie baja la vista a su plato, y a los invitados, que ya parecían incómodos, se los ve agitados.

—Perdonen a mi esposa —dice Charles como si nada—. No es una mujer muy brillante, que digamos. —Alza la voz como si estuviera hablándole a una niña—. ¡Venga, come, Kate! Sueles atiborrarte todas las noches a la hora de cenar. No dejes que te lo impidamos.

La joven abre la boca para hablar, pero su madre le posa la mano en el brazo al instante.

El clérigo arquea las finas cejas por encima de las monturas en forma de media luna de sus gafas.

—Bueno, Dickens —dice, y luego se detiene, probablemente porque no sabe cómo continuar.

La sala se sume en un silencio denso y horrible.

Mamie retira la silla y parece que va a salir corriendo de la habitación, pero no se atreve.

Tan solo se gira hacia la joven, que está aún mirando la pulsera de Kate, la cual ha dejado sobre una servilleta, con una vergonzosa mancha verde a su alrededor, y le pregunta algo banal, algo sobre tener mascotas.

La chica asiente con cautela y responde con un hilo de voz, y a continuación se teje una delicada red de conversaciones corteses, y Charles permanece sentado, pensativo, mientras se sirven y se retiran los platos a la rusa.

Cuando terminan de comer, Charles se pone en pie haciendo chirriar la silla contra el suelo y asiente con la cabeza.

—Caballeros, estaré en el salón, si desean acompañarme.

Los hombres parecen nerviosos, pero se levantan también, sin saber qué otra cosa hacer, y lo siguen en tropel. Mamie llama a su perrita, la señora Bouncer, la pone en brazos de la joven y le enseña cómo darle golosinas.

El momento de discutir ya ha pasado, y nadie ha defendido a Kate. Todos siguen, como sabe Kate que hace todo el mundo siempre, las convenciones sociales que los unen, hasta que puedan escapar a sus carruajes y hablar con entusiasmo sobre cómo trata Dickens, el novelista, a su esposa.