La señora Dickens ANNE #4
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ANNE #4

—Quieren que vaya a América —me dice despacio—. Me da mucho miedo, Anne. El viaje y todo…

Miro su reflejo, sus ojos azules con los párpados caídos, abiertos de par en par por el miedo.

—No puedo evitar pensar que debo ir —prosigue—.

Para estar con Charles. El trabajo que hace es muy importante.

Le preocupan mucho las personas desamparadas, los niños abandonados y la justicia, ¿sabes?

Y podrá visitar muchísimos sitios y escribir sobre ellos, para tratar de ayudar mejor a los pobres aquí.

Me enrollo un mechón de pelo en el dedo, bien apretado.

—Y, por supuesto, está empezando a ser muy famoso allí. Debería tener a su mujer a su lado, ¿no? Pero los niños… Estaremos tan lejos… Y durante tanto tiempo… ¿Qué opinas, Anne? ¿Qué crees que debería hacer?

Me mira en el espejo, atribulada, y yo me detengo con el papel para rizar el pelo en la mano.

Pienso en la cara de la señora Dickens cuando está con sus hijos, en lo mucho que se le ilumina, y pienso también en ellos, teniendo que pasar tantos meses sin su madre.

En Charley, que vive por y para ella, y a quien le costará dormir y comer sin que ella lo tranquilice y lo convenza.

En cómo se asoma en lo alto de las escaleras cuando su madre tiene que salir.

«Mamá, vuelve. Mamá, no te vayas», grita mientras sale corriendo y consigue esquivarme, por lo que a veces me pongo más firme con él de lo que debería.

Pienso en el señor Dickens, y en lo que me ha pedido que haga. En América, y en la enormidad del océano, y en mí atravesándolo para averiguar qué hay al otro lado, para verlo con mis propios ojos.

—Creo… —digo, y hago una pausa—. Creo que debería acompañar a su marido.

Se le nota el alivio en el rostro.

—¿Eso crees?

—Sí.

Me detiene la mano con la que estoy dándoles forma a los rizos y me la sostiene durante un momento.

—No sé qué haría sin ti, Anne. Parece que nunca consigo tomar ninguna decisión. Nunca sé qué es lo mejor. Y tú vendrás con nosotros, ¿no? No podría ir sin ti.

—Estaré a su lado, por supuesto —contesto con cautela—. Si el señor Dickens me da su permiso.

—Te pareces tanto a mi hermana —me dice vacilante, como si las palabras acarrearan cierto peligro—. A Mary. La que falleció.

—Gracias —contesto.

Así que de eso se trata, pienso. De ahí viene esa sensación tan extraña que tengo desde el principio. Estoy aquí para ocupar el vacío que ha dejado ella. Por eso me mira de ese modo, como si estuviera intentando encontrar algo que ha perdido.

Me suelta la mano, un poco demasiado rápido, y dice:

—No debería haber dicho eso. Qué tontería.

Apoyo los dedos en su hombro con delicadeza, como para decirle, sin palabras, que no pasa nada.

Es casi medianoche, solo quedan unos minutos para el fin de la década y estoy asomada a la puerta con las demás sirvientas, a quienes esta noche no regañan ni mandan al piso de abajo.

Todo el mundo hace como si no nos viera, como si el espíritu de la Navidad nos hubiera vuelto invisibles, y podemos deambular por sitios a los que no solemos tener acceso.

América me está llamando, el vasto mar que contemplaba sentada en la playa de Broadstairs, preguntándome qué habría más allá de su plano horizonte.

Esta década veré cosas, me digo. Cosas con las que no podría ni haber soñado.

Solo debo mantener esta danza entre él y ella, ocupar el lugar de la hermana perdida, ser la voz de mi empleador en el oído de ella.

En el majestuoso salón, la familia y sus invitados están jugando a algo llamado snapdragon , un juego en el que hay que intentar sacar pasas de un cuenco con brandi al que le han prendido fuego.

Las llamas azules danzan por la superficie líquida.

Todos se acercan al cuenco entre risas, a punto de quemarse, gritando, y se alejan deprisa de las llamas que les acarician el rostro.

El señor Dickens se quema el bigote por acercarse demasiado, y durante demasiado tiempo, a las llamas, y chilla, y el olor a pelo chamuscado inunda la sala entera, y Mamie llora porque no sabe lo que está ocurriendo, y no le gustan las luces atenuadas ni el calor ni las risas fuertes.

También hay una niña, la hermana de la señora Dickens, Georgina, que no debe de tener más de doce años.

Sostiene a Mamie en brazos y la pequeña se calma casi de inmediato.

—Caramba, Georgy —grita el señor Dickens por encima de todo el jaleo—, ¡menuda madrecita estás hecha!

Y veo a la niña henchirse de orgullo ante el comentario, adorando al señor Dickens, como todo el mundo.

Me apoyo contra el marco de la puerta y poso la mejilla sobre la madera fría, y saboreo la sensación de que, ahora mismo, todo es perfecto.

Yo no formo parte de ello, lo sé, pero estoy aquí, y no importa nada más, ni los limpiadores de piano con manos fuertes, ni lo que le hecho a Jem, ni el trato que he hecho con el señor Dickens, ni la extraña sensación amenazante que me invade a veces en esta casa.

Nada. Todo eso ha quedado en algún lugar de la oscuridad, y yo estoy con todo el mundo, alrededor de la luz.