La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

P lorn, vestido con ropa de domingo, se agacha para recoger un palo del camino y lo lanza hacia el cielo con toda la determinación de un niño de tres años.

El palo va dando giros inciertos por el aire hacia los grandes robles que bordean el parque, que acaban de teñirse de los colores del otoño.

El enorme perro lo persigue, recorriendo, con sus círculos y saltos, el doble de la distancia que ha recorrido el palo.

—Señorito Edward —digo—, ese palo debe de estar sucísimo.

Pero Turk se lo trae, jadeante, y Plorn vuelve a agacharse para recogerlo.

—¡Plorn!

Normalmente lo llamo «señorito Edward», claro, pero a veces se me escapa.

Intento no dejarme llevar por las payasadas del señor Dickens y por esos apodos que persiguen a sus hijos allá donde vayan, como si fuéramos todos caricaturas.

A Charley lo llama Flaster Floby, aunque ya es adulto y está hecho todo un hombre de negocios, con un paraguas alargado y un bigote que podría competir con el del príncipe Alberto.

A Katey, por su carácter, Lucifer Box. A Mamie, Mild Gloucester; y a Walter, Young Skull.

A Henry, Mr. H; al pequeño Frank, Chickenstalker; a Sydney, Ocean Spectre; y a Alfred, Skittles.

Y ahora, de todas las opciones posibles, ha decidido llamar al menor de los hermanos señor Plornishmaroonigoonter.

Esos son los nombres que usa la familia.

Pero yo me encuentro en un lugar intermedio, el lugar que he ocupado durante casi diecisiete años, ni dentro ni fuera de la familia.

No desempeño ningún papel concreto, sino que los voy alternando todos de un modo extraño.

La querida Anne en la que todos confían, siempre presente, siempre preparada, adaptada al molde del hogar.

Cuando la institutriz tiene medio día libre, soy yo quien lleva a Plorn al parque después de ir a la iglesia, y soy yo quien lo regaña por ensuciarse los zapatos.

En todos los embarazos de la señora Dickens, es a mí a quien llama en cuanto siente el más mínimo dolor.

Y me quedo con ella hasta el último momento, e incluso cuando pierde el conocimiento, soy capaz de saber lo que quiere como si me estuviera comunicando sus necesidades con total claridad.

Nos conocemos bien sin necesidad de hablar.

Hemos pasado por ocho partos juntas, la señora Dickens y yo, casi uno tras otro, y la he acompañado durante todo ese tiempo, la he cuidado, la he abrazado con fuerza y le he arreglado el pelo mientras los médicos se apiñaban a su alrededor.

Veo cómo le cambia el cuerpo con cada hijo.

A decir verdad, ahora no me gusta presenciarlo.

Cada vez está más flácida; cada embarazo le arrebata algo que no puede recuperar.

Los dolores de cabeza parecen oprimirla como un peso.

Tiene la piel cetrina por pasar tanto tiempo dentro de casa y, en las piernas, un enrejado de venas moradas e hinchadas.

Plorn debe ser el último, pienso. Tiene que serlo .

Veo lo destrozado que tiene el cuerpo, y veo también el modo en que su marido la mira a veces. Una mirada carente de amor.

Con cada hijo nuevo, el ambiente se tensa más y más en esta casa, y ninguno de los que estamos vinculados al señor Dickens podemos escapar de esa tensión.

El desprecio que siente por su mujer es cada vez más profundo, y no sé hasta dónde llegará.

A pesar de todas las fiestas y los juegos y las obras de teatro y los invitados, a pesar de toda la diversión y los entretenimientos y las celebraciones navideñas, la pena parece estar consumiendo la casa.

Y solo quienes estamos dentro lo podemos ver, como una fruta podrida bajo una piel perfecta.

Cuando el señorito Edward y yo entramos en la casa, casi espero ver a la señora Dickens en el vestíbulo, ya que la familia va a salir esta tarde.

Pero es la señorita Georgina quien está bajando las escaleras.

Lleva un fajo de papeles en los brazos, y cartas que enviar, y una lista de instrucciones dictadas por el señor Dickens para los acontecimientos del día, y tiene esa actitud habitual de pequeña generala al frente de una urgente batalla doméstica.

—Aquí estáis. Pensaba que os habíais perdido. En media hora saldremos para ir a cenar. Plorn, ve arriba y lávate las manos.

Georgina se dirige hacia el estudio con el repiqueteo de los zapatos sobre el suelo de madera, y luego se gira hacia mí.

—Anne, si tienes un momento, ¿podrías ponerte a pulir la plata? Llevamos demasiado tiempo posponiéndolo. Ya sé que es domingo, pero no te importa, ¿no?

—La señora Dickens me ha pedido que la ayude a coser en el piso de arriba esta tarde.

—Ah, eso puede esperar.

—Por supuesto, señorita Georgina.

Levanto al señorito Edward para que pueda alcanzar el gancho y colgar su abrigo.

Se va corriendo escaleras arriba a buscar a su hermana y lo regañan por cómo tiene las manos, y yo voy al piso de abajo, a la sala del servicio, a por el abrillantador y un trapo.

En la tranquilidad del salón, me dispongo a limpiar un jarrón que no había visto antes, dedicado al «estimado señor Dickens por parte de la Sociedad de Armeros», mojando el trapo en el abrillantador negro y retorciéndolo y frotando con fuerza.

Últimamente, los artículos de plata parecen multiplicarse tan rápido que me cuesta evitar que se oxiden.

Siempre hay algún objeto conmemorativo de algún lugar, un regalo generoso, un obsequio de alguien agradecido.

Regalos en honor a esto o aquello que, por supuesto, nunca usan.

Que se quedan en su vitrina mientras les salen manchas verdes feas y grasientas antes de que pueda ocuparme de ellos.

A veces pienso en lo lejos que hemos llegado desde aquella habitación de hotel encalada de Broadstairs, tantos años atrás, con aquel ramillete de hortensias en una jarrita.

Desde Doughty Street, aquella casa con solo unas pocas habitaciones, tan cómoda, tan acogedora, casi sosa.

La majestuosidad de Tavistock House es algo con lo que nunca habría podido soñar.

Los criados, los ventanales, la cantidad de habitaciones, los cuadros y los grabados en la pared, en sus marcos relucientes.

Los candelabros ceremoniales, los espejos dorados, las exuberantes alfombras, la biblioteca, con sus sofás de terciopelo y sus volúmenes encuadernados.

Más, más y más, siempre en aumento, hasta ahora, que la vida del señor Dickens es tan plena y está tan llena de rarezas como uno de sus libros.

Que la casa está hasta arriba de niños, de invitados, de mascotas y de recuerdos de sus viajes, de juegos de magia, equipos de taxidermia y turbantes.

Y en su dormitorio su esposa yace por las tardes como si le costara levantarse bajo el peso de todo ello.

La familia se está reuniendo en el vestíbulo.

Los niños, con sus piernas largas, enfundados en trajes que parecen quedarles siempre demasiado grandes.

Katey merodeando distraída por allí, pensando, seguro, en alguna otra cosa que preferiría estar haciendo.

Mamie, bien agarrada del brazo de Georgina.

Las dos van siempre juntas de un lado a otro; se sientan muy pegadas en el salón por las mañanas, bromean e intercambian miradas divertidas.

A veces pienso que se parecen bastante, con esos rostros redondos y esos ojos grandes.

—¡Kate! —grita el señor Dickens con voz firme—. Por el amor de Dios, ¿puede ir alguien a por Kate? Sydney, ve a por tu madre.

Sydney sale corriendo por las escaleras y se le cae el gorro con las prisas.

—Papá, tienes que enderezarte la corbata.

Mamie se acerca al señor Dickens para ajustársela con ternura y le da un beso en la mejilla mientras Sydney baja volando de nuevo con la cara sonrosada.

—Dice que ya viene.

—Francis, llévate una bufanda —le dice Georgina mientras descuelga una del gancho y se la pone por los hombros al pequeño—. Que nunca te acuerdas de abrigarte.

—Siempre tengo calor —se queja Frank hoscamente—, y tú siempre me pones más capas que una cebolla.

—Venga, vamos, que vais a llegar tarde. Young Skull, súbete al carruaje.

—El señor Dickens barre el aire con las manos, desde Walter hacia el carruaje, como si con ese único movimiento pudiera subirlo al vehículo—.

Tengo un montón de asuntos de los que ocuparme, y estoy deseando poder disfrutar de un poco de paz.

Y no consigo entender por qué parece que cada niño tiene que llevar ciento cincuenta pares de botas con doble suela a la vez y estar saltando desde una escalera con los ciento cincuenta pares justo encima de mi escritorio.

—¿Deberíamos… deberíamos esperar a mamá? —dice Charley, aún en el pasillo, mirando hacia arriba por el hueco de las escaleras.

—Ya os seguirá —dice el señor Dickens con brusquedad—. Dios santo, Charley, vais a estar aquí hasta el siglo que viene como os quedéis esperando a que haga algo vuestra madre.

La señorita Georgina frunce los labios con fuerza para evitar que se le escape una sonrisa. Mamie también se esfuerza por no sonreír.

—Que se quede Anne con Kate —sugiere la señorita Georgina. Me llama a través de la puerta del salón con esa mirada dominante suya—. Anne, quédate tú con la señora Dickens. Si quiere, puede acompañarnos luego, cuando le venga bien.

Salen todos en tropel, un torbellino de capas y sombreros y paraguas, y una vez que la puerta se cierra tras ellos, y el sonido de los cascos de los caballos va alejándose por la calle, veo al señor Dickens permanecer un momento inmóvil, en silencio.

En el piso de arriba, la señora Dickens está sentada en el sofá de dos plazas, medio vestida, con la mano en la cabeza.

—¿Se ha ido ya todo el mundo? Me ha parecido oír los carruajes.

—Se han ido todos salvo el señor Dickens, que se ha quedado para trabajar. Dicen que puede unirse usted a ellos más tarde.

—Tal vez sea lo mejor. Así puedo quedarme aquí y estar en paz.

—¿Se encuentra usted mal?