La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

T engo a mi hija durmiendo en los brazos, a oscuras.

Está envuelta en una manta bastante rugosa que he cosido yo misma; aprendí a coser gracias a la señora Dickens, aunque no he llegado a perfeccionar nunca dicha habilidad.

La manta está llena de bultos y agujeros e hilos sueltos, pero la he hecho yo, y estoy orgullosa de ella.

La familia que vive arriba está chillando de nuevo, dando una serie de golpes y porrazos que hacen vibrar las paredes. Mi niña se agita y abre la boca formando una «O» perfecta. Le subo la manta hasta cubrirle la cara y la acuno, pegándola contra mí.

El amor que siento por ella es sobrecogedor.

Por sus ojos, con esas manchitas grises azuladas.

Por el lunar que tiene en la pierna izquierda, sobre el pliegue de la rodilla, que me hace pensar a veces que me voy a morir de amor, una sensación que no tiene ningún sentido.

Me he dado cuenta de que no me gusta estar separada de ella ni un solo instante.

Me he pasado toda su corta vida a su lado, temiendo que rompiese a llorar si no me encontrase.

Mi Catherine Georgina, llamada así en honor a la señora Dickens y a su hermana.

En esa elección veo un destello de mi antiguo yo, siempre buscando la manera de sacar partido de las cosas.

Le escribí a la familia para contarles la noticia, y la señora Dickens me respondió con su prudencia habitual.

Su carta me transportó al instante a esa época, a lo que me hacía sentir esa afinidad entre nosotras que nunca expresábamos.

Poco después el señor Dickens me envió un regalo de Navidad, una cuchara de plata con una dedicatoria grabada, como si pensara que iba a echar tanto de menos pulir que merecía que me regalaran algo de plata.

Guardé bien la cuchara en un cajón, para que Catherine pueda conocer algún día a su famosa tocaya, e intenté dejar encerrados con ella todos los pensamientos de mi antigua vida.

De esa vida tan cómoda, con las despensas repletas de carne y las camas repletas de plumas.

Del trato delicado y afectuoso de la señora Dickens. De los secretos y la tristeza.

Oigo una tos seca que proviene de la habitación de atrás. Dejo a la bebé en la cesta con cuidado y atravieso el estrecho pasillo hasta la cama.

—¿Estás bien, Ned? ¿Te traigo una cerveza?

—Creo que hoy estoy regular. Pero solo me hace falta descansar. No te preocupes.

Alargo la mano y se la poso en el brazo. Tiene la piel fría y azulada.

La enfermedad ha llegado de un momento a otro, se ha apoderado de él rápido y parece estar consumiéndolo. Ver a un hombre tan grande, fuerte y corpulento postrado en cama es como ver un árbol caído, y sufro por él.

—Bueno, pues descansa —respondo—. Voy a traerte algo de beber.

Hace amago de responder, pero la tos se ha adueñado de él de nuevo, y se encoge y después vuelve a recostarse, debilitado por el esfuerzo.

Regreso a la habitación delantera, apesadumbrada, y pongo el caldero al fuego para hervir agua.

Nos hemos pasado varias noches en vela, dándole vueltas al asunto; mientras esperamos a que Ned mejore hemos usado los escasos ahorros que habíamos reunido, pero con cada semana que pasa parece empeorar, y dentro de poco no nos quedará nada.

No se puede levantar de la cama, y por tanto no puede trabajar, y, si no puede trabajar, no podemos vivir.

Me acerco a la cajonera y saco la cuchara de plata de su funda de terciopelo oscuro.

Para Catherine Georgina, del sr. C. D.

Volver a esa vida. Estar siempre presente, a la espera de una orden. Cuidar de los niños de otros mientras la mía me llama y no me encuentra.

He caído en la trampa del amor, pienso mientras vuelvo a dejar la cuchara bien guardada en su funda. Tenía razón desde el principio. Pero es una trampa tan brillante que, aunque me dieran la llave ahora mismo, no abriría la cerradura para liberarme por nada del mundo.

Se oye un portazo en algún lugar del piso de arriba y Catherine empieza a berrear.

Voy corriendo a sostenerla en brazos, me la pego a mí y la acuno.

Mi padre me dijo una vez que iba a ser una mala madre.

Y yo misma llegué a pensarlo. Pero al final he sido cariñosa, he sido una madre y una esposa paciente y dulce, como sacada de una de las mejores historias del señor Dickens.

He fregado, he ahorrado y he racionado el carbón, y me he asegurado de que mi familia pueda vivir en un hogar alegre; y, cuando lo he pasado mal, lo he hecho en silencio.

Nadie me podría reprochar nada respecto a mi manera de amar, ni aunque consultase un manual sobre cómo hacerlo.

Pero, en mis momentos más oscuros, justo después de despertarme, me he preguntado si la enfermedad de Ned será una especie de castigo que yo misma nos he buscado.

He sido feliz de maneras que no esperaba, pero, incluso mientras experimentaba toda esa felicidad, me preguntaba cuándo llegaría este momento.

Por supuesto, pienso mientras bajo la vista a mi niña, a esos ojos con un borde oscuro, como los de Jem.

Así es como acaban los cuentos. Ningún crimen queda impune. Quizá siempre lo he sabido.