ANNE #6
—Y odio las historias escocesas —grita, de modo que lo oímos con total claridad, y al momento se me van los ojos hacia el vano de la puerta, a mi pesar—. ¡Al igual que odio todo lo escocés!
La señorita Christian se estremece. Abre la boca y la vuelve a cerrar deprisa. Se le están sonrojando las mejillas. Es como ver a un animal sufriendo. Bajo la vista rápido y miro a Charley, que está construyendo una torre, para que no piense que la estoy observando.
—Annie —dice Charley—. Toma un bloque, Annie. No me estás ayudando.
Le hago caso y lo coloco en la pila, distraída.
Percibo las miradas desesperadas de la señorita Christian hacia la puerta, y está más claro que el agua que se está planteando salir huyendo, pero no se mueve.
La señora Dickens se apoya un momento en la mesita del vestíbulo para estabilizarse, con la respiración agitada, y luego se acerca adonde aún está esperando la señorita Christian.
La señora Dickens le ofrece una sonrisa, todavía con el rostro sonrosado.
—Ahora mismo está ocupado, querida, pero los verá más tarde, te lo aseguro. Ya los guardo yo por ti. Los voy a dejar aquí. —Los pone en la cómoda—. Son maravillosos. De verdad —le dice con amabilidad—. Menudo talento tienes.
—Ay, es usted muy amable —responde la señorita Christian, casi deseando, sospecho, poder desaparecer como en uno de los trucos del señor Dickens—.
No quería… No pretendía molestar. Es solo que dijo que…
que le parecían buenos, así que… Y no tiene por qué echarles un vistazo a los cuentos. Ni a nada. Por supuesto.
La señora Dickens vuelve a sonreír alegremente.
—Ah, no te preocupes, querida. Es solo que está de mal humor, nada más. Ya me aseguraré yo de que lo vea todo cuando no esté tan ocupado. Bueno —añade mientras junta las manos—, ¿te quedas a tomar el té?
La pregunta suena forzada, y la señorita Christian también percibe la amabilidad artificial.
—No, no. Debo irme ya. De nuevo, lamento las molestias.
—Bueno, te dejo marchar, pero ¿vendrás esta noche para jugar?
—Ah, sí, por supuesto. Adiós.
La señorita Christian, insegura, vuelve a atravesar la puerta principal, y luego la oigo cerrarse y veo a la señora Dickens girarse hacia la ventana y mirar el mar mientras se lleva una mano a la cabeza como si le doliera.
El verano casi ha llegado a su fin. La familia tiene planeado regresar a su casa de Londres en menos de dos semanas.
Yo no hablo del tema, pero el temor me ronda, siempre a mi lado, volviéndome consciente de los días que me quedan.
Empiezo a pensar en qué voy a hacer, o en cómo pedir una carta de recomendación que pueda usar para conseguir otro trabajo, pero, tras haberme acostumbrado a permanecer en silencio y ser discreta durante tanto tiempo, no tengo ni idea de por dónde empezar.
Se me acaba solucionando el problema con tanta facilidad, y tan rápido, que me cuesta creérmelo.
Estoy en el cuarto de los niños, con una pila enorme de pañuelos de Mamie, todos lavados y listos para que los doble, y con Mamie sentada a mi lado en su cojín, balbuceando sin decir nada, como le gusta hacer, cuando entra la señora Dickens.
Lleva puesta la cofia de casa, bajo la cual rebotan unos rizos marrones como criaturitas con mente propia.
—Deja que te ayude —me dice al tiempo que agarra un pañuelo.
—Gracias, señora —respondo, aunque no me hace ninguna falta la ayuda.
Levanta la mirada hacia mí.
—Me parece que te has integrado de maravilla con nosotros, Anne.
—Gracias, señora.
Casi parece nerviosa, aunque no entiendo por qué.
—Me estaba preguntando —me dice mientras nos vamos sincronizando al doblar las prendas— si estarás ocupada en otoño. O si tienes ya planeado trabajar en otro sitio.
—No, señora —contesto, y oigo el fuerte tictac de mi corazón ante sus palabras, como un reloj al que le han dado cuerda—. Quiero decir que no tengo ningún otro plan en ningún sitio.
—Bueno, en ese caso…, el señor Dickens y yo… nos preguntábamos si te gustaría seguir trabajando con nosotros en Londres. En nuestra casa de la ciudad.
—Sí —respondo—. Sí, por favor, señora. Me gustaría mucho. Me encantaría.
—¡Ah, magnífico! —Se sonroja de satisfacción y casi me parece que va a levantar la mano y tocarme el brazo, pero al final tan solo dice—: Qué alegría. Estoy segura de que Charley estará encantado. Te ha tomado mucho cariño.
—Y yo a él también, señora.
Me doy cuenta en ese momento de que me está mirando como me mira a veces, como si mi presencia importase. Es una sensación extraña, como si fuera parte de una historia que no comprendo.
—Bueno, pues te dejo que sigas —dice al fin, y asiente, satisfecha.
—Gracias, señora.
Una vez que se ha marchado, bajo la vista al suelo, a donde está Mamie, y dejo escapar una carcajada tan repentina y alegre que Mamie se ríe también, y seguimos riéndonos juntas hasta que agita los brazos con tanta fuerza que se cae del cojín y tengo que recogerla.
No pienso en Jem. En lo que le ocurrirá cuando me vaya, en si tiene uno de sus berrinches sin que esté yo ahí para tranquilizarlo.
No pienso en las cosas que he visto aquí que me han generado una ligera desconfianza.
Tan solo me dejo llevar por el puro alivio que siento al saber que, tras haber probado el lujo, no voy a tener que volver a renunciar a él, sino que voy a poder quedarme con todos ellos, con sus pícnics y su ropa de cama limpia, sus juegos, sus bromas y sus hojaldres de manzana calientes comidos en la arena.
A través de la celosía de la sucia ventana, veo sentado en el muro a Jem, a quien he mandado afuera a jugar.
Está dándole patadas al muro, siguiendo una especie de ritmo.
Quiero salir de inmediato y decirle que pare antes de que se derrumben los ladrillos, pero desvío la mirada hacia mi tía, que está en mitad de la cocina con los brazos cruzados.
—Ah, ni hablar —dice—. En cuanto te vayas, Jem dejará de vivir aquí.
—Pero eso no puede ser.
—Ah, ¿no?
—No tengo dónde dejarlo —respondo, aterrada—. Os enviaré mi sueldo. Todo lo que gane, salvo lo que necesite para vivir.
—Dije que os podíais quedar durante el verano, y no hay más que hablar.
—Pero os pagaré por su estancia, de verdad —insisto con la voz cada vez más aguda—. No os costará nada.
—Jem ya es lo bastante mayor como para trabajar. Le he escrito a mi tío para preguntar por un puesto para él, porque nosotros estamos hartos de sus tonterías.
—No son tonterías —replico—. Se le ha muerto la madre. Se le ha muerto todo el mundo.
—No me provoques, jovencita. Hay un puesto de trabajo en una fábrica de Londres para él, y a cambio le dan una cama caliente. O lo tomas o lo dejas.
—¿Qué tendría que hacer?
—Trabajar con las máquinas, o limpiarlas por debajo hasta que sea lo bastante mayor como para manejarlas.
Se gira, agarra una escoba y se queda ahí, sujetándola, como si fuera a defenderse de mí con ella.
—Es demasiado pequeño —le digo—. Ni siquiera ha cumplido los ocho años todavía.
—Los quieren pequeños, para que se puedan meter por debajo de las máquinas.
—Se hará daño. No los tratan bien. Y lo sabes.
El miedo me asfixia.
Mi tía se lleva una mano a la cadera y me mira con unos ojos hostiles y agotados, aún sujetando la escoba.
—¿Y qué vas a hacer con él si no? ¿Llevártelo contigo? Ya te he dicho que aquí no se va a quedar.
En ese momento odio a mi padre con tanta fuerza y pasión que creo que, si entrase por la puerta de mi tía en ese mismo instante, lo tiraría al suelo de un puñetazo. Lo odio por habernos abandonado, por hacerme cargar con esto por él.
—Ya crecerá —digo, desesperada—. Y entonces podrá pagar su estancia. O trabajar.
—No quiero oír ni una palabra más. —Oigo el tono de advertencia de su voz. Pero luego la suaviza, solo un poco—. A ti te ha ido muy bien en tu trabajo, Anne. Seguro que tu madre estaría orgullosa.
Ese pensamiento me resulta tan doloroso como si un cuchillo me atravesara la piel.
Mi madre, sentada en su taburete, siempre tan dura.
«Deja ya de quedarte embobada con las vacas, Annie, y ven a echarnos una mano».
El vacío que ha dejado es tan grande que temo que me absorba por completo si no me alejo del borde.
—Pero Jem… —insisto.
Mi tía vuelve a cerrarse en banda.
—He dicho que no quiero oír ni una palabra más al respecto. No me gustan sus berrinches y no lo quiero aquí. Lo he acogido por deferencia hacia tu madre y me niego a que siga aquí cuando no estés tú para lidiar con él, y no se hable más.
Se da la vuelta, vuelve a colgar la escoba del gancho como si fuera a zanjar así el asunto, se marcha de la cocina y me deja sola.
El carruaje de los Dickens aguarda como un enorme insecto negro y reluciente delante de la casa de mi tía.
—Te veré cuando tenga días libres —digo, de pie en la cocina, colgándome la mochila al hombro.
Me estoy escapando. Me cuesta creérmelo.
Jem me observa, agarrándome del brazo con tanta fuerza que temo que se rompa los dedos—.
Los dos vamos a estar en Londres, ¿eh? Y, cuando tenga dos días libres seguidos —le digo mientras me agacho para acercar la cara a la suya—, te llevaré a la playa.
—Pero no tengo ni idea de cuándo será eso.
Tal vez de aquí a un año. Tal vez nunca—.
Para entonces estarás hecho todo un hombretón trabajador —le digo alegremente— y me comprarás arenques en escabeche con tu sueldo y nos los comeremos sentados en el muro.
Jem baja la vista a sus manitas sucias.
—Ahorraré todo mi sueldo de niñera, Jem, para los dos. Solo me voy porque tengo que trabajar muy duro para los dos, ¿sabes? Para ti, en realidad.
Quiero que sea cierto, pero las palabras me salen con la fragilidad de una mentira, y Jem sigue sin mirarme.
—Para ya, Jem —interviene mi tía, tensa y frustrada—. Ya está bien. Tu hermana se tiene que ir y no hay nada que puedas hacer al respecto, así que más te vale dejar ya de quedarte callado y comportarte como un hombre.