ANNE
C uando hacemos una parada en Montreal, una ciudad militarizada atravesada por ríos y llena de soldados con casacas rojas elegantes, al señor Dickens se le ocurre la maravillosa idea de montar una obra de teatro, y de que tanto él como su esposa actúen en ella.
A mí me parece una idea espantosa, teniendo en cuenta lo tímida y callada que es la señora Dickens, y que apenas ve más allá del borde del escenario.
Pero se me encarga la tarea de persuadirla.
Al fin, tras escucharla hablar de sus preocupaciones durante dos tardes seguidas, y tratar de convencerla de la buena idea que es, y lo orgulloso que va a estar su marido de ella, y de lo pequeño que será su papel, accede, sonrojada y renuente.
El señor Dickens, por supuesto, está de los nervios; ha pedido que le hagan una peluca en Nueva York, no habla de otra cosa durante días y se pasea por la habitación del hotel con el guion en la mano y lo tira sobre la cama enfurecido cuando no logra memorizar sus frases.
Cuando llega la noche de la primera función, me siento en la parte de atrás, espero a que salga la señora Dickens y vuelvo a notar esa extraña sensación de que he hecho algo mal.
No tenía elección, claro. Pero, aun así, es algo que ha ido creciendo, cada vez más difícil de ignorar, desde Pittsburgh.
Desde que la vi en aquella habitación, en ese sillón, tan pálida y asustada, y él tan feliz, y todos los demás celebrando al señor Dickens como si fuera un genio.
Ella se había entregado a él como si fuera un cordero que llevan al matadero, para demostrar que su marido tenía razón.
En ese momento, solo podía pensar en el modo en que le había hablado de ella a aquella mujer de ojos oscuros. En cómo se había burlado de ella.
Aparece el señor Dickens dando brincos por el escenario para el deleite del público, que ruge y da pisotones y estalla en carcajadas ante sus payasadas, como si nunca hubieran visto nada tan divertido.
Cuando sale la señora Dickens, me doy cuenta de que está asustada.
Y es normal, puesto que incluso al mantener una conversación le cuesta sostenerles la mirada a los demás y suele mantener la vista bajada.
Se sube al escenario despacio, con una mano apoyada en la cadera, nerviosa.
Ha de decir varias frases, y las pronuncia titubeando, pero conforme el público la vitorea, ya que por supuesto saben quién es, parece ir ganando confianza, y para cuando se baja del escenario ya se la ve segura del todo.
—¡Has estado absolutamente brillante! —exclama el señor Dickens después, con el rostro colorado—.
¡Maravillosa, de verdad! —Se gira hacia mí mientras se deshace el nudo de la corbata—.
¡Imagínate, mi Kate actuando, y actuando increíblemente bien!
¡Macready no se lo creería jamás! ¿Qué le ha pasado a mi Kate, la tímida?
—No lo sé —responde ella con el rostro sonrosado—. A lo mejor me la dejé en Inglaterra.
—América ha hecho que te sueltes la melena.
—La acerca a él y le da un beso, y yo aparto la vista—.
Me gusta la Kate americana —dice, tomándole la mano y levantándosela en un gesto de victoria—.
Kate, la valiente actriz itinerante, imperturbable ante los golpes y ante su extraordinaria tendencia a tropezarse.
El señor Dickens está tan embriagado por el orgullo que siente por ella, y ella tan emocionada, excitada y satisfecha de sí misma, que me hacen sonreír, a pesar de mis reservas.
Pero no dejo que me vean, claro; tan solo sacudo la cabeza y digo que deshacerle los rizos del pelo va a ser una tarea infernal.
Son como dos chiquillos traviesos. Pienso en el vaivén constante de su relación, en su inestabilidad emocional.
En que siempre parecen estar al borde de la euforia o la desesperación.
Y cada vez me doy más cuenta de que esa euforia solo llega cuando la señora Dickens se comporta tal y como él quiere.
Es casi como si él tuviera una de esas figuras hechas de papel negro y, si ella no se ajusta a esa silueta, no la puede tolerar.
Pero cuando encaja a la perfección en ella, todo va como la seda.
—Anne, ¿me has visto? —La señora Dickens está riendo como una niña—. Soy buena actriz, ¿eh?
—Buenísima —respondo—. Como si la señora Siddons hubiera resucitado.
—¡Estuviste muy acertada al animarme! ¡No habría dicho que sí de no haber sido por ti! —Me mira agradecida—. ¿Volvemos al hotel?
Se gira hacia su marido, pero él ya se está acercando, tan rápido como siempre, a una de las actrices, una criaturita diminuta con una melena dorada y un vestido azul llamativo.
Tiene los ojos clavados en ella, como si quisiera devorarla.
Observo a la señora Dickens mientras su marido le agarra la mano a la chica y le da un beso ligero y suave.
Y luego la señora se gira hacia mí con una de sus sonrisas tristes.
—Necesito beber algo —me dice—. Estas obras me dan una sed tremenda.
Voy a la zona de la comida a buscarle a la señora Dickens un vaso de limonada y la dejo allí plantada entre una multitud de admiradores, con la mirada siempre fija en el otro extremo de la sala, en su marido.
El señor Dickens va por delante de nosotras, dando saltitos por el angosto sendero como si la cascada fuera a marcharse de allí si no llega él cuanto antes.
Le veo la parte de atrás de la cabeza y la capa que lleva colgada del brazo bajo la tenue luz del sol mientras nos grita por encima del hombro una y otra vez para que vayamos más deprisa.
La señora Dickens y yo lo seguimos a duras penas; ella va levantándose las faldas e intentando no tropezarse con las rocas y las matas de hierba, y a mí no me sorprende, ya que no es ningún secreto que no ve ni tres en un burro.
Hemos viajado en carruaje desde Buffalo y el señor Dickens se ha comportado como un niño pequeño durante todo el camino, maldiciendo los retrasos y los momentos en los que el conductor hacía una parada para cambiar de caballos, como si el Niágara fuera a quedarse sin agua antes de que llegase él.
Ya llevamos viajando meses, y no debe de quedar demasiado para que regresemos.
Me cuesta pensar en eso, después de haber visto tantas maravillas.
En volver a Londres, tan frío, gris y aburrido, donde seré otra vez una mera sirvienta entre todas las demás.
Al pensarlo, siento como si me fuera a meter de nuevo en una caja y fueran a cerrar la tapa.
—¡Vamos, vamos! —grita el señor Dickens una vez más—. ¡Kate, por el amor de Dios, date prisa! ¿Es que no te hace ilusión verlo?
Miro hacia atrás por el sendero y veo a la señora Dickens tropezándose de nuevo y tratando de recuperar el equilibrio.
Apenas veo ya al señor Dickens, más abajo, avanzando sin descanso, implacable, hacia la llamada del agua.
Me muero de ganas de ver qué hay a la vuelta de la esquina, sentir la potencia del agua, verla con mis propios ojos.
Pero en lugar de seguir, vuelvo a levantarme las faldas, me preparo para el esfuerzo y subo de nuevo por la colina empinada por la que acabo de bajar.
Cuando llego hasta la señora Dickens, sin aliento y maldiciéndome a mí misma, me agarra la mano.
—Ay, cómo te agradezco que hayas vuelto —me dice mientras le veo el alivio en la mirada—. No puedo seguir el ritmo.
Le aprieto la mano, como hago a veces, y seguimos avanzando juntas despacio. Voy sujetándola para que no se caiga, cargando con todo su peso en el brazo.
Cuando estábamos en Nueva York, una vez se sentó en el borde de la cama, incómoda, y me dijo:
—Anne, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Por supuesto, señora.
—¿Soy corpulenta?
—¿Corpulenta?
—Sí.
Me miró con una mezcla tan extraña de miedo y actitud desafiante que me quedé sin saber qué decir.
—Yo no diría «corpulenta». Tiene usted aspecto de matriarca. Para bien.
—Es que como cuando estoy triste, ¿sabes? —dijo la señora Dickens, y parecía tan triste que casi resultaba cómico.
Claro que me he dado cuenta de que ha engordado.
De que, con cada hijo, se le ha ido expandiendo el cuerpo, se le ha ido ensanchando y redondeando el vientre.
De que ya no tiene la cintura tan estrecha.
De que a su marido se le van siempre los ojos a la delicadeza y la delgadez de otras chicas.
Le agarro la mano con más fuerza y la ayudo con más esmero mientras seguimos bajando por la cuesta cubierta de hierba.
Cuando llegamos a la entrada, la atravesamos de una en una y nos encontramos en una cueva húmeda y goteante donde se halla el señor Dickens ante un muro blanco de agua. La señora Dickens, con los ojos abiertos como platos, intenta decirme algo, pero no logro distinguir las palabras.
—Anne Brown —me está diciendo el señor con un brillo en la mirada—. ¿Qué le parece?
Intento gritarle todo lo fuerte que puedo, como si quisiera expulsar así el dolor que me ha despertado tanta belleza:
—¡Me parece que no es más que agua, y demasiada!
Y el señor Dickens se ríe para sí mismo, y la señora Dickens sonríe y sacude la cabeza, como si fuera demasiado cómica como para que me entienda alguien.
Él contempla el manto de agua que tiene delante, absorto en su poder, y mientras tanto ella estira el brazo y me agarra la mano con fuerza.
Siento el peso de su mano en la mía. Nos quedamos allí, en medio de todo el estrépito, mientras la neblina nos rodea, como extraños juntos en un país que no conocemos, cautivados por el ruido del agua.
El reloj de una iglesia, como un gran rostro esférico, pálido y melancólico en la oscuridad, da las dos sobre nosotros.
Observo las formas de Londres a través del cristal y tan solo puedo pensar en lo familiar y desconocido que me resulta al mismo tiempo, como si estuviera viendo algo sacado de un sueño que se ha vuelto real por primera vez.
Las carreteras son más estrechas de lo que recordaba, y hace aún más frío.