La señora Dickens NUEVA YORK #2
51%

NUEVA YORK #2

—Ay, mi madre no se lo va a creer. Seguro que no se lo cree —está diciendo la chica con unos ojos que danzan como dos insectos agitados en su rostro—.

¿Podría conocer al señor Dickens? ¿Cree que escribiría sobre mí en alguno de sus libros?

—Deja escapar una risa estridente e incómoda—.

¿Cree que lo haría? Ay, no me lo puedo creer. Y qué guapa es usted de cerca.

Kate sonríe y la agarra del brazo.

—¿Volvemos?

Intenta olvidarse de lo ocurrido a base de reírse, centrarse solo en quien la admira, pero la ilusión se ha quebrado. No se puede sacar la espantosa palabra de la cabeza. «Corpulenta». No le pertenece a ella, sino a un personaje de uno de los libros de Charles, uno que no quiere ser.

Deja a la chica con su madre con vagas promesas de presentarles a Charles más tarde y regresa a su asiento en la mesa, incapaz de concentrarse ya en nada que no sea su cuerpo, que de pronto parece ocupar demasiado espacio mientras atraviesa la sala.

Deja que su mirada vague por toda la variedad de comida: los pasteles y las gelatinas y los blancmanges y los quesos, que ahora sudan bajo las luces.

No debería tocarla, se dice. No debería comer nada, ni esta noche ni mañana, hasta que vuelva a estar delgada.

No puede seguir así, con la gente hablando de ella, y dándose cuenta de que no está a la altura de las expectativas.

Recuerda a Charles mirando la cinturita de la chica de antes.

Puede que pase una semana comiendo solo tostadas.

Le dirá a la gente que no se encuentra bien.

Pero, incluso mientras piensa todo eso, ya está extendiendo la mano y olisqueando un merengue de limón, metiéndoselo en la boca y dejando que se le derrita en la lengua y la reconforte.

Al día siguiente se despiertan agotados y con cara de sueño.

Le duele la cabeza por haber bebido tanto ponche. Se frota el cuero cabelludo y se nota las pequeñas heridas que le han provocado las horquillas que sostenían las flores.

Putnam, que ronda a Charles como si fuera su sombra, les enseña el correo de esa mañana.

Charles está más pálido que un fantasma y tiene la voz ronca.

Entre las cartas encuentra una petición que le hace escupir el té.

Al parecer, la Gala de Boz ha tenido tanto éxito que se va a celebrar de nuevo esa misma noche, con las entradas a mitad de precio, y recogerán al señor Dickens y a su buena señora a las seis para repetirlo todo. Ambos se miran.

—Han sacado un beneficio enorme, ¿sabe? —dice Putnam con su monotonía habitual—. Por la demanda de entradas.

Charles le da un puñetazo a la mesa del desayuno, los platos saltan y Kate se tensa de manera imperceptible. Anne, sentada en un rincón, alza la vista con una expresión inescrutable.

—¿Qué pasa, que soy un monito de feria? En cuanto abro la boca, ya hay cien personas intentando verme la garganta, y cobrando por ese privilegio. ¿Debo dejar que me usen para el beneficio de cualquier estadounidense que quiera hacerse rico?

La sombra del dinero siempre está ahí. Kate lo sabe.

El peluquero que le corta el pelo a Charles obtiene beneficios vendiendo sus mechones.

Hay una joyería que crea, sin permiso, imitaciones del busto para el que ha posado y las vende; cien cabezas distorsionadas de Dickens.

Y Charles no gana nada con ello. Tan solo recibe el estipendio mensual de sus editores de Inglaterra.

Se deja los huesos trabajando, hasta que le salen callos en los dedos de agarrar la pluma, hasta que le duelen los ojos.

Charles envía una carta para informar de que no se encuentra bien y no va a poder asistir a la gala.

Al cabo de una hora aparece un médico en la puerta del hotel exigiendo permiso para entrar para poder obtener un certificado que lo demuestre.

Mientras ve a Putnam tratando de ahuyentar al médico y a Charles paseándose furioso por la habitación, tirándose del pelo, Kate se siente inquieta, como si el honor de la noche anterior se hubiera convertido en otra cosa.

Como si hubieran estado fingiendo todo el tiempo que era cuestión de gloria, y hubieran estado pavoneándose, cuando siempre ha sido cuestión de dinero.

Hace que se sienta cada vez más ridícula, la misma sensación abrasadora que la había asaltado en el aseo durante la cena, y ve que Charles también la siente, y que el bochorno que supone no le hace ninguna gracia.

En Londres, el señor Dickens, el padre de Charles, se está endeudando de nuevo, y usando el nombre de su hijo para su beneficio.

Fred no tiene una carrera estable. La familia sigue creciendo.

Las ventas de Nickleby son bajas. Kate ha oído conversaciones cargadas de preocupación a través de la puerta, y ha visto a Charles abatido después.

El esplendor de Devonshire Terrace, los sirvientes durante las cenas, la educación de sus hijos, los regalos y los juguetes y el cochero impetuoso que cuida del carruaje en el extremo del jardín, todo depende de su pluma.

Y, al final, la supervivencia de Kate también pende peligrosamente de ella, a la espera de que produzca su próxima historia.

No quiere pensar en lo que ocurriría si esa historia no llegara nunca.

** En el siglo xix , se llamaba Noblemen of Nature a los trabajadores manuales cuyo trabajo enriquecía a las naciones.