EPÍLOGO
D esde la ventana de Gad’s Hill, Kate ve al hijo de Charley tratar de hacer el pino sobre la hierba.
Lleva intentándolo y fracasando toda la tarde, levantándose con el rostro colorado y probando de nuevo, mientras su madre descansa sentada a la sombra, aconsejándolo sobre su técnica.
Cerca de ellos está la bebé, que aún lleva faldón, comiendo puñados de hierba en cuclillas con cara de satisfacción y tirándole de los pantalones a su padre, que está recostado sobre un cojín.
Kate observa al padre, a su Charley, con el chaleco desabrochado y los ojos cerrados bajo el resplandor de la tarde, y siente esa llama familiar de cariño.
Está empezando a engordar a medida que se acerca a la mediana edad, y tiene el pelo canoso por las sienes.
Todavía tiene esa expresión somnolienta que tanto despreciaba Charles. La expresión de Kate.
Charles lleva muerto cuatro años. Una hemorragia cerebral, según dijeron.
La enorme casa de ladrillo rojo, que allí sigue, en la carretera de Rochester, igual de amplia y preciosa que siempre, es ahora de Charley.
La adquirió con su propio dinero en la subasta de la herencia de su padre, pujando a gritos por encima del rumor de sorpresa de los espectadores de la sala.
Kate ha oído que el resto de sus hijos se pusieron furiosos, y Georgy estaba horrorizada. Dijeron que se la había robado a ellos, que tenía planeado echarlos a todos y sacar provecho de alguna manera. Pero Kate sabe que la ha comprado para ella.
Charles y ella criaron a sus hijos con esa historia, la del niño pequeño y hambriento que se valió de la escritura para dejar atrás sus orígenes, que, gracias a su imaginación, consiguió la casa y la vida que tanto anhelaba.
A veces contempla el muro del borde del jardín, donde estuvo con él al principio de su matrimonio, con la cabeza apoyada en su hombro, envuelta en sus cuentos.
Pero ya no le hace falta esa vieja casa agridulce.
Ya no necesita adaptarse a su historia, sino que permanece atrapada tanto dentro como fuera del final que le habían dicho que sería el suyo.
Últimamente le molesta el tobillo al andar.
También se le agarrota la espalda cuando pasa demasiado tiempo sentada.
Y hay otras cosas, otras aflicciones fantasmales, en las que no quiere pensar.
Se ciernen sobre ella, la rodean, a la espera de materializarse en algo que ya no se pueda ignorar.
Pero, por ahora, ese sábado soleado, baja los escalones uno a uno.
Mientras está todo el mundo ocupado en el jardín a última hora de la tarde, hay algo que quiere hacer sin que la vea nadie.
Al llegar al pie de las escaleras, al otro lado del vestíbulo, ve la pesada puerta cerrada. Kate cruza el vestíbulo con dificultad y empuja la puerta, que se abre de par en par en medio del silencio. El despacho sigue intacto. Conservado como un museo.
Su silla roja.
La papelera alta.
Pickwick , enmarcado.
Ve su propio reflejo en los espejos que rodean el escritorio, colocados ahí para que Charles pudiera ensayar sus personajes a medida que los escribía.
Durante un instante, casi espera verlo reflejado en ellos, y se aleja deprisa del cristal borroso.
Qué boba . Sin embargo, siente que la habitación pertenece a otro mundo, impregnada tanto de la presencia como de la ausencia de Charles, como si ella se encontrara de alguna forma en un lugar situado entre ambas.
Ese despacho se construyó para acallar la vida, para aislarse del ladrido de los perros y de los gritos de los niños al llamarse unos a otros en el jardín, para que Charles pudiera recluirse, confinarse en su propio mundo, para que sus historias pudieran fluir sin interrupciones.
Los geranios rojos de las jardineras de la ventana, que siempre han sido sus favoritos, siguen danzando en silencio al ritmo del viento al otro lado del cristal.
La puerta es un muro de libros de pega con títulos ridículos, diseñada para ahogar los sonidos de los niños al llegar del críquet dando pisotones.
Historia de la Edad Mediocre.
Cinco minutos en China.
Los recuerdos de la nada de un dormilón.
Bromas que antaño la habrían hecho reír a carcajadas y apoyar la cabeza en su pecho en la pequeña cama de Furnival’s Inn, embriagada por la mente de Charles, por estar tan cerca de ella.
Sobre el escritorio sigue estando su peculiar colección de objetos: una estatua de dos sapos enzarzados en un duelo de esgrima, un monito con un sombrero de copa… Al verlos, Kate deja escapar un sonido a medio camino entre la risa y el llanto que se desvanece en el silencio.
El aire está viciado, huele a humedad y a cosas que llevan demasiado tiempo sin usarse. Y ligeramente a Charles, lo cual le arrebata el aliento. Pasa los dedos por su pisapapeles. Su abrecartas. Su bolígrafo.
La sala está sumida en el silencio. No se oye nada del mundo exterior. Y de pronto recuerda, por absurdo que resulte, los frutos secos que solía encurtir en tarros, flotando en vinagre especiado y sal. Tenían un aspecto extraño, ni muertos ni vivos. En suspenso.
En el escritorio hay una fotografía enmarcada, descentrada, lo cual a Charles no le habría gustado.
Kate se dispone a enderezarla por instinto, pero acaba sosteniéndola en alto.
Es un retrato en sepia de Georgy y Mamie.
El fotógrafo las había colocado mirando a Charles mientras él les leía un libro, y aparecen con la cabeza inclinada, con expresión de adoración.
Un fragmento de la historia, contada a su manera por sus protagonistas.
¿Qué pensarían ellas de que esté allí ahora, entre los objetos más preciados de Charles, de que ella, su error, su gran pesar, pueda pasearse a sus anchas por la casa de la que la quiso echar?
Quiso hacerla desaparecer, borrarla como si fuera una frase de sus páginas.
Pero ahí sigue. Y Charles no puede impedir que Charley transforme su querido Gad’s Hill y lo haga suyo.
No puede impedir que Kate se siente a la mesa de una cocina en la que él no la quería, que le enseñe a su nieta a exprimir limones o a abrir huevos para que aterricen, perfectos y brillantes, en una nube de harina.
Si sigues viviendo, piensa Kate, sigues cambiando la historia. Solo por respirar, por seguir existiendo tranquila y tenazmente un día tras otro. Crees que no estás haciendo nada, pero estás escribiendo algo, una parte del mundo, que no existiría sin ti.
Ahora la historia de Charles está congelada.
Tan solo la pueden adornar, retorcer o tergiversar a su antojo quienes siguen vivos.
Él ya no puede seguir escribiéndola, moviendo la mano sin cesar de un lado a otro de la página, trazando frases apretadas e inclinadas con su tinta azul.
A pesar de todo su fervor, de las interminables horas que pasó expresando por escrito su verdad, ya no puede seguir escribiendo sobre Kate, ni como un amor ni como una esposa ni como un fracaso ni como un arrepentimiento.
Y, aunque Kate siente que podría darse la vuelta y verlo ahí, encorvado sobre el escritorio, con la lengua pegada al labio superior por la concentración y los ojos entornados (un recuerdo tan presente e intenso en su cuerpo y en su mente que le entran ganas de llorar), la silla está vacía.
Vuelve a dejar la fotografía, pero la cambia de sitio para ponerla como a él le gustaba, contra la ventana.
Y a continuación regresa al vestíbulo y cierra la puerta del despacho a su espalda para volver a sellarlo tras el grueso muro de libros.
Las puertas traseras que dan al jardín siguen abiertas.
Kate las atraviesa y sale a la luz cegadora del sol, a un jardín que está en plena floración de finales de verano, y sobre la mesita del patio se halla su bordado, con sus toques de color, a la espera de convertirse en algo hermoso en las últimas horas antes de que empiece a refrescar.