La señora Dickens ANNE #7
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ANNE #7

Desde el principio, Jem no ha querido hablar con nadie que no fuera yo, como si su voz se hubiera esfumado con todos los demás. No sé cómo le irá en una fábrica.

—Jem —le digo, con urgencia de pronto—. En Londres has de hablar, ¿me entiendes?

Entonces sí que me mira.

—No puedes seguir estando callado todo el tiempo. No puede ser.

Fuera, oigo al señor Dickens llamar con brusquedad al cochero y luego a mí.

—¡Vamos!

—¡Voy! ¡Ya voy! —grito, intentando quitarme a Jem de encima mientras atravieso la puerta de la casa de mi tía—. Quédate aquí, Jem. Ha llegado la hora de despedirse.

Pero, cuando salgo por la puerta, mi hermano sigue aferrándose a mí con una fuerza férrea.

Veo que el señor Dickens ha clavado la mirada en Jem a través de la ventana del carruaje.

Me empiezan a sudar las palmas de las manos.

Se baja del vehículo de un salto y levanta una nube de polvo al aterrizar.

—Ya voy —digo, pero es a Jem a quien se está acercando el señor Dickens, y cuando llega a nosotros, aún enganchados y forcejeando, se agacha un poco y su impaciencia parece desvanecerse.

—¿Y este quién es?

—Jem —respondo, y le doy una palmadita en la espalda a mi hermano para que se enderece.

—Hola, Jem —le dice el señor Dickens, pero Jem tan solo baja la vista al suelo.

—No habla mucho —le explico—. Pero es solo porque es un poco tímido.

—¿Por qué estás triste, Jem? —le pregunta el señor Dickens, y habla con un tono de voz que no le había oído usar antes, tan dulce y tierno que apenas lo reconozco—. Es porque vas a echar de menos a tu hermana mayor, ¿no es cierto?

—Va a estar perfectamente —respondo yo demasiado rápido—. No hay por qué preocuparse por él.

El señor Dickens se pone en cuclillas a su lado en el camino.

—Te prometo que la vamos a cuidar muy bien. Dentro de nada tendrá una tarde libre para poder venir a visitarte aquí, junto al mar, y ver cómo te va.

Jem lo observa, completamente inmóvil.

—Está muy bien que le tengas tanto cariño a tu hermana, Jem —le dice entonces el señor Dickens, en voz baja y un tono curioso—. Nuestras hermanas son ángeles que bajan del cielo en forma de mortal para cuidar de nosotros, ¿sabes? Pero ahora debes ser un hombre y dejar que se vaya.

Me cuesta respirar. Intento separarme, pero Jem me agarra con más fuerza.

—Debes dejarla ir —insiste el señor Dickens—. Venga, vamos, Jem. Además, eres un niño muy afortunado, por poder quedarte aquí, junto al mar, ¿no? Espera aquí un momento.

El señor Dickens va corriendo al carruaje con su ímpetu característico y mete los brazos en el interior.

La cara de Charley aparece al instante en la ventana, furioso, y veo que el señor Dickens lleva su pequeña marioneta en la mano.

Vuelve a acercarse a nosotros y se la tiende a Jem, que suelta una mano de mi brazo y la acepta asombrado.

—Para ti.

—¿Qué le tienes que decir al señor Dickens?

Me suena la voz cortante, casi como si estuviera suplicándole que hable. Jem mueve la boca de un modo casi imperceptible, pero de ella no brota ningún sonido.

—Le da las gracias —digo desesperada—. Ha dicho: «Gracias, señor».

Pero el señor Dickens ya se ha ido, ya está regresando al carruaje, donde Charley ha empezado a llorar y su madre está tratando de calmarlo meciéndolo sobre la rodilla.

Jem se aferra a la marioneta, asombrado por ser su nuevo dueño, por lo insólito que le resulta.

El muñeco sobresale de su manita, rígido, con los ojos pintados asomando entre sus dedos.

—Vamos —me grita el señor Dickens de pronto por encima del hombro.

Y obedezco. Me libero de Jem deprisa y lo dejo ahí plantado en el vano de la puerta de la casita.

Sus ojos, oscuros y redondos, son como dos pozos de tristeza en su rostro.

Está jugando con los hilos de la marioneta, enrollándolos y desenrollándolos con la mano mientras me observa alejarme hacia donde me esperan los demás.

El cochero sube mi maleta y la ata al techo con las otras.

Charley está asomado a la ventana.

—¡Annie! ¡Mi Annie viene a Londres!

Estira los dedos y les hago cosquillas, y mientras tanto noto la mirada de Jem en la nuca con la misma intensidad que si me hubiera tocado.

—Siéntate, Charley —oigo que le dice el señor Dickens, y la ternura que le ha demostrado a Jem tan solo unos segundos antes se ha esfumado por completo, se ha desvanecido tan rápido que cuesta creer que haya existido.

Entonces me apresuro, me resbalo mientras subo los escalones y me siento. La amplia carretera se extiende ante mí. El carruaje se pone en marcha con un traqueteo y no vuelvo a mirar atrás.

Perdonad esta idea tan fantasiosa, pero, si es posible pensar que una casa se asemeja a una persona, para mí la casa de Doughty Street es como la señora Dickens.

Tiene su delicadeza. Su armonía. Su orden.

Con esa vajilla de porcelana en los armarios, apilada en torres impecables.

El mobiliario, cálido y sin estridencias, en tonos rojos y marrones apagados.

El reloj de caoba del pasillo. Una pantalla para la chimenea hecha con sus propias y cuidadosas manos.

Cuando entras por la puerta, sientes que te envuelve su confort.

Estoy en el vestíbulo, pegada a la pared con Mamie en brazos y dejando que la familia vaya y venga por delante de mí con las cajas de la mudanza, hasta que el señor Dickens grita que deberían mostrarme mi habitación para ver si es de mi agrado.

—Dado lo tarde que es, te la enseñaré yo misma —dice la señora Dickens—. Dejemos a los niños con Sarah y que los suban más tarde.

Una chica nerviosa aparece y se lleva a Charley y a la bebé, y yo sigo a la señora Dickens por las escaleras.

Se agarra a la barandilla con cuidado, como si el peso de su barriga fuera a hacerla caer hacia delante, pero, cuando llegamos a la primera planta, me paro en seco y casi dejo escapar un grito.

Delante de mí hay un ave negra y enorme.

Tiene unas plumas gruesas y grasientas, está viva y me mira con fijeza.

—Ah, sí —dice la señora Dickens, distraída—. Esta es Grip. —Se gira y grita por las escaleras—: Charles, Grip ha vuelto a aparecer en el piso de arriba. ¿Puedes venir a llevártela?

Se oye un grito amortiguado abajo.

—Puedes pasar a su lado —me indica la señora Dickens al verme la cara, y se ríe—. Debería haberte avisado.

—¿No me morderá, señora?

—Bueno. A estas horas no suele morder, creo. No debería pasar nada.

Bordeo el pájaro pegándome contra la pared para evitar su pico, que parece tan afilado como un cuchillo. Mira que tener un cuervo de mascota, pienso. Ay, estos ricos, de verdad. Como la vida no les da los golpes suficientes, han de tener un animal en la casa para que les dé picotazos.

—Este —dice la señora Dickens, que sigue subiendo las escaleras y se detiene en una de las habitaciones de la derecha— es nuestro dormitorio, de mi marido y mío.

Aquí está el vestidor. La cocinera ya te lo enseñará todo como es debido por la mañana, pero este es…

—señala una puerta cerrada— el cuarto en el que murió mi hermana.

—Titubea—. Al señor Dickens no le gusta que entre nadie aquí.

Estaba… estaba bastante unido a mi hermana.

Todos lo estábamos, claro. Pero la idea de que entre alguien lo perturba, ¿sabes? Incluso aunque sea sin querer.

—Por supuesto, señora —digo.

Pienso en lo que le dijo el señor Dickens a Jem sobre las hermanas y los ángeles.

La señora Dickens vacila, como si quisiera añadir algo más, pero cambia de opinión y sigue subiendo por las escaleras de caracol hasta lo más alto de la casa.

—Este será el cuarto que compartas con los niños, si te parece bien.

—Sí, señora, gracias. Muchas gracias.

—Fantástico. Pues haré que te suban el equipaje y dejaré que acuestes a los niños y os vayáis a dormir, y ya volveremos a hablar por la mañana y te encontraremos un uniforme que te puedas poner. Por ahora, hay un camisón encima de la cama.

—Gracias, señora.

—Buenas noches.

Vuelvo a sentir que quiere algo de mí, pero no sé el qué. Aguardo, pero la señora Dickens se da la vuelta y cierra la puerta con suavidad.

No me lo puedo creer. Siento como si me hubieran sacado de una pesadilla.

La cama es suave y está limpia. Es la primera cama propia que tengo.

Sobre ella hay un camisón blanco. Es mío.

Me imagino durmiendo sin el cuerpecito de Jem acurrucado bajo el brazo y siento un dolor espantoso.

Lo ignoro. Ahora voy a tener que cuidar de Charley y de Mamie por la noche, de todos modos.

Voy a estar ocupada con ellos, me digo, y más ocupada aún cuando llegue el nuevo bebé, y no voy a tener tiempo para ponerme emotiva sobre cosas que no se pueden evitar.

Así que tan solo contemplo la pequeña cajonera impecable y el palanganero, con su jabonera y sus florecillas diminutas pintadas.

Me asomo a la ventana para mirar las copas de los árboles meciéndose y agitándose al viento, y me doy cuenta de que es la primera vez en la vida que duermo en un sitio desde el que se puede ver el exterior.

Me quito el viejo vestido de lana y la cofia y los dejo caer al suelo. Levanto el camisón de algodón y me paso los pliegues rígidos por encima de la cabeza mientras inhalo el olor a detergente. Luego me acerco a la ventana, la levanto para abrirla y miro hacia abajo, hacia el patio.

Me cuesta creerme dónde estoy.

Y pienso hacer lo que sea, lo que haga falta, con tal de seguir aquí.