La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

E stoy en el pasillo con la espalda apoyada contra la puerta del dormitorio.

Soy consciente de lo mucho que me necesita la señora Dickens porque todavía me arde la piel en la zona en la que me ha agarrado.

Aun estando tan por encima de mí, siendo una dama refinada, se aferra a mí como si no soportara verme marchar.

Ahora debo retomar mis obligaciones, me digo, y no entrometerme.

Debo ser discreta, no ponerme sentimental ni pasarme de la raya.

No me lo puedo permitir. Y, aun así, mientras subo las angostas escaleras hasta el cuarto de los niños, vuelvo a pensar en la señora Dickens a mi pesar.

Pienso en lo mucho que la aterra tener que guardar reposo en esa habitación tan calurosa y asfixiante.

En lo asustada que se la veía. «Después, siento como si me derrumbara», me ha dicho.

Y, si ocurre lo peor, me dice una vocecilla, ¿qué será de mí?

No dejo de darle vueltas al asunto durante toda la mañana.

Espero a que el señor Dickens vaya a ver a su hija, a oír su risa, y lo veo salir al pasillo, sonrojado y feliz.

Espero a que salga a pasear y a que vuelva con el perro siguiéndole los talones, agotado por la energía de su dueño.

Y luego, cuando sube al cuarto de los niños, como suele hacer antes de cenar, para cantarles sus cancioncillas graciosas y subirse a Charley a las rodillas, me lo encuentro en la escalera y, antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, ya estoy hablando con él.

—¿Podría hacerle una pregunta, señor?

Se detiene y me mira con recelo.

—¿Sí? ¿Qué ocurre?

—Es… es por la señora Dickens, señor.

—¿Qué le sucede?

Me mira a los ojos con fijeza y me doy cuenta del poder que poseen los suyos.

—No creo que… Creo que le haría bien no estar aislada arriba, sin compañía.

—Es necesario, señorita Brown, y es lo que le ha aconsejado el médico.

Lo dice con desdén, como si ya estuviera todo resuelto, y hace amago de seguir bajando al vestíbulo.

—Si me lo permite, señor —digo entonces, y el señor Dickens se gira, sorprendido—, a mí me parece que no le ha ido demasiado bien así hasta ahora.

Me fulmina con la mirada. Me temo que me va a decir que me vaya al piso de arriba, haga las maletas y me marche. Pero tan solo dice:

—Cierto.

—Y, entonces, señor, ¿no podría dejarla bajar mañana? Aunque sea para estar sentada.

—Siempre consigue sorprenderme, señorita Brown.

—¿En qué sentido, señor?

—Nunca parece asustarse ni asombrarse.

—Esas cosas me las guardo para mí, señor.

Arquea las cejas. En ese momento me doy cuenta de que le gusta. Le gusta la determinación, el coraje, y no le gusta la debilidad.

Esta gente me necesita, pienso. Me necesita, y no sé por qué.

—Es solo porque fui la mayor de ocho, señor, ¿sabe? Y, aunque no se me ocurriría decir que sé más que los médicos, por supuesto, estoy segura de que no puede ser bueno estar recluida durante varias semanas seguidas. Estoy segura.

Me estudia como si para él fuera un objeto curioso. Y luego dice:

—Muy bien, señorita Brown. Ayude a bajar a la señora Dickens mañana, o cuando esté preparada.

De modo que al día siguiente la bajamos y se sienta junto al fuego con una manta en el regazo.

Y le traen a Charley y a Mamie y a la bebé, y lee una novela y cena con una bandeja y sonríe.

Me agarra de la mano y la aprieta, agradecida, y me pide que me quede un poco más de tiempo con ella, y veo que el señor Dickens se da cuenta, y parece pensativo.

Me he arriesgado y ha valido la pena. Me digo a mí misma que soy astuta, y que eso es algo que refuerza mi puesto en esta casa, y quizá vuelva a correr más riesgos.

Una semana más tarde, el señor Dickens me pide que vaya a su despacho, y llamo a la amplia puerta, nerviosa por lo que pueda querer.

—Pase, señorita Brown —dice en voz alta.

Me detengo ante él y recorro todo el despacho con la mirada.

Nunca he estado en un lugar como este, y me siento como una glotona, tratando de absorberlo todo, de metérmelo en la cabeza para no olvidarlo.

Los montones de papeles apilados en el escritorio.

Los adornos. La pluma, tan usada que en cualquier momento dejará de servir. El olor a humo de puro en el aire.

—Tenía usted razón respecto a la señora Dickens. Le va mucho mejor que en las otras ocasiones.

—Gracias, señor.

—Ha sido usted muy sabia, señorita Brown.

Bajo la vista para aparentar modestia.

El señor Dickens se recuesta en la silla y se cruza de piernas.

—¿Cómo le va a ese muchacho, a su hermano, en la costa?

Siento que la lengua se me convierte en cuero.

—Debe de ser un alivio para usted —sigue diciendo con suficiencia, como si no se hubiera percatado de mi desasosiego— saber que está allí, con todo el aire fresco y la libertad que podría desear.

El sueño de cualquier niño, me atrevería a decir, señorita Brown.

A mí me habría encantado pasar la infancia en Broadstairs.

Asiento con la garganta demasiado seca como para hablar.

El señor Dickens junta las manos.

—Bueno. Pues debe tomarse un día libre para visitarlo. Lo organizaremos.

—Creo que ya ha… que ya está en Londres, señor.

—¡Ah, estupendo! Entonces lo tiene usted más cerca aún para ir a verlo.

—Sí, señor —respondo.

Se gira hacia la ventana con rotundidad y se detiene durante un momento, mirando las fachadas traseras de las casas y más allá.

—Quería hablar con usted por una razón, por supuesto, señorita Brown —me dice al fin.

Asiento y aguardo.

—A veces tengo ciertas dificultades con la señora Dickens. Tiende a preocuparse con facilidad. Tal vez se haya dado cuenta.

—Es sensible, señor.

—Así es.

Me observa, y yo a él, y todo el tiempo siento que, entre sus palabras, me está comunicando algo más.

—Necesita que la animen con delicadeza. Que la guíen, digamos, en la dirección correcta. Y siento que puedo confiar en usted, señorita Brown.

—Me alegra oír eso, señor.

Se recuesta de nuevo en la silla y apoya la barbilla en la mano.

—Me gustaría ir a América, señorita Brown. Y me gustaría que viniera conmigo mi mujer.

—Entiendo, señor.

—La señora Dickens está preocupada, como es natural. Por dejar a los niños. —Me está mirando con atención, evaluando mi reacción—. Si lográsemos convencerla de que van a estar bien, tal vez… podríamos encontrar la manera de llevarla a usted con nosotros. Como doncella de mi esposa, quizá.

—¿Doncella, señor?

Pienso en las chicas de la cocina, que estarían furiosas; en cómo sería dejar atrás el uniforme de aya. En todo lo que podría ver, y que pensaba que alguien como yo se moriría sin haber visto. Todas las posibilidades danzan en mi mente.

—Sí. ¿Le gustaría?

—Muchísimo, señor.

—Bueno, pues en ese caso, Anne Brown —me dice—, ¿nos entendemos?

Siento una punzada en el estómago, un destello de culpa. Lo conozco a él, y la conozco a ella. Sé muy bien que él es volátil y alocado y a veces cruel, y que ella es delicada, franca y vulnerable. Pero no puedo decir que no.

Y así es como dejo de llevar la cofia y el delantal, y de moverme con sigilo entre el cuarto de los niños y la cocina sin tener derecho a estar en medio.

Ahora llevo un vestido que la señora Dickens ya no necesita.

No es más que un vestido de día sencillo, con unos guantes de salir antiguos y un tocado con flores.

Pero son las mejores prendas que he llevado nunca, y con ellas estoy irreconocible.

Y, mientras me miro en el espejo de mi pequeño dormitorio, disfrutando de mi nueva apariencia, deleitándome con mi nueva apariencia, trato de ignorar la incómoda sensación de haber hecho una especie de trato.

Que mi nuevo papel va acompañado de la expectativa tácita de que haré lo que él desee.

Una tarde, el señor Dickens me pide que entre en el salón cuando paso por delante y me dice que le lleve un libro a su mujer que le gustaría que leyese.

—Le va a romper el corazón —me dice.

Al mirarlo, no sé si le gusta la idea, pero sé de inmediato cuál va a ser mi papel en ella.

La señora Dickens me lee partes del libro mientras le cepillo el pelo. Es una historia de una esposa que hace un gran sacrificio por su marido.

—¿Qué te parece? —me pregunta, lanzándome una mirada nerviosa.

—Ah —digo, cautelosa—. Creo que es una historia muy noble.

—Tienes razón —contesta—. Sí que lo es.

La señora Dickens es tan manejable como una masa de pan, de modo que, si le inculcas una idea, la absorbe y se amolda a ella.

A veces pienso que no es nada raro que en ocasiones el señor Dickens se enfade con ella.

Que la ignore, como si no tuviera ningún interés en ella o como si la despreciara.

Y luego, en otras ocasiones, me parece que no podría tener ninguna otra clase de esposa.

Que lo único que el señor Dickens quiere en realidad es un hogar que se amolde a él y a sus deseos, y que la ha elegido a ella por ese motivo en concreto, y a mí para ayudarlo a moldear a su mujer.

Desde que me he convertido en la doncella de la señora Dickens, veo que las chicas de la sala del servicio me miran con envidia.

Ahora ya no me invitan a la feria, y Rosie ya no me pide que me siente en el muro con ella los domingos por la tarde para compartir patatas fritas, secretos e impresiones sobre la casa.

Los criados varones reparan en mí de un modo distinto a cuando era tan solo una humilde aya, mirándome de reojo la cintura estrecha y los finos pliegues de la tela que arrastro por las baldosas tras de mí.

Yo me quedo mirándolos fijamente a todos porque no pienso tolerarlo.

Soy demasiado astuta, me digo, mientras me miro el nuevo tocado en el espejo del pasillo.

¿Acaso no he llegado hasta aquí por mí misma, superando a los demás y corriendo riesgos?