La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

Nada más pronunciar la frase, sabe que no debería haberla dicho; que es demasiado infantil, o demasiado ridícula, tal vez.

La mujer del pelo oscuro la mira divertida, y su marido esboza una sonrisa condescendiente.

Georgy aparta la vista, como si estuviera avergonzada.

Charles vuelve a tomar las riendas de la conversación, excluyéndola de ella, y en cuestión de minutos ya ha invitado a la pareja a cenar y ha hecho planes ante los que Kate asiente, y durante todo el camino de vuelta a casa Charles no deja de hablar del menú que le gustaría ofrecerles, con queso suizo fundido, y del lugar donde podrían comprarlo, y con qué clase de fruta lo deberían acompañar, y que tal vez deberían mandar a Georgy a comprar, ya que tiene buen ojo para estas cosas, y a ella no le cobrarán de más, como le pasa a Kate.

Durante esa primera cena, madame de la Rue lleva un vestido de azul marino vaporoso, con una gargantilla de delicadas piedras azules.

Kate la observa mientras se ríe, y ve a Charles, sentado a su lado, mirarle las manitas con expresión de aprobación.

Se mira sus propias manos y ve que ahora el anillo de compromiso se le hunde en la carne del dedo, y las oculta de la vista de los demás.

Piensa en Anne, arriba con los niños, y en cuándo podrá escabullirse con ellos.

Están hablando de una novela de Disraeli; Charles está imitando su estilo y haciendo reír a todo el mundo, y Georgy participa con comentarios propios. Kate se da cuenta, con cierta inquietud, de que Émile de la Rue la está observando.

—¿Qué le ha parecido, señora Dickens? —le pregunta con los ojos entornados, reflexivo.

—Ah, bueno, pues… —Siente que se está sonrojando—. Aún no… Aún no la he leído.

—Mi hermana no lee mucho —dice Georgy de pasada mientras reajusta la servilleta.

—Bueno, no, es que…

Pero ya han cambiado el tema de conversación.

Quiere gritar por encima de sus voces, como una estúpida, que sí que le gusta leer, que siempre ha sido una ávida lectora.

Cuando era niña, cuando Charles la conoció, solían pasarse horas hablando de literatura, de novelas y de poesía y de las caricaturas políticas que publicaban en el periódico de su padre.

Es solo que cuando pretende leer ahora, desde que es madre, la invade un agotamiento al que no está acostumbrada, y antes de que se dé cuenta se ha quedado dormida o se le están cerrando los ojos en el sofá, así que deja los libros, sin terminarlos, apilados en montones para más tarde.

Georgy no tiene ni idea, piensa. No recuerda cómo era Kate antes.

Ella no era más que una niña por entonces.

A nadie le importa, se dice. A nadie le importa si te gusta leer o no, Kate.

Maria, quien les está sirviendo, entra con una bandeja de postres, y Kate alza la vista con expectación.

La cocinera y ella se han pasado la tarde en las cocinas, tratando de recrear la receta que degustó en un hotel genovés, sumergiendo la cuchara para probarla, volviendo a ajustar los sabores, tratando de realzar el sabor del licor frente al dulzor frío.

Pero cuando traen las copitas, cada una adornada con una flor silvestre que ha recogido con Mamie en las colinas de detrás de la casa, madame de la Rue deja escapar una especie de grito.

Charles, a su lado, la agarra del brazo, pero la mujer está mirando a la izquierda y a la derecha, asustada por algo.

—Madame de la Rue, ¿se encuentra usted bien? —le pregunta Kate, poniéndose en pie, alarmada.

La mujer se levanta también, se le cae la servilleta al suelo y se marcha de la sala a toda prisa.

—Georgina, ocúpate de nuestra invitada —le pide Charles, y luego se gira hacia el marido—. Mis mujeres cuidarán de ella, no se preocupe. Esta noche hace bastante calor.

Kate sigue a su hermana afuera, tratando de pensar en qué hacer.

Georgy ya ha llevado a madame de la Rue al recibidor y ha pedido que le traigan agua, y ahora está sentada a su lado, agarrándole la mano.

Más allá, en el pasillo, está Anne, apartada.

Como una sombra, como siempre, esperando a que la llamen.

—Si no se encuentra lo bastante bien como para quedarse —le dice Kate a la mujer—, puedo hablar con Charles para ver si puede tomar el carruaje pequeño para ir a casa.

Georgy levanta la vista hacia ella, medio divertida.

—Se han llevado el carruaje pequeño para arreglarlo, Kate. —Sacude la cabeza—. ¿Cómo se te ha podido olvidar ya?

—Ah, claro, es verdad. Tienes razón, sí. Bueno, podemos esperar a los hombres. ¿Te podemos traer alguna otra cosa?

Pero, en cualquier caso, madame de la Rue apenas parece estar prestando atención; tan solo permanece sentada muy erguida en el sillón de cuero de respaldo alto, con Georgy a su lado, y observa cómo va marcando los minutos el reloj.

Cuando Kate vuelve al comedor, y deja a Georgy agarrándole la mano a la mujer con su determinación y su relajación habitual, monsieur de la Rue está hablando, y Charles lo está observando.

Y Kate percibe de inmediato en sus ojos toda la potencia de una de sus nuevas ideas en marcha.

—Es… —dice De la Rue—. Yo lo llamaría… una especie de posesión. Como si tuviera un fantasma en el cerebro. Sobre todo por las noches, mi mujer… Bueno, no voy a molestarlo con eso ahora. —Mira a Kate—. Ya os hemos causado bastantes problemas.

—En absoluto —se dispone a decir Kate, lista para limar asperezas, para cambiar de tema a algo más agradable para todos, pero Charles la corta.

—Monsieur de la Rue —dice su marido en una voz baja y cargada de emoción—, perdone que me entrometa en sus asuntos privados, pero creo que puedo ayudarles.

Incluso al final de la velada, mientras Émile de la Rue ayuda a subirse al carruaje a su mujer, que aún tiene el rostro pálido y expresión de confusión, Charles sigue hablando sobre sus triunfos, animado.

A Kate le parece vergonzoso lo exaltado que está.

¿Por qué no puede sencillamente seguir con su vida como los demás hombres, sin necesidad de arreglar todo y a todos los que se le pongan por delante?

—Lo digo con humildad, Émile —dice su marido—, pero creo que soy la persona indicada para hacerlo. Necesitaré pasar mucho tiempo con ella, pero creo que se mostrará receptiva conmigo.

Durante un momento a monsieur de la Rue parece inquietarlo la idea, pero a su mujer, que está asomada a la ventana del carruaje, no del todo.

—Mi esposa puede dar fe de mis poderes en ese ámbito, ¿no es cierto, Catherine?

Charles la señala con la cabeza, confiado.

Pero Kate quiere preguntarle si es que no recuerda los gritos de Katey. Su rostro demacrado y febril. Recuerda que intentaste inmovilizarla y no pudiste, quiere decirle. Y que tus manos, a pesar de tus gestos teatrales, parecían débiles e impotentes ante algo real como aquello. Algo peligroso.

Pero tiene ante ella el rostro arrugado de Émile de la Rue y los ojos ansiosos de Charles, desesperados por la confirmación de Kate.

—Supongo que vale la pena intentarlo —contesta.

—Charles lo ha probado conmigo —dice Georgy muy seria, a su lado—, y es la más extraordinaria de las experiencias. Tener el poder de una mente como la suya centrada por completo en tu ser… No me cabe duda de que posee la capacidad de ayudar en gran medida a su esposa, monsieur de la Rue.

Charles mira a Georgy con ternura.

—Mi pequeña ama de casa, siempre tan leal y tan auténtica. Jamás dice nada malo de mí, Émile. No sé qué haremos cuando se case y su marido se la lleve.

—La verdad es que es encantadora —coincide el otro hombre con una reverencia que, de alguna manera, parece dirigida hacia Kate a modo de disculpa—. Toda vuestra familia es encantadora. Siento tener que marcharme en estas circunstancias.

Cuando se cierra la puerta de golpe y los caballos se alejan, mientras Émile de la Rue abraza a su esposa con delicadeza, Kate piensa en que la mujer parecía un pajarillo herido.

Recuerda la noche de América en que Charles se metió en la cama después de haberla hipnotizado.

Recuerda cómo la tocó. Y ahora, piensa, se está ofreciendo abiertamente de ese mismo modo a esa mujer, y Georgy le sigue el juego, como si una brillantez así tuviera que compartirse, y ella, Kate, sonríe y se ofrece también a su marido.

Unas pocas noches más tarde, Kate se despierta con Charles gritando el nombre de su hermana fallecida. Está sentado a su lado a oscuras, sudando y desaliñado. Kate lo rodea con el brazo para tranquilizarlo.

—He soñado con Mary —dice Charles—. Estaba aquí, conmigo.

—Ya —dice Kate, acariciándole el pelo—, ya lo sé.

Mary siempre ha sido su obsesión, a lo largo de los años.

Sigue llorando por ella en ocasiones, y Kate lo calma, lo tranquiliza e intenta ignorar la manera en que el dolor de Charles eclipsa el suyo.

Claro que ya sabe cómo son las cosas con él; que las personas son siempre personajes.

Mary es la juventud perdida. Georgy es la promesa de la juventud.

Augusta de la Rue es la tragedia noble. Pero ahora ella, Kate, se encuentra en un punto intermedio entre amante y matriarca, y las matriarcas, en los libros de Charles, son siempre cómicas.

Cuando lee algo que ha escrito él, lo cual aún le sigue encantando hacer, se descubre a sí misma buscando referencias a las mujeres.

Sus cinturitas estrechas. Sus piececitos delicados.

Para confirmar su propio temor de que está cada vez más lejos de eso, de que hay un abismo que no deja de expandirse entre el deseo de Charles y su cuerpo.

El otoño sigue siendo cálido. Charles empieza a hipnotizar a madame de la Rue. Por las tardes, Kates observa a Georgy en el huerto, con Charles y los niños, correteando con agilidad por el césped, jugando a perseguirse. Y por las noches sigue sin tocarla.