La señora Dickens ANNE #2
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ANNE #2

A veces, cuando el ama de llaves no está en casa, me asignan algunas de sus tareas de manera temporal, incluso en la nueva casa, en Devonshire Terrace, que es tan imponente y majestuosa que me da escalofríos.

Está llena de habitaciones enormes y chimeneas más grandes que las de Doughty Street, y hay un cochero pelirrojo que vive al final del jardín que viene a cenar a la cocina y está siempre enfadado con todo el mundo por cualquier cosa insignificante.

Pero no transmite la sensación de hogar que transmitía la antigua casa.

Hay criados que atienden a los invitados en las fiestas, y una planta entera de habitaciones para los niños, y una sala para el servicio, pero de alguna manera la señora Dickens parece más pequeñita aquí, más insegura.

No cocina tanto; parece dudar a la hora de interrumpir el flujo de trabajo y el ajetreo de los empleados del piso de abajo.

Y, cuanto más duda, más parece que el mundo sigue adelante sin ella, y el espacio que solía ocupar ella en la cocina se cierra, de modo que se retira al piso de arriba y tan solo cose.

La diversión continúa a su alrededor, solo que no está muy segura de cómo tomar parte en ella.

El señor Dickens, por supuesto, se divierte de sobra por los dos, y resulta asombroso.

La casa está llena de animales: cobayas y conejos para los niños, un águila feroz que está atada en el jardín, y Timber, el perro, que siempre se abalanza sobre los invitados, y el mastín gigante que no hace más que babear acurrucado junto a la chimenea.

Cuando lo visita su hermano Fred, trae consigo una avalancha de bromas y payasadas como nunca antes, y hace que todo el mundo baile la polca en el salón.

Y, cuando se proponen divertirse, ay, no me gustaría estar en ninguna otra casa de toda Inglaterra.

Me siento tan afortunada que casi me resulta vertiginoso.

Cuando llega el cumpleaños de uno de los niños, el señor Dickens saca un juego de magia de Dios sabe dónde, un maravillosa maleta cargada con todo lo necesario, incluso un turbante extraño y una capa ondulada, y monta un espectáculo.

Se cierran las cortinas y los niños se sientan en el suelo con las piernas cruzadas, y el señor Dickens entra en la sala a la luz de las velas entre gritos ahogados exagerados, con una barba falsa y unos ojos que brillan en la oscuridad.

Y gesticula y recita conjuros, y hace que las cosas desaparezcan y vuelvan a aparecer, y, ay, qué alegría se refleja en su rostro al ver que todos le seguimos el juego, que los niños se ríen y chillan y gritan, y los adultos también, y se quedan con la boca abierta cuando saca un pastel de ciruela de un sombrero de copa, o cuando un periquito, aturdido, sale del bolsillo de su camisa, sin saber, al igual que todos nosotros, cómo ha llegado a verse enredado en este espectáculo.

A la mañana siguiente a dicha fiesta, estoy inclinada sobre la amplia mesa de roble de la cocina, mirando los juegos de té de plata llenos de migas que hay que limpiar y volver a guardar en el armario, y preguntándome cuál es la mejor manera de proceder, cuando oigo una tos y levanto la vista.

En la puerta me encuentro al hombre más alto que he visto jamás, tanto que ha de agacharse para esquivar el dintel.

Se presenta como Edward Cornelius y se pasa la gorra de una mano a la otra, como si no supiera qué hacer con ella.

—Vengo a limpiar el piano.

—Muy bien, señor Cornelius —respondo, y luego añado, porque no me gusta la mala educación—: Llega usted tarde.

El hombre deja escapar una risita amable, como si no le importase, pero no puedo evitar sentir que le ha molestado, y me arrepiento de haberle hablado tan mal.

—Bueno, no pasa nada —me corrijo—. Le acompaño.

Lo llevo al salón y, mientras subo las escaleras, siento su gran presencia moviéndose con pesadez tras de mí, y me hace sentir rara, aunque no sé exactamente por qué.

—Si necesita cualquier cosa, estaré abajo. Solo ha de preguntar por la señorita Brown.

Sin embargo, pese a que no es mi intención, me doy cuenta de que me he quedado observándolo mientras se ocupa del instrumento.

No parece importarle, de modo que no me marcho.

Levanta la enorme tapa y saca las herramientas de su bolsa.

Tiene un rostro agradable a la vista, pero, aun así, no puedo evitar sentir que transmite cierta tristeza; se lo noto en los ojos mientras le saca brillo al piano con un paño, completamente concentrado.

—Bueno —dice al fin—. Diría que ya está listo.

Se limpia las manos con la tela de algodón con cuidado, como si fuera muy importante.

—Muy bien —respondo. Lo acompaño hasta el vestíbulo y señalo la puerta principal con la mano—. Ya sabe usted dónde está la salida.

—Así es. Bueno, adiós, señorita Brown.

—Adiós, señor Cornelius —digo, toda remilgada.

Vuelve a ponerse la gorra y se aparta con torpeza el mechón de pelo negro que se le ha escapado.

Luego se dirige a la puerta y sale a la calle, y trato de no pensar más en él, salvo cuando la señora Dickens se sienta al piano más tarde con Mamie en el regazo y la ayuda a tocar una melodía, agarrándole las manitas rechonchas a la bebé con las suyas menudas.

Y entonces recuerdo durante un momento las enormes manos del señor Cornelius, lo manchadas que las tenía de barniz y lo torpes que eran, y el cuidado con el que las había movido por las teclas, no obstante, como si no estuvieran hechas para ninguna otra cosa.

Y en cuanto me asalta ese pensamiento me paro los pies, porque no me parece que pueda llevarme a ningún sitio. A ningún sitio que me interese.

No he visto a Jem desde que lo dejé aquel día de septiembre, y a estas alturas ya no puedo posponerlo más.

Me llevo pan y queso de la cocina y salgo temprano.

Recorro las angostas calles en dirección al East End.

La niebla amarillenta de Londres se cuela por todas partes, lo envuelve todo, por arriba, por debajo y por los lados, como si quisiera asfixiar la ciudad.

Pienso en cómo estará la casa cuando regrese, toda rodeada de vegetación, con la chimenea encendida y la cocina repleta de naranjas y del aroma de las especias para el pudín de Navidad, y ese pensamiento me hace seguir adelante.

Cuando veo el edificio de la fábrica, compruebo la dirección para asegurarme y aprieto los puños en los bolsillos.

Parece algo sacado de uno de los libros del señor Dickens.

Oscuro e inquietante, todo manchado de hollín, con un ambiente de trabajo y todo lo que ello conlleva.

Es una fábrica, me digo; aquí se fabrican cosas, y no van a decorarla como si esto fuera un cuento .

Sabía a dónde estaba mandando a Jem. Pero, aun así, la culpa me araña el estómago como un gato.

La mujer que me recibe en la amplia puerta negra espera que lleguen visitas, puesto que es domingo por la tarde, y en la ventana de arriba hay pequeños rostros que aguardan con expresiones de esperanza a los que no soporto mirar.

La mujer desaparece en el interior y, cuando regresa, veo que tras ella, en el pasillo en penumbra, está Jem, acobardado de mí.

Se me revuelve el estómago al verlo, aunque no sé si de cariño o felicidad o terror por la culpa que siento.

—Hola, Jem —le digo.

—Tu hermana ha venido a verte —interviene la mujer con brusquedad, y luego se aparta para dejar que mi hermano pase por delante de sus faldas—. Antes de una hora debéis estar de vuelta, por favor. Si no, recibirá una sanción.

—Venga, vamos, Jem —le digo—. Más nos vale aprovechar el tiempo al máximo.

Pero Jem se queda cerca de la mujer.

Cruzo el vano de la puerta para tomarlo de la mano y llevarlo al exterior, y luego le digo, adoptando una voz alegre:

—Vamos, Jem. Cielo santo, cómo has crecido, ¿eh?

Aunque tampoco ha crecido tanto en realidad. Caminamos durante un rato, alejándonos de la verja, y me siento en un muro.

—Bueno, ¿acaso no te dije que vendría a visitarte? —le digo al fin, pero Jem sigue sin hablar—. ¿Cómo te va por aquí, con todos los demás niños y niñas? ¿Estás trabajando mucho, como un buen chico?

Jem desvía la mirada hacia la calle, donde hay un perro delgaducho y hambriento olisqueando entre los edificios.

—Sé que trabajar es duro, Jem. Cuando haya ahorrado lo suficiente con mi sueldo, dejaré mi puesto y vendré a por ti, y viviremos juntos en alguna parte, en una casa propia —le digo—. ¿Has visto lo elegante que voy vestida? Ahora soy una doncella.

Pero Jem no oye mi buena noticia, y tampoco parece interesarle lo más mínimo. Está empezando a irritarme.

—Jemmie —le digo—, ¿es que no le vas a decir nada a tu hermana? He venido hasta aquí para verte.

Cambia de postura y, al hacerlo, se le abre la solapa de la mochila que lleva en bandolera. Dentro, veo la marioneta que le regaló el señor Dickens hace tiempo, en Broadstairs, toda desgastada y rasgada. La agarro y la saco.

—¿Qué le has hecho? ¡Jem!

Le doy la vuelta sobre el muro y me fijo en que, donde antes tenía unos ojos blancos, ahora solo se ve la madera sucia y astillada de detrás.

—¡La has destrozado! ¿Es que no estás agradecido por que un hombre tan bueno y famoso te haya regalado un juguete tan bonito? ¿Eh? —le digo con una voz aguda y estridente—. ¡Debería darte vergüenza! ¡El niño al que cuido ahora nunca haría algo así! ¡Jamás! ¡Él sí que es un niño bueno!

Soy consciente de lo que estoy diciendo, de mi histeria, pero no puedo contenerla. Es como un caballo desbocado que se me escapa, hasta que estoy a punto de sacudir a Jem, y solo entonces logro controlarme.

Jem permanece impertérrito; no logro interpretar su expresión, ni comprenderla. Toda mi ira respecto al muñeco se desvanece.

Nos quedamos allí sentados en el muro, en silencio, durante un rato, y Jem les da patadas rítmicas a los ladrillos, como si fuera un tambor.

—Bueno, no pasa nada, Jem —digo al cabo de un rato—. No pasa nada.