La señora Dickens ANNE #3
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ANNE #3

Entonces alza la vista hacia mí, y al fin le cuento todo lo que quería contarle, que el señor Dickens hizo aparecer un pastel de ciruela en un sombrero para los niños durante el cumpleaños de uno de ellos, y que tienen un cuervo que se llama Grip y le encanta enterrar patatas en el jardín, todas en fila.

Le hablo de lo mucho que se divierten en Doughty Street, y le cuento todas las historias con detalle, y Jem me escucha, pateando el muro, primero con un pie y luego con el otro, y no habla, como si se hubiera tragado su propia voz.

Y entonces, cuando llega la hora, lo tomo de la mano y me lo llevo de vuelta al alojamiento de la fábrica. Lleva la marioneta rota en la mochilita, y me pregunto por qué no la tirará, dado que está hecha un asco.

—Bueno, pues nada, Jemmie —le digo mientras me agacho hasta quedar a su altura—. Me alegro mucho de haberte visto. Y de ver que estás muy bien.

Me encantaría que me hablase, ya que no me ha dicho ni una palabra, y me tiene completamente desconcertada.

—Volveré pronto y saldremos de nuevo.

Me mira, tan pequeñito e inexpresivo.

—Bueno, pues adiós. Y pórtate bien.

Me sale la voz como si estuviera en una obra de teatro, aguda y ensayada, como he escuchado hablar a Charley a veces, cuando actúa en alguna obra en casa.

Pero Jem no responde con la frase que le toca.

Le suelto la mano, se va sin pronunciar palabra y entra en el edificio bajo y oscuro, y yo me doy la vuelta y regreso por el callejón, en dirección a casa.

Para mi sorpresa, y para el enorme regocijo de las cocineras, no pasa demasiado tiempo antes de que Edward Cornelius, el limpiador de pianos, vuelva a por mí.

No me parece que le haya dado ni una pizca de esperanza en ese sentido, pero ahí está, de pie en la puerta de la cocina después de cenar, con la gorra en la mano, como si hubiéramos acordado una cita.

—Señorita Brown —me dice, asintiendo.

No me hace ninguna gracia sentir que se me acelera el corazón al oír su voz, y me planteo rechazar su visita.

No pienso atarme a nadie, y mucho menos a un marido que saldrá pitando en cuanto le convenga sin pensárselo dos veces, corriendo por la calle a toda prisa, dejándome otra vez en el fango.

Y me da igual lo alto y apuesto que pueda ser.

Pero las empleadas de la cocina nos están observando con disimulo, y por alguna razón no quiero humillarlo, así que, cuando me tiende la mano, la acepto.

No hablamos demasiado, pero caminamos acompasados por la calle mientras oscurece.

El otoño se está imponiendo y ya hace fresco, de modo que veo las nubes que forma mi aliento ante mí, y las del suyo.

No siento la necesidad de ponerme a parlotear sobre nada, y al parecer él tampoco.

Por algún motivo, el silencio que nos envuelve es agradable.

Seguimos paseando despacio por delante de los estruendosos vendedores ambulantes, de los repartidores de periódicos que se soplan los dedos para calentárselos en las esquinas y de hombres que se apresuran a volver a casa del trabajo como una multitud de escarabajos negros soltados por la ciudad, y atravesamos el ruido que nos rodea agarrados del brazo.

Esa noche, mientras subo las escaleras para irme a la cama, me digo a mí misma que no voy a volver a pasear con él. Que con esa vez ha sido suficiente.

Pero, cuando regresa y me espera en la puerta de la cocina con esos ojos tan serios, para mi sorpresa, por algún motivo no puedo decirle que no.

De modo que adoptamos esa rutina, de manera amistosa: paseamos por las calles después de cenar, sin hablar demasiado, oyendo tan solo el golpeteo de nuestros zapatos sobre el duro asfalto, mientras la noche cae sobre la ciudad a nuestro alrededor.

No es buena idea, ya lo sé, teniendo en cuenta que no me interesa nada de lo que quiere de mí, y me digo a mí misma una y otra vez que voy a parar. Pero, cuando lo tengo delante, siempre lo agarro del brazo y me voy con él.

Un día en que solo trabajo media jornada, me lleva a una feria de frutas y verduras, lo cual me parece una actividad un poco extraña para alguien con intenciones románticas.

Pero, aun así, paseamos juntos, agarrados del brazo, a través de la multitud que admira los montones resplandecientes de hortalizas, y vemos a los jueces merodear con unas rosetas de papel, mientras los dos permanecemos en silencio en medio del alboroto.

Y me doy cuenta de que estoy pensando que, a pesar de que no haya nada que ver más que tubérculos y granjeros con rostros colorados y serios tras ellos, estoy feliz.

Que me resulta agradable sentir su brazo entrelazado con el mío.

Pero, cuando entro en casa por la puerta del servicio bajo la penumbra del atardecer, se queda ahí durante un momento, esperanzado, y mientras le doy las buenas noches y me giro con brusquedad, me siento, de pronto, asqueada.

Y en ese mismo instante tomo la decisión de no volver a ver a Edward Cornelious nunca más.

La señora Dickens está sentada en el taburete bajo delante de mí con el camisón, y yo le estoy tirando de los mechones oscuros de las sienes para enrollárselos y crearle rizos, tal y como me han enseñado.