La señora Dickens ANNE #2
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ANNE #2

En algún rincón de la parte de atrás, el perrito blanco que el señor Dickens ha traído a casa con nosotros deja escapar unos gemidos lastimeros desde debajo de la tapa de la cesta en la que va metido.

Me pregunto qué pensará del sitio al que lo han traído, y del que va a ser su hogar, sea cual sea su opinión al respecto.

Estoy pegada contra la ventana del carruaje, con la señora Dickens enfrente, con las manos juntas sobre el regazo, mirando las calles oscuras de Londres.

Su marido está dormido a su lado, con la cabeza recostada contra el asiento bordado y la boca entreabierta.

Parece hecho polvo, mayor de lo que es, como si se hubiera quedado agotado por pasarse la vida haciéndolo todo el doble de rápido que los demás.

—¿De verdad esa fue tu única opinión sobre el Niágara? —me pregunta la señora Dickens en voz baja para no despertar a su marido.

Alzo la vista hacia ella.

—¿Cómo?

—Las cataratas del Niágara. ¿Solo te parecieron eso, mucha agua?

Me observa a oscuras, y su rostro pálido va dando botes por el movimiento del carruaje.

—Me pareció lo más maravilloso que he visto nunca. —Las palabras me salen solas y a trompicones, como si hubieran estado esperando su oportunidad todo este tiempo—. Me pareció que era como Dios. Estuve a punto de llorar. Y no voy a volver a ser la misma tras haberlo visto. Jamás.

La señora Dickens me escucha con atención.

Sus ojos son dos medias lunas en mitad de la oscuridad.

No se ríe de mí ni me dice que soy una boba por decir esa clase de cosas.

Y vuelvo a pensar en el cariño que le he tomado.

En que ahora todo va a ser más complicado y más peligroso porque, por supuesto, nunca podrá ser mi madre ni mi hermana ni mi amiga, ni nada auténtico.

Le doy vueltas a la idea en silencio, a lo triste que es, mientras el carruaje llega a Devonshire Terrace, y el señor Dickens se agita y parece confuso bajo la luz gris.

Al oír el crujido de la gravilla, se incorpora de golpe y mira el exterior.

—Nuestros niños están ahí dentro, Katie. ¿Te lo puedes creer?

—No sé si voy a poder esperar hasta que amanezca.

—Bueno, ¡pues despertémoslos ahora! —exclama, y veo que se le iluminan los ojos de ese modo tan inquietante que ya conozco bien—. ¡Vamos a sorprenderlos!

—¡Ay, sí! —La señora Dickens es como la leña, siempre esperando las chispas de su marido—. ¡Sorprendámoslos!

Quiero decirles que no. Que sobresaltarán a los niños.

Que es mucho mejor esperar a que amanezca.

Pero no es mi lugar. De modo que, cuando nos detenemos, trato de tragarme las palabras, y Fred sale con un farol al camino de entrada y, tras él, la pequeña Georgina, toda ojos, con un camisón atado por la cintura, y los dos bajan hacia nosotros, en un torbellino caótico que reaviva mi viejo temor.

Dejan salir al perrito de la cesta en la que viaja y se va al pasillo ladrando, dando vueltas sobre sí mismo como un loco, y los dos salen corriendo, casi tropezándose, hacia las escaleras; la señora Dickens se levanta las faldas para ir más deprisa, el perro va ladrando tras ella, y el señor Dickens se ríe y chilla.

Aunque sé que no debo, le grito:

—Señora, ¿no cree que se sobresaltarán si los despiertan de un modo tan repentino?

La señora Dickens me mira, sorprendida, y creo que sabe que es algo apresurado, pero sigue corriendo, dando pisotones sobre la moqueta.

Yo la sigo y paso por delante de los rostros ojerosos de los criados.

Y entonces oigo la voz del señor Dickens desde el cuarto de los niños, gritando con la clase de júbilo que no he oído en él desde que estuvo con sus hijos por última vez.

—¡Hemos vuelto! —lo oigo decir—. Snodge, ya estamos aquí. Gloucester, despierta. ¡Mira quién ha venido!

Y entonces llega un gran estruendo desde el cuarto de los niños, un jaleo de ladridos y llantos y gritos, y cuando subo hasta el último piso, aún con la capa de viaje puesta, sin velas con las que ver algo, me encuentro con un caos absoluto.

Veo a Katey en la oscuridad, con el camisón, gritando de placer mientras su padre la lanza por los aires.

—¿Te alegras de verme? ¿Te alegras, Lucifer Box *** ?

Walter, el bebé, está furioso, rojo como un tomate, y bastante más rechoncho de lo que lo recordaba.

Lo sujeto entre sus mantas e intento calmarlo lo mejor que puedo mientras se tensa contra mi pecho, chillando con tanta furia que se ahoga, y Kate se agacha junto a Mamie, que está sentada, aturdida, en su camita.

—¡Vuestro padre el yanqui! ¡Vuestros padres ausentes! ¿Dónde han estado? —grita el señor Dickens, y Katey rompe a llorar de repente, y su padre la lanza por los aires de nuevo para hacerla reír.

—Mamie, cariño, soy mamá. Soy tu mamá. ¡Qué grande estás! ¡Ay, cuánto os he echado de menos! —está diciendo la señora Dickens, sollozando con la cara pegada al cuello de la niña, aunque Mamie tan solo mira todo el caos por encima del hombro de su madre, con los ojos como platos.

Con todo el movimiento, la luz de las velas proyecta sombras extrañas por las paredes, como si estuviéramos todos atrapados en la cubierta de una novela negra barata.

El perrito, que se persigue su propia cola, acaba agarrando una muñeca de la caja de juguetes y le mordisquea la cabeza de porcelana pintada.

En medio de todo el ruido, veo que Charley ha comenzado a temblar a mi lado.

—Charley, ¿qué te pasa? —le pregunto—. ¿Tienes frío?

—Estoy demasiado contento. Estoy demasiado contento —está diciendo.

—¿Cómo vas a estar demasiado contento? —le digo con toda la dulzura que puedo reunir, pero el pequeño tan solo tiembla aún más—. Charley —le digo mientras me agacho para acercar la cara a la suya en la oscuridad—. Venga, vamos, cálmate.

Pero no me hace caso.

Entonces la señora Dickens mira a su alrededor, y percibo el terror que le cruza el rostro al ver a su hijo, y sé al instante que está pensando en la hermana que perdió, al igual que yo estoy pensando en la mía.

—No, no, no —dice abrumada—, otra vez no.

Abraza a Charley e intenta pegarse el cuerpecito de su hijo al suyo para inmovilizarlo, pero no sirve de nada.

Así son ellos, pienso en silencio. Siempre, siempre son así, y casi estoy enfadada, porque el enfado ahuyentará mi propio miedo.

Encienden su luz con tanta intensidad y tanta rapidez, arrollando a todo el mundo con ella, que no hay manera de mantener el equilibrio ni la estabilidad.

Y ella jamás le dice que no a él, sino que permite que su sentido común, su sensatez, se esfume ante la tempestuosidad de él, y yo lo he empeorado.

Soy tan culpable como los demás de este desastre.

Cuando el señor Dickens se da cuenta de lo que está sucediendo, le pasa a Katey a Georgina, que está en el vano de la puerta, impasible, y sale volando al piso de abajo en busca de Macready.

Llaman al médico, despiertan a los sirvientes y les piden que preparen sales en la cocina, que enciendan el fuego en el cuarto de los niños y que llenen la bolsa de agua caliente, mientras Macready, el señor Dickens, Georgina y yo intentamos calmar a los demás chiquillos, y la señora Dickens no hace más que mecerse hacia delante y hacia atrás con el pequeño Charley entre los brazos, diciendo en un hilo de voz tan débil que solo yo lo oigo:

—No me tendría que haber ido. Ay, no me tendría que haber ido.

Cuando llega el médico, Charley comienza a respirar bien de nuevo al fin.

El tartamudeo y los temblores disminuyen.

El médico les asegura que no hay ningún problema mientras cierra su maletín.

Que no es más que un exceso de excitación, una sobreestimulación de los nervios.

Que el niño debe permanecer en reposo durante unos días.

Mientras habla, me doy la vuelta hacia la pared como si fuera a servir más agua, pero tan solo me quedo allí plantada, con la mano apoyada sobre la cómoda, rebosante de alivio.

Ya pasó, me digo. No ha ocurrido nada grave.

Te estás volviendo dramática por estar cerca de tantos literatos.

La noticia va bajando de planta en planta, desde la familia hasta los sirvientes, y toda la casa, como un enorme animal, comienza a relajarse de nuevo.

Son casi las cuatro de la mañana, y la tenue luz del amanecer empieza a colarse por las ventanas.

Todo el mundo se pone manos a la obra para restablecer el orden en la casa, y aún no hemos asimilado del todo que hemos vuelto, no nos ha dado tiempo a pensar en nuestro regreso después de tantos largos meses.

En el piso de abajo le dan un hueso al perro, ante lo cual los erizos de la cocina se asustan y se convierten en pequeñas bolas con espinas, y luego lo dejan ladrando y gimiendo en el lavadero, sobre la pila de trapos.

El señor Dickens baja con Macready, riéndose por todo el revuelo que se ha formado por nada, y al momento están los dos distraídos, bebiéndose una copa.

Típico de él, pienso. Irrumpe como un torbellino, llevando a todo el mundo a unos niveles de locura de los que es imposible bajar, y luego se va a tomarse una cerveza negra y deja que los demás lidien con las consecuencias.

La señora Dickens está sentada a oscuras, lívida, con la mano en el pecho de Charley. Aún lleva casi toda la ropa de viaje, y tiene perlas de sudor en el cuello a pesar del fresco de la noche. Me acerco a ella y le poso una mano en el hombro con toda la delicadeza posible.

—Los he dejado solos demasiado tiempo —me dice con los ojos en llamas—. Es cierto. No se debe dejar a los niños solos durante tanto tiempo.

Las palabras me atraviesan, pero me muerdo el labio con fuerza y le digo que debe descansar, y que yo me quedaré un rato con Charley, y que por la mañana todo estará bien, ya que no tiene sentido entristecerla más aún ni alterarme yo por cosas que ya no se pueden cambiar.

Y luego se oye una voz débil desde el pasillo.

—No deberíais haber subido y haberlos sobresaltado a estas horas.