ANNE
ANNE
L a señora Dickens está dormida en la habitación del hotel de Nueva York, a oscuras.
Es temprano, demasiado temprano para querer irme a la cama, pero ella está agotada por haber pasado el día fuera.
Le he limpiado el pelo con polvos y se lo he cepillado cincuenta veces, tal y como le gusta, y le he traído un camisón planchado del cajón, y he atenuado las luces, como siempre.
Ahora está dormida, respirando con suavidad y con ese ritmo constante que ya me resulta tan familiar, y yo la observo, le miro la cara pálida sobre la almohada, y vuelvo a pensar en lo raro que es el trabajo que he acabado desempeñando.
Miro la aguja y un par de medias de la señora Dickens que hay que remendar. Estiro una con la mano y estoy alargando el brazo para agarrar la aguja cuando aparece la cara del señor Dickens en el marco de la puerta.
—Vamos a dejar que la señora Dickens duerma. Vayamos a dar un paseo.
Lo miro atónita.
—¿A dar un paseo?
—Sí, a dar un paseo, señorita Brown.
—Sabe perfectamente que no puedo.
—¿Y puedo preguntarle por qué no?
Hay tantos motivos que no sé ni por dónde empezar.
—La multitud, señor. Nos seguirán por todas partes, y se formará un gran escándalo.
—Ajá. Pero tengo un plan.
En ese momento atraviesa por completo el vano de la puerta. Veo que en una mano lleva una barba roja y exuberante y un sombrero del tipo que usan aquí los hombres de clase baja, y en la otra una especie de cofia colorida que cubre parte de la cara.
—Se los he pedido por encargo a un proveedor de artículos de teatro, junto con pegamento para la barba.
Son estupendos, ¿no le parece? Puede ponerse una de las capas de la señora Dickens y nadie nos podrá reconocer.
Nos escabulliremos por las puertas de atrás, como si fuéramos delincuentes a la fuga.
¿Qué me dice, señorita Brown? —Me mira con cara de pillo—. ¿Nos escapamos ahora que podemos?
—Me parece… Me parece a mí que está usted loco, señor.
Pero por alguna razón la idea comienza a llamarme.
Aquí hay sitios a los que no puedo ir sola, y por primera vez podría salir y verlos por mí misma, en lugar de quedarme siempre en la habitación cosiendo en cuanto llega el atardecer.
He visto por la ventana cómo cobra vida la ciudad por la noche, y se me está presentando la oportunidad de pasear por ella.
¿Y acaso no he venido para eso, para ver el mundo en toda su extrañeza, no solo para estar encerrada limpiando y cuidando de gente todo el tiempo?
Vuelvo a mirar la figura inmóvil y oscura de la señora Dickens entre las sábanas.
—Venga, señorita Brown. Habremos vuelto en un abrir y cerrar de ojos —me dice, y hay algo en su voz que me hace pensar en lo ridícula que he sido por haber creído que tenía elección siquiera.
De modo que casi sin darme cuenta, con el corazón a punto de explotar, estoy llevando al señor Dickens a la sala del servicio del hotel, vestida con la cofia y una de las largas capas de la señora Dickens.
Cuando salimos a la calle principal y nos dirigimos a la multitud, empiezo a aterrarme, y miro a la izquierda y a la derecha para ver si alguien nos reconoce.
Tengo que hacer un gran esfuerzo por no volver al hotel mientras bajamos por Broadway, con las farolas de gas iluminando la noche.
De alguna manera, todo parece ahora el doble de intenso, el color de las sedas de las mujeres, las sombrillas, los volantes y las capas de todos los tonos imaginables, las amplias calles, el bullicio de la gente, con su extraño ritmo.
El señor Dickens me está agarrando del codo, como si para todo el mundo fuéramos un matrimonio que ha salido a dar un paseo.
Y, cuando me doy la vuelta para mirar atrás, nerviosa, veo que no nos sigue nadie.
La gente le dice: «Buenas noches, señor» al señor Dickens al pasar y, para mi asombro, lo oigo responder con un acento estadounidense horrible: «Ah, buenas noches, estimado señor», o: «Sí que hace buena noche».
Cuando me ve la cara, no puede contener la risa.
—Me va a delatar, señorita Brown.
—Me temo que ya se va a delatar usted solito, señor.
—Esta noche, nada de «señor». Somos iguales. —Me mira de reojo—. Ni una palabra de todo esto a la señora Dickens, por supuesto. No le gusta que la excluyan de las travesuras, pero nunca puede seguirles el ritmo.
No respondo, pero hay algo en el modo en que lo dice, con tanta despreocupación, que me deja una sensación extraña.
—Estimado señor —le dice el señor Dickens con su extraño acento a un hombre que pasa por allí, apresurándose, como si tuviera ganas de llegar a casa—, ¿cuál es el mejor sitio de por aquí para tomar una copa y bailar?
El transeúnte nos da la dirección, giramos para tomar un callejón y pasamos por delante de un cartel que dice Ostras de todo tipo . El callejón es estrecho, y no me atrevería a ir sola por aquí, pero, agarrada del brazo del señor Dickens, la ciudad resulta menos amenazante.
Subimos unas escaleras destartaladas siguiendo el sonido de un piano y de pisotones y, antes de que me dé cuenta, la sala parece estallar ante nosotros, repleta de luz y de bullicio, y tan llena de gente que temo que una señora vaya a desmayarse y que la multitud la arrastre.
Hay un hombrecillo con una pandereta, golpeándola contra la pared y sacudiéndola, haciendo más ruido del que he oído en toda mi vida, y una mujer tocando el piano a golpes con una bufanda de un rojo intenso, y parejas apretujadas, empujándose y dejando escapar gritos que se alzan como pájaros hacia el techo.
Se nos acerca el camarero, tan achaparrado que parece un barril y desperdigando gotas de sudor con cada uno de sus movimientos.
Nos toma la comanda y nos trae dos vasos de algo pálido que deja ante nosotros.
Hace calor y el aire está cargado del dulzor de la cerveza, y el techo es bajo, como el de una taberna.
Como el de casa, pienso, pero no se parece a casa en absoluto.
Es un sueño extraño y alocado, a miles de kilómetros de todo, y yo estoy agarrada del brazo del señor Dickens, con su cómico disfraz, ambos atrapados entre dos mundos, con todo patas arriba.
—Dos sidras por aquí, amigo —dice el camarero—, para que se vayan animando. ¿Cómo se llama usted?
—¡Señor Cheeryble!
—Pues bébanse la sidra, señor Cheeryble, y tome a su buena señora de la mano y llévela a bailar. Luego les serviré otras.
Me dispongo a objetar, pero el señor Dickens, riéndose, agarra la jarra y se la bebe de un trago, y luego me toma de la mano antes de que pueda negarme y al momento estamos bailoteando de un lado a otro de la sala.
El señor Dickens va lanzando gritos de júbilo, con su típico brillo de desenfreno en los ojos, y yo apenas toco el suelo con los zapatos por la velocidad a la que bailamos.
Llevaba años sin bailar, y no dejo de sacudir la cabeza, como si no pudiera creerme del todo lo que estoy haciendo.
No sé cómo he acabado aquí, disfrazada, en los brazos del hombre más famoso en todo Nueva York, tan mareada de dar vueltas que apenas logro distinguir la izquierda de la derecha.
Y puedo disfrutarlo sin compromiso, pienso mientras el calor de la sidra me recorre el cuerpo, ya que no soy su mujer; solo estoy fingiendo.
No le he hecho ninguna promesa, no le voy a dar hijos y a verme obligada a mantener reposo en una habitación oscura a solas, llorando por ellos.
Puedo disfrutar de la aventura sin el coste.
Cuando nos sentamos al fin, exhaustos por el esfuerzo, vuelvo a negar con la cabeza y el señor Dickens no deja de reírse de mí.
Mientras estoy ahí sentada, lo absorbo todo, la música y el ritmo de los pisotones a nuestro alrededor, y al señor Dickens dando golpes en la mesa con la jarra con ese brillo en los ojos y pidiendo más con ese acento estadounidense tan espantoso, y nuestro secreto, que estamos fingiendo, estamos jugando, y nadie lo sabe salvo nosotros.
Me aferro a todo, por si no vuelvo a sentir nada parecido jamás.
Cuando regresamos con los pies doloridos y nos colamos en las oscuras habitaciones del hotel como ladrones, la señora Dickens sigue durmiendo.
Al verla ahí tumbada me avergüenzo, por alguna razón, de lo insensata que he sido.
De haber fingido ser la esposa del señor Dickens, de haberme puesto la ropa de ella y de haber bailado con su marido agarrados de la mano mientras ella dormía aquí sin tener la menor idea de nuestras aventuras.
Me quito la capa de los hombros deprisa y la vuelvo a colgar en su sitio, en la puerta; ya no me gusta sentir su peso sobre mí. El señor Dickens está a mi lado, admirándose a sí mismo en el espejo del tocador, y me giro hacia él con rigidez.
—Bueno, pues debería subir ya, señor, si no necesita nada más de mí.
Se quita la barba y me lanza un guiño.
—Que tenga usted dulces sueños, señorita Cheeryble.
Entonces me mira, y hay algo en su mirada que me hace volver a la puerta a toda prisa.
—Muy bien —digo, sin motivo alguno, y luego salgo al pasillo y subo las escaleras para meterme en la cama.
A la mañana siguiente, me alegra poder distraerme haciendo la colada y doblándolo todo para meterlo en las enormes valijas y baúles que se llevarán en el carruaje.
Al retirar las cortinas y ver Broadway, iluminado ahora por la luz del sol, recuerdo haber paseado por allí del brazo del señor Dickens, en nuestro juego de simulación, y al momento vuelvo a centrarme en los baúles.
No me apetece demasiado hablar con la señora Dickens, sobre todo porque la sidra estaba bastante fuerte. Trato de mantenerme al margen, pero ella no deja de acercarse a mí y mirarme de una forma que no me gusta.
—Charles estaba cansadísimo esta mañana. Creo que está trabajando mucho.
—Sí, señora.
Doblo dos cuellos de encaje, rígidos por este almidón americano que huele tan raro, y los guardo en una maleta pequeña.
—Vaya, cómo tienes la piel, Anne —me dice entonces la señora Dickens, mirándome a la luz del sol que se cuela en la habitación—. Se te ha quedado muy reseca. ¿No te duele?
Me llevo la mano a la cara, consciente de ella de pronto, y luego me doy la vuelta.
—Un poco.
—Debe de ser por viajar tanto en invierno —dice la señora Dickens—. ¿Nunca te has puesto crema?
—No.
Entonces se acerca deprisa al palanganero, con el entusiasmo propio de una niña, y trae un botecito verde atado con un lazo que ya he visto entre sus cosas. Lo abre y me llega una bocanada de algo que huele a ella. Un olor dulce e intenso.
—Se hace con rosas, azahar y una crema —me explica, y casi parece darle vergüenza—. Me la hacen desde que… desde que era una niña. ¿Me dejas que te eche un poco?
Miro el bote. La verdad es que me parece una muy mala idea frotarse cosas por la cara.
Yo nunca me he echado nada en toda mi vida, y no empecé a aficionarme al jabón hasta que llegué a Doughty Street, y para mí que con eso ya es suficiente para cualquiera.
Y no quiero que sea generosa conmigo esta mañana, cuando aún acarreo los secretos de anoche en mi interior y el sabor de la sidra en la boca.
Pero es cierto que tengo las mejillas resecas del frío viento americano, y no tengo una manera mejor de ponerle remedio, así que me siento sobre la cama, resignada.
—A ver, te la voy a aplicar yo —me dice, encantada.
Y al momento siento su manita, los dedos recorriéndome la cara, la crema espesa en la piel. Y, ay, qué dolorosa me resulta en ese momento su delicadeza.
Me recuerda a mi madre. En sus caricias veo su figura, la huelo.
Me quedo inmóvil, todo lo inmóvil que puedo.
Y entonces, al igual que en el barco, cuando brotó en mi mente el nombre de Jem de manera inesperada, como si fueran lágrimas, siento que mi tristeza se libera de las cadenas con las que la había retenido, y me separo de la señora Dickens con un movimiento brusco.
—Bueno, diría que con eso debería bastar —digo—, a no ser que planee cubrirme en aceite y freírme como un arenque.
La señora Dickens se ríe y yo me levanto con torpeza de la cama mientras me llevo las manos a la cara.
No me deshago del olor ni de la sensación de la crema durante todo el día.
Y cuando me tumbo esa noche en el camastro en las dependencias del servicio, en nuestra última noche en Nueva York, con la piel tan suave como la seda, pienso en lo amable que es la señora Dickens conmigo cuando no tiene por qué.
Y en lo extraño que es eso en este mundo, y me pregunto si me lo mereceré de verdad.
Lo del señor Dickens ha sido solo un juego, claro.
Solo era para divertirnos un rato, sin hacerle daño a nadie, y ella no sabe nada.
Pero no puedo evitar seguir pensando en la expresión de la señora cuando se sienta durante los encuentros con otras personas, enfrascada en su bordado, mirando a su marido como si todo lo que hace y dice fuera lo más maravilloso del mundo.
En que se pasa los días esperando a que él le permita abrir las cartas que llegan desde casa, de pie junto a la ventana, sosteniendo el sobre como si le fuera a quemar la mano.
Y me digo que no volveré a participar en los jueguecitos del señor Dickens.