La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

C harles y ella van a viajar a solas ahora que hace menos calor.

Van a recorrer el país. Dejan a los niños despidiéndose de ellos con las manos en la verja del palazzo , y Kate siente ese viejo vuelco en el estómago conforme se aleja y sus hijos se van encogiendo.

Ve la pequeña silueta de Georgy, junto a Mamie, despidiéndose de ella.

Y a Charley agarrándola de la mano. Anne está detrás, con el rostro inexpresivo y con Walter en los brazos.

Georgy se da la vuelta y se lleva los niños de regreso al palazzo antes de que el carruaje haya desaparecido por completo de su vista.

Kate contempla ahora a su marido mientras este se acomoda para el viaje.

Su pelo marrón y suave. Los movimientos bruscos de sus manos.

Van a estar solos durante el trayecto, sin Georgy siempre a su alrededor, y Kate se va a poder quedar con todo el cariño de Charles para ella sola.

Sin Augusta de la Rue. Sin un bebé creciendo en su interior.

Sin nadie, como aquellos primeros días en América.

Kate propuso que Anne fuera con ellos, claro, pero Georgy pidió que se quedara y, cuando Georgy le pide algo a Charles, Kate sabe que se lo concederá.

Es una batalla que nunca va a poder ganar, tal y como están las cosas.

Pero esta vez va a conseguir volver a atraer a su marido, va a lograr apaciguar su frustración por sí misma. Está convencida de ello.

Por la carretera de Siena a La Scala, Charles intenta enseñarle a Kate algunas nuevas frases en italiano, mirando su librito.

— Da quanto tempo sei in questo paese?

— Questo —dice Charles.

— Questo —repite Kate, pero las palabras no le encajan bien en la boca; la cadencia del idioma se pierde con su acento escocés y resulta cómico.

—Este idioma no es lo tuyo, ¿eh, Kate?

Kate sonríe y sacude la cabeza.

Se quedan en silencio, mecidos por el ritmo del carruaje. Kate observa los campos por los que van pasando, los olivares resecos tras los meses de sol abrasador, las mujeres salpicadas por ellos envueltas en capas de ropa negra. Hace diez meses que no ve Inglaterra.

En algún lugar de la carretera repica la campana de una iglesia.

En el otro extremo del carruaje, Charles se saca el reloj de bolsillo, comprueba la hora y vuelve a guardárselo en el abrigo de viaje.

Y Kate ve en su rostro cómo se pone en marcha.

Entorna los ojos, se le arruga la piel de alrededor y mueve la boca de manera imperceptible.

Kate sabe de inmediato exactamente lo que está haciendo.

La mujer esa, madame de la Rue, ni siquiera está ahí.

Está a cientos de kilómetros, en París, y aun así encuentra la manera de colarse en la mente de su marido, de alejarlo de Kate.

De pronto, con una avidez abrasadora, una desesperación infantil, anhela su atención, su tacto, que le pertenece por derecho.

Estoy aquí , piensa. ¿Por qué no me ves?

Y entonces, por algún motivo, antes de ser consciente siquiera de lo que está haciendo, cierra los ojos.

Afloja la mandíbula. Deja caer la cabeza hacia delante y las manos al regazo.

Se sorprende a sí misma, está horrorizada, avergonzada, pero sigue adelante, envalentonada por la oscuridad, fingiendo entrar en trance, obligándose a respirar más y más deprisa, y casi empieza a creerse que está hipnotizada de verdad, hasta que oye gritar a Charles.

—¡Kate!

La agarra de la mano y se la aprieta.

No es capaz de distinguirlo, piensa Kate. No es capaz de distinguir si es real o no.

—Kate, por Dios.

Charles estira el brazo y le toca la nuca con la palma fría de la mano. Kate se agita un poco. Abre los ojos, vacilante. Mira a la izquierda y a la derecha, como si estuviera confundida. Esa es siempre la clave, la mano en la nuca.

—Por Dios, Kate —repite Charles con los ojos iluminados por el miedo, o tal vez sea la emoción.

Le pasa la petaca y Kate le da un sorbo al agua tibia y hace como que la ayuda a recuperarse.

—No era mi intención que fueras tú mi sujeto —le explica Charles—. No era consciente del poder de la hipnosis. De lo susceptible que debes de ser. ¿Te encuentras bien?

—Creo que sí —responde Kate, titubeando a propósito—. Me siento un poco extraña.

Charles se inclina y abre la ventanilla del carruaje en un intento de aliviar el calor sofocante.

—Estaba centrándome en París, claro. Es la hora acordada. Venga, vamos, respira hondo. Hay que andarse con cuidado contigo. Dios, he de escribirle a Elliotson para contárselo. Se va a quedar atónito.

Kate deja que su marido la tome de la mano y respira con él. Inspira y espira, permitiendo que centre toda su atención en ella, disfrutando, a su pesar, de que le esté apretando la mano.

—¿De verdad que estás bien? —le vuelve a preguntar.

Kate asiente con debilidad. Se detesta. Lo detesta a él.

—Menos mal. No querría ponerte en peligro jamás, Katie. Sé que tengo mucho poder.

Charles va a sentarse a su lado y la rodea con el brazo mientras la mira con unos ojos cargados de afecto, y Kate pega la cara a su pecho.

Le cuesta creerse lo que ha hecho, la mezquindad de su artimaña.

Recuerda a Charles en Canadá, sonrojado y alocado.

« ¡Imagínate, mi Kate actuando, y actuando increíblemente bien!

». Es todo una actuación, piensa con una descarga de ira. Todo .

—Debo ir con más cuidado —le está diciendo Charles—. Es un don peligroso.

—Sí —responde ella—. No sabía cuánto.

Pero se está empezando a cansar de su papel, de tener que seguirle el juego siempre, coincidiendo en todo, y esta intimidad forzada no la ha tranquilizado.

Está cansada de que Charles esté siempre mirando hacia otro lado, de quedarse embarazada y no poder bailar ni salir, de los dolores de cabeza, de las náuseas, de sangrar constantemente, de los dolores, de preocuparse por estar engordando por la cintura.

Está cansada de que le digan que debe permanecer en reposo, de esbozar una sonrisa benevolente cada vez que Charles coquetea, de ser siempre la matriarca tolerante.

Está cansada de que Georgy se entrometa en su vida, y de vivirla mejor, de algún modo.

Y, sobre todo, está cansada de madame de la Rue, con sus rizos negros brillantes y sus grandes ojos con la mirada perdida, y de esos dedos delicados que alejan a su marido de ella, que atraen su mente y su cuerpo incluso cuando no está presente.

Tras el engaño en el carruaje, la invade cierta melancolía de la que no se consigue librar.

Se sienta en un banco en la Basílica de San Pedro, con la cabeza gacha ante el esplendor dorado, deseando acercarse para ver los detalles de las esculturas que, desde los bancos, se difuminan en una masa blanca.

Van al carnaval y se ríe con Charles mientras lanzan confites de ciruela al público.

En Pisa, sube a la torre inclinada. Signora Dickens!

Bellissima signora! , le grita la gente, y en esos momentos se siente como cuando estaban en América, siempre elogiada a su lado mientras su mundo se expande con el de Charles; los dos están juntos en él, y la emoción que supone se contrapone siempre al dolor de tener a sus hijos tan lejos.

Pero en la época de América estaban unidos por lo mucho que añoraban su hogar.

Era algo que tenían en común. Ella podía reconfortarlo, ofrecerle algo de familiaridad entre tanta extrañeza.

Ahora Charles no parece sentirse solo. Cuando se reencuentran con los De la Rue en Roma, Kate bebe vino en unos comedores italianos ornamentados, charla de trivialidades y observa a su marido, enfrascado en una conversación con Émile de la Rue y mirando con afecto a la esposa de su compañero.

No deja de hablarle a Kate del trabajo que están llevando a cabo juntos.

Del milagro de la respuesta de madame de la Rue.

Y Kate cose y sonríe y coincide en que es extraordinario.

En que él, Charles, es extraordinario. Lo acompaña mientras pronuncia oraciones fervientes de gratitud junto a la cama.

Lo oye volver a relatar sus propios éxitos durante las cenas.

Y durante todo el tiempo la ira la abrasa.

Quiere decirle que no funciona. Que es todo pura vanidad, que son tonterías. ¿Cómo es que nadie se da cuenta?

Por la noche oye unos porrazos en la puerta que la sacan de las profundidades del sueño.

— Signor Dickens —dice una voz—. Signor Dickens!

Charles se baja de la cama de un salto y se tambalea hacia la puerta.

—¿Qué ocurre? —grita Kate—. Charles, ¿qué puede estar pasando?

En el torbellino del pánico, tan solo puede pensar en Mary.

Oye las voces que hablan en voz baja en la puerta y se agarra las rodillas a oscuras, y se entera de que Augusta de la Rue está sufriendo un ataque, se está aferrando a las sábanas y tirándose del pelo y diciendo a gritos que solo el señor Dickens puede calmarla.

Kate busca a tientas una vela, pero no logra encontrar nada y se incorpora, chillando a través de la habitación oscura.

—¡Charles! ¡No puedes ir a verla!

En alguna parte de la habitación, Charles se está poniendo la ropa.

—Calla, Kate.

—¡Es inapropiado! ¡Estará en camisón!

La idea la horroriza. La intimidad que supondrá. Pero Charles no la está escuchando, sino que ya está acercándose a la puerta, buscando sus cosas a oscuras.

—¡Charles! ¡Por favor!

—Esto no es asunto tuyo. Vuélvete a dormir.

—¡Es de mala educación, Charles! ¡No es lo correcto!

—¡Por el amor de Dios! ¡Qué sabrás tú!

Charles sale a trompicones de la habitación y desaparece.

Kate se queda allí sentada, abrazándose las rodillas bajo las sábanas.

Va a ir a ver a esa mujer, va a ir a su cama y a tocarle el pelo suelto, el cuello, va a verla desaliñada, sin ropa, y a tranquilizarla.

Y al momento, de pronto, repara con pesar en que acusarlo de tales cosas sería acusarlo de adulterio. Es lo que diría la Biblia.