La señora Dickens ANNE #5
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ANNE #5

La chica se ríe sin ningún humor y luego grita cuando el mar vuelve a alcanzarle los pies, y se vuelve a reír como para compensar el grito.

—¡Ay, por favor, suélteme! —le suplica.

Me estoy empezando a poner enferma observando la escena.

—¡Nunca, hermosa doncella! —grita el señor Dickens—. ¡Que las olas nos lleven a los dos!

Las olas vuelven a romper contra sus piernas, ahora tan altas que le salpican la cara, y la chica farfulla sacudiendo la cabeza y tratando de separarse de él.

Pero, aunque el señor Dickens no es un hombre muy corpulento, ella no es lo bastante fuerte como para liberarse de sus garras sin correr el riesgo de caer al agua, de modo que siguen sacudiéndose contra el poste, con todo el peso de él sobre el de ella.

—¡Suélteme! ¡Suélteme! ¡Ay, por favor, mi vestido!

Ahora sus gritos se elevan, y el pánico auténtico de ella se mezcla con la teatralidad de él.

Los demás han empezado a bajar para comprobar a qué viene tanto jaleo, y se han quedado también ahí plantados, sin saber si reírse o no.

Detrás de nosotros, en alguna parte, el acordeonista sigue tocando para nadie.

Se oyen unas pocas carcajadas escandalosas de los hombres, pero se van acallando y parecen fuera de lugar.

Charley lo observa todo en silencio a mi lado, como hipnotizado, aún agarrándome de la mano.

—¡Charles! ¡Charles! ¡Para ya! —vuelve a pedirle la señora Dickens a gritos, con urgencia esta vez, pero su marido no la escucha.

Entonces entiendo que no va a parar por su mujer, que jamás parará por ella. Que no piensa escucharla, ni ahora ni nunca. Lo veo con total claridad en ese momento, y no me hace ninguna gracia.

—¡Su vestido! —repite la señora Dickens, impotente—. ¡Se lo vas a estropear! ¡Solo tiene un vestido de seda, Charles!

—¿El vestido? ¡Qué más me dará a mí el vestido! Cuando nos envuelva el manto de la noche, cuando ya nos hallemos al borde del gran misterio, ¿acaso nos importarán las futilidades terrenales?

Para, quiero decirle. Ya está bien de disparates. Deja de parlotear y de decir tonterías y de comportarte como un idiota. Aleja a la chica del agua. ¿Es que no ves que quiere que pares?

—¡Vamos, Poseidón! —está gritando el señor Dickens—. ¡Llévate a esta hermosa doncella! ¡Sacrificamos a nuestra gran artista a tu monstruosa voluntad!

Mamie rompe a llorar y empiezo a mecerla contra la cadera, distraída. Algunos de los hombres se dirigen hacia ellos, como si fueran a intervenir, pero luego se detienen, inseguros, como si los estuviera reteniendo una especie de fuerza que rodea al señor Dickens y lo vuelve intocable.

—No puedo. No lo soporto. Déjeme ir, por favor, ¡por favor!

Y entonces, tan rápido como la ha agarrado, el señor Dickens la suelta, le libera las manos, se aparta de ella y vuelve a subir por el embarcadero hasta donde está sentado el hombre del acordeón, aún tocando, bajo los banderines que ondean con frenesí.

—Ay, por el amor de Dios —dice la señora Dickens—. Oh, pobrecilla.

La chica está llorando mientras se aleja del agua. Tiene el vestido hecho un desastre, un amasijo de tela oscura que arrastra tras ella.

La señora Dickens se acerca a ella protestando con su suave acento. Los demás se alejan de la escena, como si estuvieran deseando reanudar la fiesta o distanciarse de la chica desconsolada.

—Ay, querida, pobrecita mía, el vestido… Debes de estar disgustadísima —le dice la señora Dickens.

La chica está jadeando y sollozando, y a mí no me parece que se deba en absoluto al vestido.

—Bueno, quizá se puede limpiar —dice la señora Dickens para reconfortarla—. Quién sabe.

La señorita Christian se sienta en el muro bajo con el rostro enrojecido.

Los rizos se le han convertido en mechones lacios que se le pegan al rostro por el sudor.

La señora Dickens le tiende un pañuelo con una «K» bordada en hilo rosa pálido.

A unos tres metros de allí, el señor Dickens y su hermano siguen divirtiéndose, bailando y agarrando a los demás invitados para que den brincos por el muelle, pero el ambiente ha cambiado.

Una chica, amiga de la señorita Christian, se aleja un poco del señor Dickens.

Está entre la espada y la pared: teme seguirle el juego y teme negarse.

Algunos de los hombres siguen sonriendo, pero es como si se les hubiera quedado la sonrisa fija en la cara, como si desearan seguir divirtiéndose pero no tuvieran claro qué hacer.

—No le hagas caso —le dice la señora Dickens a la chica para consolarla—. A Charles. No le hagas ni caso. Cuando está de buen humor se vuelve demasiado efusivo.

—Ah, no, no pasa nada —responde la señorita Christian, ansiosa—. Es solo por el vestido. No tengo otro de seda, pero no pasa nada.

—Seguro que queda como nuevo cuando se seque.

Venga, vamos a extenderlo para ver si el viento ayuda.

—La señora Dickens se agacha a pesar del barrigón e intenta estirar la tela empapada en forma de abanico—.

Ya está, imagino que así se secará. Voy a traerte una galleta y un poco de azúcar para que se te pasen los nervios.

Se pone en pie con torpeza y se gira hacia donde la espero yo con los niños, a tan solo unos metros.

—Anne, ¿puedes llevarte a los niños al hotel y acostarlos? Nosotros iremos más tarde —me dice con una sonrisa. Siempre está sonriendo—. Estos niños, con sus jueguecitos y sus travesuras…

Desvío la vista hacia donde está sentada la chica, aún llorando a solas.

—Demasiada efusividad —añade la señora Dickens, como si le preocupara que pudiera estar pensando otra cosa.

No digo nada, pero asiento y me llevo a Charley de la mano, me paso a Mamie a la otra cadera, y vuelvo a subir por el embarcadero con los dos.

Charley permanece en silencio, con los ojos muy abiertos, aún aferrándose a su marioneta.

Mamie también se ha quedado callada ante todo el jaleo.

Les doy un baño en el hotel, en la tina, y les froto los hombritos con un trapo hecho una bola.

Una vez que están en la cama, a salvo, me siento en la silla que hay junto a la cama, a la luz de la única vela que hay en la estantería.

Estoy inquieta.

He visto a niños comportarse de ese modo en el barrio pobre en el que vivía.

Agarrando a las niñas como si su miedo no fuera auténtico, como si quedara anulado en aras de la diversión.

Pero no esperaba verlo aquí. La vela arde en su danza solitaria, y yo la observo en silencio mientras me atraviesa una nueva sensación incómoda.

Al día siguiente me encuentro con que todos han vuelto al hotel, incluso las chicas.

Las veo desde la puerta, ya que las habitaciones son tan pequeñas que el cuarto de los niños casi da a la sala de estar.

Todavía se están riendo, haciendo mímica y susurrando entre ellos.

La señorita Christian se ha convertido en un narciso, sea lo que sea eso, en el juego en el que cada uno se pega un trozo de papel a la cabeza y hay que adivinar qué pone.

—¿Soy algo bonito? —pregunta, ladeando la cabeza de manera inquisitiva, y el señor Dickens asiente y dice que sin duda.

La señorita Christian se ríe, encantada, y mientras tanto la señora Dickens los observa desde su sillón, sonriente, como si ella también estuviera encantada de ver a su marido elogiar a una chica guapa.

Y entonces el señor Dickens propone una canción y la señorita Christian se sienta a tocarla, y canta como si ayer no hubiera estado gritando y empapada y asustada.

—Bravo, señorita Christian.

Cuando acaba, el señor Dickens se pone en pie y aplaude con fuerza. Su hermano lo acompaña.

—Además de belleza, también tiene talento, ¿no te parece, Fred?

La señorita Christian se sonroja y sonríe.

Me pregunto entonces si estaré equivocada, si tan solo estaré tan extrañada y asustada por mis orígenes humildes.

A lo mejor da todo igual. No era más que un vestido.

Ya se comprará otro. Ya se s abe que las chiquillas son muy bobas con los vestidos, y la señorita Christian es igual de boba que las demás por haberse echado a llorar por un vestido de seda.

Al final resulta que está encantada de verse acompañada de un hombre tan famoso y aclamado, y de seguir siendo el centro de la atención y la diversión.

Tal vez lo ocurrido en el embarcadero no importe en absoluto.

Unos pocos días después, cuando entro en el vestíbulo con Mamie tras su siesta, veo a la señorita Christian allí. Tiene unos folios envueltos en un papel marrón, y algunos de sus dibujos, y veo que les está dando vueltas en las manos, nerviosa.

La señora Dickens se acerca a ella.

—Hola, Emma. Qué sorpresa verte tan temprano.

—No sabía si avisar o no. Es solo que he… he dibujado al señor Dickens. Creo que se parece bastante. Y me preguntaba… si querría verlo. Me dijo que le gustaría.

Parece vacilar, pero la señora Dickens alarga el brazo para que le entregue los dibujos.

—Está trabajando, pero déjame echarles un vistazo. Seguro que le encantará verlos. Habla maravillas de tus dibujos, querida.

—Y tengo… tengo algunos cuentos de temática escocesa, por si pudiera leerlos. Sería todo un honor. Puesto que usted es escocesa, pensaba que a él le podrían gustar, así que…

La señora Dickens se ríe, complacida.

—Ah, estoy segura de que estará encantado.

Atraviesa el vestíbulo y se acerca al señor Dickens, que está sentado en su escritorio. A través de la puerta le veo la cabeza desde atrás, inclinada sobre el papel, mientras garabatea con frenesí.

Con Mamie en brazos, le doy el sonajero y ella lo agita, y me la llevo hasta la ventana y miro la llovizna. La señorita Christian espera, como si no estuviera yo allí, o como si mi presencia no importase más que el cubo de carbón que hay en el rincón.

Empieza a llegar al vestíbulo el rugido de unas voces bajas. El señor Dickens, enfadado. Ella, aplacándolo. El sonido aumenta, y la señorita Christian pasa el peso del cuerpo de un pie al otro. Y entonces la voz del señor Dickens retumba por las habitaciones, fuerte y cortante.