La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Bistec a la Soyer

Asar el filete aderezado con pimienta, sal, cayena y harina, todo mezclado en un recipiente.

Ir dándole vueltas al filete y rebozándolo en la mezcla constantemente.

Picar una chalota pequeña y ponerla en una cacerola con un poco de kétchup.

Cuando el filete esté lo bastante hecho, añadir un poco de mantequilla, colar la salsa con un colador pequeño y servir muy caliente.

L as gruesas cortinas de la habitación del hotel siguen cerradas, aunque ya son más de las nueve.

Kate retira un centímetro la pesada tela y mira las luminosas calles de Boston, refulgentes bajo el sol matinal.

Abajo, delante de la entrada del hotel, hay una multitud de gente esperando.

Cada mañana hay más personas, sosteniendo periódicos en los que aparece la cara de Charles para que se los firme, o con ejemplares encuadernados de Pickwick , o con una petición de esto o de aquello, o con una historia lastimera para que la escuche, de un hijo que está sufriendo o de una injusticia que, de alguna manera, solo él, Charles, puede resolver.

—Apártate de la ventana, Kate.

Su marido, sentado a la pequeña mesa de comedor, está cortándose el filete, que, como siempre, está nadando en un charco de mantequilla y pimienta negra molida.

Kate palidece al verlo comer tal cosa tan temprano por la mañana.

Le encantaría, contra toda lógica, poder bajar a las cocinas del hotel, estén donde estén en este lugar tan grande y laberíntico, y preparar algo un poco más casero.

—Kate —repite Charles—. Siéntate. Me estás poniendo nervioso, revoloteando como un moscardón.

Kate se sienta al instante, se acomoda en el sillón y ve a Charles cortar el filete con el cuchillo sobre la charca amarilla de grasa.

Mientras come, un escultor se acerca a él para medirle la nariz con una regla.

Sentado a su lado está Putnam, el secretario que ha contratado Charles para todos sus viajes, siempre haciéndole la pelota, más tedioso que los papeles que sostiene para que los firme, sin dejar de hablar sobre a dónde van a ir y a quién van a ver, y cuándo, y cómo.

Kate los observa, entretenida. En este país, en esta ciudad, su marido no puede comer ni pasear por la calle ni salir siquiera sin que alguien intente que haga algo.

De hecho, a menudo suele haber diez o veinte personas intentando que haga diez o veinte cosas a la vez.

Todo el mundo se abalanza sobre él como si fuera un monarca de visita o un trozo de cordero en el mercado que hay que agarrar y pesar para determinar su valor.

Cada mañana llegan dignatarios de la zona a estrecharle la mano incluso antes de que hayan retirado los platos del desayuno, y Kate permanece a su lado, como Victoria con Alberto, hasta que piensa que va a empezar a soñar con manos extendidas hacia ella, curtidas o rollizas o delgaduchas o sudorosas.

Llevan así desde que llegaron al oscuro puerto de Boston, con la ciudad extendida como sombras a su alrededor.

Los periodistas se apiñaban en la pasarela, haciéndoles preguntas sobre el viaje a gritos, palabras familiares que sonaban extrañas y distorsionadas en sus bocas: «Dickens», «Londres», «viaje», «familia», «América», «héroe», «honor», «bienvenidos».

Abajo, en la negrura del muelle, se había formado una multitud entre la carga y descarga de equipajes, los gritos, los ruidos, los chirridos y los tintineos.

A Kate le había costado mantener el equilibrio en tierra después de haber pasado tantas semanas tambaleándose, se había tropezado en los escalones y había estado a punto de caerse hacia la muchedumbre.

Anne le había puesto la mano en el hombro, la había agarrado del brazo y la h abía ayudado a recuperar el equilibrio.

Charles iba más adelante y no había visto nada, distraído por los vítores.

Y, desde ese momento, no han recibido más que adulación.

Mientras pasean, mientras duermen, mientras comen, como si fuera una nube que los sigue de aquí para allá, y de la que no pueden escapar.

Siempre que puede Kate baja la vista a su bordado; se lo lleva a todas partes para evadirse del entusiasmo.

«¡Qué modesta es tu mujer!», le dicen a Charles con aprobación, y ella se alegra, pero a veces se pregunta dónde estará el límite entre la modestia y la timidez.

Entre ser una buena esposa y no tener nada útil que decir.

Charles se muestra tan vivaz que a Kate le preocupa que la consideren aburrida.

Y lo único en lo que puede pensar es en sus hijos.

En Katey, llamándola por la noche y dándose cuenta de que no está.

Al pensarlo, la angustia le sube por la garganta.

También se pregunta qué pasará ahora que empiezan a recuperarse del cansancio del viaje.

En casi seis años de matrimonio, nunca ha pasado tanto tiempo sin estar embarazada ni recuperándose de un parto.

A veces se pone la mano en el vientre, vacío y ligero.

Charley, luego el bebé que perdieron y del que no hablan, y luego Mamie.

Y después Katey y por último Walter. Le parece que falta algo.

Han acordado no tener más hijos, pero siguen sin haber hablado sobre cómo van a asegurarse de que no ocurra.

Expresarlo con palabras sería demasiado vergonzoso.

El tiempo que pasan juntos en la cama, haciendo esas cosas, no es algo de lo que se hable.

Es algo que permanece siempre en los vacíos que hay entre las personas.

Kate a veces piensa que, si Mary no hubiera muerto, tal vez habría sabido si lo que siente es normal, tal vez habría sido capaz de encontrar las palabras necesarias para preguntarle qué opinaba ella, cuando se hubiera casado.

Si ella también lo anhelaba, si vivía por y para ello, a veces, en días sombríos o cuando algo la entristecía, o si lo sentía como una expectación que la embargaba en una fiesta o una cena; al ver a Charles ahí, riéndose y jugando, o cuando se acerca a una chica guapa y a Kate se le revuelve el estómago por lo mucho que lo desea.

Sus amistades hacen comentarios velados al respecto, claro, pero suelen ser negativos, como si fuera algo que hay que soportar.

Tal vez lo digan por moda. O tal vez, le susurra una vocecilla traicionera, el placer que siente al hacerlo no sea del todo apropiado.

Así que tan solo se repite que es un regalo de Dios, que es normal que se sienta bien al hacerlo porque es una manera sagrada de crear vida, y luego se atasca en la idea de seguir haciéndolo cuando no quiere crear ninguna vida, y no sabe cómo solucionar el dilema.

Lo que sí ha hecho, al menos, es leer un libro sobre el asunto, un libro que vio una vez escondido en el cajón de su madre en Brompton, con ilustraciones que le sonrojaron las mejillas.

Por lo que sí tiene cierta idea de cómo prevenirlo.

Pero es el hombre quien debe hacerlo. Charles también debe de saberlo, supone Kate.

Seguro que sí. Debe de haber un libro así para hombres.

Pero no se lo puede preguntar, de modo que tan solo espera que, entre los dos, encuentren la manera sin tener que hablar del tema.

—Ven a comer, Kate —le dice ahora Charles con la boca llena de carne mientras el escultor le mide la nuca con la cinta métrica como si fuera una cajonera que ha de encajar en un espacio reducido—.

Esta mañana tenemos a la mitad de la población de Boston de visita, y voy a pasar toda la tarde fuera.

Y esta noche la cena es a las ocho, que no se te olvide.

Los carruajes vendrán a las siete y media, e iremos escoltados por voluntarios durante todo el trayecto, claro.

Antes de marcharse a Nueva York, un hombre se acerca a Anne por la calle y le dice que está dispuesto a pagar una buena suma de dinero por la ropa de Charles, si se la roba de la lavandería.

Cuando llega a casa, Charles se muere de risa al ver a Anne imitar al hombre.

Como solía hacer Mary , piensa Kate. Todo es como antes, cuando los tres se aislaban juntos en un mundo privado.

Charles la presenta a todo el mundo como «la impasible señorita Brown», y se ríe con todo lo que dice como si fuera una broma divertidísima.

Y, cuanto más encantado está él, más deliberadamente inexpresiva se vuelve ella y más insulsas sus observaciones.

A veces Kate se pregunta si lo hará a propósito, y siente una punzada de celos.

Anne es suya. Es quien la consuela, quien le hace compañía cuando no está Charles, con quien habla de los niños, quien le relee las cartas que llegan desde casa y quien le dice una y otra vez que está segura de que todos están bien, y que, sí, se acordarán de aliviarle la tos a Mamie con menta.

No han vuelto a tocarse más de lo necesario tras la inmencionable intimidad del viaje.

Pero cada vez que Kate ha de tomar una decisión, cada vez que no sabe qué hacer, recurre a Anne.

Si Charles le pide que lo acompañe a alguna parte, se sienta ante el tocador mientras Anne le riza el pelo y le pregunta qué opina.

Y Anne reflexiona y dice que sí, que cree que debería ir.

A veces parece saber lo que quiere Charles antes que él mismo.