La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

L a casa de la que tanto he oído hablar está hecha entera de ladrillo rojo.

Transmite una sensación agradable, con sus amplias ventanas y tanta vegetación exuberante alrededor.

Los árboles están en pleno esplendor veraniego, y todo es justo como siempre lo describían.

Es una casa que da la sensación del final de una historia.

Pero la historia no ha acabado del todo.

Cuando atravieso la verja que separa la casa de la carretera, veo un montón de trabajadores por todas partes, como una colonia de hormigas, cargando cosas y gritándose unos a otros con voces chillonas, y dejando caer objetos al suelo con un estruendo, en lugar de posarlos con delicadeza.

Me detengo frente a la gran puerta de entrada, puesto que el señor Dickens me ha dicho que he de usar la entrada principal, y no la trasera, y siento el burbujeo de unos nervios que han estado gestándose durante todo el trayecto desde Londres.

Me obligo a no pensar en mi pequeña Catherine, en cómo lloraba cuando doblé la esquina de la calle.

En cuanto se abre la puerta, me veo envuelta en la figura voluminosa de la señora Dickens.

—¡Ay, Anne!

Me abraza como si llevara mucho tiempo muerta, cubriéndome en sus prendas de satén y acercándome a ella, de modo que me llega su aroma a lirio de los valles. Cuando pronuncia mi nombre con su ligero acento escocés, es como si hubieran pasado cien años y, a la vez, ni un solo segundo.

Y entonces se separa, sonrojada.

—Bueno, pasa, pasa, y cuéntanos qué tal la vida de casada.

La sigo al interior de la casa y me encuentro a la señorita Georgina, con los brazos cruzados, con su aplomo habitual.

—Bienvenida, Anne.

—Gracias, señorita Georgina.

—¡Estamos todas juntas de nuevo! —exclama la señora Dickens con demasiado entusiasmo—. ¡No me lo puedo creer!

Me sorprende lo mucho que ha cambiado a pesar del poco tiempo que ha pasado.

El brillo amarillento en sus ojos. Su palidez.

Se la ve perdida, siempre girándose hacia Georgina para ver lo que tiene que decir.

La plenitud de su juventud parece haberse desvanecido hace tiempo, y no ha dejado tras de sí más que una especie de letargo.

Nos sentamos a tomar el té, y me sentiría como una de ellas, una dama elegante de visita, si no fuera por la historia que compartimos, y porque no dejo de pensar en mi Catherine en casa, en que es el primer día de su breve vida en que no estoy a su lado.

Cuando llega el señor Dickens, veo que él también ha envejecido, que tiene la cara más consumida, pero sigue moviéndose con el mismo frenesí de siempre mientras se acerca a mí dando zancadas y me estrecha la mano con afecto.

—Anne, cuánto te hemos echado de menos. —Su mirada sigue poseyendo el mismo poder—. Te acuerdas de Plorn, ¿no? —me pregunta—. Plorn, deja de manosearte el pelo, que pareces una cacatúa.

Georgy le quita a Plorn la mano de la cabeza y se la baja al costado. Ya debe de tener unos cinco años, y aún se le ve la barriga abultada bajo el trajecito que lleva.

—Hola, señorito Edward —lo saludo.

—Anne va a ser la nueva ama de llaves de la casa de Londres.

A la señora Dickens se le descompone el rostro. Va pasando la mirada de uno a otro de los presentes.

—Ah, esperaba… esperaba que se quedara aquí, con nosotros. Que pudiera viajar conmigo, como mi doncella de nuevo. Echo mucho de menos… la compañía.

—¿La compañía? —El señor Dickens sacude la cabeza, incrédulo—. Pero ¡si estás rodeada de gente! ¿Es que no has llenado lo bastante esta casa de niños?

La señora Dickens abre la boca y la vuelve a cerrar.

—Sabes que necesitamos un ama de llaves en Tavistock, Kate —interviene Georgina con el tono de alguien que le habla a una niña pequeña—. No puedes quedarte a Anne para ti solita, como antes.

—Claro, tienes razón. —Noto a la señora Dickens decaída, pero la veo esbozar esa vieja sonrisa vacilante—. ¡Bueno, mejor eso que nada!

Mientras hablamos sobre mi nuevo puesto, el señor Dickens y Georgina me explican los detalles de la labor que debo desempeñar y la señora Dickens nos observa, sonriendo y dándole sorbos al té, y ofreciendo galletas cada vez que hay una pausa en la conversación.

Voy a incorporarme de inmediato, y voy a recibir un sueldo tan generoso que me queda claro que, si alguna vez pensé que tenía elección, desde luego ya no.

—¿Tienes que regresar a Londres hoy mismo o te gustaría quedarte a pasar la noche con nosotros en Gad’s Hill? —me pregunta la señora Dickens con una mirada cargada de esperanza.

El señor Dickens frunce el ceño.

—Estoy seguro de que Anne debe regresar con su familia —comenta Georgina.

—Mañana nos vamos a Mánchester, así que no te veré hasta que volvamos a Londres. ¿Cuándo crees que será eso, Charles?

El señor Dickens empieza a levantarse, como si su esposa no hubiera hablado.

—Anne, te van a llevar en el carruaje hasta la estación.

—No quisiera causar molestias, señor.

—Tonterías —dice, ya en pie—. Seguro que el pobre caballo se sentirá aliviado con esa tarea, después de haber tenido que pasear por Rochester con la señora Dickens a cuestas.

La señora Dickens se sonroja, como si le hubieran dado un golpe.

Los demás lo ignoramos, como si no hubiera dicho nada.

Mantengo la vista fija en el suelo mientras me pongo en pie para alisarme las faldas.

Me digo que algo ha cambiado aquí. Que algo ha empeorado, y no me gusta.

Cuando la señorita Georgina sale para pedir que manden el carruaje, mantiene el rostro completamente inexpresivo.

—Te mandaré una carta a Londres con todas las instrucciones —dice el señor Dickens con decisión—. Tengo que marcharme ya, pero dejaré que mis mujeres te acompañen a la puerta. No hace ni falta que te diga lo encantado que estoy de que tenerte de nuevo con nosotros, Anne.

Me agarra la mano y me la estrecha con cariño.

Asiento para demostrarle que le estoy agradecida, y luego sale de la habitación, sube las escaleras y desaparece.

La señora Dickens me sigue mientras salgo al vestíbulo, donde una criada con la cabeza gacha me tiende la capa.

Quiero decirle que una vez yo fui ella. Que mantenga la cabeza bien alta.

Las ruedas del carruaje crujen sobre la grava mientras se detiene en la rotonda, bajo el sol de la tarde.

—Bueno, pues adiós, Anne —me dice la señora Dickens. Se aferra a mi brazo como solía hacer, y siento una oleada de algo parecido al cariño por ella y, a la vez, la misma ligera repulsión ante la intensidad de su necesidad—. Nos vemos en Londres —dice—. ¡Y será como en los viejos tiempos!

—Adiós, señora —respondo y asiento—. Nos vemos en Londres.

Se queda en la ventana, con un brazo levantado, mirándome mientras me dirijo al carruaje, y me subo agradecida, pensando ya en mi niña y en si llegaré a casa, a su lado, antes de que anochezca.