KATE #3
Fuera, en las calles soleadas, las familias se sientan a quitarse los piojos unos a otros, aplastándolos entre el índice y el pulgar.
En la playa, desde una silla, Kate observa a sus hijos nadar; el cielo y el mar, dos franjas de azul intenso.
Por las noches celebran fiestas y los niños corretean por los jardines a medianoche, y las mesas se llenan de uvas y ciruelas maduradas al sol.
Pero Kate siente un fuego en su interior que no parece poder apagar, alimentado por su marido, cuando desaparece con esa mujer, por cómo posa las manos sobre ella y solo habla de ella, con cualquiera que esté dispuesto a escucharlo.
Tan solo está tratando de ayudarla, claro, de hacerla sentir mejor.
Pero, aun así, los pensamientos se le retuercen en la mente.
¿Por qué ha de pertenecer siempre una parte de él a otra persona, por qué ha de haber una mujer que no es ella recorriéndole las venas?
Siempre está centrado en otra mujer. Kate se ríe y finge impactarse cuando Charles dice que la esposa de otro hombre es «besable», y sacude la cabeza con indulgencia cuando les dice a todos en el comedor que está enamorado de una chica de veinte años y que no tiene remedio. Porque no sabe qué otra cosa hacer.
En una ocasión encontró cartas sin enviar dirigidas a otra mujer, hechas una bola y tiradas a la basura, como si Kate no fuera a mirar allí.
Como si fuera demasiado boba, demasiado inocente, y no viera las amenazas que acechan por todas partes.
Si no me importase, todo sería más fácil, piensa.
Si no lo quisiera de un modo tan aterrador que incluso siente cariño con tan solo ver sus zapatos en el vestíbulo.
En ese caso podría tolerarlo. Pero la ira sigue aumentando en las sombras de su melancolía, una ira que lleva existiendo, tal vez, desde lo de Mary.
Kate deja de comer. Se obliga a mantenerse alejada de la cocina.
Le ruge el estómago ante ese ayuno repentino; emite gruñidos tan fuertes que hacen que Georgy aparte la mirada, como si la avergonzara.
Por las tardes empieza a marearse, y tiene que sentarse en el sofá.
Al cabo de una semana, cuando se quita el corsé, se mira en el espejo para ver si nota algún cambio, pero sigue viéndose rellena y flácida; la carne se niega a desaparecer.
Desesperada, encarga unas pastillas que ha visto en una revista para mujeres y le llegan una semana más tarde en un paquete deteriorado que tintinea, y lo envuelve con un chal y se lo lleva arriba para esconderlo, pero después de tomárselas durante tres días empieza a vomitar y las abandona en el cajón.
Así que, en su lugar, llama a su modista genovesa y le pide que le haga vestidos nuevos para disimular su cintura cada vez más ancha con volantes colocados de manera estratégica. Pero Charles sigue sin tocarla.
Cuando desaparece para ir a hipnotizar a madame de la Rue, día sí, día también, a quien recurre Kate es a Anne, aunque no puede hablarle más que en ese lenguaje en clave que parecen compartir.
—No me hace mucha gracia esa amistad —le dice, aunque esas palabras no captan ni de lejos el torbellino que se agita en su interior—. Pero seguro que son tonterías mías.
Y su querida Anne la regaña por preocuparse sin motivos, y por alguna razón sabe cuál es la mejor manera de complacer a Charles, y al instante Kate se siente más ligera.
Cada vez que puede, baja los escalones encalados que la llevan al confort de la cocina para escapar de esa pesadez rara que le provoca la presencia constante de Georgy.
Su hermana tiene la extraña capacidad de llegar siempre antes que ella al resto de las estancias de la casa para ayudar a los niños justo cuando lo necesitan, como si supiera siempre qué les hace falta.
Desde el viaje a América, Kate siente cada vez más que sus hijas no son suyas.
Charley sigue aferrándose a ella, aunque a Kate le preocupa que Charles lo considere débil por ello.
Pero Katey, Mamie y Walter siempre buscan el consuelo de Georgy.
Kate se sienta en su sitio favorito, a la mesa que hay delante del fuego, y se remanga, agradecida por que su hermana apenas se deje ver por allí, en el mundo del piso de abajo, con su calor y su charla poco elevada.
Está preparando un jarabe de romero que ha probado en la ciudad, con la idea de servirlo en Londres cuando regresen a casa, y se imagina, mientras corta los tallos con delicadeza, los halagos que recibirá gracias a él.
La cocinera, que está de buen humor, está preparando los conejos para curarlos, con las manos brillantes por la grasa de oca.
Está tarareando y bromeando con la ayudante de cocina, una mujer pequeñita que se ríe con ella, toda dientes.
Anne está sentada cerca, zurciendo el vestido rasgado de Mamie, y de tanto en tanto mira a Kate y luego vuelve a bajar la vista a la aguja, como reconociendo su presencia en silencio.
Kate junta las hojitas para formar pequeños montones perfumados y piensa en los ingredientes, en lo reconfortantes que le resultan bajo las manos, y en lo que puede hacer con ellos.
Soy feliz, piensa. Aquí soy feliz, y lo demás no debería importar.
—Bueno, bueno —le dice Anne mientras la desviste por las noches, a solas bajo la luz de la vela—. Ya está bien de tanto preocuparse. Su esposa es usted. Es usted quien le da hijos.
Y es cierto. Ningún padre podría estar más orgulloso.
Aunque está claro que no quiere tener más.
Cuando subió al dormitorio tras el nacimiento de Frank, miró a su hijo arropado en la cesta y tan solo asintió con sequedad.
Y más tarde lo oyó decir en el pasillo: «Tanto ella como el bebé están bien, pero me niego a mirar a este último».
Era una broma, por supuesto. Es ingenioso y cortante. Así es su marido: agridulce.
Pero, tras la broma, hay verdad.
Una vez que han nacido, Charles los quiere; eso Kate lo tiene claro.
Cuida bien de ellos, mejor que cualquier otro padre que conozca; inspecciona periódicamente los pequeños cajones del cuarto de los niños para asegurarse de que estén ordenados y les deja notitas clavadas en el alfiletero con su veredicto: «FANTÁSTICO».
Se sube a Charley a la rodilla y le habla con interés, le cuenta historias sobre la gran casa de Gad’s Hill, sobre lo mucho que deseaba que fuera suya, y Charley se queda allí sentado con la cara levantada hacia él, prestándole atención.
—Cuando era pequeño, sabía que, si me esforzaba al máximo, podría llegar a comprarme una casa así. Tú también debes trabajar duro, Charley, y demostrar que eres un hombre de bien, y cuidar de tus hermanas.
—Sí, papá.
—Todos podemos conseguir cosas si somos aplicados y trabajamos duro por los demás.
—Sí, papá.
Y cada noche, sin falta, cuando vuelve de haber estado con madame de la Rue, entra a hurtadillas en el cuarto de los niños.
Kate lo sigue a veces, pasa por delante de los frescos, deslizando la mano por la barandilla ornamentada, y se detiene en la puerta para observarlo, sentado a los pies de la cama, con Timber tendido a sus pies, escuálido, y el color albaricoque y rosa del cielo genovés colándose a través de las persianas, y el eco de las campanas al dar la hora extendiéndose por la ciudad.
—Cántala de nuevo —le pide Charley—. Cántala de nuevo.
—No —protesta Mamie—, canta la del caballo.
Y Charles, mientras le cae el pelo por delante de la cara y agarra a Katey de la mano, canta una y otra vez with a fol-de-rol, and a fol-de-ra , o la canción de Rogue, el caballo perdido, o alguna cancioncilla infantil, y nunca se queja, sino que se queda allí, infatigable y afectuoso, hasta que se oscurece la habitación.