ANNE
ANNE
A medida que transcurren las semanas dejan de darme miedo los ruidos de los basureros que vienen por la noche y de los zorros que aúllan en el jardín como si los estuvieran matando a sangre fría.
Empiezo a no prestar atención cuando oigo al señor Dickens entrar en el dormitorio rosa del que nunca hablamos, cerrar la puerta y llorar como nunca he oído llorar a un hombre.
Comienzo a darme cuenta de cómo cobra vida la señora Dickens en la cocina cuando ha de prepararse una gran cena, y de que lo da todo para complacer a los invitados con sus comidas.
Pero es el señor Dickens quien le muestra exactamente dónde ha de comprarse la carne, y exactamente qué cortes elegir, y cómo le gusta que la sirva.
En ocasiones me parece evidente que a la señora Dickens no le agrada el plan, pero allá va ella con su cesta, sonriente.
Vuelvo a repetirme que nunca me casaré. Nunca.
Ni aunque aparezca un hombre maravilloso con un sombrero de copa reluciente y me lo pida de rodillas.
A veces el señor Dickens lee fragmentos de algunos de sus libros, que ahora son muy famosos, y yo me acerco a la puerta y pego la mejilla contra el marco y el ojo a la rendija, aunque sé que lo que estoy haciendo se consideraría escuchar a escondidas y me avergüenzo de ello.
Veo los colores de los vestidos de las mujeres a la luz de las velas y los movimientos rápidos y bruscos del señor Dickens en el sillón desde el que lee.
Nunca he oído a nadie hablar como habla el señor Dickens.
Las palabras parecen derramársele de la boca.
Escondida allí, en el pasillo, las repito para mí misma en voz baja.
«Decoro». «Humanidad». «Injusticia». «Dignatario».
Planeo, en secreto, hacerlas mías. Siento una especie de culpa extraña al respecto, como si estuviera robándolas, como si fueran la vajilla del armario de la cocina.
Oigo a la señora Dickens llorar con las partes tristes, y veo que el señor Dickens la tiene hechizada, y que le parece que todo lo que hace él es lo más inteligente que se ha hecho jamás.
¿Y quién soy yo para ponerlo en duda cuando todo el mundo lo celebra, cuando todas las demás mujeres lo ven como un regalo caído del cielo?
Nos dice cómo cree que debemos comportarnos para ser buenas, y nos cuenta lo que él considera malo, y nos hace coincidir con él, y eso, supongo, es bastante significativo.
Un día lo oigo mientras lee un fragmento de un libro suyo llamado Oliver Twist .
Oigo a Oliver suplicando que no lo vuelvan a echar de la casa del amable caballero.
Oigo que lo venden por cinco libras y ha de soportar la crueldad.
Que lo entregan a la violencia de Londres tal y como yo la conozco, o como la conocí en su día y ahora se me revela de nuevo.
Oigo que se estremece. Que está desolado.
Cuando el señor Dickens termina la lectura con su grandilocuencia habitual, y todos los caballeros vestidos con levita y las damas de ojos acuosos estallan en su aplauso habitual, me escabullo a la cocina de nuevo y me siento delante del fuego con las demás.
Me caliento las manos y me digo a mí misma que no es más que una historia.
Que se la ha inventado el señor Dickens, que la ha creado de la nada para que los ricos lloren y les den su dinero a los pobres.
No sabe nada de la pobreza, ni de lo que es vivirla.
¿Cómo iba a saberlo? Yo no he tenido más remedio que dedicarme a servir a los demás, y ningún hombre acomodado, con sus zapatos con punteras de charol y con la despensa llena de carnes resplandecientes, podrá comprender jamás lo que es eso.
Al día siguiente le pregunto a Rosie, la criada, si sabe cómo termina la historia de Oliver Twist, y me dice que Oliver era en realidad un caballero que había acabado por accidente en el hospicio, que tan solo se había visto separado de su distinguida familia.
—A mí no me parece gran cosa —dice Rosie con desdén mientras frota las bacinillas en el fregadero con los brazos brillantes por la espuma—.
Y no entiendo por qué iba a querer alguien sentarse a escuchar eso durante horas.
Yo preferiría tener una tarde libre e ir a ver un espectáculo de variedades con una historia de verdad y bailes.
¿Por qué no te vienes conmigo algún día?
—Vale —respondo entre risas.
Y luego Rosie me habla de la obra de teatro que fue a ver en Navidad sobre un bandolero y su hija, en la que la chica recibe un beso tan apasionado que se desmaya, y se pregunta si eso puede pasar por tan solo recibir un beso, porque no le hace mucha gracia la idea, y Oliver Twist queda olvidado.
Aun así, me digo, iré a ver a Jem pronto . Le llevaré castañas calientes o algo así. Cuando llegue el día apropiado.
Pero de algún modo las semanas van pasando y se acerca el invierno y sigue sin llegar el día apropiado.
Tan solo podría escaparme un domingo, después de la iglesia, y me digo a mí misma que voy a ir, pero luego, cuando pienso en que debo marcharme, veo a las otras chicas en el piso de abajo por la tarde, atándose los cordones de las botas y preparando una especie de pícnic para ellas con las sobras.
Rosie descuelga el chal del gancho y se pone los guantes con cuidado sobre los dedos en carne viva.
—¿Vienes a la ciudad con nosotras?
—No puedo.
—Ay, venga, Annie. Que hay una feria y todo.
—Vamos, Annie —me dicen todas—. No seas ermitaña. No te aísles. Diviértete en tu día libre.
Una feria, pienso. No suele celebrarse una feria justo en mi día libre.
Y sabe Dios que he estado trabajando duro toda la semana.
Además, tampoco conviene molestar a Jem cuando lleva tan poco tiempo en su nueva vida.
Ha de asentarse primero, antes de que vaya a verlo.
De modo que salgo con ellas y veo a los malabaristas en el parque, lanzando las mazas hasta las nubes y haciéndolas girar.
Ya iré a ver a Jem la próxima vez, me digo mientras saboreo las especias de las bolitas de brandi, servidas en un cono de papel, y siento el brazo de Rosie enganchado al mío, y nos reímos del payaso que da volteretas por unos peniques, con una boca abierta pintada de rojo.
Iré a visitarlo cuando no llueva. Cuando no haga tanto viento. Pronto.
A Mamie le están saliendo los dientes y lleva toda la mañana quejándose en su cuarto, pero, por más que lo intente, no consigo encontrar el sonajero que le gusta chupetear.
He buscado debajo de todos los muebles, y en todos los lugares en los que Charley suele esconder las cosas, y estoy empezando a pensar que se lo ha llevado alguno de los animales: o Grip con su enorme pico entrometido o ese perro larguirucho que merodea por los pasillos intentando mordisquear las alfombras.
Entonces, mientras bajo las escaleras y paso por delante del dormitorio principal, cuya puerta está entreabierta, lo veo abandonado sobre la cama.
Entro en el cuarto para recogerlo, pero en ese momento oigo un sollozo agudo que proviene del rincón, y me quedo paralizada.
La señora Dickens está llorando.
Está en el sillón esquinero, dándome la espalda. Me dirijo hacia la puerta con la velocidad y el sigilo de un gato.
Pero entonces oigo que me llama en voz baja:
—Anne.
Me quedo en el vano de la puerta, rígida.
—Lo siento, señora. Solo he entrado para llevarme el sonajero de Mamie. Pensaba que había salido.
—No puedo hacerlo otra vez. Creo que no puedo. —Apenas es capaz de formular las palabras. No sé a qué se refiere, pero aguardo, cautelosa—. Estoy muy asustada —añade.
Me acerco a donde está sentada, junto a la ventana.
Cuando ve que me estoy aproximando, gira la cabeza y rompe a llorar de nuevo con unos sollozos desconsolados.
Me pregunto por qué, de entre todo el mundo, me lo estará contando a mí, y entonces caigo.
Se siente sola. Está en esta casa enorme y llena de gente, y se siente sola.
No lo puedo explicar, ni siquiera a mí misma, pero tengo la extraña sensación de que he estado esperando este momento desde que nos conocimos.
Siempre me ha mirado como si quisiera acercarse más, salvar la distancia que nos separa, como si quisiera más de mí que el mero hecho de ser su aya, la que se lleva los desechos y el agua sucia del baño, la que acata órdenes sobre los niños.
Y yo siempre he sabido que, de alguna manera, me beneficiaría de ello si me quedaba cerca.
Levanto la mano y la poso sobre su brazo con la mayor delicadeza posible. Ella me mira con fijeza, con unos ojos cargados de terror.
—Ha sido muy muy duro las dos veces, y no sé… No sé si voy a poder hacerlo otra vez. Si sobreviviré.
—¿Y no podría… —digo como una estúpida porque no sé qué otra cosa decir—, no podría pedirle ayuda al señor Dickens? Para que venga un médico distinto o que… que le dé consejos y demás.
—No quiero molestarlo con mi debilidad. A Charles lo abruma que la gente le pida ayuda.
Es lo último que necesita. Es muy bueno, y trabaja mucho por todos nosotros, y lo agobia estar siempre tan solicitado.
Este es un asunto femenino, y debería al menos…
Debo lidiar con él por mi cuenta, creo. —Se gira hacia la ventana con tristeza—.
Pero echo muchísimo de menos a mi hermana.
Mira hacia abajo, hacia la calle silenciosa.
—Por lo que he podido ver, los partos son muy complicados —digo con cuidado—, pero hay maneras de llevarlos mejor.
Las palabras parecen resonar con ella, y me devuelve la mirada, nerviosa.
—Ah, ¿sí?
—Mi madre… —Llevaba tanto tiempo sin decir esas dos palabras juntas que las noto extrañas en la boca—.
Mi madre —repito con más valor— tuvo ocho hijos, y con cada uno pensaba que iba a morir.
Y no murió en ninguna de las ocasiones, sino que salió airosa, y para cuando llegaba la Navidad ya estaba encinta de nuevo.
—No es que… No es que crea que voy a morir, aunque sé que es posible, claro. Es que… No sé cómo explicarlo. Es que, después de parir, siento como si me derrumbara. Como si me perdiera, y no… no soy capaz de recuperar… la felicidad.
No sé cómo tomármelo.
Nunca he oído nada parecido. Aunque en ese momento sí que me viene a la cabeza un recuerdo de una mujer a la que conocía mi madre que se volvió loca, como una cabra, y se tiró al Támesis con sus gemelos, o al menos eso fue lo que oímos.
Las mujeres son frágiles tras dar a luz, o eso era lo que solía decirse, y ese es uno de los motivos por los que nunca me ha atraído demasiado la idea.
Miro a la señora Dickens, su rostro tierno y surcado de lágrimas.
Su delicadeza y sus movimientos lentos que tanta calma transmiten.
No va a saltar desde ningún sitio. Es una madre nata, de eso estoy segura.
Pero la tristeza es una cosa muy extraña, y me inquieta.
Una vez más, me doy cuenta de que se me acelera el corazón ante la idea de verme envuelta en asuntos que no me incumben, y ante este sentimiento inesperado que experimento hacia la señora Dickens. Cierto afecto.
—¿Te quedarás conmigo, Anne? Una vez que llegue el bebé —me pregunta.
—Pues claro, señora —respondo con mi voz de aya obediente, aunque se me desboca la mente ante la idea—. Me encantaría.
La señora Dickens apoya las manos en el vientre y vuelve a mirar por la ventana, y luego cierra los ojos. Yo me llevo el sonajero y vuelvo al cuarto de los niños, donde está Mamie gritando, y la recojo y la tranquilizo hasta que se queda calmada en mis brazos, justo como a ella le gusta.