La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

Se levanta de la cama y abre los postigos del balcón. Mira hacia abajo, hacia los edificios blancos como el azúcar, inmóviles y en silencio bajo la noche, y siente, una vez más, esa ira latente y difusa en lo más profundo de su ser.

Cuando Charles vuelve a la cama, horas más tarde, Kate se despierta y se da cuenta de que le está haciendo el amor, por primera vez en meses, con fiereza y sin hablar.

Está inmovilizándole la mano contra la almohada, y siente la presión fría del anillo de su hermana clavándosele en la palma.

De manera instintiva, la invade el pánico ante la idea de quedarse embarazada de nuevo, y la rabia también, pura y aterradora, por que haya recurrido a ella tras haber estado con otra mujer, por que la desee de nuevo.

Durante un segundo piensa en quitárselo de encima, después de todo, en negarse a pesar de su anhelo, pero le parece algo infantil y caprichoso, y sabe que solo conseguirá enfadarlo.

Y entonces, como ocurre siempre, su cuerpo responde al de él, y su mente deshace su maraña de complejidades.

Conforme avanza el invierno, bajan al sur, a Nápoles, y visitan las ruinas de Pompeya.

Cuando Georgy se une a ellos, Charles insiste en que suban al Vesubio por la noche.

Está entusiasmado por el humo y los rugidos y las chispas.

Al principio llevan a las mujeres en brazos.

Kate se siente cohibida cuando la levantan y se pregunta si los dos hombres que cargan con la esbelta figura de Georgy se considerarán los más afortunados, y luego se muere de vergüenza por haberlo pensado.

Cuando llegan a la cima, Charles se arrastra hacia el borde tumbado bocabajo, intentando acercarse a las profundidades llameantes.

Hace caso omiso cuando lo llaman para que vuelva, cuando le dicen que tenga cuidado, y Kate piensa que preferiría morir allí, abandonarlos para siempre, antes que perder la oportunidad de ver el corazón del caos.

Al bajar, el suelo está cubierto de capas ocultas de hielo.

Georgy, tan joven y ágil, desciende con facilidad, pero Kate va resbalándose y deslizándose por la ladera negra, intentando mantener el ritmo una vez más.

No para de caerse y darse golpes en los muslos contra las rocas, y vuelve a ponerse en pie una y otra vez, y a secarse las lágrimas con miedo de que se las vean, pero Charles va muy adelantado, con Georgy, gritando algo al viento, con el rostro iluminado por la euforia.

A la mañana siguiente, Kate se despierta en la cama ornamentada del hotel con el cuerpo magullado y dolorido.

Y con sus nuevas ideas rondándole la cabeza.

Piensa en que, cuando Charles se acostó con ella en Roma, ella no había sido más que una sustituta de la mujer con la que deseaba estar en realidad.

La mujer de cuya cama acababa de regresar.

A Charles le atrae siempre la emoción, los numeritos, siempre debe arrastrarse hacia el borde del abismo, cueste lo que cueste.

Kate sale de la cama y se pasea sobre el mármol fresco sin hacer ruido, incapaz de relajarse.

Charles se agita entre las sábanas.

—¿Qué hora es?

Kate no responde, sino que se gira hacia la ventana, con los postigos cerrados.

—¿Kate? —Charles levanta la cabeza de la almohada—. ¿Qué hora es?

—Las ocho pasadas.

—Dios. —Bosteza y hace un esfuerzo por incorporarse—. Voy a tener que salir ya, sin desayunar ni nada. Augusta me estará esperando.

—No me parece bien.

Las palabras se le escapan de la boca como si tuvieran voluntad propia.

—¿El qué?

—No me parece bien que… que vayas a ver a madame de la Rue. No me gusta cómo te estás comportando.

—Me parece que debo de haberte oído mal.

—Pues no —responde Kate. Ya no hay nada que hacer—. Me… me disgusta desde hace mucho tiempo. Me parece inapropiado, no me parece bien, y, como esposa tuya que soy, no quiero que sigas viéndola. Si me quieres, lo entenderás —añade sin demasiada convicción.

Charles la mira. Kate no es capaz de determinar la intención que se oculta tras su mirada.

—¿Me puedes decir cuál es tu objeción, por favor? ¿Que estoy ayudando con humildad a una mujer en apuros a petición de su marido?

—¡Que vas a verla por las noches! —Le tiembla la voz, y trata de hablar con más firmeza, pero tan solo consigue sonar arrogante y frágil—. ¡Vas a verla cuando está en camisón! ¡Es inapropiado!

—¡Por supuesto! —Charles deja caer la cabeza hacia atrás y se ríe; suelta una carcajada carente de humor mientras se levanta de la cama—. Por supuesto que estás celosa, con lo estrecha de miras que eres. Que Dios me ayude.

«Estrecha de miras». Las palabras le sientan como una bofetada.

Quiere retroceder, lamerse la herida que le ha infligido, pero su rabia parece estar aumentando con cada segundo que pasa, convirtiéndose en algo parecido al odio, como si todos los momentos similares de su vida se hubieran concentrado en este instante.

—¡Tengo motivos de sobra para estar celosa! Siempre… siempre estás coqueteando con todo el mundo y…

—¿Te crees que el trabajo que estoy llevando a cabo con Augusta es coquetear?

Por Dios. —Se aparta el pelo de la cara, como si estuviera consternado—.

Sabía que me había casado con una mujer que carecía de inteligencia, una mujer tonta e indolente, pero mira que te gusta confirmármelo.

Supongo que es solo cuestión de tiempo que veamos cuál de los niños ha salido a ti.

Sospecho que Charley. Sabe Dios que ya está mostrando indicios.

—¡Eres cruel! —Su voz se transforma en un grito repentino e inesperado. Ve que Charles también está sorprendido—. ¡Lo que me estás diciendo es cruel!

—¿Cruel?

—¡Sí, estás siendo cruel conmigo!

—Ah, ¿sí? ¿Soy cruel? —Atraviesa la habitación despacio y se acerca a Kate, que sigue delante de la ventana—. ¿Eso crees? ¿Qué he sido cruel contigo?

—Me dices cosas crueles. —Le suena la voz chillona e intenta mantenerla firme, pero la ira le recorre el cuerpo—. Siempre he intentado ser una buena esposa, siempre he intentado obedecerte, hacerte caso en todo, pero…

—Te has casado con un hombre cruel, ¿no? Un hombre que se aprovecha de las mujeres.

—¡Yo no he dicho eso!

—Trabajo por ti. —Se le quiebra la voz en la última palabra—. Me dejo la piel por ti y por los niños. Me esfuerzo para que este matrimonio salga adelante a pesar de todos sus defectos. ¡Mantengo a todos mis hijos!

—¿Qué defectos?

—Cumplo con mi deber contigo y no me quejo.

—¿Qué defectos, Charles?

—¡Haces que parezca un monstruo, un villano!

—¡Hago todo lo que me pides! —Ahora Kate está temblando con la adrenalina de la furia—. ¡He hecho todo lo que me has pedido siempre! ¡He ido a todos los sitios a los que has querido que fuera y nunca me he quejado y…!

—¡No pienso tolerar estos gritos de arpía! ¡Estás histérica!

—¡No me llames «arpía»! ¡Ni se te ocurra!

—¡Te llamaré lo que me dé a mí la gana! No haces más que sentarte y comer con la mirada perdida día tras día, empeñándote en hacer la cena y dejando la casa y a los niños abandonados, mientras yo me mato a trabajar para manteneros a ti y a los bebés que al parecer no puedes dejar de tener, aunque sabe Dios que apenas te ocupas de ellos.

—¿Cómo puedes decir eso? —Kate habla con un hilo de voz—. ¿Cómo me puedes decir esas cosas?

Su brillante marido, el que escribe sobre la bondad, sobre tratar bien a las mujeres y a los niños.

A quien elogian y adoran por ello. Sin embargo, en la intimidad de su casa, parece atacarla como si fuera una presa.

Kate no puede seguir el ritmo de la discusión; no debería haber empezado algo que no va a poder ganar.

Las palabras rebotan en su interior. «Ausente». «Indolente».

—Y ahora te haces la víctima porque no soportas oír la verdad.

Charles alza los brazos al aire, desesperado.

—¡No me hables así! ¡Tienes que respetar a tu esposa! ¡Tienes que…!

—¿Respetar? ¿Respetarte a ti? Me he casado con una cabeza hueca, con una necia, ¡y no lo soporto!

—¡Para ya! ¿Por qué no paras? —le está gritando Kate con el rostro descompuesto por la ira—. ¡Me tratas como si fuera estúpida!

Él también le está gritando algo que ella no puede oír. Kate le pone las manos en el pecho y lo empuja, y parecen estar cayendo juntos, viniéndose abajo, perdiendo la conciencia mientras se desploman.

Y entonces, en alguna parte que queda fuera de la vista de Kate, algo se mueve. Se abre una puerta. Aparece Georgina, pálida.

—¿Qué demonios pasa?

Los dos dejan de forcejear, sin aliento.

—Se os oye desde el pasillo. —Georgina la mira incrédula, y luego, consternada, a Charles, que se abalanza sobre la silla y se queda sentado, mirando hacia otra parte, levantando y bajando los hombros rápidamente.

—Kate, ¿se puede saber en qué estabas pensando para ponerte a gritar así?

Su hermana la está mirando preocupada, pero Kate no responde. Nunca se ha comportado de ese modo, nunca ha visto a ningún ser querido comportarse de ese modo. Se había jurado a sí misma que jamás lo haría.

Charles se pone en pie con rigidez y recoge su ropa.

—Voy a vestirme y me marcho —dice, y luego se gira hacia Georgy y le habla en voz baja—.

A ver si consigues que mi mujer entre en razón.

Que entienda que no pienso tolerar esta clase de comportamiento.

No me hago responsable de las consecuencias si vuelve a ocurrir.

—Se detiene, con la ropa colgando de los brazos—.

A lo mejor no está del todo bien —añade, hablando bajo, y luego cierra la puerta del vestidor con un leve clic.

Kate se queda ahí de pie, en el silencio repentino, oyendo su propia respiración acelerada. Siente cómo le late la sangre por las venas.

—¿Qué ha pasado, Kate? —Su hermana la está mirando, asustada—. ¿Se puede saber en qué estabas pensando? ¿Cómo te pones a gritar así? Pensaba… No sé ni qué pensaba. Que alguien había muerto.

Kate, vestida solo con el camisón, se agacha sobre las baldosas de mármol, intentando recuperar el aliento.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Es que…