La señora Dickens ANNE #3
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ANNE #3

Es Georgina, la niña, con los brazos cruzados.

Retiro la mano a toda prisa, con la esperanza de que no haya visto mi exceso de confianza, pero Georgina solo mira a su hermana, con los ojos entrecerrados en señal de reprobación.

La señora Dickens levanta la vista, culpable.

—Era… Era Charles quien quería… Pensaba que les daríamos una sorpresa.

—Eres su madre; tendrías que haber sabido lo que pasaría. Mamá nunca habría hecho algo así.

Y entonces veo que la señora Dickens palidece.

Quiero decirle que Georgina no es más que una niña.

Que espero que no se quede ahí parada dejándose regañar por un miembro de la familia tan joven.

Observo a Georgina, con el rostro pálido y serio a la luz de la única vela y la mirada inquebrantable.

A pesar de lo joven que es, noto algo en ella, en cómo se queda ahí de pie mirando a su hermana, que me hace pensar que, si no me ando con cuidado con ella, tal vez me traiga problemas difíciles de solucionar.

A lo largo de los días siguientes, Mamie solo quiere estar con su tía Georgina.

Cuando su madre va a recogerla, la niña la aparta y grita: «Mamá no, mamá no», y a Katey también la ponemos nerviosa las dos.

Por lo que, aunque en un principio Georgina iba a volver a la casa de los Hogarth poco después de nuestro regreso, se queda con nosotros.

Le traen más pertenencias y las deja en el dormitorio azul, que se llena de sus bordados, sus libros y sus baratijas; su cepillo y su espejo, sus zapatillas y su diario, todo esparcido por el cuarto de los invitados.

El señor Dickens está empeñado en que Georgina no se vaya aún a su casa, cuando los está ayudando tanto.

Empieza a decir cosas como: «Ay, Georgina es un regalo del cielo», o «Georgy es la única que sabrá dónde está eso», o «¿Qué haríamos sin ella?

». Y la señora Dickens sonríe y dice que no lo sabe.

Los demás sirvientes de Devonshire Terrace me miran con recelo desde mi regreso.

Dejan de hablar cuando entro en la cocina y cuchichean sobre mí cuando paso por delante de ellos mientras miran mis ropas elegantes.

Ya no pertenezco a ese grupo. Ahora piensan que tengo un puesto demasiado importante en la casa como para confiar en mí.

Pero, cuando voy a buscar algo que necesita la señora Dickens, o a cumplir sus órdenes en nombre del señor, suelo encontrarme con que Georgina ya ha llegado antes que yo y está lista para encargarse de la tarea por sí misma.

El primer día que tengo solo media jornada de trabajo tras nuestro regreso, me obligo a ir a la fábrica otra vez a ver a Jem.

Voy caminando despacio, atenazada por cierto miedo.

No puedo dejar de pensar en Charley en el cuarto a oscuras.

No soy la madre de Jem, me digo a mí misma, con las manos sudorosas en los bolsillos.

Jem está acostumbrado a la vida sin mí a estas alturas. No es lo mismo en absoluto.

Pero, cuando me abren la puerta, me informan de que Jem ya no está allí.

Me dicen que no tienen la dirección en la que vive ahora, pero que puedo volver a preguntarles más adelante por si la descubren.

Por mucho que suplique y le diga que soy su hermana, la mujer con cara de rancia me dice que no hay nada que hacer.

No se me ocurre dónde puede estar, si se lo habrá tragado la niebla contaminada de la ciudad, y no sé si lo volveré a ver, pero, al marcharme de allí, sé que bajo la culpa y el dolor se esconde cierto alivio.

Por no tener que volver a verlo nunca más.

Por no tener que volver a mirarle la carita inexpresiva. Y me doy asco a mí misma.

Me compro una empanada caliente, mi comida favorita cuando estoy triste por algo, y vuelvo caminando por la calle a casa mientras la soplo.

Puedo permitirme comprar una cuando quiera con el sueldo de doncella; incluso podría comprarme dos al día si quisiera.

Cuando era lechera, habría dado la vida por poder comprarme dos empanadas al día y que aun así me sobrara dinero.

Veo a la gente recorrer Cable Street con los hombros caídos.

Gente que vivirá y morirá así, sumida en la suciedad de Londres.

Quiero gritarles que hay montañas tan grandes y altas como gigantes, con máquinas que las recorren y que transportan a la gente.

¡No os podéis ni imaginar lo que se siente al ir montada en una! ¡No os lo podéis ni imaginar!

Me siento en un muro, me como la empanada y observo a los trabajadores que van y vienen por la calle, y me quedo en silencio, intentando con todas mis fuerzas recordar lo que he visto, y no lo que he hecho.

He estado esperando, y a la vez temiendo, el momento en que Edward Cornelius, el limpiador de pianos, volviera a por mí.

Cuando lo veo ahí en la puerta de la cocina, esperándome después de la cena con la gorra en la mano, siento el mismo temblor desagradable de antaño en el corazón.

Me había dicho a mí misma que iba a rechazarlo, pero de alguna manera me descubro paseando con él de nuevo por Portland Street.

Llevo mi mejor tocado, con rosas rosadas; lo he heredado de la señora Dickens, que se lo compró en Boston, y estoy muy orgullosa de él, puesto que solo la cinta ya costaría el sueldo de un mes ordeñando vacas en un establo maloliente.

Mientras recorremos las calles, me va haciendo preguntas sobre esto y aquello, sobre el viaje, y se pasa la gorra de una mano a la otra todo el rato.

Dice: «Vaya, vaya» ante todas mis historias, y deja escapar unos largos silbidos graves.

Me lleva a una cervecería, nos sentamos juntos a una mesa y me pide una jarra que me bebo a sorbos mientras pienso en América y en cómo sabían las cosas allí.

Y entonces, antes de que me dé cuenta de lo que está ocurriendo, le están saliendo las palabras de la boca a trompicones, con la vista fija en la mesa:

—Bueno, escucha, Anne Brown —me dice—. Solo hay una mujer a la que me gustaría tener como esposa, y esa eres tú, y no creo que eso vaya a cambiar dentro de poco. O nunca. —Levanta la vista hacia mí con una mirada de determinación—. No creo que cambie nunca.

—Edward…

—Y sé que has estado viajando, pero ya has vuelto, y creo que ya tienes edad de querer sentar la cabeza, y me gustaría que fuera conmigo.

Pienso en lo que me está diciendo, y en todas las dificultades de la vida en Devonshire Terrace, en las facetas que conocen de mí y las que debo ocultar, y en que nunca podré formar parte de su mundo de verdad, ni aunque me quedara con ellos cien años.

Pienso en lo que se siente al ir del brazo de Edward, en que me gusta, me gusta más de lo que me ha gustado nunca el contacto con cualquier hombre.

Y en que, cuando estoy a solas, empiezo a anhelarlo.

Pienso en qué tipo de marido sería. Dulce y estable, y muy diferente del señor Dickens, con su carácter extravagante, que un minuto te lleva a lo más alto y al siguiente te hunde.

—No puedo, Edward —respondo, y él baja la vista a la mesa—. No puedo dejar el trabajo.

Le tiendo la mano sobre la mesa y la dejo ahí, apoyada, con la esperanza de que Edward la tome y me muestre así que me perdona, pero no lo hace.

—¿Por qué no puedes? —me pregunta al fin.

—Porque…

Y tengo que hacer una pausa en ese momento porque se me llena el cerebro de los motivos por los que no puedo.

Porque soy egoísta y no se me da bien querer.

Porque no me merezco a un hombre como tú, y no quiero engañarte como la engaño a ella.

Porque Jem se ha ido para siempre y, cuando siento la ternura con la que me tocas, no puedo olvidarlo.

—Porque gracias a él puedo ver maravillas —respondo al fin—. Las maravillas del mundo.

Edward me mira perplejo.

Y luego dice:

—Pero ya las has visto.

—Sí. Pero ya están hablando de volver a viajar. A Italia, al continente. Y, si me caso, nunca podré ver esas cosas.

Se queda callado durante un momento, mirándome a los ojos, y siento miedo, como me pasa a veces cuando estoy con él. Miedo de su mirada, de cómo me hace sentir.

—Bueno, en ese caso no te culpo —me dice. Posa su enorme mano sobre la mía en la mesa y luego la aparta—. No te culpo, Anne.

Después retira la silla con un chirrido, se levanta, se despide del camarero con la cabeza, y luego de mí, y se marcha.

Yo me quedo allí sentada con mi mejor tocado, con su elegante cinta bien atada bajo la barbilla. Y luego vuelvo andando por las calles cada vez más oscuras hasta mi majestuosa casa, donde William está esperando para cerrar las puertas con llave por la noche.

*** Así llamaba Charles Dickens a su hija Katey, Lucifer Box , Caja de Cerillas. En la época victoriana llamaban a las cerillas Lucifer y su hija se «encendía» con la misma facilidad, por su carácter volátil.