KATE
KATE
L os pasajeros están amontonados en varios grupos en la cubierta, soplándose las manos.
Han subido porque al fin corre el rumor de que están a punto de llegar.
A Kate le parece que todos tienen aspecto de estar a tan solo unos días de congelarse, con unos rostros pálidos y agrietados y motas de hielo brillantes en las bufandas, los chales y los sombreros.
Una vez más, Anne, que está ahora a su izquierda, no es más que un montón de prendas de lana y dos ojos inexpresivos.
Charles, que parece un pescador con su abrigo, está manteniendo una conversación animada con el hombre de bigote pelirrojo del comedor, gesticulando con los brazos, enfrascado en una discusión apasionada y vehemente que Kate no logra seguir, mientras sus palabras lanzan nubes blancas al aire.
Empieza a escasear la comida en el barco, y las visitas al comedor provocan cierto descontento.
Para desayunar comen una especie de maíz dulce con leche que llaman hominy , o picotean unas raquíticas tortillas de gallinas reticentes que siguen atrapadas en sus jaulas.
Se oye un grito que procede del otro extremo del barco, y todo el mundo empieza a moverse y a resbalarse. Charles toma a Kate de la mano, tira de ella y van derrapando mientras corren.
—¡Que me voy a caer! —grita Kate—. No, espera, que me caigo.
Pero su voz se pierde entre el caos, y Charles sigue tirando de ella hasta que llegan a la barandilla. Contemplan el horizonte, ansiosos por ver la tierra tras días y días de agua, pero no hay nada, tan solo la bruma que flota baja sobre el mar liso.
—¡Allí! —grita emocionada una mujer a su lado—. ¡Allí, mirad!
Kate entorna los ojos ante todo ese gris.
—¡Es América! —dice la mujer, señalando con una mano enguantada.
Kate siente una punzada de frustración por lo mal que ve, por cómo lo aplanan y lo oscurecen todo sus ojos, y hacen que se quede siempre por detrás de los demás, siempre más lenta, más insegura.
Charles lanza tres vítores que se alzan en el aire gélido, y los pasajeros señalan y se ríen mientras les sale vaho de la nariz por el frío.
Pero Kate no logra distinguir nada entre el agua que se agita bajo el barco; solo ve una masa blanca, pesada y difusa.
Y entonces sí que los ve: pedazos de tierra que se elevan desde el mar, pálidos por la escarcha, como los huesos de un gigante sumergido.
América.
La invade el alivio nada más ver la tierra, su solidez, su textura.
Y también la emoción, al contemplar un lugar desconocido que jamás había imaginado que vería.
Y un miedo espantoso por lo lejos que están.
Ahora los niños están en otro continente, tan lejos que resulta doloroso, y los hilos que la unen a su hogar se han ido rompiendo uno a uno con cada kilómetro de agua gris que tiende el barco de vapor entre ellos.
—¿Qué le parece, señorita Brown? —grita Charles por encima del zumbido del motor—. ¿Podemos atrevernos a pensar que está usted experimentando una emoción fuerte al fin?
Anne se baja la bufanda de la boca y lo mira con ese rostro pequeño y serio suyo bajo la luz incolora.
—A mí no me parece que sea para tanto, señor —grita también—. Y con el trayecto tan largo que hay que hacer para verlo…
Charles deja caer hacia atrás la cabeza y suelta una carcajada, encantado.
Kate se agarra a la barandilla del barco y sonríe e intenta no pensar mientras los pedazos enormes de tierra se elevan más y más sobre el mar, cada vez más escarpados y frondosos: un país que se está formando ante sus ojos.
América, con toda su libertad y su exotismo, justo allí, delante de ella, se dice mientras mira a Anne, a su lado.
Y su hogar, ahora tan lejos como si fuera un sueño.