ANNE #3
No quiero entrar en la casa, ni siquiera ahora; no quiero irme a la cama y tener que empezar un nuevo día con el rostro de Jem grabado en la mente, como sé que lo tendré.
—De acuerdo.
Edward agarra el paquete y lo deja en la mesa de madera de roble, de donde una criada se lo lleva con los labios fruncidos ante su descaro. Y luego me toma del brazo con delicadeza, para estabilizarme, y desearía poder apoyarme en él, y no tener que valerme por mí misma de nuevo jamás.
Entonces comenzamos a pasear acompasados hacia Euston Road, como siempre hacemos, como hemos hecho durante todos estos largos años, aunque esta vez voy a un paso más lento de lo normal y siento una pesadumbre mayor.
Pasamos por delante de los grupos de chicos hambrientos que están dejando descansar a los caballos fuera del hotel del ferrocarril, y de las fábricas de carruajes, con su olor a humo caliente y a hierro fundido, y seguimos sin hablar.
—No me gusta verte sufrir.
—Estoy bien.
Edward se detiene en plena calle, de modo que yo también me paro a su lado mientras los transeúntes se chocan con nosotros y nos empujan y protestan en su ajetreado trayecto hacia ninguna parte.
Observo el amplio rostro pensativo de Edward, con las mejillas sonrojadas, y me pregunto por qué me esperará siempre, sin falta, y quién creerá que soy.
—Llevo mucho tiempo deseando que tengas a alguien que cuide de ti.
—Ya estoy… estoy bien cuidada. Y yo cuido de mí misma.
Las palabras, a pesar de resultarme tan familiares, suenan vacías.
—No te lo voy a volver a pedir, Anne. Ya te lo he dicho. Pero esperaba, como ya sabes, que me permitieras hacerlo, para que no tuvieras que estar tan sola en este mundo como pareces estar. Y aún… aún lo espero.
Este hombre no tiene nada, me digo a mí misma como una especie de advertencia contra el anhelo que se agita en mi interior. Tiene un trabajo humilde y poquísimo dinero. Con él no habrá grifos relucientes que den agua limpia, ni camas de plumas, ni médicos que acudan en cualquier momento.
Me prometí a mí misma que jamás volvería a la pobreza.
No sirvo para llevar esa clase de vida, pienso aterrada.
No soy como los personajes de mejillas sonrosadas de los libros del señor Dickens, que hacen que una vida humilde parezca de algún modo agradable.
No soy uno de esos pálidos niños desamparados que mueren por ser demasiado nobles.
Yo sé que acabaría mal. Siempre lo he sabido, desde el principio.
—Hay cosas de mí que no sabes, Ned —le digo, y se me rompe la voz por la verdad que acarrean las palabras—. No… No soy una buena persona.
—¿Que no eres buena persona? —Durante un momento parece perplejo, como si estuviera tratando de resolver un problema irresoluble—. ¿Es eso lo que me has estado ocultando todo este tiempo?
—Parte.
La vergüenza me impide mirarlo, y pego la cara a su chaleco para esconderla. Él me apoya la mano en el cuello durante un momento, y siento cómo me roza la zona en la que me he dado el golpe contra el suelo y que aún me duele.
—Para mí eres lo bastante buena, Anne Brown —me dice.
—No me conoces —replico, y sacudo la cabeza.
Me lleva la mano a la mejilla y me habla con suma delicadeza:
—Sí que te conozco, Anne. Te tengo aquí delante, tal y como eres, y para mí eso es suficiente.
Vuelvo a alzar la vista hacia su gran figura encorvada y le miro la cara, inclinada hacia mí, las arrugas del rostro y las canas que le asoman como alambres por debajo de la gorra.
No tengo ni idea de lo que estoy haciendo; solo sé que lo deseo, y mucho.
Pienso en el señor Dickens, y en lo complicado que es estar a su lado.
En que él mismo se ha convertido en uno de los personajes que tanto odia, en su lujosa casa con toda su desdicha.
Pienso en la señora Dickens, en su amabilidad y su entereza, en que no deja de darte amor por muchas cosas malas que hagas, y en que su marido se burla de ella, como si no valiera nada.
Y me pregunto si, al final, será todo tan sencillo como parece en lo que respecta al bien y al mal.
Con un temblor extraño en la voz, pregunto:
—¿No lo he dejado para demasiado tarde?
—Te he esperado casi veinte años, Anne, y no me he ido a ninguna parte —responde Edward—. No creo que me vaya a ir a ningún sitio ahora, ¿no?
—No —contesto—, supongo que no.
Me aprieta la mano y yo hago lo mismo, y nos quedamos ahí plantados en la calle, con los dedos entrelazados como si pudiéramos transmitirnos así todos nuestros sentimientos.
—De acuerdo, entonces —dice al fin—. De acuerdo, Anne.
Y después me abraza con fuerza.
Casi me siento tonta por ser una novia tan mayor, por tener a la señora Dickens rondándome con flores de azahar, telas de seda y cosas que ha tenido guardadas en cajones durante quién sabe cuánto tiempo, algunas de ellas desde el día de su propia boda.
Para cuando al fin considera que estoy preparada, huelo a seis tipos de flores distintas, todas combinadas en un aroma tan fuerte que casi me preocupa que Ned me tome por un arbusto de jardín en el altar y salga corriendo.
Nos ponemos juntas ante el espejo del dormitorio principal de Tavistock House mientras la luz matinal se cuela por la gran ventana. Durante un momento veo el rostro de mi hermano en el mío, mirándome.
—Bueno —dice la señora Dickens, alargando el brazo y tocándome la manga, cerca del hombro, como si quisiera quitarme algún hilillo invisible—. Estás increíble, Anne.
—Gracias, señora.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿eh?
—Casi diecisiete años, creo, señora.
La señora Dickens me sonríe.
—Madre mía, no éramos más que unas niñas, Anne.
—Cierto.
Durante un momento, ninguna de las dos dice nada.
—Bueno —dice al fin la señora Dickens, y le tiembla la voz—. Te… te voy a echar de menos.
Asiento.
Hay una pausa que siento cargada de todo lo que no nos hemos dicho, y de lo que quizás ahora nunca nos digamos.
Que estoy en deuda con ella, una deuda que quizá nunca pueda saldar, por haberme acogido.
Por ser tan buena conmigo. Que lamento tener que abandonarla.
Que estoy asustada por la decisión que he tomado, y por qué va a ser de mí ahora que no voy a poder contar con la protección de esta familia.
—Mi madre solía decir —añade la señora Dickens mientras recoge el cepillo del pelo y lo deja de nuevo en el tocador— que, en el matrimonio, una persona debe ser un bálsamo para la otra. El señor Cornelius y tú sois los dos tan calmados que no sé quién será el bálsamo para quién.
Suelta una risita.
—Quizás ambos lo seamos para los dos, entonces.
—Quizá, sí.
Y a continuación aparta la mirada con una expresión que no logro interpretar.
Aparece la señorita Georgina en el vano de la puerta, con el ceño fruncido.
—Por el amor de Dios, Kate, ¿venís o qué? Que vas a hacer que Anne llegue tarde a su propia boda.
—Sí, lo siento. Ya estamos casi listas.
La señora Dickens me da un abrazo rápido y dos besos torpes en las mejillas, y el pequeño esfuerzo que supone el gesto la deja sin aliento.
La señorita Georgina se cruza de brazos cuando pasamos por delante de ella, y hace un gesto con la cabeza, como si reprobara tantas confianzas, y no puedo evitar pensar que la alivia verme marchar.
Cada vez tiene más control en Tavistock House.
A estas alturas, ya no se va a ir. Me digo a mí misma que es algo bueno.
Que se quedará con la señora Dickens, y que es su hermana de verdad, tal y como debe ser, y yo, la intrusa, volveré a mi lugar.
Abajo, en el vestíbulo, el señor Dickens está esperando, acariciándose la barba, y posa la mirada sobre nosotras con un brillo extraño en los ojos. La señorita Georgina se dispone a ajustarles los cuellos a los niños con aire severo.
—¿Estás completamente segura de que no te quieres quedar con nosotros después de todo, Anne? —me pregunta el señor Dickens con una ceja levantada—. Ya sabes que perderte me parte el corazón.
—¿Y dejar plantado al señor Cornelius en el altar? Creo que no, señor.
—Muy bien. Tan honrada como siempre. Casi te envidio, Anne, por poder disfrutar de la felicidad de los recién casados. Aprovéchala al máximo, antes de que acabes como los demás.
Veo que en ese momento la señorita Georgina le lanza una mirada rápida a la señora Dickens, que baja la vista a los pies.
—Gracias, señor —respondo.
La señora Dickens me agarra del brazo y me ofrece la clase de sonrisa que esboza siempre que está triste.
—Bueno, pues venga —dice—. ¿Salimos juntas, Anne?
—Sí, señora.
De modo que eso hacemos, nos ponemos en marcha y atravesamos juntas la gran puerta principal de Tavistock House, hacia donde me lleve mi matrimonio.