La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Pierna de cordero con ostras

Escaldar unas ostras de buena calidad, quitarles los filamentos y las partes duras, añadirles perejil, cebolla picada y hierbas aromáticas hervidas y finamente picadas, y las yemas de dos o tres huevos duros, y mezclarlo todo.

Hacer cinco o seis agujeros en la parte carnosa de una pierna de cordero y rellenarlos con la mezcla, y prepararla de cualquiera de las siguientes maneras: envolverla en un paño y dejarla hervir a fuego lento durante dos horas y media o tres, según el tamaño, o estofarla y servirla con una salsa inglesa fuerte.

L as lámparas de gas silban tras sus pantallas y proyectan un resplandor amarillento sobre los invitados mientras atraviesan en fila las puertas de Tavistock House.

Kate se encuentra en medio de ese torrente infinito de personas, entre periodistas con el ceño fruncido, jueces junto a sus esposas con rostros impasibles, escritores, abogados…

Todos absorbiendo con avidez los detalles del gran vestíbulo.

En esta casa, la más grande en la que han vivido jamás, hay un teatro.

El Teatro Más Pequeño del Mundo, lo llaman Wilkie y Charles.

Kate no sabe bien qué pensar de Wilkie, el nuevo destinatario de la ferviente amistad de Charles.

Se lo ve una persona algo inestable. Charles parece volverse más alocado cuando están juntos, más voluble.

Ese último proyecto, el de reformar la antigua sala de enseñanza para convertirla en un teatro privado, ha sido idea suya.

Ellos, junto con los chicos, estuvieron trabajando como esclavos durante semanas, haciendo turnos de media jornada, martilleando, serrando y dando golpes, y cenando en la cocina del servicio, cubiertos de serrín, con los pies encima de las sillas, mientras las criadas lo limpiaban todo como locas con paños húmedos.

Lo primero que representaron fue Guy Fawkes , con la casa llena de revolucionarios; y luego Pulgarcito , con el pequeño Henry como protagonista, ya que a Plorn aún lo habían considerado demasiado pequeño, y ahora, esta noche, la obra de Wilkie, En mares helados , con Charles como Wardour, envejecido con maquillaje teatral, y con la parte trasera del teatro abierta para mostrar la nieve real que cae.

Durante el ensayo general, Charlie Collins, el debilucho hijo de Wilkie, se sentó en primera fila y aplaudió con entusiasmo, sin apartar la mirada de Katey.

Kate pensó que no haría buena pareja con su hija, y los estuvo observando con recelo después.

Ahora lo busca con la mirada y lo ve con dos de sus hijos, riéndose.

A pesar del frío de enero que se cuela a través de las puertas mientras entra la multitud, Kate se da cuenta de que está sudando.

Su nueva doncella le ha apretado demasiado el corsé, intentando ceñirle la cintura.

Le da la mano a una pareja de literatos cuyos nombres no recuerda, procurando no mover demasiado la cabeza y evitando el resplandor de las lámparas de gas.

Sus dolores de cabeza, que siempre han sido intensos, han ido empeorando desde el nacimiento de Plorn. Ya descansará mañana.

A su lado, Georgy, sonriente y dócil, recoge las entradas de los invitados conforme van llegando.

Las mujeres de Charles, una al lado de la otra, interpretando el papel de un encantador dúo de hermanas, para ocultar la extraña relación que mantienen en realidad.

Georgy sigue soltera y rechaza todas las propuestas.

Aún está en su casa. Y Kate está segura de que sigue también desesperada y eternamente enamorada de Charles, quien no lo ve, o no quiere verlo.

Georgy ha perdido el esplendor de la juventud temprana, a sus casi veintisiete años, y Kate está viendo que su marido cada vez le hace menos bromas coquetas, y que Georgy no lo puede soportar.

Observa a su hermana ahora, esos ojos tan abiertos, ese entusiasmo que aún la invade por formar parte de un hogar así, de un acontecimiento así.

Con Charles siempre hay alguna fiesta. Siempre hay bullicio.

Pero cada año parece alejar más a Kate de todo ello.

Parece buscar maneras de distraerse, nuevas obsesiones, que no la involucren a ella.

Kate podría haber interpretado un papel en la función de esta noche, claro.

Ya lo ha hecho antes, y a Charles le encantó, y la quiso más por ello.

Pero no ha vuelto a actuar en una obra de teatro desde que intentó, tras el nacimiento de Sydney, participar en una función en la casa de Knebworth, y se cayó por una trampilla que no había visto y se torció el tobillo.

Recuerda la expresión de sufrimiento de Charles, a las chicas jóvenes y guapas que acudieron corriendo con exclamaciones de preocupación para tratar de sacarla del agujero agarrándola del brazo.

Se moría de vergüenza. Y lo avergonzó a él también.

Era evidente. Así que ahora se contenta con ofrecerse voluntaria para recibir a los invitados, y nadie ha intentado disuadirla.

De hecho, es probable que Charles esté aliviado de tenerla apartada.

A veces, cuando tiene un momento de calma, Kate cierra los ojos y recuerda los primeros días de su matrimonio.

Lo cariñoso que era Charles con ella. Recuerda una vez en que Charles le tomó la mano y le quitó el guante, dedo a dedo, con tanto cuidado que Kate se sintió como si tuviera una mano de cristal.

Como si fuera valiosísima. Ahora sacude los dedos por instinto al recordar ese momento y vuelve a sentir un leve escalofrío de repulsión por su tosquedad.

Cuando piensa en el afecto, en alguien que la quiera, sigue pensando siempre en Anne.

Anne, que ya no forma parte de su vida. Como debe ser, claro, se dice a sí misma con firmeza.

Ahora Anne tiene una hija, y la ha llamado Catherine en su honor; eso es lo único que sabe.

Le escribió para contarle la noticia, con esa letra tan cuidadosa suya, sin expresar más de lo necesario.

Sin palabras emotivas, sin dejar caer que los echaba de menos.

Que la echaba de menos a ella. Y ella, Kate, le respondió en el mismo tono.

No le escribió sobre lo mucho que añoraba el consuelo que le brindaba.

Su estabilidad, su calma. El hecho de que siempre se mantuviera al margen del bullicio de la familia, como una testigo silenciosa de lo cotidiano, y que fuera suya, de Kate, como nada más parecía serlo, ni siquiera sus propios hijos a veces.

Es imposible expresar estas cosas. Desaparecen entre las palabras, como siempre.

Kate se dice a sí misma que Charles sigue siendo bueno, a su manera, claro.

Y cuando decide serlo el mundo de Kate se detiene, como ha ocurrido siempre, y dirige toda su atención hacia él como una flor que ansía el sol.

Cuando murió la pequeña Dora, Charles se mostró de lo más tierno, con esa actitud de antes que tanto añora Kate.

En ese momento sentía que el dolor los unía, que tenían un vínculo que no podía compartir nadie más.

Y cuando, una tarde, en el cuarto de los niños, Kate encontró unas huellas en la ventana, el fantasma de su hija, unos deditos totalmente definidos sobre el cristal, y se derrumbó, Charles la reconfortó.

En los meses posteriores a la muerte de Dora, Charles se mostró cauteloso con ella.

Casi nervioso. Trataba de animarla y entretenía a los niños con fiestas e historias, y estuvo a punto de incendiar la casa al montar un espectáculo en el teatro de marionetas de Charley.

Se la llevó de viaje una vez más, para distraerla, y volvieron a ir a Broadstairs, y le escribía cartas cuando estaba fuera que contenían una chispa de algo que Kate creía que habían perdido.

Y después le propuso, en un arrebato de entusiasmo mientras cenaban, que publicara sus recetas.

Se obsesionó con la idea y, en menos de una semana, ya había encontrado una editorial, y fue casi bailando de camino a la reunión, y volvió triunfante, haciendo ondear un contrato como si fuera la bandera británica.

Kate está orgullosa de su libro, claro, con esa encuadernación dorada.

Está orgullosa, en particular, de la buena acogida que ha tenido.

Su madre vino desde Brompton para celebrarlo con una cena, acompañada de su hermana pequeña, Helen, ya una mujer hecha y derecha, con la misma mirada aguda de Mary, y Charles brindó por el hecho de que Kate fuera una autora publicada, y Kate se sonrojó, como si una madre de diez niños de mediana edad pudiera sonrojarse, con todo el encanto que implica esa palabra.

Una palabra que ya debería haber dejado atrás.

Se sintió, durante un tiempo, como si Charles le hubiera prestado un disfraz que le ofrecía la grandiosidad de la palabra escrita, y Kate se lo puso con curiosidad.

Y, aun así, como le sucede siempre que intenta expresar sus pensamientos por escrito, sus frases no lograban captar una parte de ella, que por lo tanto quedó omitida.

Cada receta, ensayada y puesta a prueba con esmero, resultaba insulsa en el papel.

Caldo escocés. Crema de espárragos. Pierna de cordero con ostras.

No mostraban, ni podían mostrar, toda la riqueza, toda la alegría, de su cocina.

El tiempo exacto que deben estar en remojo los garrafones.

Que, con solo echarles un vistazo, se puede saber cuándo hay que darles la vuelta a las patatas.

El equilibrio de los sabores. El brillo de la carne cuando se le añade el glaseado.

Es como si hubiera que poner por escrito cómo bailar.

Puedes escribir que hay que dar tantos pasos hacia la izquierda y tantos hacia la derecha, pero no lo puedes mostrar. No del todo.

Ya apenas queda gente en la puerta; la función está a punto de comenzar.

Las hijas de los Thackeray, Anny y Minnie, pasan por delante de ella deprisa, y Minnie le ofrece una sonrisa tímida.

Ya son casi adultas, aunque Kate sigue pensando en ellas como niñas pequeñas, correteando por Devonshire Terrace con los conejos que tenían como mascota en los brazos.

Pero tienen la misma edad que Charley, su niño bueno, con su carita redonda, que ahora mismo está paseándose por allí con sus gafas en forma de medialuna, recibiendo cordialmente a los invitados.

A veces, a medida que se acerca a la adultez con esa indecisión típica de él, a Kate le recuerda a su propio padre, que está sentado ahora entre el público.

Su primer hijo ha heredado de él su bondad, su amabilidad, pero Kate espera que le vaya mejor que a él.

Charles ha acudido una y otra vez al rescate del padre de Kate, al igual que rescata a todo el mundo; lo ha salvado de la quiebra, del final de una carrera en la que todos sus proyectos parecían fracasar de manera inesperada nada más comenzar, y, en una ocasión, para su profunda vergüenza, de la cárcel de deudores.

Fred también supone una carga. Vive fuera, está casado con una mujer que a Charles no le gusta y corren rumores de que bebe y acumula deudas.

Su dulce hermana, Fanny, está muerta; su prometedor futuro musical, truncado.

El señor Dickens padre lleva cuatro años enterrado; les ha dejado más deudas, y utilizaba el nombre de Charles como aval para adquirir lujos que no necesitaba y que ya nunca va a poder pagar.

Y, aun así, Charles, al recibir la noticia de su muerte, quedó destrozado.

Típico de Charles, pensó Kate, mientras él estaba sollozando en la cama.

El amor y el odio, siempre entrelazados.

Normal que su marido esté cansado, piensa ahora Kate.

Normal que parezca cargar con el peso del mundo en los hombros.

Parece mayor de los cuarenta y dos años que tiene; cuando está en calma, tiene la cara caída.

Pero, cuando está contento, su alegría aún se expande por la casa como fuegos artificiales, efervescente y frenética, y, si no te apartas deprisa, puede explotarte en la cara, al igual que su ira, y absorberte por completo.

Ahora mismo debe de estar en alguna parte, entre bastidores, entusiasmado, yendo de un lado a otro, rebosante de energía.

Lleva todo el día tenso, concentrado, respondiendo con brusquedad a quienes tardan demasiado en entenderlo.

Los criados cierran las puertas. Kate entra en la sala y toma asiento, a la espera de que Plorn, que se ha puesto de pie sobre su silla, atenúe las luces.