La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

E stoy sumida en una neblina, medio dormida, medio despierta, de modo que a veces ni siquiera sé dónde estoy o si es mi propia madre a quien estoy abrazando, o la madre de otra persona, o Jem.

Todos mis grandes planes, toda mi convicción de que no necesitaba a nadie más en este mundo, todo se está desmoronando.

Intento levantarme para dedicarme a algo práctico y dejar atrás así el terror que me invade, pero no me puedo mover, de modo que nos quedamos las dos tumbadas juntas, la señora Dickens y yo, en ese mundo extraño e intermedio en el que nos hemos adentrado, donde cada una es una especie de madre para la otra, y nos acariciamos la frente, nos decimos palabras tranquilizadoras y nos calentamos las manos.

—Ay, mi Charley —está diciendo la señora Dickens—. Ay, mi Charley.

—A Charley no le va a pasar nada.

—Lo he abandonado. Seguro que me está llamando y yo no estoy ahí para él.

—Tengo un hermano.

Las palabras brotan solas, como lágrimas.

—¿Un hermano?

No respondo, y tan solo sacudo la cabeza, enterrada en la almohada, como para intentar olvidar que he hablado.

—Pero si dijiste que erais ocho hermanos, Anne.

—Solo queda Jem —digo con la boca pegada a su pelo, como para amortiguar las palabras.

Kate abre los ojos y me mira con cara de sueño.

—¿Qué les ha pasado a los demás?

—Murieron. Todos murieron. —Se me quiebra la voz al revelar la verdad, silenciada durante tanto tiempo—. Solo queda Jem.

—Jem —repite Kate, y el sonido de su nombre en su delicada voz me provoca un sollozo tan brusco que me atraganto.

Kate me envuelve con los brazos y me acerca a ella, tanto que quedo cubierta por su capa de viaje como si fuera una manta. Su olor me reconforta.

—Mi hermana también murió —dice—. Mi Mary. Y mi hermano George también ha muerto. Es algo horrible. Horrible de verdad.

Lloro con una rabia que no recuerdo haber sentido antes en mi vida, y la señora Dickens también llora, los dos entrelazadas en la cama, como si fuéramos, al fin, iguales, y como si sintiéramos lo mismo, a pesar de todas nuestras diferencias.

Mi mente, medio embriagada por el miedo al mar mientras nos sacudimos y caemos a la nada, parece sucumbir en ese momento, y toda la tristeza se desborda, y todos los pensamientos que había mantenido a raya salen en tropel.

Mi madre, tan pequeñita y dura; la costumbre que tenía de guiñarte cuando hacías algo que le gustaba; Ivy y Martha haciendo muñecas de paja; mis hermanos peleándose y empujándose; y Jem, perdido ahora en los oscuros edificios de la fábrica; su silencio, sus patadas al muro con un pie y luego con el otro.

Intento encontrar las palabras, hablar del horror enfermizo que llevo siempre dentro, pero, justo cuando estoy a punto de hallarlas, la señora Dickens se separa de mí y deja escapar un ruido débil.

—Ay, Anne —me dice—. Me encuentro fatal. ¿Podrías traerme un té?

Durante un momento no me puedo mover. Y luego consigo incorporarme y siento como si estuviera luchando por salir de un hoyo.

—Claro, señora —contesto al fin.

—Y, Anne, ¿podrías buscar a Charles y decirle que mande a alguien para que vuelva a encender el fuego? Tengo tanto frío que apenas me siento el cuerpo.

—Sí, señora.

—Eres un ángel.

Me levanto con las piernas rígidas y trato de sacarme de la cabeza a Jem, y mi infinita tristeza, aunque no logro deshacerme de ellos. Y entonces salgo del camarote al pasillo, recobro la compostura y vuelvo a adentrarme en mi cuerpo de criada.