La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

H an hecho una parada en una ciudad llamada Pittsburgh tras viajar por las montañas en tren y dejar atrás vacas y cerdos y cabañas y niños que jugaban descalzos al borde de las vías, y bajar por el ancho río en un barco de vapor.

Kate iba agarrada del brazo de Anne, contemplando el largo acueducto mágico que se alzaba sobre el agua, mientras los campos daban paso a altos hornos esparcidos por la ribera.

Una ciudad siderúrgica, envuelta en humo.

Kate no tiene claro el motivo, pero esas últimas semanas la chica parece estar más pegada a ella y tratarla con más delicadeza. Sigue siendo reservada, pero por alguna razón parece que el largo viaje que han hecho juntas ha reducido la distancia entre las dos de un modo que no sabría definir.

El hotel es cómodo y está situado en la parte alta de la ciudad, donde se erigen las casas lujosas, amplias y elegantes, por encima de la suciedad de las fábricas.

Charles tiene a un viejo conocido de Londres aquí, un retratista que se ha instalado en la ciudad, y van a comer juntos en una sala privada con un par de amigos del hombre, lejos de las miradas curiosas que los siguen siempre en el comedor del hotel.

Los hombres son bastante agradables. Hablan de los viejos tiempos en Londres, y Charles los hace reír a todos imitando al hombre que vieron en la estación de tren, que parecía un gato, con unos dientes blancos resplandecientes, y que los había mirado como si fueran ratones con los que jugar.

Kate está contenta, en secreto, de que no haya ninguna otra mujer allí, ninguna esposa dulce, ninguna hija, que pueda mirar a Charles con timidez y co n las mejillas sonrojadas.

Tan solo está Anne, que los observa en silencio desde el rincón.

Ahora las velas ya están casi consumidas y la diversión se está extinguiendo.

Kate está sentada delante del fuego, con la cabeza gacha, centrada en el bordado, mientras los hombres siguen conversando sentados a la mesa, cubierta de los restos de queso y galletas.

Charles está hablando sobre un médico que ha ido a ver por su trabajo y que es capaz de hipnotizar a las mujeres para que hagan lo que él quiera, tan solo con la intensidad de sus poderes magnéticos.

Kate sigue cosiendo, tirando del hilo a través de capullos de color magenta.

Charles está diciendo que él también podría hacerlo, que está seguro de ello.

Que ha visto cómo se hace y que está convencido de que, si lo intentase, él también tendría esos poderes mentales.

El pintor responde que eso no son más que patrañas.

Que es falso. Que ha oído que dicho médico, Elliotson, es un fraude.

Que paga a las mujeres para que finjan estar bajo su control.

—Lo que las hipnotiza es el dinero y la fama —dice entre risas el pintor.

—Eso es totalmente falso —sentencia Charles, dándole una palmada a la mesa.

—Pareces muy seguro, Dickens —responde el pintor, mirando a Putnam como para pedirle que lo apoye—. Pensaba que tenías buen olfato para este tipo de sandeces.

—Te digo que no he visto nunca nada igual —insiste Charles.

Kate nota que se está agitando e intenta pensar, de manera instintiva, en algún modo de calmarlo.

—¿Las hipnotizaba?

—Así es.

—¿Alguna vez te ha apetecido intentarlo por ti mismo, ya que estás tan convencido de que tienes esos poderes? Es la única manera de averiguarlo, ¿no?

—Pues no —responde Charles—. Aunque sí que estoy bastante seguro de que podría conseguirlo.

Kate, con la oreja aún medio puesta en la conversación, siente que posa los ojos sobre ella.

—Bueno —dice el pintor, divertido—, a mí desde luego me gustaría verte intentarlo.

—Querida esposa mía.

Kate ve que Charles la está mirando, pidiéndole algo con la mirada.

—¿Sí?

—¿Qué te parece la idea?

—¿Quieres que sea yo la víctima?

Ve a Anne, a lo lejos, cambiar de postura en la silla de manera casi imperceptible.

—¿Te da miedo?

—En absoluto.

Kate le sostiene la mirada, sonriente, porque no es del todo cierto.

—Qué hombre tan afortunado eres, Dickens —dice el retratista, embaucado, mientras se cruza de piernas y ladea la cabeza como con curiosidad por ver hasta dónde llegará la devoción de Kate.

—Soy muy consciente —responde Charles, y Kate ve un destello de aprobación en su mirada que hace que el calor de antaño se extienda por ella como solo él lo consigue.

—Me encantaría formar parte del experimento —dice Kate mientras deja la aguja, el bordado y el bastidor en la mesa que tiene al lado.

—Pues muy bien.

Charles se pone en pie de un salto, con uno de sus movimientos repentinos, va a por un sillón bajo y lo coloca en el centro de la sala, separado de los demás.

—Ven, Kate.

Kate se alisa las faldas, se enjuga el sudor de las palmas de las manos y se acerca a Charles. Le echa un vistazo de reojo a Anne, pero no logra mirarla a los ojos. El resto del grupo se queda en silencio, por lo que Charles abre los brazos con una teatralidad exagerada.

—Vamos, obediente víctima mía.

Kate se ríe y se sienta.

Charles da un paso hacia ella.

Ve los rostros de los hombres a su alrededor, contemplándola, y toda la sala parece palpitar.

Se dice que no es más que un juego. Una representación del hipnotismo, como uno de sus espectáculos de magia, o los personajes en los que se transforma cuando le apetece. Sykes. Quilp. Nancy encogiéndose horrorizada.

Charles levanta una mano y Kate cierra los ojos.

Ve figuras danzantes por los párpados. Siente a Charles tan cerca que le llega el olor de su cera para el pelo. La habitación se ha sumido en el silencio, pero Kate no distingue los movimientos de Charles del titilar de las velas.

Levanta la cabeza hacia él. Está desesperada por permitirse sentir lo que sea que Charles quiere que sienta; quiere entregarse a lo que está intentando despertar en ella, sea lo que sea, para que se demuestre que tiene razón.

Se da cuenta de que está conteniendo el aliento por la expectación, y empieza a costarle respirar, como si llevara un corsé muy apretado.

No logra inhalar el aire suficiente, no se le llenan por completo los pulmones.

Se le acelera la respiración más y más. Intenta mantener la compostura, tomar bocanadas de aire, y siente que Charles detiene la mano, y luego vuelve a moverla con más frenesí que antes.

—No puedo respirar —dice Kate, asustada.

—Mantén los ojos cerrados, Katie —está diciendo Charles, por encima de ella—. Haz lo que yo te diga. Escúchame.

Kate cada vez está más ansiosa; le están empezando a sudar las palmas de las manos y siente el pecho oprimido. La están observando, pero ella no puede ver a los demás, a esos desconocidos cuyas miradas le abrasan el rostro, y eso la desorienta, pero mantiene los ojos cerrados con fuerza.

—No puedo respirar. Ay, no puedo…

—Confía en mí, Kate. Solo tienes que confiar en mí. Mantén los ojos cerrados.

Se esfuerza por mantener el control, de sí misma y de su respiración, pero sigue sin poder inspirar el aire suficiente, y se da cuenta de que está llorando, sollozando y jadeando.

La violencia del llanto la sacude y le caen las lágrimas por la barbilla.

No sabe por qué está llorando, si es por sus hijos o por Mary, tal vez, o por algo que ni siquiera puede identificar, algo triste pero sin una forma definida.

Se siente como si nunca fuera a poder parar de llorar, y luego, poco a poco, como si no debiera dejar de llorar, porque, si parara, tendría que recordar dónde está.

Está empezando a sentir, incluso ahora, la presencia de las demás personas de la sala.

Anne está en alguna parte, más atrás. Los hombres la están viendo perder el control, sometida a la voluntad de su marido.

Se aferra a los reposabrazos del sillón y clava las uñas en la tela.

Oye la voz de Anne en la cabeza. Inspira y espira.

Piensa en el mar, en el vaivén de la marea, en las piedras brillantes que se mueven con el agua.

Poco a poco se le estabiliza la respiración. Deja caer la barbilla hacia el pecho, como si se hubiera quedado dormida, pero en realidad es solo que no se ve capaz de abrir los ojos, de ver la mundana realidad de la sala, el montón de sillas y cortinas y copas de vino a medio beber.

—Vuelve con nosotros, Kate —le está diciendo Charles. Ha dejado de moverse y le habla desde arriba, con una voz tensa y temblorosa—. Vuelve con nosotros.

Kate siente un movimiento sobre ella y logra reunir la fuerza de voluntad necesaria para abrir los ojos con un parpadeo en el silencio que se ha impuesto en la sala. Charles, que está delante de ella, da un paso atrás, sonrojado. El retratista la está observando.

—Dios mío, Dickens —dice.

Le traen una copa de algo fuerte. Kate se lo bebe despacio, aún sentada en el sillón, apartada de los demás, mientras Charles parlotea con energía como si algo lo hubiera encendido.

Habla sobre sus poderes, sobre el resultado de su experimento, sobre lo mucho que lo ha asombrado.

Sobre lo que podría demostrar, o lo que podría significar.

Dice que él siempre había sentido que tenía esa habilidad, que de alguna manera siempre lo había sabido.

Kate mira a Anne, sentada inmóvil cerca del fuego.

Charles tiene la mano apoyada en el hombro de Kate, frotándolo como para reconfortarla, y al mismo tiempo se muestra triunfal.

Unos criados con rostros inexpresivos les traen velas nuevas para que los hombres puedan seguir más rato despiertos, charlando sobre lo que ha ocurrido.

Menuda estampa, piensa Kate mientras los sirvientes vienen y van sin pestañear.

Ella sentada, temblando y mareada en un sillón apartado, y Charles lleno de energía y entusiasmado.

Y el aire de desconcierto entre los demás hombres, que ha dado paso a la risa, como una tormenta que se transforma en llovizna.

Charles dice que está preocupado por Kate, por lo pálida que se ha quedado. Y ella se lleva una mano a la cara, consternada también de pronto.

—Debes descansar, mi amor, después de tanta emoción. —Le quita la copa—. Ha sido extraordinario. No tenía ni idea de lo extraordinario que iba a ser. Anne, lleva a mi esposa a la cama. Esta noche ha participado en algo sobrecogedor.

Kate deja que Charles la ponga en pie. Se pregunta qué ha ocurrido. Cómo lo ha hecho. No puede pensar con claridad.

Charles rellena las copas de los hombres y mira a Anne y a ella mientras se marchan.

—Ha sido un milagro —está diciendo el pintor—. Tú, Dickens, eres un milagro, y has demostrado que estaba completamente equivocado. Nunca había visto nada igual.

Anne agarra a Kate del brazo y la ayuda a subir las estrechas escaleras que conducen a su habitación del hotel, y Kate se deja guiar.

Se sienta a los pies de la cama, aturdida, y se quita los zapatos mientras Anne se ocupa de encender las velas y luego, en silencio, se arrodilla por detrás de Kate sobre el colchón para desatarle el vestido.

Anne nunca pregunta nada. Nunca expresa lo que siente.

—¿Cómo puede tener ese poder? —pregunta Kate casi sin darse cuenta para llenar el silencio—.

¿Cómo lo hace? ¿Qué explicación científica hay?

No lo entiendo. ¿Y tú, Anne? ¿Cómo ha podido hacerme sentir así tan rápido y con tanta habilidad, y con tanta potencia?

¿Crees que será por la conexión que tenemos, por lo mucho que nos queremos?

Anne no dice nada, tan solo ordena las pertenencias de Kate, la ayuda a acostarse y le cubre las piernas con una manta gruesa de punto que ha sacado de un armario.

—Es extraordinario. ¿No te parece, Anne?

Anne la mira y Kate ve algo en sus ojos que no logra comprender, como si la chica estuviera luchando consigo misma. No tiene su expresión habitual, tan serena, impasible y práctica, sino una más tierna y preocupada.

—¿Cómo puede tener esos poderes? —dice Kate. Está ansiosa y no sabe por qué—. ¿A ti no te parece extraordinario lo que ha hecho?

—¿Y qué más da lo que piense yo al respecto?

La chica se da la vuelta y dobla las enaguas con una frialdad profesional, alisándolas con la palma de la mano.

Kate siente una oleada de irritación. Quiere sacudirla, hacerle ver lo que ha experimentado. Quiere que sea consciente del poder de Charles y que lo reconozca por una vez, en lugar de mantenerse siempre tan imperturbable.

—A mí me gustaría saber tu opinión.

—Bueno, en ese caso… —Anne se detiene con la enagua de Kate aún en la mano.

Parece dividida de alguna manera, vacilante, inmóvil.

—Dilo —le pide Kate, y luego, para suavizarlo, agrega—: Por favor.

Anne suspira.

—¿Está completamente segura de que no ha sido cosa de usted misma?

—¡Para nada! —contesta Kate, sobresaltada ante la idea. Pero en realidad no está tan segura—. Para nada —repite.

Se recuesta contra la almohada fresca y cierra los ojos como para ignorar la incertidumbre. En cualquier caso, Anne no puede saberlo. ¿Cómo iba a entenderlo sin haberlo sentido?

Anne se sienta en la cama, a su lado.

—No… No me gusta verla tan alterada —le dice con delicadeza, tanta que Kate vuelve a abrir los ojos, curiosa ante esa ternura que ha adquirido su tono de voz—. No me… parece apropiado. Que deba verse involucrada en algo así, algo que la deja tan pálida y tan preocupada, cuando es todo puro teatro.

Puro teatro, piensa Kate. Recuerda que no podía respirar.

Que le parecía que se estaba ahogando. De pronto se pregunta por qué iba a querer Charles que le pasara algo así, si la ama.

La idea la perturba. Y viene acompañada de antiguos sentimientos que vuelven a alzarse como fantasmas.

Como el de que los deseos de Charles siempre parecen absorber los suyos, de modo que no logra preservar la claridad de su propia experiencia, sino que se impone la de Charles.

Y el de que siempre se siente inferior a él.

Más tarde, cuando Charles se mete en la cama a su lado, se muestra más cariñoso que nunca.

Retira las mantas y le besa el cuerpo como si fuera algo frágil, algo digno de admiración.

Y ella permanece tumbada a oscuras y cierra los ojos, sintiendo el roce de sus labios en los muslos, y lo oye murmurarle cuánto la quiere, cuánto la adora, y lo orgulloso que está de ella por haber sido tan valiente por él.