NUEVA YORK
E ntre el carruaje y la entrada del teatro hay montones de cuerpos apiñados que se retuercen y se agarran y se empujan unos a otros.
Hay hombres uniformados por la calle, tratando de apartar a la multitud de la puerta del carruaje para poder abrirla, pero solo cede unos centímetros.
A través de la rendija, el ruido se cuela dentro: una pelea por una entrada perdida, una mujer que grita una y otra vez que le han robado con una voz estridente y cargada de pánico.
Kate, envuelta en su capa azul vaporosa, siente ya la necesidad familiar de alejarse de todo, de permanecer en la comodidad del interior oscuro.
Cuando se abre la puerta por completo y Charles le tiende la mano para ayudarla a bajar el escalón, Kate atraviesa un muro de sonido que parece sentir hasta en los huesos.
—Yo no tengo ni idea de estas cosas, señora —le dijo Anne. Y luego—: Pero creo que le quedan muy bien, y al señor Dickens le gusta la finura.
Y Kate se los puso de nuevo, aliviada.
Cuando atraviesan las puertas del enorme teatro, Kate levanta la vista.
Todo resplandece. Mary , piensa. Ojalá pudieras ver esto.
Ojalá pudieras verme a mí . Cientos de lámparas de gas titilantes en soportes ornamentados, más de las que Kate ha visto jamás, desprenden su hedor en el aire caliente.
No puede distinguir los rostros de las personas, tan solo filas y más filas de movimientos borrosos y los destellos rápidos de color de los pañuelos ondeantes.
Oye a gente llorando. Hay mujeres adultas abrumadas, abanicándose con debilidad para soportar el aire sofocante.
En el escenario está tocando una banda: unos trompetistas con ojos saltones y un director de quien salen volando gotas de sudor mientras agita la batuta.
Kate se da cuenta, absurdamente, de que están tocando See the Conquering Hero Comes , e intenta girarse hacia Charles para mirarlo a los ojos y reírse, pero Charles está distraído por las manos que le tienden para estrechárselas, tantas que parecen convertirse en un mar de criaturas extrañas que se agitan y se acercan a él.
Van moviéndose por el teatro como una procesión rara y solemne mientras oyen gritos de «Viva Boz» y «Que Dios bendiga a Dickens y a su buena señora», y le parece de lo más disparatado que ella, Kate, sea la «buena señora».
Por las paredes están salpicados los títulos de sus libros, en una fuente enorme y sinuosa, cada letra más alta que el propio Charles.
Y hay banderines colgados, kilómetros y kilómetros de banderines, enredados, con colores llamativos, y trepando por el teatro, de palco en palco.
Y guirnaldas de rosas. Y, en el escenario, escenas de Pickwick , Nicholas Nickleby y La tienda de antigüedades .
Ahí está la pequeña Nell abrazando a su abuelo, tan calmada, buena y dulce, la favorita de Kate.
Y luego cae el telón y vuelven a levantarlo, y el actor que hace de Quilp se alza sobre ella, sudando por el calor de las velas.
No puede apartar la mirada de la magia; nunca ha visto nada igual.
Y todo por Charles. Todo por Charles. Siente que va a estallar de orgullo.
—Lo llaman tableaux vivant —dice el hombre que tiene detrás en un confuso intento de adoptar un acento francés, alargando cada letra.
Una vez más quiere reírse con Charles de ello, y se dice a sí misma que más tarde lo hará, cuando estén en la cama, cuando se haya ido todo el mundo. Cuando Charles sea suyo al fin.
Colgada sobre ellos, casi tan ancha como la propia sala, hay una gran bandera con el águila, y debajo pende una enorme imagen pintada de Charles, como si lo hubieran reclamado, como un terreno.
Es suyo, de Kate, y a la vez no. Aparece en una pose de escritor, con una mirada de alegría perpetua y una sonrisa de sabiduría eterna.
El anillo de Mary brilla en su dedo mientras agarra la pluma, un único toque de amarillo.
Los periódicos están llamando al evento la Gala de Boz.
Durante un momento Kate piensa en su niño, en Charley, en su otro nombre inesperado. Le resulta doloroso pensarlo. Aparta la mirada de la banda.
—Kate, mi amor, ven por aquí —le dice Charles, y Kate sabe que se dirige solo a ella, pero su voz se alza sobre el ruido de la multitud y ve que la gente se entera y se miran unos a otros.
—Kate —grita un hombre con pelo ralo y las mejillas sonrojadas por el calor—. Kate Nickleby, ¿no?
Se ríe como si fuera una broma graciosísima, y Kate sonríe y sacude la cabeza, como si le divirtiera también, y sigue a Charles hacia el escenario.
Quieren que ella también sea un personaje.
Quieren que sea un invento, como si ella también fuera un producto de la imaginación de Charles, y durante un momento extraño y vertiginoso siente que tal vez lo sea.
Kate ve que Charles pasa por delante de una chica y se queda cerca de ella.
No debe de tener más de diecisiete años, con unos ojos azules impresionantes y una piel como la de una muñeca.
Ve que él baja la vista a la cintura de la chica.
Le da un beso en la mano que le tiende y Kate siente que le da un vuelco el corazón. Sonríe para ocultarlo.
—¡Boz! —grita alguien cerca de ella—. ¡Charlie Dickens! ¡Boz!
Su nombre suena extraño en sus lenguas, alargado y luego acortado.
¿Quién es Charles, su marido, para esos desconocidos, que lo llaman como a un viejo amigo con unas voces extrañas?
¿Qué es lo que les ha hecho sentir que lo conocen?
Tan solo sus palabras, que viajan por el servicio postal.
Ella lo conoce mucho mejor. Sabe a qué huele su piel.
Sabe qué se siente al estar con él por la noche. Se aferra con fuerza a ese pensamiento.
Cuando, durante la cena, se la llevan con las demás mujeres, se ve atrapada en grupos de varias de ellas, todas intentando tomarla de la mano y adularla.
Brindan por el presidente de los Estados Unidos, por la reina de Inglaterra, por los nobles de la naturaleza ** , por los pobres y los oprimidos, por la literatura.
Kate observa las pirámides de tartas que se alzan sobre las mesas, cincuenta o sesenta, cada una coronada con intrincadas escenas de Pickwick hechas de mazapán; el brillo de las ostras sobre el hielo, de las sofisticadas gelatinas, del blancmange tembloroso y de las grandes fuentes de helado y merengue con crema inglesa, y sándwiches, jamones, lenguas y patos.
Los cuencos rebosantes de almendras, pasas, manzanas y naranjas. Kate tiembla ante tantos excesos.
Se lleva la mano al cuello y se nota los fuertes latidos del corazón ahí. Todo por su Charles, a quien ella encontró de entre todos los hombres de Londres, y quien la ha encontrado y elegido a ella; y ahí está ella ahora, a su lado, interpretando su papel.
«Vaya, está usted preciosa, señora Dickens», le dicen las mujeres, apiñándose a su alrededor, ávidas de su amistad, de algún comentario amable. «Ya sabía yo que lo estaría». «Santo cielo, señora Dickens, adoro sus perlas».
Kate, tan tímida y sencilla, siempre chocándose con las cosas, elegida para un papel que nunca habría imaginado que interpretaría.
De repente se ve desbordada por todo, el calor, las luces, los elogios, las gelatinas, los hojaldres de melocotón y las torres de caramelos recubiertos de azúcar, la sangre que le borbotea en las venas y sus niños, tan lejos que le cuesta respirar.
Sentada en una especie de trono, con un mar de mujeres que le sonríen, se lleva un bocado de un postre con merengue y azúcar glas a los labios y deja que el sabor le recorra la lengua.
El merengue tiene un toque ácido de limón, mezclado con algo más dulce.
Grosellas, tal vez. Se lo apunta mentalmente, con la esperanza de deleitar a sus invitados londinenses con la novedad.
—Bueno, cuénteme, querida señora Dickens… —La voz de la estruendosa señora con papada atraviesa sus pensamientos—. ¿En qué se diferencia Nueva York de Londres?
Kate mira a su alrededor, a las demás invitadas, encantadas con su pregunta, y por quinta vez en una semana empieza a intentar responderla.
Pasa una hora antes de que pueda escaparse al fresco del aseo y huir de la tensión, sonriendo y rechazando todas las propuestas de acompañarla.
Encuentra una zona donde no la ve nadie, tras una pared, y se queda allí un momento, disfrutando del silencio, lejos de las disputas y los cotilleos, con los hombros pegados a los azulejos.
Oye que se abre la puerta, el crujido de unas faldas y el tañido de unas carcajadas.
—¿No te parece vulgar para ser inglesa?
Kate se retira al instante para ocultarse mejor mientras el horror la invade.
—Las perlas son muy ostentosas, pero es que él también lo es. Por lo que he oído, es escocesa.
—Ah, bueno, eso lo explica todo.
Las chicas se ríen, y Kate busca la salida con pánico, y luego se da cuenta de que no puede llegar hasta ella sin pasar justo por delante de las mujeres.
—Es mona de cara, eso está claro, pero yo no la llamaría «guapa».
—Es bastante corpulenta.
—Sí, ancha de cintura.
Kate vuelve a pegarse contra la pared mientras se le extiende el calor por el cuello.
Se abre una puerta de golpe y, de un cubículo, sale una chica joven que la mira con curiosidad.
Kate hace como si se estuviera ajustando los pendientes, frunciendo el ceño mientras se mira en el espejo, fingiendo concentración, con unas manos torpes y sudorosas.
—Señora Dickens —dice la chica en voz alta—. ¡Ay, no me lo puedo creer, de verdad! Dios mío. Me encantaría acompañarla cuando vuelva a la sala. ¿Puedo?
Al otro lado de la pared hay un silencio sepulcral, y luego el repiqueteo de unos pasos y un portazo. Kate se lleva una mano a las mejillas ardientes.