KATE
KATE
Carlota rusa
Cubrir la base de un molde redondo y liso con bizcochos de soletilla, colocándolos muy juntos, en forma de estrella o similar.
Cubrir los lados colocando los bizcochos de canto para formar una pared compacta.
Poner el molde sobre hielo y preparar una crema de licor con un vaso de brandi.
Llenar el molde mientras permanece sobre el hielo y dejar hasta el momento de servir.
Darle la vuelta sobre un plato y retirar el molde.
E l otoño se acerca, y en la ciudad ya vuelven a encenderse las chimeneas que han permanecido inactivas durante los calurosos meses de verano.
Con el regreso del frío, llegará el tercer bebé de Kate.
Está más asustada que nunca de que la tristeza vuelva a surgir de la nada durante los meses posteriores.
Con Mamie, no pudo contar con el apoyo de Mary, de modo que esa tristeza descendió sobre ella como la niebla contaminada de la ciudad, hasta que perdió el control y sucumbió, recluida entre las almohadas mientras los días transcurrían y se fundían unos con otros.
Al igual que le sucedió con Charley, no empezó a recuperar la normalidad hasta que dejó de verse obligada a guardar reposo en cama con Mamie y pudieron escapar de la casa.
Y no soporta la idea de volver a pasar por ello una tercera vez, de modo que trata de no pensarlo, y le da besos a Mamie en su cuna, admira la inteligencia de Charley con el alfabeto y se dice a sí misma que ha de estar agradecida.
Porque ¿acaso no tiene todo lo que quiere? ¿Todo con lo que podría soñar?
Intenta, en un momento dado, escribirle una carta a su madre para compartir con ella su temor.
Pero su madre está demasiado ocupada como para ir a Doughty Street, y Kate no puede salir ahora e ir hasta Brompton en ómnibus.
Comienza la carta preguntando por la salud de todo el mundo, lo que le ocupa la mayor parte del folio.
«Me encantaría que vinieras —le escribe—. A veces…».
A veces tengo miedo. A veces siento que me voy a ahogar.
« … A veces me preocupa mucho el bebé que está por llegar. ¿Te has sentido tú así alguna vez?».
Le añade el punto al signo de interrogación y le manda saludos afectuosos, y le pregunta por Ruth, y si le puede enviar la receta del bacalao.
La respuesta de su madre, cuando llega, es algo brusca.
Los mellizos están resfriados. Ella está muy ocupada con los conciertos.
Últimamente no les va muy bien a nivel económico.
¿Podría Charles intervenir para apoyar al padre de Kate en un asuntillo de la redacción del periódico?
Es normal estar preocupada, por supuesto, pero no duda de que todo irá bien, y de que Kate lo superará, como siempre.
Su padre le manda besos. Saludos para Charles, y todos esperan su próxima obra con gran ilusión, sobre todo los chicos.
Kate despliega la receta del bacalao y la deja en el cajón de la cómoda.
Han encontrado una casa al borde de Regent’s Park, una más grande que la de Doughty Street, y más majestuosa también, por lo que se van a mudar de nuevo.
Kate intenta no pensar en lo que van a dejar atrás, ni rememorar su infancia, cuando debía meterlo todo en cajas para luego sacarlo una y otra vez, sin llegar a asentarse nunca.
Van a seguir estando en Londres, al fin y al cabo; no se van al otro extremo del país, y con tres niños pequeños han de ser prácticos.
La casa de Doughty Street ya se les ha empezado a quedar demasiado pequeña, y ya no hay espacio ni para la vida familiar ni para las cenas que organizan ni para los niños, que están creciendo, ni para el servicio, que no deja de aumentar.
No hay una escalera aparte, de modo que siempre se topan todos con todos en los escalones, mientras las chicas cargan con las bacinillas o con el agua de los baños de los niños o con una bandeja con copas de jerez que han de llevar a la cocina para lavarlas.
Y Charles ha traído a casa a un perro enorme que no para de entrar y salir de las habitaciones dando brincos con una mirada inquieta.
Pone a Kate nerviosa, siempre ladrando cuando alguien llama a la puerta y abalanzándose sobre ella cuando entra, y persiguiendo a Grip, que deambula por ahí picoteándole los tobillos a todo el mundo y causando revuelo cuando se la deja libre en la cocina.
Tienen una vida animada, tan animada como el propio Charles, que parece tener cada vez más energía, mostrarse más agitado, vestir de una manera más extravagante y tener un humor más volátil y una risa más estridente.
A veces Kate piensa que se está convirtiendo en Boz, en lo que la gente espera que sea Boz.
Kate también está adaptándose a su papel: cada vez más jovial, más maternal, más sensata.
Hace gorros de papel para las fiestas de cumpleaños de los niños, recibe a las personas a las que Charles no quiere ver y les ofrece un té y unas palabras amables a modo de consolación.
Organiza recitales musicales, se pone el delantal y hierve el pudín de Navidad en el lavadero, con las mejillas sonrosadas por el vapor.
Elabora menús para ocho o diez comensales, se pasa las tardes remangada preparando una carlota rusa o un blancmange con arroz, y Charles actúa en el salón después de la cena; lee Sikes y Nancy hasta que las mujeres rompen a llorar y los hombres sacuden la cabeza horrorizados.
A veces Kate se pregunta si lo exagerarán para parecer más honorables.
Todos saben qué papeles han de interpretar, y quizá por eso resulta tan reconfortante.
Ellos son el público embelesado, ella es la esposa cariñosa y Charles es todos los demás, y así el espectáculo va tal y como estaba previsto.
Por las mañanas, cuando les llevan los niños, se tumban todos, los cuatro, en el dormitorio en penumbra, y se inventan juegos o cantan canciones infantiles, The Grand Old Duke of York o This Is the Way the Farmer Rides , y Charles deja caer a los niños desde el pecho para que chillen y rueden por las sábanas con un ataque de risa.
Cuando se va de viaje, le escribe cartas a Kate para decirle lo mucho que los echa de menos, lo mucho que la echa de menos a ella.
Alude a su intimidad, deja entrever secretos que solo ella puede entender, y cuando vuelve la desea con más pasión que nunca.
La ira que sentía Kate cuando murió Mary, tan ferviente y terrible y nueva, queda suavizada por estas cosas, que parecen volver a unirlos.
Pero sigue estando ahí, aguardando, bajo todo eso.
Ahora se ausenta más que nunca, se dedica en cuerpo y alma a causas benéficas y su implacable curiosidad lo lleva por todos los rincones del país.
Está intentando encontrarle trabajo de editor a Fred, pero su hermano no parece ser capaz de mantener ningún puesto durante mucho tiempo.
Charles se exaspera, y Kate trata de calmarlo.
De tanto en tanto se habla de América, de hacer una gira por allí, y cada vez que se menciona el asunto a Kate le martillea el corazón.
La idea de que se vaya sin ella, tan lejos y durante tanto tiempo, le resulta casi insoportable, pero dejar allí a los niños e irse con él y no verlos durante seis meses o más… Eso ni se lo plantea.
Le dan vueltas y vueltas a la idea, tanto Charles como Macready y Daniel Maclise, y Fred, a veces, hasta que Kate ha de salir de la sala entre lágrimas.
Charles dice que Anne, la nueva aya, se puede quedar con los niños.
Charley adora a Anne, eso es evidente para Kate.
Ve cómo alza la carita redonda hacia ella para exigirle toda clase de juegos y aventuras, y cómo la chica, tan delgada y callada e inexpresiva con todos los adultos de la casa, se transforma en un burro que rebuzna o un pirata. Kate no puede dejar de mirarla.
Una tarde, en el hotel de Broadstairs, le preguntó a Charles, vacilante, mientras lo miraba por encima de la labor:
—¿No te parece…? ¿No te parece que esta chica, Anne, tiene algo de Mary?
Charles levantó la vista, incrédulo.
—¿De Mary? ¿Estás loca?
—No, claro, no, tienes razón —respondió deprisa—. Son solo locuras mías.
—Se parece lo mismo a Mary que a mi meñique.
—Ya, es verdad, tienes razón.
Aun así, en cuanto la chica apareció en el vano de la puerta del Albion, Kate lo había sentido. Le había costado apartar la vista del rostro delgado y sencillo de Anne, hablarle como a alguien a quien iban a contratar como aya.
Cuando se había detenido en las escaleras con ella, delante de la habitación de Mary, había querido decirle: «A veces me recuerdas a ella.
Tu postura. Tu complexión angulosa. Algo en tu rostro, cuando adoptas ciertas expresiones».
Pero, claro, no podía decírselo. Así no es como se mantiene la autoridad con los sirvientes, y eso es algo que ya le cuesta bastante de por sí.
De modo que había reprimido el pensamiento y había seguido subiendo hasta el cuarto de los niños, con la chica tras ella.
Se acostumbrará a esta nueva casa, está decidida, y este será su hogar.
Charles no quiere tener más hijos, y se lo ha dejado claro, aunque lo que no ha dejado claro es qué harán para evitarlo.
Y en cierto modo está aliviada. De modo que esta nueva casa será donde se quedarán hasta que Charley, Mamie y este último bebé sean adultos.