ANNE
ANNE
S algo por la gran verja de hierro del palazzo con la cesta en el brazo y la lista de la compra bien guardada en el bolsillo.
He tenido poco tiempo para explorar la ciudad de día, ya que el calor del verano ha sido espantoso; se me ponían las mejillas como un tomate y me incomodaba y me sofocaba tanto la ropa que parecía que trabajase en un horno.
No consigo entender por qué querría vivir alguien en un sitio tan caluroso.
Pero de todo hay en la viña del Señor, como le gusta decir a la señora Dickens.
Ahora, al fin, empieza a refrescar en la ciudad.
Bajo por el empinado camino adoquinado y me cruzo con dos burros que suben a duras penas, cargados con grandes sacos llenos de cebollas a ambos costados.
Hoy voy con la idea de hacer alguna que otra parada por aquí y por allá.
Me acercaré al mar, para ver cómo brilla bajo el gran cielo italiano, o me tomaré un momento para sentarme en una de las plazas, como hacen los lugareños, y tal vez incluso me coma unos frutos secos sentada en el muro.
Incluso ahora aún cuesta respirar en este lugar. De alguna manera, su belleza parece aplastarte como el calor, oprimirte; el cielo azul te grita desde el amanecer hasta el anochecer, con el mar como una lámina de luz bajo él.
—Anne.
Me doy la vuelta y me encuentro al señor Dickens acercándose por detrás. Siento, como me pasa siempre, incluso ahora, esa extraña inquietud, como si hubiera una corriente magnética que recorre el aire y lo cambia de algún modo en su presencia.
—Si vas al centro, ¿puedo acompañarte?
—Si le viene bien, señor.
—La verdad es que sí.
No es nada apropiado, por supuesto, que un señor acompañe a su criada por la ciudad, que paseen juntos como si, para el resto de mundo, fueran amigos.
Pero el señor Dickens nunca ha tenido demasiado interés en los convencionalismos.
De modo que retomamos el descenso en dirección al centro de la ciudad.
Cuando nos acercamos a la plaza principal, varios grupos de mendigos extienden las manos temblorosas mientras nos gritan con voces roncas, con una agresividad que no había experimentado nunca paseando por una ciudad.
Yo no tengo el mismo aspecto que el señor Dickens, supongo, con su chaleco bordado y sus pequeños puños elegantes y su sombrero de copa que brilla bajo la luz del sol matutino.
— Signore, gentile signore. Per favore, signore.
Mantenemos el ritmo y atravesamos los adoquines en dirección a la gran fachada veteada de la catedral, puesto que, si nos detuviéramos con cada uno de ellos, no llegaríamos nunca. Pero entonces, de pronto, el señor Dickens se para en seco.
Al principio no tengo ni la más remota idea de lo que está haciendo.
Sigo la dirección en la que está mirando, con los ojos entornados bajo el resplandor.
Y veo, acurrucado junto a un muro bajo, a un niño de unos siete u ocho años.
Está completamente solo, sucísimo y en los huesos, tanto que sus brazos parecen dos palos que le brotan de los costados, y se le marcan los surcos de las costillas sobre el vientre hinchado.
Cuando el señor Dickens se acerca, el niño se pone de rodillas y le extiende las manos para pedirle dinero.
Mi empleador se agacha con el ceño fruncido y vuelvo a ver esa ternura familiar transformarle la cara.
— Dov’e tua madre? Tuo padre?
— Non lo so —responde el niño, inexpresivo.
Me doy cuenta de que no puedo mirar al chiquillo a los ojos durante demasiado tiempo, por el hambre y la ferocidad que transmiten, de modo que desvío la mirada hacia las pálidas baldosas que tengo bajo los pies.
El señor Dickens le pone la mano en el brazo al niño con delicadeza y luego rebusca en el bolsillo.
Saca una moneda pequeña y se la deja en la palma mugrienta, envolviéndole los deditos con los suyos.
En ese momento pienso en que podría decírselo.
Podría decirle que yo era como él. Pero, cuando se incorpora de nuevo, tiene la mandíbula tensa.
—No lo puedo soportar, Anne.
Volvemos a ponernos en marcha al ritmo acelerado del señor Dickens y, mientras atravesamos la plaza en dirección a la catedral, me siento el corazón en la garganta. A nuestra espalda aparece de la nada un grupo de otros chicos que rodean al niño y lo ocultan de nuestra vista.
—Las personas que abandonan a los niños…
—El señor Dickens va dando golpecitos con el bastón por los adoquines.
Me doy cuenta de que casi tengo que correr para seguirle el ritmo, que por cada paso suyo, mientras subimos los anchos escalones, yo tengo que dar dos—.
No soporto a la gente así. Es la peor clase de gente.
Acelero el paso, como si así pudiera dejar mi propio malestar silencioso atrás, en la plaza, como el chiquillo acurrucado.
Como si, al igual que Jem, fuera a desaparecer si me alejo más deprisa.
Cuando entramos en el fresco de la catedral, estoy sudando por el esfuerzo.
Agacho la cabeza ante los ángeles y santos que adornan el techo, ante el impactante brillo del oro que parece abrumarme como si fuera el mismo Dios.
—Es impresionante, ¿eh? —me susurra el señor Dickens.
Me obligo a asentir. Nos sentamos en un banco juntos y lo veo cerrar los ojos y bajar la cabeza para rezar.
Me arrodillo y cierro también los ojos con fuerza.
Me pregunto si podré huir para siempre, o si siempre me perseguirá el fantasma de un niño.
Ya debe de tener casi trece años. Unas piernas largas y una ligera pelusilla sobre el labio, tal vez, pero la mirada aún joven.
Siempre siguiéndome los talones, atormentándome con pensamientos sobre dónde estará, qué estará haciendo y si aún pensará en mí. Sin dejarme descansar jamás.
Tras las navidades, los De la Rue anuncian a bombo y platillo que se marchan a Roma. Al fin, pienso aliviada. Al fin se acabará al menos esa tontería.
Pero, por supuesto, no es así.
El señor Dickens proclama orgulloso, como si se hubiera introducido a sí mismo en uno de sus libros para un acto cómico y deseara estar a la altura, que seguirá hipnotizando a madame de la Rue a pesar de su partida.
Que lo hará «a distancia». Y Georgina asiente con aire sabio, y la señora Dickens mira su labor en silencio, y ninguna de nosotras dice que no tenemos ni idea de qué demonios está hablando.
—Estableceremos una conexión mental —añade, como si fuera consciente de que en algún momento de la conversación hemos dejado de seguirlo—. Todas las mañanas, a las once. Nos pondremos en contacto con el poder de nuestras mentes.
—Me parece maravilloso —dice Georgina con seriedad— que sigas comprometiéndote a prestarle una ayuda tan desinteresada a Augusta.
Me pongo a Frank en el regazo y me mantengo ocupada ajustándole el pañal, con la vista bajada.
Una de esas mañanas, cuando el reloj da las once, veo a la señora Dickens en mitad del pasillo, vacilante, como si se hubiera perdido.
La puerta del despacho está entreabierta, y a través de la rendija veo la esbelta figura del señor, frotándose las sienes y agitando los brazos, haciendo gestos alocados en el aire. Lo observamos juntas en silencio.
—No entiendo… No logro entender cómo puede funcionar —me susurra la señora Dickens, dubitativa.
—No es usted la única —le respondo.
Entonces ella sacude la cabeza y me alejo deprisa para seguir con mis tareas, por miedo a reírme tan fuerte por la nariz que el señor Dickens piense que uno de los cerdos de la montaña se ha colado en la villa.
En esos momentos pienso que los Dickens se han convertido en mi familia, o en lo más parecido a una familia que podría imaginar a estas alturas.
Cuando la señora y yo nos sentamos juntas a zurcir a la sombra de los cipreses, con Frank gateando a nuestro alrededor y haciendo ruiditos, y Kate tumbada sobre la hierba, garabateando en su bloc de dibujo y deteniéndose de tanto en tanto para mostrarnos lo que ha creado; dibuja muy bien para ser tan joven, y siento algo parecido al orgullo por ella, aunque ese sentimiento no me pertenece.
Cuando organizan algún espectáculo familiar y nos reunimos todos para contemplar sus payasadas, y veo a Charley, cada vez más listo, recitando sus frases en voz alta, y siento a Walter sobre las rodillas, agarrándome la mano con su manita de bebé, hasta que la señorita Georgina se acerca para quitármelo de los brazos.
Es casi suficiente.
El señor Dickens habla a veces de una idea que tiene de crear una organización benéfica para mujeres caídas.
Dice (como si supiera qué es lo que necesitan dichas mujeres, aunque no tengo ni idea de cómo iba a saberlo) que, si se les presentara la oportunidad de tener una vida digna, la aceptarían.
Si pudieran descubrir los placeres sencillos de ser esposas y madres.
—Pero ¿cómo, Charles? —le pregunta la señorita Georgina asombrada—. ¿Cómo iban a llegar a ti esa clase de delincuentes de poca monta? ¿Y dónde las meterías? ¿Qué diría la gente?
—Se lo propondría —responde el señor Dickens con esa combinación tan curiosa suya de altanería y sinceridad—. Iría a las cárceles y les propondría que se unieran a mi proyecto.
Pienso en lo extraña que es la bondad del señor Dickens.
Habla del bien y del mal con un brillo en los ojos y gesticulando con los brazos.
Habla de la honestidad, la sinceridad y la paciencia.
Pero, cuando está de mal humor, o se propone ser cruel, es tan incapaz de contenerse como de dejar de respirar.