KATE
KATE
L as colinas de Kent se extienden ante ellos, reconfortantes y familiares.
Las angostas calles de Rochester han dado paso a los setos moteados y los cultivos a la espera de la cosecha conforme avanza el verano.
Kate va sentada apretujada entre la ventanilla del carruaje y el cuerpecito de Plorn, que no tardará en ponerse perdido ya que está comiéndose una galleta de crema, en la parte de atrás de uno de los dos carruajes que han ido a recogerlos a todos de la estación.
Plorn, pegado a ella, le aprieta con fuerza la mano con la que tiene libre.
Últimamente a Kate no le gusta demasiado mirarse sus propias manos, esos dedos que han aumentado de tamaño como una masa de pan que se ha dejado reposando durante demasiado tiempo y que ahora se le abultan alrededor de la alianza.
De modo que envuelve los deditos de Plorn con ellos y aparta la vista para mirar el campo de Kent.
Quiere preguntarle a Charles si recuerda la luna de miel que pasaron allí.
Si recuerda que estaban tan embriagados por estar solos de viaje que casi se olvidaron de bajarse del carruaje en Chalk.
Y el susto que se llevaron, y que Kate perdió el guante, y que acabó en Rochester, y que se inventaron una historia para él y se imaginaron todas sus aventuras.
Pero Charles está mirando por la ventanilla de su lado, frunciendo el ceño por algo que debe de estar pensando, y parece cansado.
A Plorn se le cae la galleta en el regazo y rompe a llorar.
Kate se saca el pañuelo deprisa y le limpia el abrigo de viaje, pero el carruaje está ya frenando y los niños están levantándose y abalanzándose para ser los primeros en llegar a la puerta.
—¡Ya hemos llegado! —grita Plorn con la nariz pegada al cristal—. ¡Ya hemos llegado, papá!
Georgy baja antes que Kate y se queda parada con las manitas entrelazadas, contemplándolo todo.
—Qué bonito es esto, Charles. Es tal y como lo contabas. Y al fin es vuestro.
La casa sigue donde siempre, algo apartada de la carretera.
A Kate, verla le infunde cierta esperanza.
Piensa en cuando estuvieron ahí mismo, muchos años atrás, mirándola por encima del muro.
Y ahora Charles tiene la llave de la puerta en el bolsillo.
Todo lo que rodea a Charles se adapta a él, piensa Kate.
Y era de esperar que en aquel entonces fuese una ingenua al imaginar su felicidad conyugal, teniendo en cuenta que era una recién casada.
Aunque las cosas no hayan salido exactamente como se las había imaginado, al menos está aquí, ocupando su lugar, con su marido a su lado y sus hijos delante.
Charles se baja del carruaje y se detiene en el sendero, al lado de Georgy.
—Es increíble, Georgy, querida. A mi yo del pasado le costaría creérselo. —Recoge a Plorn del suelo y se lo apoya en el costado—. ¿No te dije yo, Plornishmaroon, que podrías tener cualquier cosa que quisieras si te esforzabas lo suficiente?
—Sí, papá.
Al entrar, las habitaciones huelen a humedad y el papel pintado está anticuado y salpicado de manchas. Ya la habían alquilado antes, pero ahora han venido a convertirla en su hogar.
Kate se queda paralizada en el pasillo, sin saber hacia dónde ir, mientras los niños, que hace rato se han dispersado, corretean por las habitaciones del piso de arriba, adueñándose de ellas y llamándose unos a otros a través de los rellanos, por donde resuenan sus voces.
La puerta principal está abierta al camino de entrada, y unos hombres sudorosos que no dejan de enjugarse la frente están empezando a meter cajas.
Charles sale a toda velocidad, como siempre, por una puerta que Kate no había visto aún.
—Kate, ¿podrías ayudar, o al menos ponerte en alguna otra parte?
Sobresaltada, Kate se hace a un lado mientras Charles pasa con agresividad por delante de ella, dando órdenes sobre colores y fabricantes y muebles, y Georgy lo sigue, asintiendo y tomando apuntes.
Kate, liberada, sale al jardín y se sienta en el banco de debajo del árbol, cuyas ramas se mecen, recortadas contra el deslumbrante azul del mediodía.
Cierra los ojos y ve las sombras oscuras de las hojas bailar en sus párpados.
Después de una cena fría improvisada servida en el comedor, Kate se prepara para acostarse en el pequeño vestidor del que se ha adueñado; se deshace los rizos delante del espejo e intenta volver a darles forma.
La nueva doncella, la última de una larga lista desde que Anne la dejó, no conoce aún sus gustos, y Kate la ha mandado abajo, ya que no soporta los tirones de sus manos inexpertas.
Se pasa el peine por el pelo para llevárselo hacia delante, como a Charles le gustaba antes, un peinado que ahora se ha quedado anticuado, claro está.
Y en ese momento escucha un grito lastimero que proviene de algún lugar del piso de arriba, amortiguado por los tablones de madera del suelo.
Plorn. A pesar de todos los años de maternidad, le da un vuelco el corazón, como le sucedía antes.
Se pone de pie de un brinco y, con la vela en la mano, sube las escaleras hasta lo alto de la casa entre crujidos y le pide a la niñera que los deje solos.
Plorn está tumbado en su cama individual, tapado hasta casi las orejas, con los ojos asomados por encima de la manta.
—¿Qué te pasa, Plornish?
—Me dan miedo las paredes.
—¿Las paredes? Vaya por Dios. —Kate se deja caer en el sillón del cuarto de los niños y le da la mano—. Me quedaré aquí un ratito contigo y haremos frente juntos a estas paredes, ¿vale?
Plorn asiente y cierra los ojos, apretándolos con fuerza, como si pudiera conciliar el sueño a base de concentrarse.
Kate lo observa a la luz titilante de la vela.
Los mechones de pelo rubio le enmarcan la carita solemne.
Su hijo menor siempre le ha parecido de alguna manera más vulnerable y frágil que los demás.
Menos seguro de sí mismo que el resto de los chicos.
Le parece que es como ella. Que siempre mete la pata.
Es el favorito de Charles, claro. Pero el favorito de Charles es siempre el que sea más pequeño. Solo terminan decepcionándolo cuando crecen y se da cuenta de que no se han convertido en él.
Por las tardes, Charles se sube a su hijo pequeño a la rodilla y lo llama «el mejor niño de todos» mientras los demás los miran con el rostro impasible.
Kate conoce esa expresión. Es la suya, la que ella, Georgy y los demás adoptaban cuando su madre los hería sin piedad.
Una expresión de indiferencia, una máscara con la que cubrirse y amortiguar el golpe.
Su Plornish es el último que queda en este cuarto infantil improvisado, y el que más tiempo ha estado allí solo debido al hueco que ha dejado Dora.
El aire allí arriba, en las habitaciones del ático, sigue oliendo a rancio, a naftalina, a aceite para el cabello y al polvo de quienquiera que viviera ahí antes.
Normal que no pueda dormir, piensa Kate.
Ni siquiera sabe si va a poder dormir ella en esta casa extraña y desconocida que acarrea el peso incierto de unos sueños que aún no se han concretado.
Una vez que está segura de que Plorn se ha quedado dormido, sopla la vela para apagarla y vuelve a bajar por las escaleras, dejándolo solo, hecho un ovillo en su cama plegable, dándole la espalda a la pared de manera deliberada.
Al llegar a la puerta de su propio dormitorio, se cierra la bata con el cinturón de borlas. Es la bata a cuadros, la que ha llevado durante todo su matrimonio. La que tanto le gustaba a Charles al principio. El recuerdo le saca una sonrisa.
Claro que tampoco es algo que se pueda esperar.
Seguir siendo deseable en la mediana edad.
Charles lleva años sin apenas tocarla; quizá solo una o dos veces desde que llegó Plorn.
Pero tal vez posea aún su antiguo poder, incluso ahora; aún sabe cómo darle placer de una forma que lo ha hecho regresar a ella una y otra vez a lo largo de los años, que acalla su impaciencia con ella.
Y es una noche especial, al fin y al cabo.
Su primera noche en esta nueva casa, con la que han estado soñando durante tanto tiempo.
Se unta un poco de aceite de lavanda en el cuello, vuelve a colocar el frasco en su sitio y empuja con suavidad la puerta del dormitorio para abrirla.
Por el ritmo de su respiración, sabe que Charles está despierto.
Se mete en esa cama desconocida con él, estira el brazo en la oscuridad y deja la mano junto al costado de Charles, justo por encima de su cadera. Poco a poco, mueve los dedos sobre su piel. Una pregunta.
Pero Charles no se mueve.
Kate espera una respuesta, que se mueva hacia ella en la cama o que le agarre la mano. El idioma que comparten, los movimientos de «sí» y «aquí» y «espera» y «ahora». Ha ido evolucionando con los años, de modo que a veces tan solo se comunican con el aliento, caliente y acelerado en la oscuridad.
Y entonces Kate oye su voz:
—¿Es que no me puedes dejar en paz, mujer? Eres insaciable.
Kate retira la mano a toda prisa. La palabra la horroriza. La avergüenza.
Se queda allí tumbada, impactada.
Es un tipo de insulto muy concreto, una forma de herirla que le llega a lo más hondo. Siente que algo en su interior se encoge y su seguridad en sí misma se tambalea.
Tal vez sea obsceno desearlo como lo desea ella.
Que le guste hacerlo. Pero ahora se siente indeseable, monstruosa.
Por lo que la noche siguiente, y la siguiente a esa, cuando Charles se mete en la cama a su lado y se da la vuelta hacia la pared, ella se queda inmóvil bajo la sábana deseando intentarlo, pero no se atreve a acercarse a él.
En la tina, se le ve el cuerpo abultado, blando y pálido, deformado por el agua.
Se lo observa con curiosidad, como si se tratara de algo que no termina de reconocer como propio.
Las marcas plateadas que se le extienden por la piel en todas direcciones, las venas rojas que afloran por aquí y por allá en las pantorrillas, la zona de vello oscuro y cada vez más ralo entre la piel arrugada de los muslos.
No paran de salirle pelos en la barbilla, y se los tiene que quitar con unas pinzas y un espejo colocado en un ángulo extraño que lo vuelve todo demasiado grande.
Pero luego, para su espanto, empiezan a crecerle por el cuello, y llega un punto en que no se los puede quitar lo bastante rápido.
Siente como si estuviera en guerra con ellos, pero siempre en el bando perdedor.
A veces le encuentra cierto placer extraño.
Otras veces le aterra ver cómo ha envejecido, saber que el paso de los años seguirá consumiéndola hasta que no quede nada.
Pero ¿acaso no es eso una muestra de todo lo que ha sacrificado, algo que todas las mujeres deben hacer para cumplir el propósito de Dios para ellas en el matrimonio?
Renunciar a su belleza y a su juventud por voluntad propia y en silencio, por los hijos que están por venir.
Por un tipo diferente de belleza, diría Charles: la auténtica belleza del alma.
Y, aun así, Charles ya no quiere tocarla.
Cuando sale del baño, empapada, su doncella la ayuda a vestirse, a ponerse el corsé y ceñirle el vientre para crear algo parecido a una cintura, para que más tarde, cuando vuelva a liberarse de sus ataduras, se desborde, rojo y con marcas.
Se engalana con todos los adornos que denotan distinción: broches, collares, guantes y volantes para que a los demás se les vayan los ojos hacia ellos.
Pero, cuando le hacen una foto y se la envían a la casa en un sobre marrón franqueado, se mira y se ve corpulenta, cetrina, rechoncha; observa las profundas ojeras que le han salido y se desespera.