La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

K ate está delante de la ventana del hotel de Filadelfia, contemplando la tarde lluviosa. Han recorrido el país haciendo zigzag por los ríos y vías ferroviarias y han dejado atrás el fervor de Nueva York. Ahora solo hay alguna que otra persona interesada esperándolos en la entrada, esperanzada.

Hace poco Charles ha hecho declaraciones sobre el dinero, y a la gente no le ha gustado.

Y sobre los derechos de autor. Sobre que una persona debería ser dueña de su historia, y los demás no deberían poder apropiarse de ella en cuanto se cuenta.

Pero nadie quiere oír esas cosas. Los titulares de los periódicos se han vuelto en su contra.

Se produjo una pelea a puñetazos durante una cena, y tuvieron que sacar a un hombre a rastras.

Kate se encontró a Charles paseándose por las habitaciones del hotel, tirándose del pelo, enfurecido por una nueva representación teatral de Oliver Twist .

—¡Es mi historia! —dijo Charles, como un niño que reclama un juguete—. ¡De mi puño y letra! ¡No pienso dejar que la retuerzan y la transformen como les dé la gana, sin que tengan en cuenta mi autoría!

—Es exasperante —dijo Kate con cautela—. Ya lo sé. Pero, Charles, tienes que pensar en cómo te percibe la gente, ¿no? En lo que pasará si enfadas a todo el mundo.

—¡Me importa un bledo! Si no se me permite decir lo que pienso, ¿qué puedo hacer? Es mi historia, y soy yo quien debe tener el control, Kate. Y pienso hacerlo.

—No puedes controlar a toda América —dijo Kate con una sonrisa, tratando de apaciguarlo.

—Puedo intentarlo —replicó Charles, y Kate casi llegó a creerse que, de algún modo, sí que podía. Charles se giró hacia ella y entonces sí que le devolvió la sonrisa—. Eres como un bálsamo para mí. Con este tiempo me duele el costado, como antes.

Kate se acercó a él y le llevó la mano a la zona que le molestaba, que le llevaba molestando desde la niñez.

Se quedaron así durante un momento, y Kate deseaba con todas sus fuerzas poder ahuyentar a los invitados que esperaban, como una enorme nube de insectos, para abalanzarse sobre ellos, y quedarse solos los dos, tranquilos y afectuosos.

Ahora ve el carruaje acercarse y se aparta de la ventana, ilusionada, para mirarse en el pequeño espejo que hay sobre la chimenea.

Oye pasos, rápidos, impacientes y sin duda de él, y se acerca a la puerta para recibirlo, pero, nada más entrar, Charles pasa por delante de ella como si no existiera y se sienta ante el escritorio, encorvado, con los hombros encogidos.

Tras ellos, Anne enciende las lámparas y retira las sábanas almidonadas como una criatura que se mueve con sigilo alrededor de una trampa. Kate cruza la habitación y, con cuidado, alarga la mano para tocarle el brazo a su marido, con la esperanza de calmarlo.

—Aparta, Kate.

Kate retira la mano al instante.

Es consciente de que Anne está junto a la puerta.

No soporta que vea el disgusto de Charles, y en esos momentos no quiere que la consuele.

Se aleja, desesperada por salir de la habitación, pero fuera está oscuro y no puede abandonar el hotel.

Baja al comedor, aunque no es nada apropiado que esté allí sola a estas horas, y mantiene una conversación tediosa de una hora con la esposa de un vendedor sobre la predilección de la reina por los vestidos de baile de tul rosa.

Cuando vuelve a subir, Anne ya se ha ido y Charles está en la cama, tumbado de costado, de cara a las cortinas.

Kate retira la sábana y se mete en la cama. Tiene los pies helados, pero no se atreve a frotárselos para entrar en calor.

Se quedan allí tumbados en silencio. Kate no sabe si Charles volverá a hablar con ella esta noche.

Si se despertará por la mañana lleno de vida y de energía o si saldrá de la cama como si no soportase mirarla.

Pero de pronto habla en mitad de la oscuridad, tan bajo que Kate apenas distingue lo que está diciendo.

—Hoy he vuelto a ver lo mismo.

—¿Qué has visto? —dice Kate con cautela, en voz baja, sin querer asustarlo y que deje de hablar.

—A un niño abandonado.

Kate siente las sombras de la infancia de Charles cernirse sobre ella, algo de lo que apenas hablan pero que siempre lo acompaña. Que los acompaña a ambos. Hacen que Kate quiera abrazarlo con fuerza, convertirlo de nuevo en un chiquillo para que ella pueda curar sus heridas.

—¿Un niño? —pregunta tras un momento de silencio.

—Sí.

Siente a Charles moverse en la oscuridad para quedarse de cara a ella.

—Un niño que lleva años abandonado en una celda.

—Se le quiebra la voz en la última palabra y, tal vez para disimularlo, mueve la cabeza para apoyarla sobre el pecho de Kate, que siente su calor y su peso.

Le posa una mano en el pelo y se lo acaricia—.

¿Cómo crees que se debe de sentir ese niño, Katie?

Kate vuelve a quedarse en silencio durante un momento y luego responde:

—No me lo puedo ni imaginar.

—Solo durante tanto tiempo. Sin nadie. Debe de tener el corazón partido.

—Sí.

Kate oye el susurro de las hojas de los árboles al otro lado de la ventana abierta.

Un niño abandonado. Le llega un destello de un recuerdo, algo que Anne le dijo sobre un hermano en el barco, mientras las dos estaban tumbadas juntas en el momento crítico de la tormenta, bajo montones de prendas de lana, congeladas.

Piensa en preguntarle al día siguiente. Ahora, tras el torbellino de las semanas que han pasado desde entonces, ya apenas lo recuerda.

Y, en cualquier caso, lo único que quiere en este momento es que Charles diga algo, que siga compartiendo más cosas de su pasado con ella, el pasado que solo oye en susurros a oscuras, que logra colarse por las rendijas y se abre paso hacia ella.

Quiere saber más sobre los lugares que Charles frecuentaba entonces.

Marshalsea. La fábrica de betún. Sabe que ahora Charles se vale de la escritura para tratar de dejarlos atrás.

Pero ahora está callado, y Kate no se atreve a hablar. Baja el cuerpo por la cama para dejar la cabeza a la altura de la de Charles y lo besa, le da varios besos tiernos por la frente y alrededor de la boca.

—Te quiero —le dice—. Te quiero, te quiero.

Kate se pregunta quién más iba a prestarles atención a esas personas.

Quién, aparte de Charles, iba a acercarse a ellos y a mostrarle al mundo su sufrimiento.

Charles, con su pasión y su curiosidad y su rabia.

Y quién, más que Charles, podría no solo describirlo, sino también hacer que la gente lo sienta y lo viva, para que ellos también se enfaden, para que les importe.

Él sabe cómo tocar la fibra sensible mejor que nadie, y hacer que la gente repare en estas cosas.

Kate ya lo sabía, claro; lo había oído hablar sobre esos asuntos en cenas y con amigos, sobre sistemas políticos, pobreza e injusticias.

Y Charles siempre le ha escrito cuando ha estado de viaje: «Mi queridísima Kate», le dice, y le cuenta largas historias impactantes sobre lo que ha visto, lo que le ha hecho reír, y sobre lo mucho que la echa de menos.

Pero ahora está con él, a su lado, como nunca ha podido estarlo antes.

Ahora no siente dolores todo el tiempo, ni se preocupa a todas horas por si está empezando a sangrar o si tan solo se lo está imaginando, y ha de ir a comprobarlo al servicio cuatro veces al día, a levantarse las enaguas con miedo, preparándose por si encuentra una mancha roja.

No se ve sumida en el letargo todas las tardes, dejándose llevar por la oscuridad y despertándose después aturdida y desorientada en el sofá cuando suena la campana que anuncia l a cena.

Es capaz de soportar viajes en carruaje tan turbulentos que Charles tiene que atar bufandas a las puertas para que Kate pueda colar las muñecas por ellas mientras se ríe incluso cuando los baches del camino los sacuden y la lanzan de un lado a otro.

Se cae por todas partes, cuando los carruajes se mueven mientras ella aún está intentando encontrar el escalón o cuando los barcos se inclinan y se resbala y se hace un corte en el tobillo, justo encima del hueso.

Tiene una vista demasiado mala como para soportar esta clase de viajes, y no dejan de moverse, de tomar barcos y trenes y carruajes que los llevan por entornos intimidantes, sin poder estar nunca cómodos, y sin quedarse nunca más de unas pocas noches en cada sitio.

Pero eso no es nada, piensa Kate a veces.

No es nada comparado con estar embarazada.

Lo más importante es que no está sola en esto, sino con él.

Que forma parte de lo que está sucediendo, ve lo que él ve, y su mundo se está expandiendo junto con el de él.

Y en los días buenos, Charles se muestra más dulce con ella y más agradecido que nunca.

Van de un sitio a otro constantemente, de modo que Charles encuentra más y más cosas sobre las que escribir, como si fuera a tragarse el país entero como una serpiente y digerirlo para transformarlo en frases plasmadas en tinta.

En cuanto tiene algún momento de relajación, se pone a tomar notas.

Una tarde, cuando ha salido, Kate se inclina sobre los papeles que ha dejado abandonados en el escritorio, curiosa, y se sorprende a sí misma al darse cuenta de que está intentando comprobar si la menciona alguna vez.

Entorna los ojos, tratando de descifrar la letra apretada y curvada de su marido.

Pero apenas aparece. Tan solo la menciona en una o dos ocasiones, fugazmente, como un personaje secundario, una sombra a su lado.

Si alguien leyera esas notas, pensaría que Charles ha estado allí solo.

Pues claro, se dice, sacudiendo la cabeza ante su propia vanidad.

Es normal . A ver, ¿por qué iba a salir ella en sus historias, en algo que se va a imprimir y a leer, como si ella fuera algo de interés nacional?

Aun así, es raro ser un vacío. Estar presente, pero no existir cuando la historia se relata.

Durante un momento extraño de locura se pregunta qué se sentirá al escribir algo por sí misma.

Al fin y al cabo, las mujeres también escriben a veces.

Un poema, piensa, desesperada. Antes, cuando era niña, le encantaban los poemas.

O un cuento, como los que solía buscar en Blackwood’s Magazine y luego representaba con Mary.

Intenta imaginarse sobre qué podría escribir, pero se le queda la mente en blanco.

Luego ve su reflejo en el espejo que hay sobre la chimenea, pequeñita, con hoyuelos y aún, para su horror, corpulenta, y se ríe en voz alta por lo ridícula que es.