La señora Dickens ANNE #2
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ANNE #2

Y, mientras lo escucho, pienso también en lo extraño que es que yo misma esté aquí, sentada en esta casa, meciendo a sus niños en las rodillas, cuando he abandonado a uno.

Podría acudir a él, claro, con la cabeza gacha, avergonzada y llorando, y mostrarme arrepentida.

Y él encontraría la manera de sacarle provecho a todo eso, al perdón de Dios y mi redención.

Tomaría mi historia para su nueva organización benéfica y mostraría que me han salvado en su casa gracias a las labores domésticas dignas, y se le iluminarían los ojos.

A veces pienso en ello. Le doy vueltas a la idea y me imagino qué pasaría.

Pero no puedo evitar pensar que no quiero su perdón.

Que, si lo aceptase, ya no me quedaría nada mío. Ni siquiera mis propios pecados.

En el piso de abajo, la cocinera se ha enamorado de un italiano.

No deja de soltar risitas y hacer comentarios risueños al respecto.

Cuando nos sentamos por las tardes en la reverberante cocina del palazzo , separando la fruta en dos montones, el bueno y el malo, la señora Dickens bromea sobre el asunto, tan jovial como siempre, y la cocinera se pone como una remolacha, y Maria, la ayudante, también sentada a la mesa, le da un codazo y lanza besos al aire.

— Dolce amor —dice Maria—. Il tuo amante genovese .

Pienso en Edward, en lo que me propuso hace ya tres años en aquella taberna, con esos ojos bondadosos clavados en mí como si pudiera verme el alma.

Pero no podía, claro; si hubiera podido, no habría querido casarse conmigo.

Me pregunto dónde estará ahora mientras toqueteo las frutas en busca de magulladuras, y cómo le irá.

Si se habrá acabado casando con otra mujer.

Si la habrá llevado a pasear por Farringdon, como a mí.

En el fondo del jardín del palazzo hay un cobertizo oculto entre los árboles frutales, con la pintura descascarillada tras los meses de sol estival.

Si me acerco lo suficiente cuando paso por delante, oigo los animales dentro, sus lamentos estruendosos y los curiosos bufidos de sus conversaciones, así que nunca, bajo ningún concepto, voy allí abajo.

Mando a Charley con un cubo, o a la criada, o a cualquiera que no sea yo.

Pero una tarde, mientras estoy recogiendo las últimas frutas del invierno, dejo la cesta en la hierba y, antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, como si me controlase un mecanismo y no tuviese elección en el asunto, abro con fuerza la puerta maltrecha del cobertizo.

El haz de luz que he dejado entrar cae sobre unos cuerpos que se empujan unos a otros.

Las vacas están dando pisotones y mugiendo ante la intrusión, con unos ojos dulces y muy abiertos en la oscuridad, y yo me siento noqueada por el pasado, como un boxeador en el cuadrilátero, como ya sabía que pasaría.

Por el hedor de las vacas, el sudor y la leche cuajada y el calor.

Y no se me va. No me desprendo de esa tristeza que trato de mantener oculta en el fondo del estómago, incluso aquí, a pesar del asombroso azul del mar, del sol abrasador, de las iglesias doradas que me dejan sin aliento.

No me libero de esa sensación. Por más países que recorra, por más paisajes que contemple, la tristeza se niega a permanecer enterrada bajo lo que sea que intente amontonar sobre ella.

Vuelvo a subir hacia la casa dando pisotones insolentes y me acerco a Katey, que está recogiendo clementinas con el rostro serio.

Me agacho a su lado y me dice que, para saber cuáles están en su punto, hay que retorcerlas con la mano.

Pienso en quién soy aquí, en esta vida en la que los niños me tratan con cariño y los árboles dan naranjas de un color intenso.

No la cambiaría jamás por la vida que abandoné, por esa época dura y amarga en la que no había más que trabajo y monotonía, en la que era una chica dura pero delgaducha, y hambrienta día y noche.

No pienso ablandarme ahora, después de haber sacrificado tanto.

Me digo a mí misma que, a pesar de todas mis ensoñaciones, si me hubiera casado con Edward, ahora sería pobre de nuevo, y no sé quién sería entonces.

Qué cosas terribles sería capaz de hacer, como la última vez, si me sacaran de esta vida y me devolvieran a aquella. Es demasiado peligroso.

La señora Dickens está sentada en la terraza con el libro de Disraeli abandonado de nuevo sobre la mesa. Parece cansada.

—¿Estás bien, Anne?

—De maravilla, señora.

—Te noto un poco pálida.

—Ah, creo que es solo que me estoy resfriando. No estoy acostumbrada a este tiempo invernal después de tanto calor.

La señora Dickens se pone en pie y me quita la cesta de las manos.

—Deberías descansar, si lo necesitas. Ya nos las apañaremos por aquí.

Siempre me tiene calada, pienso. Sé que está cansada, que está harta de las tonterías del señor Dickens, pero ni así deja de preocuparse por mí. Normal que ya no sea como era antes, que mi caparazón se haya empezado a resquebrajar a mi pesar.

Tengo todo con lo que podría soñar. Me he convertido en una sirvienta distinguida, me he ganado el cariño de una mujer rica que se niega a desprenderse de mí, y un hombre famoso depende de mí.

Estoy limpia y me dan bien de comer y soy libre para viajar por el mundo, y paso desapercibida mientras lo hago, y no muestro nada de mí que no sea necesario, y oculto mi pasado para que nadie lo encuentre jamás.

Pero la ternura de la señora Dickens ha logrado retirar mis capas, de modo que yo también me he vuelto blanda, y, a pesar de todo, siento un anhelo cada vez mayor de algo más.

De algo que perdí hace mucho tiempo y que apenas recuerdo cómo me hacía sentir.