La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

Charles está moviéndose por el asfixiante camarote, colocando las cosas a su gusto, y ella, consciente de su papel, está dejando sus propias pertenencias alrededor de las de su marido para no alterar el orden.

Se da cuenta de que nunca habían tenido que vivir tan apretados.

Ahora sus dos mundos, tan distintos, se fusionan en estos pocos metros, y no pueden escapar el uno del otro.

Kate se apretuja a su lado para llegar hasta el último baúl que aún está encajado entre la cama y la pared, y saca el pequeño dibujo de los cuatro niños que ha hecho Maclise para ellos.

Es un buen dibujo, a lápiz y aguada. Tan solo son líneas, una imitación, pero ha logrado captar de manera fiel a los niños en el papel.

En él aparecen Charley y Mamie sosteniendo los vasos en miniatura con los que hacen esos brindis tan graciosos, imitando a los adultos.

«Viva Menganito. Tres hurras por su buen corazón».

Y luego Katey, observando absorta una armadura que aparece en un libro, y el pequeño Walter con un sombrero extravagante.

Deja el dibujo en la diminuta mesita de noche, y luego cambia de opinión, lo vuelve a envolver con la tela y lo guarda en el cajón. Si lo ve todo el rato, dejará de parecerle especial.

Charles la agarra por detrás de pronto y tira de ella hacia la cama, y Kate chilla.

Su marido le quita las botas y, con un movimiento rápido, se sube a la cama y se queda de pie sobre el colchón, con la cabeza gacha para no darse contra el techo bajo, y luego le tiende la mano y la sube allí con él.

Kate se ríe, tratando de mantener el equilibrio sobre la cama con los pies enfundados en las medias.

—Bueno, a ver qué cae del techo. El comedor. Un salón de baile con una banda en miniatura.

Tantea el techo fingiendo seriedad, como si estuviera buscando un botón o un cajón oculto.

Kate lo imita, riéndose, pasando las manos por la superficie, dejándose llevar por sus juegos, como siempre.

Se da cuenta de que es la primera vez que están juntos fuera de casa, los dos solos, desde hace años.

Le recuerda a la casita de Chalk, donde todo había sido una aventura, una simulación vertiginosa.

Charles la agarra y le da un beso apasionado en la boca.

—Qué contento estoy de que estés aquí —le dice.

—Yo también —responde Kate, y es casi cierto.

—Voy a cuidar de ti, Katie.

—Ya lo sé. Por supuesto.

—Y pensaremos en los niños cada día. Todos los días. Te lo prometo. Y hablaremos de ellos, y los recordaremos, hasta que podamos regresar a Devonshire Terrace.

Kate asiente y le escuecen los ojos por las lágrimas al ver que Charles es consciente de su sufrimiento secreto.

La agarra de la mano y apoya la frente contra la suya, y Kate se pregunta durante un momento si se echará a llorar él también, y le parece casi insoportable pensar en la idea de que él comparta su tristeza.

De que uno de los dos deba estar siempre feliz para compensar al otro, o será demasiado peligroso.

—Pero menuda aventura tan increíble, ¿no? —dice, y sonríe.

—Desde luego —dice Kate, aliviada, y sonríe también como para demostrarle que lo dice en serio.

—¡Bueno! —exclama mientras se separa y adopta una pose teatral—. A prepararnos para la cena, esposa viajera mía. ¡A nosotros no nos asustan los mares embravecidos!

Charles se baja del colchón y agarra a Kate por la cintura para llevársela mientras ella se ríe, protesta exageradamente y trata de alisarse la falda.

Cuando salen juntos a los pasillos oscuros en busca de los demás, Kate se agarra con fuerza al brazo de Charles y le hace preguntas sobre el barco y sobre el viaje, preguntas que sabe que él estará encantado de responder.

Poco a poco se van adaptando a la vida en el mar, a las chuletas de cordero, las partidas de whist y el brandi servido con agua en vasitos pequeños.

Las extrañas noches agobiantes y el zumbido de los motores.

El golpeteo de los tacones de las botas en la cubierta que se acalla cuando cae la noche y se reanuda después.

Un mundo de sonidos y olores desconocidos.

Hace un frío glacial. No siempre consiguen encender el fuego, y el frío del mar, que los rodea continuamente, oscuro y aterrador, les cala hasta los huesos.

Los demás pasajeros quieren ganarse a Charles como si fuera una especie de premio.

Orgullosa de él, Kate les sonríe y los encandila a todos y se queda en el comedor hasta las dos de la madrugada, aunque le escuezan los ojos por el cansancio, para que él pueda escaparse a escribir en el camarote.

Cuando se acuesta a su lado, él la llama «ángel», una palabra que ahora siempre le recuerda a Mary.

Durante los primeros días del viaje, Anne y ella se sientan juntas por las tardes, y la chica intenta rizarle el pelo a Kate a pesar de la humedad o le remienda los rasgones de su ropa de viaje. No hablan mucho.

En esos silencios Kate no deja de pensar en Londres, a su pesar. En su cocina, en la comodidad de su vida cotidiana. En la esponjosidad de un bizcocho recién horneado. En un caldo escocés, humeante y sabroso.

—Me encantaría comerme un pastel de ciruela —dice con melancolía por encima del zumbido grave del barco.

—Me temo que va a estar complicado —responde la chica sin levantar la vista de la aguja.

Kate deja la novela por tercera vez sin haber leído nada y mira a Anne. La chica sigue envuelta en prendas de lana, y mueve las manos sobre la tela como dos animalillos delgados.

—¿Qué comidas echas de menos?

La chica levanta la vista hacia Kate al instante.

—Pensar en esas cosas no va a traer nada bueno.

—Yo el beicon recién hecho.

—No pienso participar en esta conversación.

—La carne asada.

—No voy a seguirle el juego. No nos ayudará en nada, y lo sabe.

—Muy bien.

Una pausa. Kate vuelve a levantar el libro y deja que se abran las páginas humedecidas.

—Aun así, no me importaría nada poder comerme un panecillo caliente —dice la chica, y Kate se ríe y deja escapar una carcajada sorprendente que suena como una trompeta.

A veces, avergonzada en secreto, piensa que siente más afinidad, una alegría más auténtica y desenfadada, con Anne que con cualquiera.

La línea que el mundo traza entre ellas le parece delgadísima, tanto que a veces se pregunta si estará viviendo la vida equivocada.

Si no es lo bastante noble como para vivir en una casa con doncellas y sirvientes, ni lo bastante refinada como para tener que permanecer tumbada y bebiendo con una pajita, ni lo bastante brillante como para ser la esposa de un literato, siempre desesperada por huir de los invitados que van a cenar y esconderse en la cocina, donde arde el fuego, hierven las ollas y los sirvientes charlan de cualquier cosa.

Durante la tercera noche del viaje, Kate se despierta cuando el mundo se tambalea con violencia en una dirección que no logra identificar. Se incorpora en la cama, sintiendo la pronunciada inclinación del barco, tratando de orientarse.

—Una tormenta —le aclara Charles al tiempo que busca a tientas la lámpara en la oscuridad—. Una muy fuerte.

De modo que así es como va a ocurrir, piensa Kate. El desastre que ha estado esperando.

Charles enciende la luz titilante que le permite a Kate ver la emoción infantil en los ojos de su marido.

—Voy a subir a ver qué ocurre —dice, arrastrando el chubasquero, y la deja sola en una cama que parece balancearse bajo ella.

Al cabo de una hora está ya tan mareada que ni siquiera siente miedo.

Tan solo puede quedarse tumbada en la estrecha cama mientras el barco la lanza hacia la izquierda y luego hacia la derecha, se balancea, se inclina y se gira.

Las cosas del camarote no dejan de resbalarse de un lado a otro.

Un pendiente, un libro abandonado. Pero está demasiado mareada como para levantarse, de modo que deja que patinen y que se choquen contra una pared y otra mientras se aferra a la almohada.

Charles llega y se va. Llega y se va. Y en un momento dado Kate se despierta y se encuentra a Anne dormida en la cama, a su lado.

Acerca a la chica hacia ella por instinto y entierra la cara en su hombro. Permanecen allí tumbadas mientras sus diferencias se desintegran, de modo que son solo cuerpos que se abrazan para encontrar un punto de apoyo en un mar revuelto.

Kate está demasiado mareada como para sentir vergüenza por abrazar a una criada de ese modo, demasiado mareada como para pensar en lo que opinará Charles al respecto.

Tan solo puede pensar en la muerte. En si con la próxima sacudida o el próximo balanceo el barco acabará volcando.

En el agua negra al otro lado de la pared de la cabina, densa, contundente y fría, y en el cielo vacío que se extiende durante kilómetros a su alrededor.

En el comedor siguen sirviendo cabeza de cerdo, manzanas asadas y patatas que se deslizan por el plato cuando el barco se tambalea y dejan un rastro de grasa.

En los días buenos, Kate come con cautela, bocado a bocado, y en una ocasión consigue mantenerse sentada el tiempo suficiente para escribir una carta con una mano temblorosa que enviará a casa por correo al llegar.

«No sé qué habría hecho de no haber sido por la bondad de mi querido Charles».

Y durante el resto del tiempo, mientras su marido se pasea por el barco con el impermeable, Kate se acurruca en los brazos de Anne en la minúscula cama.

Si sobrevivimos, piensa Kate, no volveremos a hablar de esto. ¿Cómo podríamos?