La señora Dickens KATE
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KATE

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C uando llega la hora, va todo más rápido que la última vez.

Kate se desviste con cuidado, como si pudiera mitigar la intensidad del dolor y ralentizar su inevitable clímax al tardar más en quitarse el reloj de muñeca y la peineta de carey.

Antes de cerrar las cortinas para dejar la habitación a oscuras, mira el cielo, blanquecino y frío, y se despide de él en cierto modo.

Llama a la chica, que llega, pálida y tensa, con una jarra de agua fresca, y se queda cerca de la puerta, insegura. Kate no se lo dice a nadie más, ni llama a la comadrona aún. Empezará ella sola.

—¿No entras?

La chica se adentra un poco más en la habitación.

Kate se pregunta durante un breve instante qué ha hecho, por qué ha invitado a esa desconocida, a alguien que lleva tan poco tiempo en la casa, a participar en un acontecimiento tan íntimo.

No es nada habitual. Se ajusta el cuello del camisón y se sienta al borde de la cama para disimular la incomodidad.

Toma un libro que le ha dado Charles y luego lo vuelve a soltar cuando le llega el dolor.

La chica cruza la habitación hacia ella, alarga el brazo y le toca la espalda.

Kate contiene el aliento. Casi la siente como la mano de Mary. Esos dedos tan delgados. Ese tacto delicado.

—Mi madre le diría que apretase aquí —dice la chica—. Con fuerza.

—Ajá.

Kate se acurruca sobre las sábanas mientras las contracciones se apoderan de ella.

Al encogerse, la chica le pone un brazo en lo alto del pecho, a lo largo de la clavícula, y con el otro le hace presión en la parte baja de la espalda. El dolor parece aplacarse.

—Ya está, ¿ve? —dice la chica mientras se aparta.

—Así mejor —dice Kate con la voz temblorosa—. Creo que así mejor.

—Debe quedarse erguida: ni tumbarse por completo ni inclinarse hacia delante. Y debe seguir moviéndose. Ayuda a distraerse, ¿sabe?

—Sí.

Kate extiende los brazos y se levanta a duras penas, apoyando todo su peso en el hombro de la chica.

—Y debe inspirar y espirar de manera constante —añade—. Como el mar en la playa, como en Broadstairs. Un vaivén continuo.

Kate piensa en el mar ondulándose sobre las caracolas.

En las grandes rocas blancas que asoman de la arena cuando baja la marea.

Por alguna razón le calma el dolor, no del todo, pero lo suficiente.

Continúan así las dos y van pasando las horas, tres, cuatro y luego cinco.

Nada tiene sentido, piensa Kate entre las punzadas.

Esta criada delgaducha, más joven que ella, le está diciendo cómo proceder.

La está tocando y agarrando de un modo íntimo.

Consolándola tanto que siente que no podría pasar por esto sin ella.

Por la mañana, el médico irrumpe en la habitación con ímpetu, envuelto en un abrigo negro.

Kate siente que la chica le retira la mano de la suya y trata de volver a agarrarla, agitando el brazo desde las sábanas, pero le dicen con brusquedad que permanezca tumbada y quieta.

Anne se retira al rincón, intentando volverse invisible y acatando las instrucciones con humildad, como si no hubiera estado cargando con el peso de Kate en el hombro y hablando con autoridad tan solo un rato antes.

Hacia el final, cuando Kate no siente más que dolor, el médico permite que la chica se acerque, a falta de otra acompañante femenina, y Anne se sienta encorvada al borde de la cama.

—No te vayas —intenta decirle Kate—. Quédate aquí cerca.

Y siente que la chica le aprieta la mano con delicadeza. Con cada contracción, Anne se inclina sobre ella, le rodea el pecho con el brazo y respiran juntas, inhalan y exhalan, hasta que se le pasa.

Anne estira el cuello, intentando ver, expectante, en ese momento desgarrador de antes del llanto. Y, cuando llega, el médico le pasa el bebé a la comadrona, que lo envuelve en una toalla y lo deja sobre Kate.

Es una niña.

—Qué diferente es —dice Kate, exaltada—. Es muy diferente de Mamie.

Mira a Anne, que sonríe, una sonrisa menos reservada que las que le ha visto esbozar hasta ahora. Las dos tienen las mejillas sonrosadas, encendidas por su pequeño triunfo, por las horas que han pasado juntas en secreto, aisladas del mundo exterior allí arriba.

—Ha de guardar reposo en cama durante cuatro semanas, señora Dickens —le dice el médico con sequedad y cierra la puerta tras él.

Kate siente cómo se le agita ese viejo pánico en el pecho.

La chica se pone en pie y le sirve un vaso de agua de la jarra que hay en el palanganero.

—Ha de beber —le dice sin más—. Beber ayuda.

Kate da un sorbo, sosteniendo el vaso con las manos temblorosas, mientras la comadrona termina su labor, guarda las últimas cosas y se marcha, mirando a Anne con recelo mientras se aleja.

Las dos se quedan allí sentadas durante un rato.

—No tengo claro… —dice la chica con cautela, con la vista clavada en la bebé, envuelta en mantas— que sea necesario quedarse en la cama. No lo había oído nunca. Al menos durante tanto tiempo.

—Es por… Me dijeron que es por cómo me han criado. Que no estoy hecha para el esfuerzo físico y que debo ir con cuidado. Pero lo odio.

No puede formular las palabras, de modo que no las dice: que quizá no es tan delicada como cree todo el mundo. Si no, ¿cómo es que funcionan los métodos de esta sirvienta para hacerla sentir mejor?

—Charles no querrá que ignoremos los consejos del médico —dice Kate—. Estoy segura.

—¿No podría hablar con él?

—Se enfada conmigo. No sé por qué. No sé cómo expresarme. —Está hablando de más, compartiendo información que debería ser privada—. Mi… mi hermana, la que falleció… A ella se le daba mejor hablar con él. Yo parezco enfadarlo, y no sé por qué. Y ahora, sin ella, al parecer he perdido… No logro…

—No llore —le dice la chica, y le da unas palmaditas afectuosas en el dorso de la mano—. No llore.

Las sombras se están extendiendo por la habitación, y con ellas esa pesadumbre desconcertante y familiar. La niña, aún con la cara colorada, se agita, succionando la nada con esa boquita diminuta. La nodriza llegará pronto para alimentarla, separada de sus propios bebés para ocuparse de la de Kate.

La chica se pone en pie y se alisa el delantal.

—Voy a tocar la campanilla para que preparen el baño.

—Ah, no te vayas todavía, por favor. —Suena frágil, desvalida. Intenta hablar de nuevo para ver si logra reunir algo de autoridad—: Preferiría que te quedases aquí.

Pero la chica tan solo niega con la cabeza.

—Querrán que esté en el cuarto de los niños. Ya sabe usted que Charley y Mamie querrán ver a su hermanita, y el señor Dickens también vendrá cuando se haya bañado usted. No va a estar sola, ¿de acuerdo?

Y entonces, con destreza y autoridad, tapa bien a Kate con la manta, se marcha y cierra la puerta con suavidad tras ella.