La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

E n Manchester hace un calor abrasador. Llegan en tren y van directos al hotel para evitar el riesgo de sufrir un robo, algo por lo que es muy conocida la ciudad, según le cuenta Charles a Georgy.

La señora Dickens desearía que estuviera Anne allí, que su reencuentro no hubiera sido tan breve.

Pero algo es algo, se dice. Anne estará allí, en la casa de Londres, a su disposición de nuevo, y podrán pasear juntas por allí y coser a veces, si Georgy y Charles se lo permiten.

En la puerta del teatro, donde ella y su hermana han quedado en reunirse con Charles para almorzar, hay personas encogidas salpicadas por la fachada, con niños escuálidos en los brazos, que las llaman una y otra vez para pedirles dinero.

Pasan por delante de una de ellas, tan cerca que Kate le roza los pies con las faldas, y siente una oleada de alivio cuando al fin cruzan las puertas.

En la oscuridad repentina de la sala, Kate sigue a Georgy por el pasillo central, rozando los asientos con las faldas mientras se le acostumbra poco a poco la vista a la penumbra.

En el escenario, la compañía está descansando, todos los miembros están dispersos y han dejado sus abrigos de piel colgados, abandonados, entre el decorado.

Kate reconoce la diminuta figura de Wilkie, sentado con las piernas colgando entre los focos, que proyectan su luz naranja sobre el hielo pintado y los copos de nieve de madera.

Hay un hombre con un bigote enroscado retocando un carámbano con un pincel pequeño.

Los exploradores árticos agitan el denso aire con hojas de papel.

Charles está de pie con una de las nuevas jóvenes actrices, con la mitad del rostro iluminado.

Debe de ser una de las hijas de los Ternan, piensa Kate.

La habrán traído para sustituir a Katey y a Mamie, quienes, por supuesto, no pueden participar en las funciones públicas.

Charles le está contando algo, algo sobre la pasión, sobre cómo demostrarla.

Hace gestos hacia el público. La chica asiente.

Kate observa las señales reveladoras. Cómo recorre Charles el cuerpo de la chica con los ojos cuando se mueve.

El tono exacto de su risa. Conoce a su marido, y ha aprendido a interpretarlo, a leerlo como uno de sus libros.

Lo puede ver ahora mismo esbozando el personaje de la chica mentalmente, mientras se acerca a ella para susurrarle algo al oído que la hace reír.

Ya está coqueteando de nuevo, se dice, intentando ignorar la pesadez.

Los niños se reirán y dirán: «Papá se ha enamorado otra vez».

Georgy la mira con una sonrisa.

—Vamos, Kate. Que lo más seguro es que Charles se olvide de comer si no se lo recordamos, ¿no?

Debería ser ella la primera en ir a por su marido, puesto que es la hermana mayor, la casada, pero ahora Kate se encoge; nunca quiere llamar la atención de Charles de un modo inadecuado y arriesgarse a que pierda los papeles en público.

De modo que obedece a su hermana y la sigue hacia el borde del escenario.

—Charles, tómate un descanso para almorzar —le grita Georgy, indulgente—.Que vas a dejar a todo el mundo agotado.

Charles baja la vista hacia ellas fugazmente, como si no quisiera que lo distrajesen.

—Ah, ¿ya es la hora? Pues sí que nos hemos dejado llevar.

Georgy, persistente, sube los escalones del lateral del escenario.

—Tu dedicación es una lección para todos nosotros. Pero incluso los genios han de almorzar.

—Tienes toda la razón del mundo, Georgina, como siempre.

No tiene sentido ser un genio si uno no come nada.

—Mira hacia el lado del escenario en el que la madre de la chica aguarda, como un águila—.

Señora Ternan, señorita Ellen Ternan, mi esposa, Catherine.

Y mi cuñada, Georgina, sin cuya sensatez estaría perdido.

La joven mira a Kate y a Georgina y les ofrece una sonrisa incierta a las dos, confundida por el halago en la presentación y el insulto oculto con sutileza en él.

Qué joven es, piensa Kate mientras observa a la chica ponerse los guantes.

Son de un lila pálido, el color de las flores primaverales.

Un color que a ella ahora le quedaría ridículo.

La chica es tan joven que podría ser la hija de su marido; puede que sea incluso más joven que Katey.

Es ridículo, por muy famoso que sea, piensa con desgana.

En realidad una chica así nunca le haría ningún caso.

Es por la fama, siempre. Crea una ilusión.

Aun así, de pronto a Kate su nuevo vestido le parece lúgubre; sus guantes, faltos de color. Sonríe a la chica y espera que Charles la tome del brazo a ella para llevarla a comer, pero no se lo ofrece, sino que atraviesa la sala a solas y les dice a los actores a gritos que vuelvan a las dos.

Kate ve que la chica lo mira, decepcionada por que la haya abandonado tan rápido y con tanta facilidad; la potencia de su luz se apaga con la misma velocidad con la que la ofrece. Así es él, piensa Kate a su pesar. ¿Lo ves ahora?

Pero, al llegar a las puertas que dan al vestíbulo, Charles se detiene y se da la vuelta.

—Señorita Ternan —dice con un tono tajante—. ¿Querría acompañarnos a comer?

Están sentados alrededor de una mesa alargada del comedor del hotel.

A Kate le parece que al bacalao le falta sal, pero no dice nada.

Mastica la carne sosa y chiclosa, intentando centrarse en Mamie, que está hablando largo y tendido sobre su perrita una vez más.

Al otro extremo de la mesa, Charles está sentado con la cabeza inclinada hacia la joven, enfrascado en la conversación.

Kate ayuda a Plorn con su babero por encima de la mesa.

No debería prestarle atención. Los flechazos de Charles nunca duran demasiado.

Son como un destello por aquí y por allá, un resplandor momentáneo que va disminuyendo hasta esfumarse por completo cuando se obsesiona con algo nuevo.

Un equipo de taxidermia. Un mendigo con un sombrero extraño.

Un militar. Va pasando de una cosa a otra, absorbiéndolo todo y descartándolo a su antojo.

Y, aun así, a su pesar, Kate no puede apartar la vista de los bucles brillantes del pelo de la chica, de las delicadas flores nacaradas que lleva en el cuello, algo que ella misma habría elegido si hubiera estado de moda en su época. Mira a Charles y se fija en el matiz exacto de su expresión.

Lo oye alabar a Georgy por su sensatez, dejando a Kate envuelta en un silencio que siente como un espacio físico.

Su hermana sigue iluminándose ante los halagos de Charles, radiante de placer.

«En casa, Georgy es mi ángel. Mi más querida amiga.

La mujer más estimada». Pero Charles se abstiene de insultarla a ella, de dejar escapar esas risas burlonas y estruendosas a costa de Kate.

Cuando se le cae la servilleta y casi tira la silla al ir a recogerla, no la humilla.

Quiere mostrarse delicado con esta chica, eso es lo que pasa , piensa Kate. Que se anda con cuidado. Que está atenuando su extravagancia, su grosería. La chica lo está volviendo amable. Y eso es nuevo, diferente e inquietante.

En el extremo de la mesa, Wilkie está hablando sin parar mientras come macarrones, contando bromas infantiles, y la chica se ríe con un brillo en los ojos mientras Charles la mira de reojo.

Kate permanece sentada en la rígida silla del comedor, con perlas de sudor sobre el labio, llevándose el queso a la boca, haciendo como que no los está observando.

En la primera función, Kate se sienta en la primera fila del teatro, que está abarrotado, y a su alrededor los abanicos se agitan como insectos.

Se le acumula el sudor en la nuca y se le cuela por el corsé.

Sigue sin aliento tras haber llegado hasta su asiento, como le pasa casi siempre que tiene que hacer cualquier esfuerzo desde el nacimiento de Plorn, y además esta noche lleva el corsé demasiado apretado.

Georgy está sentada a su lado, abanicándose con energía con el programa de la función inaugural.

Kate nota que todas las miradas están posadas en ellas dos, alimentadas por los rumores que, a lo largo de los años, Charles no ha tratado de disipar de ninguna manera.

«Mi par de mujercitas». «Mi mascotita». Siente el impulso repentino de salir de ahí, de abrirse paso entre las rodillas de los caballeros, con sus pantalones negros, y las crinolinas que se extienden como campanas y se interponen en su camino hacia la salida, pero las luces se están atenuando y ya no va a poder irse sin causar molestias.

Conforme la oscuridad se extiende por el teatro, Kate junta las manos, una sobre la otra, e intenta ver la obra que ya ha visto cientos de veces.

Los hombres, expresivos y gesticulantes, con los rostros severos bajo la luz de los focos.

La joven, Ellen, rebosante de una preocupación conmovedora y un amor noble. Charles, en pleno apogeo heroico.

Recuerda cuando estuvo con Mary en el teatro, muchos años atrás, la noche en que su hermana enfermó. Recuerda haberla visto reírse con Charles, susurrarse cosas al oído con complicidad. Recuerda haber tenido dudas al respecto, haber descartado la idea y haber vuelto a dudar más tarde.

Ahora es Georgy quien está sentada a su lado, sollozando en silencio, a oscuras.

Adorando a Charles, observándolo como si fuera un dios.

Mary ha seguido interponiéndose en su matrimonio durante todos estos años, como un fantasma, irreal, y ahora Georgy, una chica de carne y hueso, rebosante de un deseo reprimido, también se ha adentrado en su relación y no hay forma de expulsarla.

En el escenario, Charles está muriéndose, tirado en el suelo, con el rostro pintado descompuesto por la tragedia.

—¡Clara, hermana mía! —está diciendo—. ¡Bésame, hermana, bésame antes de que muera!