La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Hominy

Hervir maíz duro en leche y añadir azúcar o sal al gusto.

L as gaviotas merodean por la barandilla del barco de vapor, montando guardia mientras Kate mira hacia tierra firme.

Levanta una mano para saludar a la multitud reunida abajo, que ya no es más que una masa borrosa entre la niebla.

Entre ellos, en alguna parte, está Macready, despidiéndose de ella, pero no lo distingue; no podría ni aunque tuviera buena vista.

El viento le azota las mejillas y Kate levanta las manos para cubrirse bien con la capa.

El hielo se extiende por la cubierta, fragmentándose en grietas finas.

Kate frota una de ellas y ve cómo se derrite bajo su pulgar.

Con un aleteo frenético, una de las gaviotas abandona su puesto y alza el vuelo con una violencia sobrecogedora.

Kate se aparta y Charles la agarra del brazo para estabilizarla con una mano enguantada.

Kate ve a la gaviota girar al viento con las alas extendidas, flotando sobre el mar.

Casi la envidia por tener la capacidad de decidir si seguir el barco de vapor o dar media vuelta y regresar a casa.

El puerto se empieza a quedar atrás y la multitud se va haciendo más y más pequeña, una franja oscura que bordea Inglaterra.

La niebla, densa y pesada, ha flotado sobre ellos toda la mañana, mientras esperaban sentados en la humedad del puerto a que llegaran los últimos paquetes postales y a que cargaran las últimas cajas.

A que los hombres, resbalándose y gritándose unos a otros, arrastrasen las maletas, las bolsas de viaje y demás valijas desde la gran pila del puerto.

Y a que subiesen a los pollos, apiñados en jaulas, y los barriles de cerveza, y a que condujeran por la rampa a la vaca, con esa mirada de terror, atada por el cuello y con las pezuñas resbalándosele por los bordes.

Con un torbellino de ruidos a su alrededor, gritos roncos y pisotones en la cubierta, y relinchos de caballos en el borde del puerto, alejándose por instinto del filo, con el mar revuelto debajo.

Y Charles, apoyado sobre la barandilla, mirándolo todo con un brillo intenso en los ojos, como si lo estuviera absorbiendo, como una esponja enorme, para luego derramarlo sobre las páginas.

La humedad lo invade todo, se cuela en el interior del barco, incluso en las profundidades de su camarote, y entre las capas de ropa en las que va envuelta Kate, las bufandas, los chales y los tres pares de medias de lana. Se posa sobre su grueso gorro de fieltro y lo deja mojado al tacto.

Ahora, a medida que baja la temperatura, todo se está empezando a congelar.

Kate aún no consigue orientarse por el laberinto que es el barco de vapor: la red de pasillos estrechos con paredes metálicas y techos bajos, algunos sin salida, o con puertas que no se abren, mientras los motores retumban sin cesar bajo sus pies, en las paredes y en cada parte de su cuerpo.

Si se parase a pensar en ello, entraría en pánico.

Para colmo, le está empezando a molestar cada vez más el diente que tiene malo, y se le está hinchando un poco uno de los lados de la cara.

Tiene un algodón humedecido con aceite de clavo pegado al interior de la encía, y ahora pasa la lengua por él y saborea su amargor.

La noche anterior la pasaron en el barco, y los amigos que estaban en Liverpool con ellos habían ido a ver el camarote.

Mientras recorrían el interior de la nave en busca de la puerta, todos se habían mostrado vacilantes.

Pero Charles había estallado en carcajadas, celebrando lo absurda que resultaba la situación, como tanto le gusta hacer, puesto que aquello no tenía nada que ver con las fotos que les habían mostrado ni con las promesas que les habían hecho, y los demás también se h abían reído, a falta de otra cosa que hacer.

Kate recuerda la alegría forzada, lo gracioso que había sido, todos apelotonados en ese espacio tan agobiante de proporciones ridículas, lo imposible que parecía que alguien pudiera vivir allí durante varias semanas seguidas, y se había tenido que enjugar las lágrimas de la risa.

Ahora contempla el enorme océano que se extiende entre Liverpool y ella.

La tierra casi ha desaparecido; ahora no es más que una manchita entre la niebla.

En algún lugar de esa superficie están sus hijos, y el hilo que la une a ellos se está estirando, cada vez más delgado.

Ya no puede oír sus llantos. La idea la pone enferma.

Las grandes paletas giran y los alejan cada vez más de la tierra firme, y a los lados del barco el agua se agita bajo su impulso.

Kate se aferra al brazo de Charles, que la aprieta contra él.

Ve que cerca de ellos hay un hombre que no para de mirarlos, como si estuviera pensando en cómo entablar amistad con ellos.

Hay más viajeros que les lanzan miradas furtivas, y Kate se da cuenta en ese momento de que pronto los cercarán.

Está decidida a proteger a su marido, tal y como hace en Londres, interponiéndose entre él y los ávidos ojos de los demás.

Quedándose en el comedor mientras él se escaquea, respondiendo a una infinidad de preguntas sobre Oliver, Pickwick y Nell Trent, y hablando, con paciencia y sin cesar, de Charles y de lo que piensa hacer a continuación, de las ideas que tiene, de modo que, aunque perciba la decepción de sus interlocutores, al menos pueda refractar algo del resplandor de Charles con su presencia y proyectarlo sobre ellos.

Se retira la mano de su propia mejilla palpitante y la posa sobre la mano de Charles.

Ha decidido viajar con él para serle útil.

Para cumplir su papel de esposa, ser una compañera que lo ayude.

Ha elegido esto en lugar de quedarse con los niños.

Todo el mundo dice que es lo correcto: Anne, Charles, Macready.

Todos. De modo que, si ahora no puede ser madre, y solo puede ser esposa, eso hará.

En algún lugar de las entrañas del barco se encuentra Anne. Kate se pregunta cómo estará allí abajo, apretujada con los demás sirvientes, y si sentirá el mismo terror por alejarse de todo lo que conoce. Durante un vertiginoso momento la añora, añora el consuelo que le brinda en secreto.

Cierra los ojos y pega el rostro contra las gotas de humedad que se están formando en el abrigo de su marido.

—Voy abajo —dice en voz tenue—, a seguir deshaciendo maletas.

La azafata les había enseñado el camarote antes de partir, había sacado armaritos plegables de los cajones y les había mostrado el almacenamiento que había oculto dentro de los asientos, todo diseñado para aprovechar al máximo el escaso espacio disponible.

Ahora Kate se detiene allí, en medio del diminuto cuarto, y siente que vuelve a entrar en pánico.

El techo le parece demasiado bajo, como si fuera a caerse sobre ella, y las paredes inclinadas parecen estar esforzándose por contener la gélida masa de agua que se extiende al otro lado.

Se dice a sí misma que no está atrapada allí, que puede volver a salir a cubierta cuando quiera.

Se gira hacia la izquierda y hacia la derecha, frotándose las palmas de las manos en las faldas, intentando enjugarse el sudor, pero no logra calmarse, y justo cuando está empezando a pensar en pedir ayuda, en que no puede respirar, oye pasos en el pasillo.

Se detienen justo delante del camarote. Unos golpes en la puerta que conoce bien.

Anne.

Al abrir no ve nada más que un montón de prendas de punto de las que asoma una nariz.

—Santo cielo —exclama Kate, y deja escapar una risa aguda y ridícula.

—La humedad y yo no nos llevamos muy bien —dice el bulto de telas—, así que prefiero evitarla.

—No te culpo.

—¿Puedo pasar y ayudarla con lo que sea necesario antes de la cena? —le pregunta la chica con una voz que suena amortiguada tras la bufanda.

—Sí, ay, sí, gracias. —Kate se retira para dejarla pasar, pero apenas hay espacio para que quepan allí dentro las dos sin estar pegadas, y más con lo abultadas que están por la ropa—. ¿Qué tal abajo, en tu camarote?

—Muy bien, gracias —le dice la chica.

—Pero es pequeño, ¿no? El barco entero. Nos ha parecido muy gracioso lo pequeño que es.

Vuelve a reírse y luego, de pronto, rompe a llorar. La chica la agarra con esos brazos de pájaro que tiene.

—Vamos —dice—, ya está.

Y le da palmaditas a Kate en la espalda.

Kate la acerca más a ella y siente su delgado cuerpo a través de todas las capas de lana que las separan.

—Escuche —le dice la chica—, no puede volver a casa, y eso es así. Pero tal vez el viaje le venga bien. Aquí puede apoyar al señor Dickens como su esposa, y consolarlo. De modo que puede llorar si quiere, pero eso no va a cambiar nada, salvo que se alterará más, y él también.

Resulta escandaloso que una criada le diga algo así a su señora. Pero es lo que diría Mary , piensa Kate. Es justo lo que diría ella . Vuelve a atraer a la chica hacia ella mientras asiente como una niña.

Se abre la puerta del camarote y las dos se separan con un movimiento rápido y culpable mientras Charles, empapado por el húmedo aire marino, entra y se quita el abrigo.

Kate se gira hacia la cama, incapaz de soportar la idea de que su marido vea esa situación, ese mundo del revés en el que la está regañando una criada a la que se supone que debería poder controlar.

—Anda, ¡si esto está lleno de gente! ¿Cómo lleva la vida en el mar, señorita Brown?

—Muy bien, señor.

—Ah, ya sabía yo que era usted marinera —dice mientras se sienta en la cama para quitarse los zapatos.

—Si no me necesitan, volveré abajo, señor —dice la chica inclinando la cabeza, impasible, para hacer una reverencia.

—Sí, muy bien. Ya nos veremos por la mañana, imagino.

—Sí, señor. Gracias, señor.

Se marcha y, con la vista clavada en el suelo, cierra la puerta del camarote con suavidad tras ella. Kate oye sus pasos alejándose por el pasillo y, durante un breve instante, desea poder marcharse también.