ANNE #2
—No es nada, de verdad. Solo tengo uno de mis dolores de cabeza.
—Bueno —digo mientras me siento a su lado y la tomo de la mano, como suelo hacer cuando estamos juntas a solas—. Quédese aquí y descanse. Ya no somos tan jóvenes, y nueve niños es una auténtica barbaridad.
La señora Dickens se ríe.
—Sí que es una auténtica barbaridad.
Pienso en el mal humor que embarga al señor Dickens con cada parto.
Tiene una manada de hijos no deseados que aumenta año tras año; y su frustración hacia ellos también, cuando tiene un mal día.
Y pienso también en la décima hija, Dora, a la que perdieron.
La pequeña Dora, con sus ojos azul oscuro.
Falleció a los siete meses, casi como si supiera que no era bienvenida y hubiera preferido marcharse.
Me pregunto si la señora Dickens también estará pensando en ella.
—Si prefiere ir —le digo—, la acompañaré, ya que necesitará un coche simón.
—No, no. Ahora voy a retrasar a todo el mundo y a causar molestias por llegar tarde, y tampoco voy a poder encontrarlos.
—Se pone en pie con pesadez y se acerca al tocador—.
Pero ¿podrías salir tú por mí a hacer un recado?
Quería llevar mi capa a la costurera de Camden, pero no me ha dado tiempo.
Tú podrás ir más rápido que yo, ya que Georgy se ha llevado el carruaje.
—Por supuesto.
—¿Seguro que no te importa?
—Para nada, señora.
—Ay, menos mal. Y, cuando vuelvas, ¿podemos sentarnos abajo a coser un rato juntas? La casa casi nunca está así de tranquila, y Georgy no está.
—Claro, señora.
Es cierto, pienso mientras bajo las escaleras. La casa está distinta cuando la señorita Georgina sale.
Ya no se va a casar, de eso estoy segura.
Todos lo han intentado, y se han burlado de ella y le han organizado cenas para que se siente al lado de este y aquel, o para que le presenten al encantador hermano de alguien.
Pero nunca ha habido nadie que haya llegado a gustarle del todo.
Tal vez sea algo bueno, ya que el señor Dickens dice que no puede vivir sin ella.
Que estaría perdido. Que la casa se vendría abajo.
Pero, cuando veo cómo lo mira la señorita Georgina, a mí me parece que tiene sus propios motivos para permanecer tan cerca.
Estoy cruzando el vestíbulo para salir de la casa cuando oigo la voz del señor Dickens a través de la puerta abierta de su despacho.
Está sentado delante de su escritorio, con un libro abierto delante, aunque no parece estar leyendo.
Parece estar tan solo sentado, pensativo, con esa tristeza que a veces noto que lo embarga, cuando al fin puede estar en silencio.
—¿Pretendías escapar, Anne?
—Desde luego que no, señor. —Me detengo en el vano de la puerta, en penumbra, con el paquete en las manos—. Solo he de hacer un recado para la señora Dickens.
—Claro. Un recado.
Asiento como para indicar que me voy a ir ya, pero el señor Dickens vuelve a hablar.
—¿Te gustaría poder hacerlo a veces?
—¿Poder hacer el qué, señor?
—Escapar.
Ya está otra vez con sus disparates, pienso mientras agarro con más fuerza el paquete, deseando poder irme a la calle antes de que se vaya el sol.
—No se me ocurre adónde podría escapar —digo con paciencia.
—Podrías irte al mar —responde, cruzando una pierna por encima de la otra y contemplándome—. Creo que serías una buena marinera.
—La verdad es que no se me había ocurrido. Gracias, pero creo que me voy a quedar donde estoy.
—Si yo pudiera, me iría, Anne —dice de pronto—. Me iría ahora mismo, durante varios meses. O años. A alguna costa salvaje, o a Francia, y escribiría allí como un loco. Me despierto por las mañanas y pienso: Hoy me iré y no volveré. Al diablo con todo .
En los momentos así parece un niño pequeño, a pesar de la barba gris y el pelo ralo. A mí siempre me lo ha parecido. Un niño extraño e infeliz. Y me pregunto, no por primera vez, por qué le resultará tan complicado encontrar la felicidad a alguien que escribe tantos libros sobre cómo alcanzarla.
—Yo no lo haría, señor —respondo tras una pausa.
Me clava la vista con unos ojos que son como dos antorchas.
—¿Y por qué no?
—Creo que lo echarían de menos.
Y deja escapar una risa triste.
—Sí, Anne, yo también lo creo.
Mientras cruzo Euston Road, con el paquete en brazos, pienso que voy a desviarme un poco para buscar al hombre que asa castañas junto al canal y comprarme un puñado para animarme.
Me desvío de mi ruta habitual y tomo la calle más ancha y transitada que pasa por delante de donde se disponen las barcazas en fila para cruzar la esclusa.
Hace una tarde fresca, y el tenue sol de octubre está escondiéndose tras los edificios.
Me alegro de haber salido de Tavistock House, de haber dejado atrás su pesadez.
Escaparme… Ya, claro. ¿Escaparme a dónde?
Yo ya he huido bastante. No podemos huir todos siempre; hay que quedarse y vivir con las consecuencias de lo que hemos hecho.
¿Y a dónde me iba a ir, en cualquier caso?
Me asomo por el muro, intentando olvidarme de todas esas ideas, y tan solo contemplo los coloridos barcos, y los caballos, con la cabeza gacha, pisoteando el suelo.
Y entonces se me detiene el corazón.
Hay un hombre con el pelo de color trigo desplomado contra la pared.
Está cubierto de mugre. Tiene un brazo destrozado, lleno de cicatrices de un rojo intenso, con los tendones y huesos deformados.
Sé de inmediato que se trata de mi hermano.
Nunca he estado tan segura de nada. Es Jem.
Lo sé. Reconozco sus ojos, su forma. Tiene la nariz de mi padre.
Bajo los escalones que dan al canal tan rápido como el viento, y con las prisas estoy a punto de tirar a un hombre al suelo, y de pronto estoy al fin a su lado y no me lo puedo creer.
Me agacho junto a él, arrastrando las faldas por la mugre.
—Jem. Jem, soy Annie.
Apenas me salen las palabras, tan solo puedo balbucear como una estúpida. Quiero alargar la mano y tocarle el pelo enmarañado, las mejillas hundidas.
Me mira con unos ojos inyectados en sangre.
—Soy tu hermana Annie, Jem —repito, y no puedo dejar de sonreír y de llorar a la vez, como una tonta—. Me alegro tanto de verte. Pensaba que no volvería a encontrarte jamás, que no te iba a ver nunca más. —Acerco la cara a la suya todo lo que puedo—. Lo siento muchísimo, Jem —le digo.
Pero Jem acumula saliva en la boca y me escupe en la cara.
Me da en el ojo y me ciega durante un momento.
Pierdo el equilibrio y me caigo de espaldas al barro.
Cuando consigo levantarme, intento volver a acercarme a él.
No me está entendiendo. No me ha reconocido aún.
Debo decírselo otra vez, pienso, y empiezo a hablar, pero Jem me da una bofetada tan fuerte con el dorso de la mano buena que me golpeo la cabeza con fuerza contra el suelo y me castañetean los dientes con la potencia del golpe.
Me quedo tumbada, aturdida. Se oye un grito, y un hombre que pasaba por allí se nos acerca e intenta ayudarme a levantarme. Jem se pone en pie y, antes de que me pueda incorporar, ya ha salido corriendo, y se aleja cada vez más rápido por el camino, agitando el brazo sano asimétricamente.
—¡Largo de aquí! —dice el hombre—. ¡Largo, desgraciado!
—No. —Intento levantar la cabeza y siento un líquido frío recorriéndome la nuca y llegándome al cuello del vestido—. No, es…
—Tranquila, señora. No pasa nada. No debería acercarse a hombres como ese.
—Es mi hermano.
Me cuesta hablar, como si se me hubiera desligado la boca del cerebro.
—No lo creo, señora. Debe de estar confundida por el golpe.
—Que sí, que es mi hermano.
Intento ponerme en pie y perseguirlo, decirle que puedo darle dinero, y dónde puede encontrarme, y ayudarlo, y decirle que lo siento, pero ya ha doblado la esquina a toda prisa y ha desaparecido.
No voy a poder alcanzarlo con estas faldas sofisticadas, ni aunque corriese hasta caer rendida.
Me llevo la mano a la cabeza, a la zona que me sangra.
El paquete de la señora Dickens está aplastado en el suelo, y el envoltorio se está desprendiendo por la humedad.
Jem se ha ido para siempre.
Comienzo a andar por el estrecho camino del canal, dando tumbos con el paquete empapado en los brazos.
Camino y camino, con los mechones de pelo cayéndome por la nuca y el cuello de la camisa mojado de sangre.
No soporto la idea de volver a Tavistock House, a sus lujosas habitaciones oscuras, repletas de riquezas.
Sigo avanzando, aturdida e indecisa, preguntándome qué voy a hacer, cómo voy a seguir viviendo ahora esta vida que he elegido cuando he visto el sacrificio que ha supuesto en el rostro de mi hermano, en su brazo deformado.
Al fin, cuando empieza a anochecer, vuelvo a Tavistock House, ya que no tengo ningún otro sitio al que ir.
Y allí, esperando en la puerta de servicio con la puntualidad de un reloj, como todos los domingos por la noche que he pasado en Londres desde hace casi quince años, cuando yo no era más que una chiquilla de dieciocho, está Edward Cornelius.
Por más que me haya alejado de él, por más que lo haya rechazado, él ha seguido esperándome una vez a la semana para ir a dar nuestro paseo. Su afecto no ha cambiado. Me cuesta mucho concebir que alguien pueda tenerle un cariño así a alguien como yo.
Cuando me ve, se acerca alarmado.
—¡Anne!
—No es nada. Solo me he caído.
Bajo la vista a las manchas de sangre reseca que tengo en las manos, al paquete aplastado y mojado.
—Déjame ver.
—No, no es nada, Ned, de verdad.
—Toma. —Se saca un pañuelo del bolsillo, uno azul y sencillo, y me lo lleva a los dedos—. ¿Te encuentras bien?
—No… No lo sé.
Por alguna razón la pregunta me sacude, y durante un momento me da la sensación de que voy a echarme a llorar otra vez del agotamiento.
Edward levanta la vista hacia las ayudantes de la cocina, que ya nos están mirando sin disimulo, y me aleja de allí.
—¿Podemos salir un momento a dar un paseo?