La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Receta de crema italiana

E stán caminando juntos a lo largo de la costa, por el sendero en lo alto del acantilado.

Unos treinta metros más abajo, el mar riela como cristales rotos.

Kate avanza despacio, tratando de abrirse paso entre el follaje que se le enreda en la falda y se la deja húmeda por la lluvia que ha caído esa mañana.

Charles va por delante, caminando a trompicones impacientes, girándose hacia ella para hablarle y luego avanzando sin detenerse cuando Kate no se atreve a acelerar el paso.

Georgy también va por delante, una pequeña silueta que anda al ritmo de Charles.

Él ha encontrado al fin su carnicería favorita aquí, y las está llevando a las dos para enseñarles cómo pedir los cortes de carne exactos que quiere que compren, y han dejado a Anne en casa con los niños.

La hermana de Kate tiene ya diecisiete años, y está siempre pendiente de todo lo que dice Charles. Diecisiete años. La edad de Mary.

«Mi pequeña ama de casa», la llama Charles. Y a veces «mi mascotita».

Y siempre le está diciendo lo mucho que se parece a Mary. «Cuando te miro a la cara, Georgina, casi parece que nuestro ángel ha vuelto».

Kate no lo ve; nunca lo ha visto. Pero lo cierto es que no se llevan del todo bien; no encajan como deberían encajar las hermanas.

Siempre ha sido así. Aunque las dos están casi siempre juntas en casa desde la vuelta de América, cuidando de los niños o cabalgando por la campiña italiana, entre ellas solo hay, en el mejor de los casos, un silencio agradable.

Kate siente cierto recelo, la misma sensación indescriptible de estar en guardia que ha sentido desde que Georgy era niña.

Observa la espalda de su hermana, los mechones lisos castaños que le salen del tocado y le caen por la nuca.

Kate se dice que pronto se habrá ido de su casa.

Si pueden encontrarle un hombre de la edad y el carácter apropiados.

Lo que tiene no es más que un flechazo infantil, algo normal para su edad, y además todas las mujeres a las que conoce están enamoradas de Charles, aunque sea un poco. De su mente, no de su persona.

Desde que se publicó Cuento de Navidad , su marido es todo un ejemplo de bondad y caridad.

No es de extrañar que conmueva los tiernos corazones de las mujeres.

Kate debería sentirse orgullosa. Y ella también cree, de todo corazón, en las cosas que escribe su marido, sobre niños y amor y la alegría de la esfera doméstica.

Cada día se propone ofrecerle justo eso, tal y como él lo desearía.

Tal y como él lo escribiría. Pero, aun así, siente, como tantas otras veces, que está enfadado con ella por motivos que desconoce.

La lentitud de su cuerpo, su ternura, que antaño fue el consuelo de su marido, ahora parece irritarlo cada vez más. No llega lo bastante rápido adonde Charles la quiere, mientras que Georgy, aún tan joven y tan enérgica, se abalanza sobre él como si hubiera estado esperando su llamada.

Tal vez sea solo la preocupación insistente de que su marido ha perdido el apetito que tenía de ella.

Al principio se dijo a sí misma que era por el calor, pero ahora el asfixiante verano genovés ha dado paso a un otoño fresco y húmedo, y ni así la busca como solía hacerlo antes.

Su fervor parece haberse apagado. Pero ella también se nota apagada.

Desde el nacimiento de Frank, su quinto hijo, seis meses antes de que fueran a Italia, se siente debilitada de un modo nuevo.

Recuerda cómo fue la llegada, con el calor de julio, tras haber recorrido Europa en grandes carruajes con Charles, Georgy, su querida Anne y la cocinera, y la criada a la que han llevado con ellos, y Charley y Katey y Mamie y Walter y el pequeño Frank, todos apretujados como pollos en una cesta.

Los carruajes, repletos de baúles, rozaron las paredes al atravesar la entrada, tan estrecha que Kate temía que se quedaran atascados y no pudieran salir de allí en días.

Recuerda lo mal que lo pasó, con las paredes pegadas a ambos lados del carruaje, y a Walter aullando en sus brazos por el ruido.

Todavía, desde el viaje a América, Walter solo quiere estar con Georgy, aunque Kate no se rinde y forcejea con él con valentía, tratando de lidiar con sus extremidades grandes y rechonchas, que intentan alejarla con furia.

Recuerda que las pulgas se apoderaron de ellos con una violencia invisible, escondiéndose en los corsés y poniendo huevos en las costuras de las enaguas.

Poseyeron a Anne, que se pasó horas limpiando cada habitación hasta que se le quedaron las manos en carne viva.

Tuvieron que afeitar al perro con una navaja en el jardín, y lo dejaron vagando por la casa, tembloroso, como un cordero flacucho; y los niños no dejaban de rascarse con saña las manchas rojas que se les apiñaban en los tobillos.

Y luego Katey cayó enferma, gravemente enferma, y tuvo que quedarse tumbada, sollozando, con la cara hinchada, asándose en el asfixiante dormitorio, y solo permitía que se le acercara Charles.

Su padre trató de hipnotizarla, pero no funcionó.

Por lo que tan solo se sentó a su lado durante días, tratándola con ternura y poniéndole paños en la frente, y sin escribir; y luego, cuando salía de la habitación, tenía unos ataques de ira tan repentinos y aterradores por motivos tan insignificantes que nadie podía preverlos.

Han tenido que irse al extranjero porque, por alguna razón, siguen sin tener dinero, a pesar de la majestuosidad de la casa de Londres, a pesar del éxito del cuento navideño.

Charles lo ha publicado por sí mismo, y se ha gastado demasiado dinero en la cubierta, algo muy propio de él, y, aunque ha cautivado la atención del mundo, no ha podido recuperar el dinero suficiente con él como para mantener el estilo de vida que tanto le gusta para su familia.

Así que ahí están. Han puesto en alquiler Devonshire Terrace y están viviendo de forma modesta mientras Charles intenta escribir una segunda historia navideña con la intención de que iguale la popularidad de su Scrooge.

Nunca parecen encontrar del todo la estabilidad; el éxito que Charles persigue está siempre fuera de su alcance, tentándolo, y Kate aparta los pensamientos que a veces la asaltan por la noche, sobre cómo había esperado que fuera su vida una vez que se casase.

Sobre lo mucho que había anhelado siempre la tranquilidad.

Por suerte ahora se han mudado a una casa más grande, más fresca y menos infestada, un palazzo en la colina, donde los niños pueden correr por los huertos y por las noches el faro proyecta su luz sobre las ninfas y las diosas pintadas en las paredes.

Y Charles está más contento, que es lo más importante de todo, porque cuando su marido está feliz el mundo entero da saltos de alegría a su paso.

Los niños están más animados, la casa parece de alguna manera más relajada y las mujeres que la habitan respiran con más calma.

Y, cuando Charles se sume en la melancolía, la casa entera se hunde con él, y la felicidad parece esfumarse, como si todos estuvieran unidos por cuerdas a Charles, desde la cocinera que se afana bajo un calor sofocante hasta el perro, que se lamenta con ojos tristes mientras intenta refrescarse la barriga con las baldosas del patio.

Pero ahora que está trabajando en el nuevo texto; que Katey, su favorita, está algo mejor; y que el calor ya no es tan insoportable, está satisfecho.

Aun así, a ella, a Kate, esa sensación de inquietud no termina de abandonarla.

—¿Y estos quiénes son? —oye decir a Charles ahora.

Kate levanta la vista y ve a una pareja acercándose por el sendero.

Él es menudo y elegante; ella, delicada y pálida, con rizos negros que le caen sobre las mejillas.

A medida que se aproximan, Kate se da cuenta de que no van vestidos a la moda inglesa.

Por la forma del sombrero de ella, el estilo de su peinado.

— Buongiorno —dice el hombre con un hábil movimiento del sombrero.

—Buenas tardes —contesta Charles, y se detiene para que la pareja se pare también, y los cinco forman un grupo junto a la caída escarpada del acantilado—. Me parece que somos todos visitantes en este país.

—Émile de la Rue —se presenta el hombre—, y esta es mi esposa, Augusta.

—¿Es usted francés, monsieur ? —le pregunta Charles.

Kate contempla a su marido y repara en cómo aterrizan sus ojos en las muñecas esbeltas de la mujer. En que habla en un tono un poco más cortés, más enérgico. Kate mira a Georgy, pero su hermana permanece junto a Charles, con los ojos muy abiertos y una expresión inescrutable.

—Soy suizo —contesta el hombre—, y mi mujer es inglesa, pero lleva muchos años sin vivir allí.

Los hombres empiezan a entablar una conversación a la que Kate no le presta demasiada atención, sobre idiomas y planes de viajes.

Cuando la mujer se gira para mirar el mar, Kate piensa, con poca consideración, en que no debe de haber tenido hijos, viendo la cintura que tiene.

Tal vez no sean felices. Frustrada por su propia crueldad, trata de ignorar esos pensamientos.

No tiene ni idea de lo que le pasa, salvo que está sangrando otra vez, lo cual últimamente parece sacarla de quicio.

El cinturón que lleva atado bajo las faldas no parece lo bastante firme como para subir por senderos de montaña, siempre amenazando con desatarse.

—¿Kate?

Oye la exasperación en el tono de su marido y se da cuenta de que le ha preguntado algo, y de que no lo ha oído. Se sonroja.

—Lo siento. Estaba… Estaba en las nubes, como se suele decir.