ANNE
ANNE
L a señora Dickens ha ido con otras mujeres a una cena para conmemorar algo a lo que no le encuentro el sentido, algo relacionado con los sellos, y el señor Dickens también ha tenido que salir por algún asunto, de modo que tengo la noche libre.
El hotel Harrisburg es pequeño, y no tiene sala para el servicio, así que bajo a tomarme una sopa en una mesa del rincón del comedor.
La soledad es bastante agradable, y poco habitual para mí, así que estoy sentada, disfrutando de la paz que me da saber que nadie me necesita para nada, cuando de pronto oigo unas carcajadas estruendosas en la puerta.
Levanto la mirada y veo al señor Dickens entrar.
Me doy cuenta al momento de que está como una cuba, puesto que tiene las mejillas coloradas y el rostro iluminado con esa expresión de desenfreno que a veces adopta cuando ha estado bebiendo.
No parece darse cuenta de que estoy ahí sentada, o, si se da cuenta, no le importa, de modo que sigo bebiéndome la sopa en silencio, esperando llamar la mínima atención posible.
Está con tres mujeres y un hombre con bigote, y se sientan en una mesa en el otro extremo del comedor, todos felices y sonrosados, salvo por una de las mujeres, que tiene unos ojos oscuros y una expresión inquisitiva, con un aire de superioridad.
—¡Vamos a jugar a Especulación! —dice mi empleador, y los demás reciben sus palabras con un coro de alegría.
La mujer más bajita responde:
—Ah, señor Dickens, es usted único. Hágame caso, señora Levelby: va a tenernos despiertas toda la noche con sus juegos.
—Ya barajo yo —dice el señor del bigote, juntando todas las cartas con sus largos dedos.
—Señora Rylance, tenga cuidado con el señor Dickens; puede verle todas las cartas desde ahí con solo inclinarse un poco —dice la amiga de la mujer bajita.
—Espero que no planee usted hacer trampas conmigo, señor Dickens —interviene la señora Rylance, la mujer de los ojos oscuros e inteligentes.
—Por supuesto que no, señora Rylance. La primera regla de las cartas es que no se debe engañar a las divinidades.
Aparto la vista. Ya estoy acostumbrada a presenciar esta clase de cosas: a verlo acercarse a las mujeres y elogiarlas como si lo hubieran sacado de un escenario, y a ver la sonrisa tonta que se les dibuja a ellas.
No es más que zalamería, por ambas partes, o «cortesía», como lo llama el señor Dickens, pero por esta noche ya he visto suficiente, y empiezo a pensar en cómo escapar.
—Entonces, si sigue usted esa regla, estoy segura de que no debe de ganar nunca nada de dinero, ya que, según se dice, se encuentra usted con criaturas divinas a todas horas. Como hace un momento, en el carruaje, con la señorita Crossley.
—Me ha vuelto a pescar con su astucia, señora Rylance. Tal vez ahí resida su esencia divina. No me puedo resistir a su mente.
—La señora Rylance es inteligentísima, es cierto —contesta la mujer bajita—. Eso lo sabe todo el mundo.
El señor Dickens le da un largo sorbo a su copa y mira las cartas, distraído.
—Adoro a las mujeres ingeniosas —dice, casi para sí mismo.
—Como todos, ¿no, señor Dickens? —murmura el hombre del bigote con cierta melancolía.
En ese momento la mujer de los ojos oscuros observa al señor Dickens con una mirada cargada de malicia.
—¿Y es la señora Dickens una de ellas? Seguro que lo es, pero apenas la he visto.
El señor Dickens se ríe por la nariz.
—La señora Dickens es lo más parecido a un burro que puede ser alguien de su sexo.
La señora bajita abre los ojos de par en par, como dos lunas. El hombre del bigote deja escapar una risotada.
—Vamos, vamos —dice entonces la mujer bajita en un tono persuasivo—. No sea malo con su mujer, señor Dickens. No se lo vamos a permitir. A mí me parece muy… simpática.
Y tanto ella como su joven amiga se parten de la risa.
—Sí, simpática es. Nadie puede decir que la señora Dickens y los burros no sean simpáticos.
Me quedo mirando mi cuenco de sopa, con la cara cada vez más colorada.
—Le digo que no sea malo con su esposa —insiste la mujer bajita mientras le da un golpecito en el brazo con el abanico—. No es nada caballeroso por su parte, he de decir.
La mujer de los ojos oscuros no dice nada, pero parece divertida, y el señor Dickens la observa.
—Señora Rylance, ¿podrá perdonarme por mi comportamiento tan poco caballeroso?
La mujer lo mira por encima de las cartas, reflexiva.
—Eso depende de si dice usted la verdad o no.
—Entonces debemos encontrar un testigo imparcial.
El señor Dickens posa la mirada sobre mí.
Me tenso.
—Anne. —Mi nombre se le resbala de la boca—. ¿Es mi mujer un poco burra o no?
Al parecer no encuentro las palabras, como si hubieran salido huyendo, aterradas del calor que me recorre las venas. Del modo en que trata de atraparme, como si fuera tan ligera como una pluma, para ponerme de su lado.
—Eso no es asunto mío, señor —logro decir.
—Pero se lo estamos preguntando —replica la mujer bajita.
Quiero decir que no debería hablar así de su mujer.
Que no debería usar esa palabra, que implica estupidez y torpeza, con ella, que ha sido siempre tan buena con él.
La he visto tropezarse y chocarse con cosas por todo el país, la he visto pálida de miedo o apretando los dientes, y me la he encontrado sollozando en un sillón al leer una carta sobre sus hijos, pero, desde que se subió al barco, no la he oído quejarse ni una sola vez.
—Yo no… no usaría esa palabra —contesto al fin, pero la debilidad de mi respuesta me causa una vergüenza abrasadora.
El señor Dickens les habla de ella a estos desconocidos como si la despreciase. Como si la considerase una necia. Y, aun así, yo no digo nada.
—¡Ajá! Lo han derrotado, señor Dickens —dice el hombre del bigote.
—Así es —añade la mujer de los ojos oscuros—. Lamentable.
—Os pido disculpas a todos —dice el señor Dickens, arrastrando las palabras—. La señora Dickens es más inteligente que Sócrates, y yo soy un sinvergüenza.
Se produce una breve pausa.
—Pero ¿da coces o no? —pregunta el señor del bigote, tras lo que estalla en carcajadas, y el resto del grupo se une a las risas, dándole golpes a la mesa y rugiendo.
Aprieto los puños por debajo de la mesa.
No la he defendido. No he podido hacerlo. Me digo a mí misma que no he tenido elección. No podía haber dicho ninguna otra cosa. Pero, cuando me levanto y me dirijo hacia las puertas del comedor, siento náuseas por mi propia cobardía.
Cuando me detengo al fresco del pasillo, me digo que solo soy una criada.
Que no es asunto mío. Que nada es asunto mío.
Las criadas no deben inmiscuirse de ese modo, y eso lo tengo más claro que el agua, pero lo que no sé es cómo me va a ser posible acatar esa regla con estas personas.
¿Cómo voy a quedarme al margen? ¿Cómo no voy a empezar a preocuparme?
Sé qué se siente cuando la señora Dickens se asusta y me agarra la mano.
Sé cómo se le enreda el pelo por las puntas.
Sé que he de llevarle el agua para el palanganero y rellenar los frascos de los polvos que se aplica para mantener el sudor bajo control.
Me llevo sus ligas cuando se le quedan demasiado flojas, y las medias cuando se le manchan, cuando les salen carreras o cuando se le ensucian los talones, y luego me pongo yo su ropa, heredada de ella, y es mi cuerpo el que roza la tela, y mi sudor el que se filtra en las zonas que antes ha sudado ella.
Cuido de su cuerpo, lo protejo. Lo conozco mejor que el mío.
A lo largo de todo este agitado viaje he sentido su bondad con tanta intensidad que me dan ganas de llorar.
Nos reímos juntas de cosas que el señor Dickens no entendería.
Sé que siente una tristeza, como la mía, de la que nunca se puede librar del todo.
Que me considera sabia y sensata, y cree que tengo buen corazón.
Y, cuando estoy con ella, me lo empiezo a creer yo también por un momento.
Claro que en realidad no me conoce en absoluto.
No soy la santa que cree que soy; he venido a sacar todo el provecho que pueda de esta familia, y no debo ser tonta.
He abandonado a Jem para disfrutar del confort, y he salido de juerga con el marido de la señora Dickens mientras ella dormía.
La he convencido para que dejara a sus hijos para mi propio beneficio.
Nunca hago lo correcto si supone algún riesgo para mí.
Esa voz tan horrible que oigo a veces me susurra que soy igual que mi padre.
Me alejo de las majestuosas puertas y subo las escaleras para acostarme.
Al día siguiente me pregunto si el señor Dickens vendrá a buscarme.
Pero, si se avergüenza tanto como yo de los acontecimientos de anoche, desde luego no lo demuestra.
Todo sigue como siempre. Cuando se marcha, para pasarse el día de aquí para allá, le da un beso a la señora Dickens en la coronilla y dice que se verán en la cena, y se va sin mirar atrás.
Y yo le paso el cepillo por el pelo a su mujer y la escucho hablar una y otra vez sobre el mismo tema. Le digo que sí, que seguro que sus hijos están bien. Que sí, que Charles parece cansado y debería descansar.
Y a mí me digo que no es un mal hombre. ¿Cómo podría serlo, cuando tiene textos tan famosos sobre el bien y el mal? Sabe Dios que es un buen hombre. Lo que dijo anoche fue cosa de la bebida y el agotamiento de tanto viaje.
Sin embargo, desde ese momento empiezo a notarlo más.
Cuando la señora Dickens no entiende algo, me fijo en el destello de irritación que atraviesa el rostro de su marido, tan rápido que nadie más podría percatarse.
Cuando se golpea la cabeza contra el marco de una puerta y deja escapar una risita demasiado alegre.
Cuando no logra seguir una conversación sobre algo inteligente y ofrece una respuesta tonta, y él la mira avergonzado.
Cuando sus bromas no tienen gracia. Veo lo mal que le sienta, y que sabe que no tiene otra opción.
La señora Dickens está siempre a sus órdenes, y eso sí que le gusta, de eso no hay duda.
Pero, cuando pienso en lo cruel que es ante las necedades, no puedo evitar preguntarme, con cierta tristeza, cómo escribiría el señor Dickens sobre su mujer.
Hay montones de personas que siguen juntas así, claro, con tantos roces que al final terminan por no encajar.
Es la naturaleza del matrimonio y todo lo que conlleva, cuando se disipa la locura del principio.
Pero, cuanto más me acerco, más me doy cuenta de que hay algo en ellos que no me gusta nada.